Margarita, está linda la ciudad

Nunca se acostumbrará al viento de esta ciudad, piensa mientras se encoge bajo la chaqueta y a lo lejos se acerca puntual el autobús 58. Entra a trabajar a las 8 pero a la señora de la casa le gusta que llegue diez o quince minutos antes. Desayuna un cafecito nomás de pie en su cocina minúscula, se arregla un poco el pelo crespo y sale corriendo de casa antes de las 7. Después de unos meses, ya se ha hecho a la rutina, a los horarios, a las calles. Se ha aprendido el camino desde su casa, una callejuela del barrio de San Pablo, hasta la plaza de España. Allí coge el tranvía, es como un tren rápido y silencioso que atraviesa la ciudad, le contaba a su madre los primeros días por teléfono. Se baja en Vía Ibérica y camina unos metros hasta la parada del 58. Un día se durmió y el tranvía le llevó a Valdespartera, que es un barrio nuevo, todo de casas altas, todas las calles iguales, y no sabía volver, mamá, me entró un poco de angustia. Pero encontró el camino de vuelta, siempre ha sido una luchadora que encuentra los caminos. Llegó quince minutos tarde al trabajo. No volverá a pasar, le prometió a la señora. Desde ese día cuenta mentalmente las paradas y no se permite cerrar los ojos. Plaza Aragón, Gran Vía, Fernando el Católico, Plaza de San Francisco, Emperador Carlos V, Romareda y, siete, Casablanca. Después se sube al 58, que le lleva por el barrio de Casablanca y el Canal. Ella se recuesta en el asiento detrás del conductor y pega la cabeza a la ventanilla hasta la última parada.

FOTO TRANVÍA

El primer día apenas se fijó en ella, una chica joven, morena, probablemente de origen latino, como otras mujeres que suben al bus y van a trabajar a las casas de las urbanizaciones. La suya es una línea tranquila: la 58 (Tranvía-Fuente de la Junquera), circular, corta, una de las nuevas creadas para dar servicio al eje del tranvía y las zonas residenciales de las afueras. Es una zona de poco tráfico, qué diferente de las líneas urbanas que se meten por los barrios y tienen que soportar coches mal aparcados, atascos y retrasos. La 58 no suele llevar muchos viajeros. Algunos que van al Stadium Casablanca, a los colegios cercanos o a las casas del Camino Fuente de la Junquera. Perdone, ¿cuánto falta para la urbanización Fuente de la Junquera?, le preguntó ella. Llevaba una dirección apuntada en un papelito. Tenía una voz suave, dulce y unos ojos muy grandes. Es la ultima parada, le indicó, y ella agradeció las indicaciones. No han vuelto a intercambiar palabra desde aquel día. Ella no ha faltado ninguno, salvo uno, tal vez estaba enferma. Saluda siempre con un buenos días bajito, deja una estela de rosas a su paso y se sienta en el mismo asiento, justo detrás del suyo. Él la mira disimuladamente por el retrovisor…

(El relato continúa en la revista digital Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores. Me pidieron una colaboración, y salió un cuento que mezcla paisajes zaragozanos y nicaragüenses. Buen viaje y buena lectura. Se puede leer aquí)

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La vaca o yo (corriendo por Torla)

La carrera de Os Foratos de Lomenás ya es una más de nuestro calendario jabato. Este año un grupo de amigos repetimos esta carrera de Torla aunque con recorrido diferente y algunas sorpresas en el camino. Empezamos a correr con guantes y acabaremos sudando en un día precioso y soleado en Ordesa. El otoño ya se nota en los colores de las hojas y en alguna cumbre divisamos nieve. Elisa, Sergio, Álex y yo nos apuntamos a la de 24, aunque luego no sé si han sido 25 o 28. Como corro sin reloj no lo sé.

En la previa de la carrera que hace Ramón Ferrer (un gran fotógrafo y cronista de carreras de montaña) decía que la favorita era Mónica Sáenz, así que me propongo intentar seguirla. Y salimos como balas del pueblo de Torla y cogemos buen ritmo en los primeros kilómetros. Sigo a un grupo, voy disfrutando del camino y de las vistas. Cruzamos el Ara por un puente de piedra y alguien delante se da cuenta de que nos hemos perdido. Puede ser que las señales de la organización no estuvieran muy claras. O que estuviéramos un poco despistados siguiendo al de delante o contemplando el paisaje. El caso es que nos hemos perdido, retrocedemos, probamos otro camino en busca de las señales rojas, pero tampoco. Finalmente desandamos nuestros pasos y encontramos a los corredores más listos que nosotros que no se habían perdido. Lo que hemos perdido es unos cuantos minutos y llevamos un extra de kilómetros en las piernas.

