Mi maratón de Zaragoza

Me pidieron en el Heraldo de Aragón que contara cómo se vive una maratón desde dentro. Esta es mi crónica personal de la Maratón de Zaragoza, que se publicó en el periódico el 9 de abril:

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42 kilómetros contra el viento y con el corazón

¿Tiene sentido correr 42 kilómetros una mañana fría y ventosa de domingo? Si lo pienso con la cabeza, no lo tiene. Pero una maratón se corre con el corazón. Así que la mañana del domingo 2 de abril salgo de casa aún de noche preparada para correr la maratón de Zaragoza. Es la segunda en mi corta carrera de corredora aficionada (la primera fue hace año y medio en Castellón) y la primera en casa. Llevo mensajes de ánimo pintados en el brazo (“No te rindas nunca mamá”, “Eres la mejor mamá”, “Tú puedes”, “Corre, Flor, corre”) y cuatro geles en el bolsillo de las mallas. Quedamos un grupo de amigos jabatos en Tenerías. Compartimos abrazos y nervios, y nos dirigimos a la plaza del Pilar.

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El profesor de química

Llevamos dos meses cenando con Walter White, y esta noche lo echaré de menos. Me había acostumbrado a las historias de este profesor de química de instituto convertido en narcotraficante. En casa vemos las series a destiempo, cuando ya se han pasado de moda, cuando se habla poco de ellas. Ayer vimos el último episodio de ‘Breaking Bad’, redondo, buenísimo. Y hoy me siento rara sin Walter White. ¿Qué vemos esta noche? ¿Cuál será la siguiente serie? El listón está tan alto que temo no encontrar otra que me guste tanto. Ya sentí algo parecido cuando terminamos ‘Los Soprano’, ‘The Wire’ o ‘A dos metros bajo tierra’.

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Walter White es un personaje diferente a otros malos de películas y series de mafias o narcotráfico. Tras descubrir que tiene cáncer, Walter, que hasta entonces llevaba una vida anodina en Albuquerque, comienza a cocinar y vender metanfetamina para pagar su tratamiento y dejar unos ahorros a su familia. Conforme avanzan los capítulos va entrando en una espiral de violencia, mentiras y ambición de la que ya no podrá salir. A su alrededor, van creciendo unos personajes secundarios espléndidos: su mujer; su hijo adolescente discapacitado, su cuñado (agente de la DEA), su exalumno y ahora socio en el negocio de la droga, su peculiar abogado sin escrúpulos, otros narcotraficantes y matones.

Hay momentos en los que odio a Walter White por su crueldad. En otros, le entiendo y hasta casi le justifico. Con una mirada o un gesto lo cambia todo y vuelve a ser el profesor de instituto bueno y enfermo. Aún no estoy segura si hace todo lo que hace por él o por su familia. En el último capitulo casi le perdono.

Ahora que he leído que Los Pollos Hermanos ha abierto un restaurante en EE.UU. (o, al menos, una réplica del mítico local de ‘Breaking Bad’ para promocionar otra serie), me gustaría ir un día. Pediría unas alitas de pollo, me sentaría en una mesa del rincón y esperaría a que aparecieran Walter White, Gus Fring, Jesse, Skyler, Hank, Saul y todos ellos. Le preguntaría a Jesse si consiguió salir de Albuquerque. Le preguntaría a Skyler si en el último capitulo aún le quería. Le volvería a preguntar a él por qué lo hizo.

Y ya de paso les pediría que me recomendaran otra serie…

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Mis Barcelonas

De mi primer viaje a Barcelona guardo recuerdos fugaces. Tendría 6 o 7 años y fuimos a pasar un par de días de Semana Santa. Nos alojamos en alguna pensión del Gótico y desde un ventanuco se veía la Catedral. Fuimos al zoo y comimos huevos de chocolate.

Después he vuelto muchas veces. Hay muchas Barcelonas en mi biografía. Está esa Barcelona més guapa que nunca que me enseñaron mis tíos Ana y Jesús en el verano de 1992. Vi a Jordan en directo, la maratón pasando por las Ramblas, la alegría desbordante y, claro, me enamoré de la ciudad. Años después, fui a su universidad, a aprender a ser periodista, a descubrir el mundo desde mi piso de estudiantes. Calles, clases, bares, mar, canciones, libros, momentos, fiestas, lunes y domingos, los ferrocarriles y el metro, sueños, amigos.

Ahora soy una viajera que vuelve de vez en cuando de visita. La ciudad ha cambiado, siempre cambia. Al principio me cuesta reconocerme en sus calles llenas de franquicias y turistas. Pero luego veo algo (una bici en un balcón, un barecito en un chaflán del Eixample, el mapa del metro con ‘mis paradas’, el sol ) y siento que el encanto continúa, que no me he ido del todo.

