Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

yasa 1956 Rufino Escribano

“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Mi primer triatlón

Antes pensaba que el triatlón era cosa de un puñado de locos o superdeportistas. Hasta que hace poco decidí tirarme de cabeza. He sido nadadora de niña, corredora de mayor y ciclista urbana. ¿Por qué no probar? Que mejor momento que en el Triatlón de Zaragoza, al lado de casa, en el Ebro, por los caminos por los que me gusta correr o pasear. Y me apunté a la modalidad “súpersprint” (350 metros nadando, 10 kilómetros en bici y 3 corriendo), asequible para novatos debutantes.

Tengo que reconocer que los días previos tenía mil dudas: sobre las normas, los materiales, las transiciones, el lenguaje propio que aún me suena a chino. ¿Cómo será nadar en el Ebro? ¿Y si hay siluros? ¿O algas? ¿Se corre en bañador o traje de neopreno? ¿Dónde empieza la prueba, en mitad del río? ¿Cómo cambio de nadar a ir en bici y de ahí a correr? ¿Dónde dejo la bici? ¿Cómo llevo el dorsal? ¿Hacen falta zapatillas especiales? ¿Me hago una coleta para nadar o me dejan un gorro? ¿Cuándo hay que ponerse y quitarse el casco de la bici? ¿Hay que comer o beber algo? ¿Hará frío? ¿Me pasará algo si bebo un trago de agua del Ebro? ¿Aguantaré bien?

Unas horas después de mi primer triatlón, he resuelto mis dudas y ya tengo ganas de apuntarme a otro. No vi barbos ni siluros en el Ebro, porque no se veía nada. Pero sí disfruté mucho nadando en el río. También saco algunas conclusiones: un triatlón es mucho más duro de lo que parecen las distancias; cuánto cuesta ponerse los calcetines y las zapatillas con los pies mojados; no pasa nada por echar un trago de agua del Ebro; los músculos de pedalear y de correr son distintos; voy en bici mejor de lo que pensaba; hay que entrenar bien las transiciones, y tengo que recordar bien dónde dejar la bici para no perderme la próxima vez.

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Al final, mi primer triatlón salió muy bien, con buen tiempo y una copica de tercera clasificada. Gracias a los ánimos de mis amigos jabatos, la bici que me prestaron, el tatuaje que me dibujaron mis hijas y mi tritraje molón de rebajas. Gracias a la organización y a Javier Gil, el primero que me animó a probar un triatlón.

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Como pez en el agua

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“Déjate caer”, óleo de Rosa Balaguer, de la exposición “Como pez en el agua”

“Cuando tengas miedo, ante los mares de dudas… salta. Lánzate a la piscina. Salta sin mirar, porque hay cosas que sólo se ven con los ojos cerrados”, propone Rosa Balaguer.

Me gusta que empiece el verano y acabe el cole todo en el mismo día. Me gusta el sol, nadar, bucear, saltar olas. Me encantan los óleos de Rosa, una sirena disfrazada de madre, pintora, corredora y periodista. Su exposición “Como pez en el agua” se puede ver en el Centro de Historias de Zaragoza hasta el 17 de julio. O en su web, donde los dibujos se acompañan de canciones y textos deliciosos.

¡Feliz verano!

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Por qué me gusta el fútbol

Antes veía el fútbol con más interés. Ahora me afectan mucho la violencia y la corrupción que lo rodean. Y me provoca náuseas la hipocresía (¿por qué ya nadie habla de De Gea y su presunta implicación en un caso de abusos sexuales?). Pero sí, sigo viendo fútbol. Estos días sigo la Eurocopa con algo de distancia y menos pasión que antaño. Aplaudo a Iniesta. Quiero que gane España o que dé la sorpresa algún pequeño.

Me gusta que Luna sepa más que yo de fútbol y me comente los partidos. Y me gusta leer historias curiosas, como que el seleccionador de Islandia es de profesión dentista. Que el de Albania buscó a sus jugadores por internet. O cómo el fútbol ha contribuido a la paz en Irlanda (leo en un reportaje de la revista Panenka que mezcla historia y deporte).