Empieza para mí otra carrera. Intento apretar un poco y adelantar a gente para recuperar el tiempo perdido, pero sin agobiarme. Decido disfrutar aún más del recorrido e incluso me paro a hacer fotos. El valle de Ordesa en otoño es maravilloso. El recorrido de la carrera es este año aún más bonito. Han alargado el recorrido y el camino nos lleva hasta los 1.900 metros del Collado de la Plana, con unas vistas espectaculares. Después toca una larga bajada hasta el pueblo de Torla, pasando por distintos terrenos: prados con agujeros, pista muy rápida y senda entre árboles.

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Antes me encuentro con una vaca parada junto al camino, nos miramos, me paro, me asusto un poco, pienso en mi madre que le tiene terror a las vacas, le hago una foto y paso despacio a su lado. Pienso que soy una privilegiada por poder estar ahí, en ese lugar tan bonito, corriendo, con la vaca mirándome, disfrutando de la montaña. Luego me dejo de reflexiones y bajo con todas las fuerzas que me quedan y la esperanza de coger aún a las que iban por delante. Y a un kilómetro del pueblo consigo adelantar a otra chica.

Llego tercera, feliz. En la plaza de Torla nos juntamos los jabatos: los de la carrera de 24 (Elisa, Sergio, Álex y yo), los de la de 14 (Pepelu, Rodrigo y Fran) y los que vienen a animar (Ana, Antonio, Silvia y los chicos). Cómo me gusta compartir estos momentos. Aún nos quedan las cervezas, las migas y un café. Y hacer planes para futuras excursiones o carreras.

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(Fotos jabatas y de Ramón Ferrer)

 

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Deseo ser niña

La chica encontró una moneda de 25 pesetas con agujero en el fondo de un cajón. Eran las fiestas del Pilar. Llamó al trabajo para decir que no se encontraba bien y ese día se quedaba en casa. Dijo en casa que tenía mucho trabajo y llegaría tarde. Cogió el autobús 38 y se bajó en la última parada de Miguel Servet. Ni rastro de la noria, los tiovivos, los autos de choque, los ponies, la tómbola, el circo, los elefantes, los puestos de algodón rosa pringoso, las luces, la música. El lugar donde antes se instalaban las ferias era un descampado en el que ahora crecían las zarzas y las cacas de perros. Pero allá al fondo, junto a un árbol seco había una máquina que emitía luces de colores. Se acercó a ver. Aún se leían las letras desgastadas: “Zoltar speaks”. Le sonaba de alguna película. Era una pequeña cabina acristalada con un mago de cartón piedra en su interior. Echó la moneda por la ranura. La figura abrió la boca: “¿Cuál es su deseo?”. “Ser niña”, contestó sin dudar. Y a continuación, tras unos ruidos como de tos ronca, Zoltar escupió una tarjeta: “Deseo concedido”.

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Se marchó rápido de allí, un poco asustada, un poco arrepentida. A cada paso notaba cómo la ropa se le hacía más grande o ella más pequeña. En la marquesina del autobús, miró su reflejo en el cristal. No mediría más de 1.40, como cuando tenía 10 años. Arrastraba los bajos del pantalón y la cazadora le quedaba enorme. “¿Dónde vas sola, niña, te has perdido?”, le preguntó el conductor. “No, no, estoy esperando a alguien”.

Pasaron unos minutos eternos hasta que apareció surcando los cielos. Uno de los leones de bronce del puente de Piedra le guiñó un ojo y ella se subió de un salto a horcajadas. Primero le llevó a un patio de colegio. El partido estaba a punto de empezar, le dio tiempo de ponerse las zapatillas de balonmano, calentar un poco y saltar al campo. Metió dos goles de contrataque y uno desde el extremo. Después comieron en el Burger Rubio’s del paseo de la Independencia, una hamburguesa como las de hace treinta años con patatas fritas y Fanta de Naranja. De postre, un helado de chocolate de los Italianos. Por la tarde sobrevolaron los Pinares de Venecia y se posaron en lo alto del barco Mississippi del Parque de Atracciones. Un empleado simpático le regaló una pulsera y se montó quince veces seguidas en la montaña rusa y una hora en las camas elásticas. Después el león voló hasta la tribuna este de La Romareda. El abuelo Félix le esperaba en su asiento fumando un puro y escuchando un transistor. El Zaragoza de Primera le ganó 3-0 al Madrid.

