Mis libros para el 8M

Este es un 8M más de redes sociales que de calle. De pequeños grupos y abrazos en la distancia. También de lectura. Aquí dejo una selección de libros que me acompañan estos días en la mesilla. Son libros de mujeres fuertes y de mujeres frágiles, de mujeres valientes, de aquí y de allí.

‘Madre de leche y miel’

“Hablaré para vosotras, hermanas, hablaré para deciros cuanto queréis escuchar. Esta voz mía os narrará los hechos que desconocéis de aquella que salió del mismo vientre que vosotras. Dadme té para calentar mi lengua y cerrad la puerta, porque estas palabras mías no pueden salir de aquí. Son solo para vosotras, vosotras que podéis entenderlas y guardarlas. Sin revelarlas al mundo, que todo lo juzga…”. Así empieza la novela ‘Madre de leche y miel’, de Najat El Hachmi (editorial Destino), en la que Fátima, una mujer del Rif, les cuenta a sus hermanas cómo fue su viaje a Cataluña con su hija pequeña hace años, las dificultades por las que pasaron para salir adelante, el choque entre culturas y generaciones. Leyéndola, siento que me he colado en ese grupo de mujeres, que soy una más que escucha la historia de Fátima y su hija. Puedo saborear el pan recién hecho y oler el té con hierbabuena. Nos transmite su pena y sus remordimientos. Aisha, la madre de Karim, podría ser una de ellas. Intuyo que ficción y realidad van de la mano. Quiero leer más libros de esta autora, nacida en Marruecos y que emigró a Vic con su familia siendo niña. Ella se siente marroquí, catalana y española a la vez, desmonta prejucios con su escritura. Acaba de ganar el Premio Nadal con ‘El lunes nos querrán’. Será una de mis próximas lecturas.

‘Desierto sonoro’

‘Desierto sonoro’, de Valeria Luiselli (editorial Sexto Piso) es uno de esos libros que leo con un lápiz a mano para no olvidar esas frases que me atrapan y me hacen pensar mucho. Repaso mis subrayados: sobre los mapas, los viajes, la ciudad, las rutinas, la relación de pareja, los hijos, la memoria, los relatos, los migrantes… La novela cuenta el viaje de una pareja en crisis con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Me hace ilusión reconocer paisajes y pueblos de mi año americano en Virginia. La pareja protagonista se conoció participando en un proyecto que me fascina: documentar durante cuatro años los sonidos de la ciudad de Nueva York (todos los idiomas que se hablan en ella y también todos los sonidos callejeros). Ahora viajan al sur, cada uno centrado en un proyecto documental diferente: ella, sobre los niños migrantes que viajan solos (“los niños perdidos”) y él, sobre Gerónimo y los últimos apaches de EEUU. Intuyo que también en este libro hay parte de autobiografía o de autoficción (es el juego de la literatura: que cada uno imagine lo que quiera). Quiero seguir la pista de Valeria Luiselli, periodista mexicana, que ha vivido en Barcelona y en el Bronx. La seguiré leyendo con un lápiz a mano.

‘Caperucita en Manhattan’

‘Caperutita en Manhattan’, de Carmen Martín Gaite (editorial Siruela) está en esta selección porque sí, porque es uno de mis clásicos. Porque hace unos días vi un documental en La 2 (‘Imprescindibles. La reina de las nieves. Carmen Martín Gaite‘) y me entraron unas ganas irrefrenables de releer ‘Caperucita en Manhattan’. Es un cuento delicioso, para niños de todas las edades. “Vigilando Manhattan por la parte de abajo del jamón, donde se mezclan los dos ríos, hay una islita con una estatua enorme de metal verdoso que lleva una antorcha en su brazo levantado y a la que vienen a visitar todos los turistas del mundo. Es la estatua de la Libertad, vive allí como un santo en su santuario, y por las noches, aburrida de que la hayan retratado tantas veces durante el día, se duerme sin que nadie lo note. Y entonces empiezan a pasar cosas raras…”. Chicas, tenemos pendiente un viaje a ver la estatua de la Libertad. Creo que os gustará este libro.

‘Temporada de Rosas’

Y un regalo para las futbolistas de la casa, de este mismo 8M: ‘Temporada de Rosas’, de Chloé Wary (editorial Astiberri), Premio del Público en el Festival de Cómic de Angoulême 2020. Gracias, Rafa, por la recomendación. Copio el resumen de la solapa. “Este año Bárbara tiene que estudiar para la selectividad. Pero lo que le remueve las entrañas es el fútbol. Bárbara es la capitana de las Rosas, el equipo femenino del club de su ciudad y, esta temporada, ella y sus compañeras tienen hambre de victoria. Sin embargo, a pesar de los duros entrenamientos, el club local se queda sin subvenciones y decide favorecer al equipo masculino para llevarlo al campeonato. Las jugadoras deberán elevar su voz para luchar contra la injusticia”. Tiene muy buena pinta…

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Karim en Parque Goya

Lo mejor de escribir es compartir las historias. ‘Catorce’ es un libro muy compartido y me está dando muchas alegrías. La última, este viernes con la visita al CPI Parque Goya. Los profesores de Lengua José Ramón García y Jesús Arcega me invitan a una charla con los alumnos de 3º de la ESO, que han leído mi libro. Leído y analizado hasta el detalle. Y allá voy, un poco nerviosa por la respuesta de mis jóvenes lectores, en una mañana lluviosa. La lluvia acompaña a ‘Catorce’ en los días importantes.