Este fin de semana redescubrí la ciudad con ojos de niña. Me gusta volver a Barcelona con Chema, Lara, Vega y Luna. Gracias a Jesús, Ana, y Marina. Paseamos por las Ramblas y por la parte alta. Tocamos y curioseamos en el Museo de la Ciencia. Unos fueron al Camp Nou y otros subimos en teleférico. Cenamos un bocadillo viendo las fuentes de colores de Montjuïc y recordando historias. Me gusta compartir historias y Barcelonas con Ana. Me gustan los abrazos especiales de mi prima Marina. Echamos de menos a Anita. Me acuerdo de los paseos que he dado por Barcelona con María. Echo de menos a mis amigos. Y pienso en todos los viajes que tengo pendientes a esta ciudad.

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Pandilla familiar en el Museo de la Ciencia – Cosmocaixa de Barcelona.

Tornaré.

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Corredora de lunes

Empecé a correr hace más de tres años en el parque de la Granja. Y por ahí seguimos los miércoles y los viernes. Con la excusa de los trotes y las series hemos hecho un grupo de amigos jabatos. Compartimos entrenamientos, carreras, cervezas, excursiones y planes sin zapatillas. Desde hace unos meses, también corro sola los lunes por la tarde. Llevo a Vega a entrenar a la pista del CAD (en el barrio del Actur, casi al final de la línea del tranvía) y yo le espero corriendo por el Parque del Agua.

Me gusta correr por el Parque del Agua. Me cruzo con corredores, andarines, paseadores de perros, ciclistas, fotógrafos, hortelanos, patos. Los días más fríos del invierno no me cruzo casi con nadie. Un día me adelantaron Toni Abadía y Carlos Mayo. Estuve tentada de parar a aplaudirles pero soy muy pudorosa y seguí corriendo. Me gusta correr junto al río y ver cómo el sol se esconde más allá de la estación intermodal. Me gusta comprobar que cada tarde desde diciembre vamos ganando unos minutos de luz. Y que ya se ven los primeros brotes de primavera.

A las siete en punto vuelvo a recoger a la corredora benjamina. En el vestuario, Luisa me pregunta por el entrenamiento y los ritmos (Luisa Larraga, la gran campeona, una entrenadora detallista y una mujer muy cercana). No llevo pulsómetro, no me gusta correr mirando el reloj. Le cuento que las sensaciones son buenas. El próximo lunes le contaré que el cielo estaba precioso, un estallido de rojos y morados que se ha ido oscureciendo conforme daba vueltas por el parque. Y que me siento una privilegiada por disfrutar de estos momentos.

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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I wonder

‘I wonder’ es una canción maravillosa de un músico extraordinario y misterioso. Reconozco que yo no había escuchado a Rodríguez hasta que lo vimos hace unos días en el documental “Searching for Sugar Man” (del director Malik Bendjelloul, Oscar al mejor documental en 2013). Ahora voy por la calle cantando sola ‘I wonder’.

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¿Quién era, quién es, Rodríguez? El documental cuenta su increíble historia, desde que fue descubierto en los años 60 en un bar de Detroit. Grabó dos discos (‘Cold fact’, en 1970, y ‘Coming from reality’, en 1971). Sus productores pensaban que se convertiría en uno de los grandes de su generación. Pero sus dos discos pasaron desapercibidos en EE.UU. y él desapareció. Se dijo de él que se había suicidado sobre el escenario en un concierto, de un tiro en la cabeza o prendiéndose fuego; había distintas versiones. Por cosas del destino, un disco suyo viajó en la maleta de una chica a Sudáfrica, allí pasó de mano en mano, de boca en boca, y se convirtió en un gran éxito. En Sudáfrica llegó a vender medio millón de discos en los años 70 y se convirtió en un símbolo de lucha contra el apartheid.

Dos décadas después, dos fans sudafricanos empezaron a rastrear su pista para saber quién era, qué había sido de él. “Fue la banda sonora de nuestras vidas, más que Elvis, más que los Rolling Stones”, cuentan. Y lo encontraron vivo, totalmente ajeno a su éxito. Seguía viviendo en Detroit, había trabajado en la construcción, tenía tres hijas. Le convencieron para viajar a Sudáfrica y dar una gira en 1998, que, claro, fue un éxito absoluto. El documental cuenta su historia: la de Rodríguez, la de su misterio, la de su búsqueda, la magia de su música tantos años después.

 

Ahora me imagino a Rodríguez paseando solitario por las calles de Detroit, tocando la guitarra, jugando con su nieto sudafricano, riéndose del destino, tarareando ‘I wonder’.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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