Cuando ya anochecía, el león le volvió a llevar al final de Miguel Servet. Un hombre trajeado le hablaba a la máquina de Zoltar. Se llamaba Josh, le contó, había venido desde Nueva York. Cuando llegó su turno, la niña metió la tarjeta por la ranura y pidió su deseo al mago. “Hasta el año que viene”. Conforme se alejaba del descampado, notaba como su cuerpo se iba estirando, hasta alcanzar los 1,66 y los 39 años. Guardó el secreto y se subió al autobús 38 de vuelta a casa.

(Este texto se publica en el suplemento especial del Heraldo de Aragón ‘De Zaragoza de toda la vida’, con motivo del Día del Pilar)

 

 

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Nieva en Barcelona

Me acuerdo de aquella vez en primero de carrera que nevó en Barcelona. Todos quedamos hipnotizados mirando por la ventana. El profesor paró la clase, no recuerdo si era Historia de Cataluña o Historia de la Comunicación con aquel profesor que llevaba un microfonito a lo Madonna que nos hacía mucha gracia a los jóvenes estudiantes que soñábamos con ser periodistas. El caso es que no dimos más clase, salimos a tiranos bolas. O fuimos al bar a tomar algo.

Como una bola de nieve, han seguido rodando los recuerdos desordenados. Las fiestas de la Vila y del passeig Sant Joan. Nuestros domingos en pijama. Una excursión a Girona con Mari Carmen, Ainhoa, Aitana, Toño en el principio de los tiempos. Aquel partido de Copa del Numancia en el Camp Nou. Las clases con Miquel Rodrigo, Iván Tubau, Vicenç Villatoro en la Autónoma. Una comida de diumenge en casa de Tania. Charlas con los Alberts. Conversaciones de política, de fútbol y de periodismo. El trayecto en bus por los polígonos más feos de Barcelona para llegar a la redacción de El País. Después de aquellas prácticas me compré el libro de poesía ‘El día que dejé de leer El País’. No he dejado de leerlo, aunque cada vez con más distancia. Me pasa con casi todos los periódicos.

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No sé por qué se me ha removido hoy esta catarata de recuerdos catalanes. Será la edad, ahora que casi fa vint anys que tinc 20 anys. Serán las imágenes broncas de Barcelona con las que no me identifico. Será esa canción de Ismael Serrano que me mandó el otro día una amiga.

Me entristece, indigna, desconcierta, asusta la situación de Cataluña. No me gusta la violencia ni los debates a gritos. No me gustan las mentiras ni las manipulaciones. Ni la guerra de banderas. No soy equidistante. Me gusta que los ciudadanos podamos dar nuestra opinión no solo en las elecciones cada cuatro años. Y que nuestra opinión se tenga en cuenta. No he dejado de votar nunca, ni siquiera en los presupuestos participativos de Zaragoza en los que votamos el 1,07% de la población, o en las elecciones al consejo escolar del colegio en las que no vota casi nadie. No sé qué pasará el domingo, ni el lunes, ni el día siguiente. No sé qué haría si fuera presidenta y tuviera que tomar las decisiones políticas para deshacer este nudo tan feo. Mientras le doy vueltas a mis dudas y contradicciones, leo, escribo, canto en la ducha, dejo que rueden los recuerdos y caiga la nieve.

 

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Construyendo casas en los árboles

Siempre me ha gustado subirme a los árboles. Tocar el tronco, agarrarme a las ramas para tomar impulso, escalar, sentir un poco el riesgo, encontrar mi acomodo allá arriba entre las hojas, disfrutar de un momento de soledad, mirar el mundo desde otra perspectiva. De niña me gustaba leer historias de niños que se saltaban las normas y vivían mil aventuras. De mayor, también.

Por eso me ha gustado tanto ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez. Este libro me ha acompañado este verano, desde Cervera hasta París y vuelta a Zaragoza. Es la historia de una madre y sus tres hijos, que tras la muerte de su marido decide dejar Madrid y mudarse a una casa rural en Inglaterra, junto al río Humble. Sus tres hijos, Michael, Richard y María, son tres niños geniales que hacen muchas preguntas y detestan el colegio. No les gusta colorear y los deberes les parecen aburridos. Disfrutan con su nueva vida: preparan representaciones teatrales en el jardín, navegan por el río, diseccionan animalillos, ven películas, hacen experimentos y travesuras, juegan, son felices. La madre decide construir una casa en el árbol para ellos, y para los lectores.