El acto está muy bien organizado para cumplir las medidas en tiempos de covid. Me reúno con parte de los alumnos en el salón de actos, mientras los demás siguen la charla por streaming desde sus clases. Les cuento que me gusta escribir y leer desde niña. Les hablo de cuándo empecé a imaginar a Karim. Recuerdo entrevistas del Heraldo. Y la primera persona que me habló de los menas (Chabier Gimeno). Y la mirada de Djibril, cuando me contó su viaje en un cayuco para llegar de Senegal a Canarias. Menciono esa frase de Kapucinsky que dice algo así como que para ser periodista hay que ser buena persona. Explico que escribir una novela es cómo montar un puzzle. Y reconozco que siempre dudo, incluso ahora con la novela ya volando sola.

Luego damos paso a las preguntas. Muchas. Se nota que el libro les ha gustado. “¿Desde cuándo te gusta escribir? ¿Cuáles son tus libros preferidos? ¿Cuánto te costó escribir ‘Catorce’? ¿Tienes alguna manía cuando escribes? ¿Karim es inventado? ¿Algún personaje está basado en alguien a quien conozcas? ¿Cómo elegiste los nombres? ¿Y su pueblo de Marruecos? ¿Por qué has decidido ese final? ¿Tú qué crees que pasa al final? ¿Habrá una segunda parte? ¿Le recomendarías el libro a una persona racista? ¿Qué personaje te gusta más? ¿Quién se parece más a ti? ¿El chico de la portada es como tú habías imaginado a Karim? ¿Te atreverías a hacer ese viaje? ¿Qué harías por un amigo?…”.

Después me esperan para que les firme sus libros. Y seguimos hablando. Alba me cuenta que quiere ser escritora. Y me pide una dedicatoria para una amiga que está en el hospital. Pablo me cuenta que es el libro que ha leído que más le ha gustado. Hablando con Andrea descubro que de niña yo compraba el pan en la panadería de su madre en el Arrabal. Y que Carmen jugaba a fútbol en el club de mis hijas. Firmo libros de los compañeros que están en las clases siguiendo la sesión por la pantalla. Muchos han leído ‘Catorce’ en papel y algunos en ebook (a ellos les firmo en un díptico de papel que han preparado sobre el libro). Se nos pasa el tiempo volando. Me despido sin abrazos pero emocionada y muy agradecida.

Crónica de la visita en el blog de 3º de la ESO del CPI Parque Goya

Más crónicas y entrevistas sobre ‘Catorce’ en el blog de la novela

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Miguel y Pedro

A veces sueño que en un largo viaje en tren me toca sentarme junto a Carmen Martín Gaite. Empezamos comentando la forma de las nubes que pasan por la ventanilla y seguimos hablando de la escritura, de nuestros cuadernos de todo, de Salamanca, de Nueva York, de la reina de las nieves… También he hablado alguna vez con Mario Benedetti, a quien imaginé vendiendo periódicos en un pequeño quiosco en la plaza de San Felipe de Zaragoza, en mi novela ‘El refugio de las golondrinas’. Imagino a los autores que me gustan, los saco de los libros para compartir un café, un paseo o un viaje.

Leyendo ‘El libro de Miguel Delibes. Vida y obra de un escritor’, en varios ratos de diciembre con mantita en el sofá, he visto a Delibes con mi abuelo Pedro paseando por los caminos de Cervera. Los he seguido discreta mientras subían a buen paso el camino del Tolmo rumbo a Canejá. Iban hablando de sus cosas: de los años mozos, de los noviazgos con Milagrosa y Ángeles, de los nietos y los bisnietos, de cómo va la Liga (Miguel es del Valladolid y mi abuelo, del Madrid), de conejos y cardelinas, de la primera bicicleta verde de mi abuelo en la que aún pedaleamos los nietos mayores, de la bicicleta de Miguel con la que recorría en verano los 100 kilómetros entre Molledo y Sedano para ir a ver a su novia. Los dos son hombres de campo, los dos nacidos en 1920 y fallecidos en 2010, padres de familia numerosa (7 hijos cada uno).

Leo en ‘El libro de Miguel Delibes’ que Delibes empezó en El Norte de Castilla como dibujante y llegó a ser director de su periódico. Ganó el Nadal en 1947, publicó más de 60 libros y entró en la Real Academia de la Lengua con un discurso en defensa de la naturaleza. Veo a Daniel, el Mochuelo, y sus amigos correteando por los caminos detrás de Miguel y el Pedro. Delibes tuvo que lidiar con la censura en el periódico y en sus libros. Descubro que como regalo de bodas Miguel le regaló a Ángeles una bicicleta; y ella a él, una máquina de escribir.

No sé qué se regalaron mis abuelos, de familias humildes de Cervera del Río Alhama. Después de casarse abrieron una tienda de ultramarinos en la plaza del Royo, trabajaron en el campo y en el taller de confección de mi abuela y mis tías. Mi abuelo, autodidacta, aprendió solo a escribir a máquina, lo que le valió en la mili para cambiar las armas por la oficina y luego para tramitar becas y pensiones de muchos cerveranos. Cuando vuelvan Miguel y Pedro del paseo por el campo, me gustaría ir con el abuelo al huerto del hospital a recoger el cardo de la cena de Nochevieja. Después prepararé el guirlache con la abuela Mila. Y nos sentaremos en la mesa camilla del salón, con vistas a Piedralén y al Castillo, a repasar un álbum de fotos en blanco y negro, y contar historias.

Hoy hace justo 10 años que no está el abuelo (la abuela Mila, más delicada de salud, murió antes). Esta mañana nos mandamos mensajes y fotos por whatsapp. Mañana en la Pedrada nos felicitaremos el año por videollamada. Es una Navidad rara. Así guardamos más ganas para cuando podamos volver a juntarnos todos en Cervera.