Me gusta el fútbol porque es universal. Porque es popular. Porque siempre encontraremos a un niño o una niña jugando con una pelota en cualquier lugar del mundo. Porque me gustan los partidos escolares de los sábados. Y jugar con la pelota en la playa o en un parque. Porque no siempre ganan los más poderosos. Porque invita a soñar. Sí, aún me gusta el fútbol. Por Iniesta, por el gol de Nayim, por los Goles al margen, por Luna, por el HISA, por el Transportes Alcaine, por Los Futbolísimos…

Calasanz HISA(Un partido de esta temporada del equipo de fútbol sala Iniciación del HISA)

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Diez años

Aquella mañana fui a nadar a la piscina del Actur. Hizo mucho calor ese mes de junio y tú no tenías prisa por salir. Después fuimos a comer con Pili y Luis Ignacio (a los que les quedaban unas horas para adquirir el título de abuelos). Por la tarde nos refugiamos del calor en casa, leyendo los periódicos y viendo el Mundial de Alemania en la tele. No me acuerdo quién jugaba, el fútbol se mezcla en mi memoria con el inicio de las contracciones. Chema me apunta que jugaban Portugal y Angola, y marcó Pauleta. Y entonces empezaron las contracciones seguidas y fuertes. Después todo pasa a cámara rápida: los consejos de Eva, la matrona, un taxi volando al hospital, la luna llena por la ventanilla, un camisón verde y al paritorio, ya no da tiempo de poner la epidural, dos empujones y ya estás aquí. Qué bonita. El 12 de junio de 2006, a la 1.30.

Tras esta introducción, empieza una película maravillosa. Mezclo escenas y desordeno recuerdos: te veo corriendo con un año por una playa de Cádiz, haciendo pinos y volteretas unos años más tarde, metida en la cuna con tus hermanas, saliendo de la guardería de la mano de Alba y diciéndome que era tu amiga, subiendo las escaleras del conservatorio de danza, tomándonos juntas una horchata, soñando con ese viaje de mayores que haremos algún día, saltando en las camas elásticas, poniendo cara de asco ante un plato de acelgas, bailando, entrando en el cole con tu mochila de ruedas, subiendo al tren que te llevaba de campamentos, buscando un diente que se te había caído en el Pozo Largo, cogiendo a tus hermanas de la mano, soplando las velas de la tarta…

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Diez años que han pasado volando, Lara. Empiezas a ir sola a los sitios, a elegir tus libros (“Harry Potter”), tus películas favoritas (“Billy Elliot” y “Vacaciones en Roma”), tus amigos, tus gustos, tu camino por la vida. Te acompañaremos allá donde quieras bailar.

 

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La Reina de las Nieves

“Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro”. Llevo varios días paseando con ella, viviendo dentro de un cuento real y fantástico a la vez, disfrutando de la relectura de ‘La Reina de las Nieves’ (de Carmen Martín Gaite), uno de mis libros preferidos. Vuelvo a leerla con un lápiz y un pañuelo a mano. Gracias al club de lectura del cole por aceptar mi propuesta.

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En las historias de Carmen Martín Gaite siempre hay alguien que tira del hilo y alguien que escribe en un cuadernito. En ésta también hay viajes, misterios, secretos familiares, historias de amor de final incierto y una casa, la Quinta Blanca, en la que vivió veranos felices el niño Leo, antes de que se le metiera el cristalito de hielo en el ojo. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas desde que su abuela le contara el cuento de ‘La reina de las nieves’. Leonardo ha crecido, se ha perdido y ahora trata de encontrar su camino. A través de sus recuerdos y de sus anotaciones en sus diarios, vamos conociendo la historia de sus padres y la suya propia.

“La abuela, incluso cuando contaba retazos de historias familiares, nunca daba fechas de los acontecimientos, no los ponía uno detrás de otro para que yo pudiera entenderlos, lo dejaba todo nadando en una niebla abstrusa, lo que decía con lo que callaba, lo ocurrido de verdad con lo contado y con la manera tan particular que tenía de contarlo, un tono raro que dejaba siempre sed y sospecha, lo pasado con lo futuro y con lo soñado”.