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El libro es una reflexión sobre la educación, la infancia, la libertad. Lo tengo lleno de frases subrayadas. Algunas se las he leído a mis tres hijas, a las que veo también subidas a un árbol haciendo preguntas o manchadas de barro en la orilla del Humble.

“Quiero ser grulla, benditas grullas maravillosas, que vuelan desde África entendiendo las reglas aerodinámicas y sociales de su formación en uve. O salmón. El salmón entra en la embocadura del río, apoyado por el grupo, sin dudas o inseguridades, sin rehusar o achantarse frente a los rápidos de piedra contra los que se dejará la vida o las escamas. Y eso es vivir. Vivir es morir y morir es vivir. Los adultos nos metemos en la vida despacio, como cobardes perezosos que entran con frío en la piscina, desconfiados, criticando la temperatura del agua. Los niños no hacen eso. Los niños se lanzan sin más porque ellos saben lo que hacen, como las grullas, como los salmones, como los pájaros carpinteros, como las gacelas. Nosotros lo hemos olvidado. Hemos olvidado que hay que saltar, tirarse, volar, picar en el árbol con convicción instintiva.

Siento que he llegado a la edad irracional. La edad de la fe en mí misma. Estoy en un lugar sin dudas ni miedo. Un río donde mandan la práctica y la poética. Calla el lenguaje, hablan los ritmos. Miro hacia arriba y veo dos enormes maderos cruzados sobre un roble centenario. Son el comienzo de una casa en un árbol. Me digo, “esto lo puso ahí el instinto, como el salto de la gacela, que no sabe por qué salta, como el canto de la tórtola, que no sabe por qué dice cucú, como el juego de un niño, que no sabe por qué juega, pero juega porque le hace feliz”. Heredamos de nuestros padres todo, todo lo inmaterial. Todo. Incluso el futuro”.

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Paris sera toujours Paris

La felicidad es un mapa arrugado de París. Son los saltos, las risas y las fotos delante del Arco de Triunfo, del Panteón, en la plaza de los Vosgos, en Montmartre, en la Ópera, en el parque des Buttes Chaumont, en la Villette, en un Burger refugiados de la lluvia parisina. Unos bocadillos debajo de la torre Eiffel. Reírnos de Robert Ryman en el Pompidou. Reírnos de los escaparates de lujo de la rue Saint Honoré. Un helado de yogur o de chocolate. Una cena de quesos. El suelo que cruje en nuestro apartamento parisino prestado. Sus libros, los libros, la música. El paisaje que discurre por la ventanilla del tren. ZAZ y nosotros cantando ‘Paris sera toujours Paris’.

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La felicidad es también bañarnos en las playas de Liencres. La ‘tabla’ de surf que nos acompaña desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, y que mengua ahora cada año mientras las chicas crecen. Constatar con orgullo y vértigo cómo el tiempo vuela con ellas. Meter los pies en el Pozo Largo. Ver estrellas y contar historias en Clunia. Un día de picnic y piraguas en Playa Pita. Una cena en la parte antigua de Cáceres. Piscina y carne a la plancha en la casita del Parque del Príncipe. Nadar en una piscina solitaria y secarme al sol. Descubrir un camino nuevo para correr.

La felicidad es también volver a casa, al calor pesado de Zaragoza, a la tienda de pan y periódicos de la plaza, a nuestra piscina de Balsas, a los entrenamientos, a la rutina…

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Benasque: mi primera maratón de montaña

Cierro los ojos y aún los tengo llenos de piedras, rocas, ibones, raíces, musgo, hojas, nubes, paisajes maravillosos y emociones indescriptibles. Acabo de correr mi primera maratón de montaña: la maratón de las Tucas, en Benasque (42 kilómetros, 2.500 metros de desnivel positivo). El Gran Trail Aneto celebrado el pasado fin de semana en Benasque es la gran carrera del Pirineo y una de las principales de España. En realidad son cinco carreras de diferentes distancias: desde los 12,5 kilómetros de la Vuelta al Molino de Cerler a los 105 del Gran Trail. Entre los 3.500 participantes hay titanes de la montaña y muchos corredores anónimos que nos enfrentamos por primera vez a esta aventura.