El abuelo Pedro y María, el día de nuestra boda en La Bastida (4 de marzo de 2006).

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Sueños raros

¿Quién no se ha sentido raro alguna vez? Extraño, desubicado, incomprendido. Pero también original, creativo, libre. En mi pasaporte pone que he nacido a orillas del Ebro, que a veces me siento rara, que disfruto de la soledad y de la compañía, que me gusta viajar y soñar, que a veces doy forma a los sueños con palabras, otras los dejo que vuelen libres, que me gusta probar cosas nuevas y compartirlas.

Un mediodía de diciembre emprendimos un viaje. Buscamos una excusa: un cumpleaños. Atravesamos la niebla, cerramos los ojos y nos dejamos llevar. El viaje nos llevó a París, Japón, México, Cervera, al campo, a la infancia, al futuro. A la vuelta del viaje traigo un montón de postales desordenadas:

Barrio

Callejear por el barrio para ir a comer a un sitio especial. El barrio es la cercanía, la humildad, la vida cotidiana, las historias de los que vivieron antes aquí. Me gusta el barrio Jesús, pequeño, recoleto, un poco escondido, en la ribera del Ebro, cerca del centro pero suficientemente alejado. Me gusta imaginar historias de los vecinos que vivimos por aquí, de los que vivieron antes. Quién ocupó antes este local. Aquí al lado había un cine, el Cine Norte, en el que vi alguna película de niña. Los barrios tienen muchas historias. Me gusta escuchar a los abuelos y ver jugar a los niños. Me gusta asomarme al río, aquí al lado. Todos somos río, historias que fluyen, corriente que deja sedimentos.

Pan

Comer pan con pasión. Primero una esquinita de la corteza, luego una miguita, después un trozo más grande. Es un pan esponjoso que llena la boca. Unto generosa en un cuenco de aceite. Me chupos los dedos. Se me caen miguitas por el mantel, recojo algunas con la punta del tenedor. No conozco las reglas no escritas, no frecuento este tipo de restaurantes. La norma es disfrutar y dejarse sorprender, nos han dicho al principio. Esa la cumplo. Me como todo el pan y dejo un rastro de migas.

Maíz

Maíz son las bolsas de quicos que tomábamos de críos. Es un campo de mazorcas. Son las tortillas con harina de maíz que comí en mis veranos en Nicaragua. Danelia preparaba las tortillas en el comal, amasando, estirando, sin dejar de hablar y contar historias. El maíz son las historias de Danelia. También las mazorcas tostadas regadas con mantequilla que comíamos en Virginia. El verano pasado fuimos a un restaurante mexicano con las chicas. Disfrutamos de nachos, tortillas, tacos. Cierro los ojos. Condenso todos los recuerdos de maíz en una tortita fina y crujiente, con un toque sutil de picante.

Paté

Mezclar piezas que encajan perfectamente como en un puzle, o un paté. Romper con el tenedor un trocito pequeño y notar en la boca cada una de sus pequeñas partes. Mezcla de colores y sabores que combinan perfectos. Carnes, verduras, hojaldre, frutos secos. Nunca he sido muy aficionada a los puzles ni a los patés. Pero este me encanta. El último recuerdo es una puntita de nuez.

Queso

Una pareja pasea por la rue Mouffetard en París. Marzo de hace casi quince años. La pareja se deja llevar por el aroma y el amor, y entra a una quesería al azar. Eligen varios quesos y una botella de vino. Continúan paseando y llegan a un banco de los jardines de Luxemburgo. Con guantes y capucha, mucho frío, saborean cada trozo de queso, cada sorbo de vino. Uno de los mejores pícnics de su vida. Salto en el tiempo. Esa pareja pasea por el barrio Jesús, su barrio, y cruza la puerta de un antiguo garaje hoy convertido en restaurante. La mesa de quesos es espectacular. Los camareros la mueven por la sala y queda ese aroma flotando entre las mesas. La pareja habla de sus hijas en cada plato. De su fútbol, su danza, sus estudios, sus planes. Les gustaría venir aquí y probar cosas nuevas. ¿Habrán dejado las cosas recogidas antes de ir a entrenar? ¿Qué película vemos esta noche los cinco? Les encantaría esa mesa de quesos. Volveremos con las chicas. Amor y aroma se escriben casi igual.

Trucha

De pequeña pasé muchas horas en la piscina de Helios. Las piscinas cubiertas son azules entre el vaho. La de Helios tenía ventanas al Ebro por las que se filtraban los rayos del atardecer. A esa hora se mezclaban los colores como en la paleta de un pintor. Nunca fui la primera nadadora, más bien una del montón. Pero me quedó para siempre el amor por el agua. Me gustan los pescados de colores vivos, como el salmón, la trucha, el atún. Entre el naranja, el rosa fuerte y el rojo. Me gusta separar con el tenedor la carne de la trucha que nos ponen en el plato. Está  en su punto justo, con su color brillante y su sabor suave. Soy un pez que remonta el río, una niña que nada en la piscina de Helios.

Cordero

Las ovejas del Mónico pastando por los campos de Cervera. El sabor de mi primer tomate recién cogido del huerto, con  4 o 5 años, cuando comienzan a asentarse los recuerdos. La sopa de granitos de la Yaya Juli en las comidas de los domingos en Zaragoza. La sopa con garbanzos de la abuela Mila en la casa de Cervera. El cocido que nos prepara de vez en cuando mi madre y nos llega en tuppers y nos sabe exquisito en los días de invierno. Sopa, garbanzos, berza, puerros, panceta, cordero. De pequeñas, mi hermana y yo jugábamos a las tabas como nos enseñaron en Cervera. Hay que limpiar las tabas del cordero y pintarlas de colores. Se juega lanzando una canica al aire y moviendo rápido las tabas antes de que caiga la bolita. Tienen cuatro posiciones: ollas, pencas, culos y chichas.