La Reina de las Nieves es una novela extraña, no sé si difícil, muy emocionante. Te atrapa poco a poco y te lleva por acantilados abruptos y por suaves caminos de la memoria. Notas la brisa marina y los embates del mar, la soledad, el vértigo, las dudas y la pasión de Eugenio, el cristalito en el ojo. Quieres abrazar a Leonardo y dejarte mecer por el relato de Casilda. No importa si a mitad de camino uno se pierde un poco o cuesta seguir el hilo de las historias. Es una novela para dejarse llevar por sus vaivenes y su prosa exquisita. Las piezas del puzzle, al final, encajan.

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En qué pienso mientras corro

Salgo de casa y doy las primeras zancadas por el paseo Longares, al principio con un poco de pereza. Los primeros dos kilómetros son los que más me cuestan. Me gusta más el calor que el frío, el verano que el invierno, madrugar que trasnochar, las carreras largas que las cortas. ¿Voy hacia el Parque del Agua o hacia la Alfranca? Hoy me apetece más río abajo, es un camino más tranquilo y me gusta sentir que me alejo de la ciudad. Me gusta correr por caminos solitarios, entre maizales, junto al Ebro, mientras el perfil de la ciudad se va quedando atrás. Repaso mentalmente mi lista de recados: tengo que hacer la compra, ordenar ropas, terminar de una vez de clasificar las fotos de las vacaciones, hacer la comida, algo rico, contestar varios mails, actualizar el blog, devolver un libro en la biblioteca, darle vueltas a esa idea que me persigue para otra novela… Aparco lo demás y corro. Dice Murakami que correr maratones y escribir novelas son actividades parecidas, que requieren esfuerzo, concentración, constancia. En algún sitio leí que cuando uno empieza a correr no se plantea correr una maratón, simplemente surge. Hace dos años, no me atrevía a apuntarme a carreras de 10 kilómetros porque creía que no lo iba a aguantar. Luego, simplemente, llegó el momento. Disfruté y sufrí en mi primera maratón, hace unos meses, en Castellón, con mis amigos jabatos. ¿Dónde correremos la próxima? Porque sabemos que habrá una próxima.

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Foto de Ramón Ferrer, en el trail de Osán.

Sigo corriendo esta mañana de primavera. Voy a un ritmo cómodo, sin reloj. Me gusta correr por sensaciones, como nos decía Sergio, nuestro primer entrenador, nuestro guía jabato. ¿Y yo por qué corro? Corro porque me gusta, porque me sienta bien, porque me gusta correr sola y acompañada, porque corriendo he hecho grandes amigos, porque intento ir más allá, porque correr y volar se parecen, porque correr y escribir, como decía Murakami, son actividades complementarias. De pequeña quería ser escritora y jugadora de balonmano. Luego fui madre, periodista, escribí una novela y descubrí mi afición tardía por las zapatillas de correr. Me gustan unas moradas con las que corrí mi primera maratón. Mis hijas también tienen zapatillas de correr y dentro de poco correrán más que yo. Me gusta cuando vienen a animarme a las carreras, como la media maratón de Zaragoza, que pasa muy cerca de casa. O la llegada de la Roncesvalles-Zubiri, mi carrera preferida, por el Camino de Santiago. Cada vez disfruto más corriendo por el monte. Me encanta descubrir nuevas rutas por Cervera. Aún pienso si soñé aquel día del verano que se me cruzó un ciervo en el camino. Era real. Correr y soñar también se parecen. No sé qué hora es ni cuánto tiempo llevo corriendo. Ya veo las torres del Pilar arañando las nubes. Vuelvo a la ciudad y a mis quehaceres. Qué bonito está el campo en primavera. Cómo me gusta correr. Me acuerdo de una frase de Kilian Jornet: “No es más fuerte quien llega primero, sino aquel que disfruta haciendo lo que hace”.

PD. Este texto forma parte del libro “Jabatia: Y tú, ¿por qué corres?”, de Sergio Muro. Se presenta este sábado a las 11.00 en la feria del corredor de la Media Maratón de Zaragoza. Mientras, yo estaré corriendo por los montes en Boltaña, como buena jabata.

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