¿Quién nos iba a decir, Marisa y Sergio (mis compañeros en esta aventura maravillosa), que un día correríamos 42 kilómetros por alta montaña? Pues ahí estábamos el sábado a las 9.00 en la avenida de los Tilos de Benasque con otros mil corredores de la maratón de las Tucas. No corremos solos, corremos acompañados por los amigos que nos animan en Benasque y durante el recorrido, por los familiares que están lejos, por los desconocidos con los que compartimos los buenos y malos momentos durante unas cuantas horas.

Nuestra carrera empieza cuando el sol ya ilumina las cumbres más altas del valle. Después de hacer un pasillo -con la piel de gallina- para los tres primeros corredores del Gran Trail que llevan toda la noche corriendo y pasan por Benasque poco antes de nuestra salida. Y empezamos a correr. Llevo una mochila pequeña y los tatuajes de mis hijas en los brazos. El primer tramo transcurre por el valle de Estós. Pasamos junto a la cabaña del Turmo (la de la canción de los Celtas Cortos) y seguimos hacia el refugio de Estós, primer punto de avituallamiento. Descanso un poco, como plátano y membrillo, relleno los botes de agua y bebida isotónica, les pido a unas voluntarias que me hagan fotos. Es como si aún no me creyera que estoy ahí, corriendo mi primera maratón de montaña. Sintiéndome un poco Kilian Jornet.

Desde el refugio de Estós nos dirigimos al Collado de la Plana (2.708 metros de altitud), punto intermedio de nuestra maratón. Pasamos junto al ibón de Batisielles y ahí empieza lo peor. Los últimos kilómetros de subida son duros, con mucho desnivel y muchas piedras. Llega un momento que es imposible correr: caminamos y hasta trepamos por las rocas. A veces paro solo para recuperar el resuello y contemplar las vistas. Es imponente.

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En el ibón de Batisielles.

Los mapas engañan un poco. Viendo el perfil sobre el papel parece que una vez llegado al Collado de la Plana, solo queda bajar, parece fácil. En realidad nos quedan unos cuantos kilómetros de bajada técnica y difícil hasta el refugio de Ángel Orús. Apenas se puede correr. La bajada es peligrosa para los que no somos expertos en montaña. Me duele la rodilla izquierda. Saltando un riachuelo me resbalo y acabo dentro del agua helada. El resto de la carrera la haré con los pies mojados. Por un momento pienso que qué hace una chica de ciudad en un sitio como este. El pensamiento dura poco. Me siento una privilegiada. Allá abajo veo el refugio y siguiente avituallamiento. Se me pasa el dolor de rodilla. Los voluntarios nos animan, nos dan comida, bromean. Los voluntarios son encantadores durante toda la carrera y todo el fin de semana.

Tras comer un par de sándwiches y más membrillo, vuelvo a correr (ahora sí) cuesta abajo rumbo al pueblo de Eriste. Hay tramos que siento que vuelo. Me acuerdo de la frase que nos había dicho antes nuestro amigo Pepelu: “Si llegas a Eriste, resiste”. Llego con energías renovadas, los vecinos nos aplauden a los corredores desde las ventanas, veo a mis amigos esperando en el puente, sus ánimos me dan un subidón. Descanso un poco y empiezo la última etapa de la carrera: la subida a Cerler y descenso a Benasque.

Las piernas pesan, me cuesta correr. Allá abajo se ve el pueblo, se oye la megafonía de la meta. Paro a coger una piña y una flor morada (que luego se me deshace en la mochila). Llego a las calles de Benasque con un nudo en la garganta. El público nos hace un pasillo a los corredores. Los últimos metros son sobre una alfombra roja. Se me han olvidado las dudas, el cansancio, los pies mojados, el dolor de rodilla. Cruzo la meta 6 horas y 47 minutos después (sexta en la clasificación) y siento una alegría inmensa.

Me queda esperar a que lleguen mis amigos. Antes aplaudimos la llegada del francés Frederic Laureau, ganador del Gran Trail con récord de la prueba. Durante toda la tarde, toda la noche y la mañana del domingo siguen llegando corredores a la meta de la avenida de los Tilos. Benasque se llena de abrazos y emociones compartidas. Prometemos volver.

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(Este artículo se ha publicado el 25 de julio en Heraldo.es)

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