Miel

Dulce, pringosa, traviesa, natural, exquisita.

Fuego

Como dijo Galeano, somos un mar de fueguitos. Hay que leer “El libro de los abrazos”.

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. Y a la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. – El mundo es eso – reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos, y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Con Chema, en el restaurante Gente Rara.

(Pequeñas historias escritas tras la experiencia de comer en el Gente Rara).

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Cuarenta y tres

Una nota y un regalo que descubro al levantarme de madrugada. Los canelones y el brownie que comimos ayer. Mi bufanda nueva de color morado. Un vermú en una terraza al sol (qué cotizadas están las mesas al sol estos días). Un paseo con los pies fríos y las manos calientes. Un abrazo. Una foto los cinco tirados en el sofá. Un boomerang con las chicas. Ver amanecer desde el puente de Hierro camino del trabajo. La alegría contagiosa de las chicas. Correr por la ribera. Los atardeceres mágicos desde el puente de Piedra. Correr con mis amigos mientras hablamos de la vida. Cruzar el Ebro en bici por la pasarela verde de la Alfranca. Una videollamada con Urdániz. Hacer planes para cuando podamos salir de Zaragoza. Las ganas de juntarnos todos en Cervera. Una receta nueva de berenjenas. Dos capítulos del Ministerio del Tiempo. Los polvorones antes de Navidad. La carta para los Reyes Magos que nos llega por whatsapp. Dar la vuelta a Zaragoza andando. Defensa de la alegría de Benedetti. Los sueños de Eduardo Galeano. Un café con espuma del Insolente. La planta que me regaló mi hermana hace un año (y resiste). El álbum de fotos del verano. El recuerdo de las olas en la playa de Zurriola. El día que nos perdimos en el Alhama. Los ecos de Catorce. Los planes para viajar a Toulouse con Karim. Vuestros mimos y gruñidos cuando os despierto por la mañana. Caminar por una alfombra de hojas. Una canción de Silvia Pérez Cruz. Unas zapatillas nuevas. Cantar con mi hermana desafinando mucho “Die Gedanken sin frei”. Una foto de pequeñas que me manda Marina (no hemos cambiado tanto, ¿verdad?). Los sueños. La alegría. Todos los partidos de fútbol que os quedan por jugar. Las montañas que me quedan por subir. Las historias por escribir. Cuarenta y tres motivos para soplar mis 43 velas de cumpleaños.

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Carta de unos padres en defensa del fútbol femenino

El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Me acuerdo de esta frase muchas veces citada en estos tiempos difíciles y llenos de incertidumbre. Nuestras hijas mellizas de 12 años llevan esperando desde marzo volver a entrenar y competir con su equipo. Juegan en el Zaragoza Club de Fútbol Femenino, la temporada pasada en categoría alevín de fútbol 8 y este año les tocaba pasar a infantil de fútbol 11. Como en Aragón hay pocas chicas de su edad que jueguen a fútbol, hasta ahora competían en una liga mixta contra equipos de chicos. La temporada pasada iban segundas de su grupo cuando el coronavirus les obligó a parar.

Celebración de un gol del equipo Alevín A del Zaragoza Club de Fútbol Femenino la temporada pasada. Foto de Javier Segura.

Pero la Federación Aragonesa de Fútbol, en una decisión incomprensible y absurda, ha decidido cortar la proyección del fútbol femenino y obligar a todos los equipos femeninos hasta categoría infantil (14 años) a jugar en una liga exclusivamente femenina de fútbol 8, con muy pocos equipos y jugadoras, y edades dispares. En esta liga se mezclarían chicas con más de cuatro años de diferencia.

Esta decisión discrimina y perjudica a nuestras hijas. Los chicos de su edad en Aragón juegan a fútbol 11, mientras que a ellas ahora no se les da la oportunidad. En otras comunidades autónomas, las chicas juegan hasta los 14 años en ligas mixtas, en equipos con chicos o en equipos femeninos. Las comunidades con más fichas de fútbol femenino (Cataluña, Comunidad Valenciana, País Vasco, por ejemplo) tienen suficientes jugadoras y equipos como para formar ligas femeninas de fútbol en categorías inferiores. Pero incluso en estas comunidades, los clubs de fútbol femenino también deciden apuntar a algunos de sus equipos a categorías mixtas para que compitan con chicos y sigan creciendo futbolísticamente (lo hacen, por ejemplo el Barça, el Valencia o el Espanyol con equipos de chicas de menos de 14 años).

En Aragón estamos a años luz de esas comunidades y no podemos compararnos con ellas. En Aragón hay 31.000 chicos federados en fútbol por 1.490 chicas, según el Anuario de estadísticas deportivas de 2020 del Ministerio de Cultura y Deporte. En Cataluña, por ejemplo hay 13.000 niñas y mujeres federadas; en el País Vasco, 12.000, y en Madrid y Andalucía, 7.500.

Hace un año, la Federación Aragonesa decidió crear una liga para equipos femeninos con dos categorías: benjamín y alevín juntas por un lado, e infantil y cadete por otro. La participación en este campeonato (con un nivel competitivo muy bajo, por sus características y porque acaba de empezar) era voluntaria. Los equipos del ZCFF siguieron compitiendo contra equipos de chicos, salvo uno de iniciación que se inscribió en esta liga femenina. Y de repente ahora, a pocos días de empezar los entrenamientos y las competiciones, la Federación Aragonesa obliga a nuestras hijas a jugar en esta liga.

Ojalá en un futuro próximo haya tantas niñas como niños que jueguen a fútbol. Ojalá no tengamos que seguir oyendo que el fútbol es cosa de chicos. Ojalá las instituciones apuestan de verdad por el fútbol femenino. Ojalá nuestras chicas tengan las mismas oportunidades que sus amigos. Mientras, pedimos que la Federación aragonesa dé marcha atrás y que las instituciones escuchen la petición de unas chicas de 12 años que llevan medio año esperando volver a jugar a fútbol.

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El día que nos perdimos por el Alhama

A veces los planes no salen como uno los ha imaginado. Y los caminos de los mapas no existen en la realidad (se los han comido las zarzas, el tiempo, el olvido). Aquí comparto la crónica de un viaje fluvial que empezamos esta semana y terminaremos algún día.

Embarco a mi familia en la aventura de recorrer a pie el recorrido del Río Alhama, que nace en Suellacabras (Soria), pasa por nuestro pueblo (Cervera del Río Alhama, La Rioja) y desemboca en el Ebro en Alfaro. El río tiene unos 80 kilómetros de longitud y da unas cuantas vueltas pasando por tres comunidades autónomas: Castilla y León, La Rioja, Navarra y otra vez La Rioja. Conozco algunos tramos y muchas historias en torno al río. El Alhama es el río de los juegos de mi infancia en vacaciones, los barcos de juncos, las meriendas en el Pozo Largo, la celebración del día de Clunia, la yasa tras las tormentas, las crecidas históricas que arrasaron casas y campos (como la de 1956, cuando nació mi tía Ana). Hace tiempo que me rondaba la idea de recorrerlo entero y conocer los pueblos y paisajes por los que discurre. Este verano incierto y extraño es un buen momento: tenemos tiempo y ganas de campo, de reconectar con la naturaleza, la piscina de Cervera está cerrada. “¿Nadie ha hecho antes esta ruta?”, me preguntan las chicas. No sé… Busco en Google y encuentro descripciones de algunos tramos. No sé si a alguien se le ha ocurrido antes recorrerlo a pie entero. Nos tienta la aventura, y allá vamos.

Etapa 1: Suellacabras – Cigudosa (San Felices)

El Alhama nace oficialmente a pocos kilómetros de Suellacabras, un pueblecito de la comarca de Tierras Altas de Soria, con 25 habitantes empadronados. Uno de ellos nos saluda y nos indica el camino del río. Son las ocho de la mañana, y los cinco (Chema, Lara, Vega, Luna y yo) comenzamos la ruta siguiendo las marcas blancas y amarillas del sendero PR SO-110. Es un paisaje montañoso y un paseo muy agradable entre encinas, oliendo a tomillo y escuchando el rumor del Alhama que va creciendo, encajado en un barranco. Pasamos junto a restos de antiguos molinos, ermitas y corrales que hace tiempo que fueron abandonados. Por el camino, poco pisado, no nos encontramos a nadie. Todo va bien, según lo previsto, hasta que se desdibujan las marcas y se pierde el camino entre las zarzas. La primavera ha sido muy lluviosa y el campo está frondoso, casi selvático. Seguimos adelante como podemos, arañándonos las piernas y los brazos, saltando rocas, buscando un camino inexistente hasta que llegamos a Magaña.

En Magaña (69 habitantes empadronados y un majestuoso castillo en lo alto) nos tomamos un refresco en el bar y preguntamos por el camino a Cigudosa. “Cojan la senda que sale por la margen derecha, desde el puente. Los chavales van en bicicleta por ahí”. Seguimos las indicaciones de los veteranos del bar. Todo va bien, hasta que volvemos a perder el camino. No sé por dónde irán los chavales de las bicicletas. Nos comemos unos bocadillos para coger fuerzas, mientras pensamos por dónde tiramos nosotros. No hay cobertura de móvil ni vemos senda alguna. A falta de camino, decidimos seguir por dentro del Alhama, confiando en que el río nos lleve al pueblo. Primero caminamos por el cauce seco, hasta que brota el agua, nos ponemos las sandalias de río y seguimos avanzando lentamente con el agua por la rodilla, o más. El Alhama baja este verano con mucha más agua que otros estíos. Las chicas disfrutan con la aventura acuática; a los mayores nos preocupa que pasan las horas, cae el sol y seguimos en el río. Salimos del agua, espantamos a unos corzos, atravesamos unos campos sin labrar y, por fin, encontramos un camino que doce horas y media después nos lleva a Cigudosa. En el teleclub nos tomamos una jarra de agua, unos Aquarius y una cerveza que nos saben a poción mágica. Charlamos con Alfonso, el párroco que lleva 15 pueblos de la zona. Y del hotel rural Las Abadías, de San Felices, nos mandan una furgoneta que nos evita el último tramo del camino y una fuerta subida (apuesto a que nos hubiéramos vuelto a perder). Las Abadías es un hotelito muy acogedor que merece una visita más larga que la nuestra. Cenamos de maravilla, dormimos como reyes y a la mañana siguiente continuamos con nuestra ruta.

Etapa 2 San Felices – Cervera del Río Alhama

Siguiendo las indicaciones de Virginia, la dueña de las Abadías, tomamos el camino viejo a Aguilar del Río Alhama. Esta vez no tiene pérdida. El camino rodea los huertos de San Felices (51 habitantes, unas vistas estupendas sobre el valle del Alhama) y continúa descendiendo varios kilómetros. Cruzamos el pueblo de Aguilar (470 habitantes) y nos dirigimos a Inestrillas (pedanía de Aguilar, 49 habitantes). Aquí cogemos la Vía Verde, un camino muy agradable junto al río que nos llevará hasta Cervera (2.200 habitantes, capital de la comarca del Alhama). Antes pasamos por Contrebia Leucade, las ruinas de una ciudad celtibérica que se conserva en buen estado. Hoy no es el día para apuntarnos una visita guiada, pero es una parada muy recomendable. Y nuestro lugar preferido para ver estrellas en las noches despejadas de agosto. El calor aprieta y paramos a darnos un baño en el Pozo Largo, la piscina natural de Cervera este verano que no hay piscina. Nos encantan la cascada y las pozas. Otros verano apenas baja un hilillo de agua; así que este hay que aprovechar. Desde el Pozo Largo a Cervera es un paseo. Y nos esperan la tía Cruci y el tío Manolo con una comida muy rica.

Etapas 3 y 4: Cervera del Río Alhama – Alfaro

Dejamos para más adelante las dos etapas pendientes. El calor y las zarzas del primer día pasan factura. Desde Cervera se puede seguir la Vía Verde hasta el balneario de la Albotea, recién restaurado y pendiente de su apertura. De ahí hasta el balneario de Fitero hay unos 5 kilómetros por carretera o un camino poco seguro entre huertas y zarzas por el monte. Qué pena que no continúe la Vía Verde hasta Fitero. Nuestra ruta prevista del Alhama continuaría después por las localidades navarras de Fitero, Cintruénigo y Corella. Recomendamos una parada en la cueva de la Mora, cercana a Fitero, que inspiró a Bécquer a escribir su leyenda. El escritor vino varias veces a tomar los baños y reposar en Fitero. Los tres municipios están unidos en la “Ruta saludable y cultural del Alhama”, con un camino marcado y paneles informativos. Ya podrían copiar la iniciativa otras localidades del Alhama para poder recorrer de forma segura todo el río. De Corella a Alfaro hay que seguir caminos entre huertas cercanos al río. El Alhama atraviesa después Alfaro y se puede pasear un tramo por el Camino Natural del Ebro (GR 99) hasta llegar a la desembocadura del Alhama.

Algunas enseñanzas de nuestra Ruta del Alhama: no hay que creerse todo lo que sale en Google; al campo hay que salir con mapas o reloj con GPS; es muy divertido viajar en familia, nuestras chicas recordarán siempre esta aventura; cada vez me gusta más bañarme en los ríos y andar (o correr) por el monte; lanzo la idea para que alguna institución o empresa de aventura acondicione un poco estos caminos; algún día terminaremos la Ruta del Alhama.

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Catorce y mil gracias

Escribir es una actividad solitaria y a largo plazo, una carrera de fondo, un camino de dudas, un viaje a lo desconocido, una aventura de final incierto, o sin final. Cuando empecé a imaginar la historia de Karim, soñaba con que algún día pudiera llegar a las páginas de un libro. Cuando la novela fue cobrando forma, cuando Reyes y David de Pregunta la acogieron con tanto cariño, empecé a imaginar cómo podría ser su presentación.

A Karim le hubiera gustado la presentación en la terraza del parque Tío Jorge. Es el parque en el que pasa tantas horas hablando con Ana, jugando a fútbol con sus amigos. Es el parque de mi infancia, al lado de casa de mis padres, donde aprendí a montar en bici, donde íbamos a por hojas de morera para los gusanos de seda; donde íbamos a comer bocadillos de longaniza para la Cincomarzada, primero con mis padres y luego con las amigas del instituto; donde hemos ido tantas tardes a la salida de la guardería con las chicas; donde hemos vuelto esta primavera tras el confinamiento. El parque del Tío Jorge es un lugar muy especial en mi biografía. Y en la de Karim. Pensamos que sería un buen sitio para la presentación.

Los días previos reconozco que los viví con nervios. ¿Y si viene poca gente? ¿Y si viene mucha? ¿Y si no sé qué decir en público? Habrá que colocar un equipo de sonido. ¿De dónde saco unos micrófonos? Gracias, Rafa, por tu ayuda. ¿Y si se prolonga el estado de alarma por el coronavirus? ¿Cómo serán las normas de la nueva normalidad? ¿Qué pasará con los actos culturales? ¿Cómo colocaremos las sillas? Gracias, Lorena, por tu calma y tu disponibilidad. ¿Cómo se organiza la venta de libros ese día? Gracias, Chabi, por venir a apoyarnos desde la Pantera Rossa.

Lo que no habíamos previsto era el diluvio universal. La primera gran tormenta del verano en Zaragoza llegó justo el día y a la hora de la presentación de ‘Catorce’. Las nubes negras, luego negrísimas, fueron cubriendo el parque del Tío Jorge. Lorena decidió cambiar la ubicación prevista de las mesas y las sillas: parte a cubierto y parte bajo los toldos. Las primeras gotas empezaron a caer antes de que nos sentáramos. Las gotas fueron convirtiéndose en diluvio y luego en granizo. Los toldos, como había avisado Lorena, no protegen del todo cuando la lluvia arrecia. Parte del público acabasteis chipiados como si os hubierais tirado de cabeza a una piscina. Todos nos juntamos más, y desde la mesa notaba el cariño y la emoción tras las mascarillas. La lluvia nos trajo magia y más risas. Convirtió esa tarde en un recuerdo inolvidable.

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Gracias a todos los que vinisteis a acompañarme, y a los que me habéis mandado vuestro cariño estos días. Gracias a la familia, en la Pedrada nos encanta juntarnos para celebrar todo y estos meses de confinamiento hemos tenido que aplazar muchos encuentros. Gracias a los amigos del cole, del instituto, del equipo de fútbol de las chicas, los jabatos, los amigos periodistas, los compañeros de de trabajo, los lectores que me acompañan desde mis golondrinas, los que no conocía en persona y vinisteis a saludar y buscar mi libro. Gracias a Manuel Minaya por las fotos durante la presentación. Gracias a Lorena, de El Jardín de Jorge, por prestarnos el espacio. Gracias a Rafael Tejedor, de la asociación de vecinos del Arrabal por ayudarnos con la organización. Gracias a Nacho por tus palabras tan bonitas que me dejaron sin palabras. Gracias a Reyes y David por apostar por mi libro. Gracias a la lluvia por las risas. Gracias a todos.

Ahora el libro vuela solo. Ya ha viajado a Logroño, Pamplona y Santander, en las maletas de mis familiares, y a la playa de la mano de unos amigos. Está llegando a librerías de Zaragoza y otras localidades. Tiene algunas citas en la agenda. Ojalá llegue a muchos lectores sensibles, a clubs de lectura, a chavales de instituto, a personas que se puedan sentir un poco identificadas con alguna frase…

A partir de ahora, seguiré colgando historias y reseñas en un nuevo blog: Catorce, el blog de la novela.

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Catorce

Catorce son los kilómetros que separan África y Europa; catorce kilómetros de agua que dividen radicalmente dos mundos, que distribuyen los sueños y oportunidades de quienes han nacido a uno u otro lado. Catorce son los años que tiene Karim, un adolescente marroquí que deja su casa en el Rif y cruza el Estrecho en una patera, en busca de una vida mejor. El destino le lleva a Zaragoza, donde vive en un piso tutelado, va al instituto, hace amigos, juega al fútbol. Parece que el futuro le sonríe, hasta que un día desaparece sin dejar rastro.

‘Catorce’ es mi segunda novela, de la mano de la editorial Pregunta Ediciones. Ve la luz en junio de 2020, cuando estamos saliendo de meses de confinamiento por el coronavirus y aún vivimos en la incertidumbre, entre la vieja y la nueva normalidad, haciéndonos preguntas que no siempre tienen respuesta. El protagonista de ‘Catorce’ también vive entre dos mundos, entre su casa en Marruecos y su lugar de acogida en Zaragoza, entre el pasado y el futuro, entre los sueños y la realidad.

Siguiendo los pasos de Karim, en una novela coral, quiero acercarme a la situación de los menores extranjeros no acompañados. Admiro desde siempre la valentía de los migrantes (de todas las edades, de todas las procedencias) que se atreven a emprender un viaje a lo desconocido para mejorar su vida, dejando atrás familia, raíces, seguridades… Por mi trabajo de muchos años en el Heraldo de Aragón, he escuchado a muchos de ellos contarme sus dudas, sus miedos y sus sueños. Parte de esas historias están en ‘Catorce’.

Parte de mí también está en este proyecto que me ha acompañado en secreto los últimos años. No sé cuándo empecé realmente a escribirlo. La escritura no tiene realmente un punto de inicio y un punto final. Es una suma de historias, viajes, lecturas, apuntes… En algún momento las piezas empiezan a encajar, van tomando forma en un documento word y acaban en las páginas de un libro. Como este tan bonito. Gracias a la portada de Óscar Sanmartín. Y a Reyes y David, de Pregunta Ediciones, por apostar por él.

Portada Catorce

Este jueves 25 de junio lo presentamos en público en la terraza del parque Tío Jorge (19.30). Después ya volará solo.

El libro está a la venta en librerías aragonesas y de otros puntos de España. También se puede encargar a través de la propia página de la editorial Pregunta. Aquí, el listado de librerías, que iremos actualizando.

Reseñas, entrevistas, fotos del libro viajero y más información en el blog de la novela.

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Adiós al cole

Hoy debería haber sido el último día de cole, día de abrazos y despedidas, de emociones, de alguna o muchas lagrimitas. Vega y Luna terminan 6º y toda la familia nos despedimos del Hilarión Gimeno, nuestro cole desde que Lara entró decidida y contenta sintiéndose muy mayor a sus tres años, en septiembre de 2009. Dos años después llegaron las mellis. Ahora pronto seréis más altas que yo y ya miráis al otro lado del puente, al instituto Pedro de Luna que os espera en septiembre. Vemos con emoción cómo habéis crecido, cómo salís del cole mayores, independientes, con vuestra mochila de sueños y de caminos por descubrir.

El coronavirus no nos ha dejado despedirnos de verdad. Acaba el curso más raro y el que siempre recordaremos. En cierta manera acabó el 13 de marzo. No sabíamos entonces que no volveríamos a las clases, al patio, a las charlas de padres, a las tutorías, a las historias del comedor, al viaje de Dublín, a la graduación, al musical de Queen… El cole ya son los recuerdos de estos once años. Un capitulo muy importante de vuestra historia, de nuestra historia familiar.

Estos meses largos de confinamiento hemos pasado horas mirando fotos y vídeos, recordando historias del cole. Son tantos recuerdos que no caben en un post. Como ese vídeo de la exhibición el baile de fin de curso. Tendríais 4 o 5 años y os apuntamos a la extraescolar de baile. En aquel pabellón abarrotado, Vega y Luna decidisteis saliros de la fila, saltaros las normas, correr y dar volteretas en vez de seguir la coreografía. Entonces los padres, sentados en la grada, queríamos que se nos tragara la tierra. Ahora lloramos de risa con el vídeo. Nos quedó claro que el baile era cosa de vuestra hermana mayor. Recuerdos del cole a borbotones. La graduación de Infantil. La despedida de 6º de Lara con el musical de Grease. El día que nevó, cuando ibais a 4º. El día que nos llamaron porque Luna se había grapado un dedo, o el que se chocó con otro niño en el recreo y su ojo parecía el de un boxeador. Las tardes interminables en el parque al lado del cole. Vuestros amigos. Las fiestas de la espuma de fin de curso, siempre nos íbamos las últimas. El día de la paz y la semana cultural. Las batallitas del comedor. Las tutorías con los profes. Nuestro orgullo de padres. Vuestras trastadas. Dibujos, deberes, trabajos, manualidades, powerpoints, vídeos durante el confinamiento. Los nervios de los primeros días de cole en septiembre, la emoción de los últimos en junio. La paciencia y el cariño de profesores y monitoras de comedor.

Gracias a Asun, Lidia, Beatriz, Brian, Ana Elisa, Marta, Susana, Carlos, Leticia, Juanjo, Guadalupe, Iván, Lupe, Paco, Paul, David, Sarah, Nuria, Pilar, Manuel, Ana Belen, Anabel, Iván, Susana, Concha, Elba, María José, Merche, Rosa, Charo, Yoli… (me dejo algún nombre después de tantos años), a los padres y madres con los que hemos compartido tantos momentos, a vuestros compañeros y a todos los que formáis parte de la memoria del Hilarión.

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La emoción del último día de cole, hace algunos años…

Thank you por estos años maravillosos!

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El gol de Nayim y mi año americano

¿Dónde estabas el 10 de mayo de 1995? Cualquier zaragozano y zaragocista de cierta edad se hace hoy esta pregunta. Yo celebré el gol de Nayim con más de un mes de retraso. El 10 de mayo de 1995, el día del partido más importante en la historia del Real Zaragoza, estaba en Honaker, un pueblecito de Virginia (EEUU) donde había ido a estudiar y vivir un año. Era un miércoles, así que supongo que me levantaría temprano e iría al instituto con Rachel. Igual tocó ensayo para la graduación. Por la tarde tendríamos entrenamiento de atletismo o iríamos a ver un partido de béisbol. Ahora hay equipo de soccer femenino en mi instituto americano, pero hace 25 años el fútbol aún no había llegado allí. Por la noche cenaríamos en casa. Cierro los ojos y saboreo los “biscuits”, esos panecillos caseros tan ricos que preparaba Gaynell. Recuerdo que la primavera era lluviosa y muy bonita en esa zona de colinas y praderas del suroeste de Virginia. Para los detalles exactos tendré que revisar mi diario de ese año, que está en algún armario en casa de mis padres.

Honaker 1995

En mi casa de Honaker, Virginia (EE.UU.) en 1995

En 1995 no conocíamos internet ni teníamos móviles. Me comunicaba con mis padres por carta (que tardaba unas dos semanas en cruzar el Atlántico) y con una llamada de teléfono al mes. Así que la noticia de la victoria del Real Zaragoza me llegó con días de retraso. Y no vi el gol hasta que volví a España, una mañana de junio después de la Selectividad. Entonces me puse el vídeo que me habían grabado mis padres y recuerdo gritar como una loca por la ventana cuando el tiro imposible de Nayim se coló en la portería de Seaman. Los vecinos me miraron raro.

Después de un año viviendo fuera, mi vuelta fue progresiva. Ese verano antes de marcharme a estudiar a Barcelona lo dediqué a reencontrarme con la familia y los amigos, a volver a pasear por las calles de Zaragoza (cómo echaba de menos caminar, allí van a todas partes en coche), a recuperar mis rutinas, mis libros y hasta mi idioma. Todo estaba igual pero distinto. No sé si había cambiado Zaragoza o había cambiado yo.

Estos días también siento una sensación de irrealidad, esas ganas de volver a recuperar la vida de antes. Somos los mismos pero somos distintos. Vuelvo a mis caminos preferidos para correr por la ribera. Echo de menos los abrazos y los encuentros. También me reconozco a gusto en nuestro refugio de cinco y nuestra rutina del confinamiento. Echo de menos el fútbol: los partidos de la Romareda, los de la tele y, más aún, los del Zaragoza Club de Fútbol Femenino. Qué ganas de volver a ver jugar a nuestras chicas. Vuestros planes, partidos y torneos han quedado en suspenso esta primavera. Pero volveréis, más altas, más fuertes, las mismas pero cambiadas.

Hoy volveremos a ver el gol de Nayim en la tele. Les contaré a las chicas mis batallitas de mi año americano, cuando no teníamos internet ni móviles. Veremos el álbum de fotos. Escribiré un mail a Rachel. Y soñaremos con que el fútbol vuelva pronto a nuestras vidas.

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Desde mi ventana

Lo primero que hago cuando me levanto es salir a la terraza del salón y mirar nuestra calle aún a oscuras. A veces veo pasar a alguien que supongo que va a trabajar. Alguna furgoneta de reparto. Un paseante muy solo. Aún no han salido los de los perros. Algunos coches por la calle de Marqués de la Cadena. Una bici aparcada en el mismo sitio desde hace mes y medio. Se oyen pájaros. Los plataneros de la calle empezaron la cuarentena sin hojas y ahora han crecido tanto que casi tapan las terrazas del cuarto en el bloque de enfrente. Por las tardes saludo a Nieves, del primero, entre el follaje. Es la única vecina de enfrente a quien conocía de antes del coronavirus; ahora siento que nos conocemos todos un poco más. Miro al cielo azul oscuro, a las persianas de las casas aún bajadas, las de los bares cerradas desde hace mucho tiempo. Repaso el día anterior, pienso en la película que vimos anoche, en un artículo que leí por ahí, en una conversación que se nos quedó a medias. Imagino el día que empieza, intentaremos que cada uno tenga algo de especial. En este encierro hemos creado nuestras propias rutinas. Hemos recuperado la mesa grande del salón para las comidas familiares y los juegos. Por la mañana, deberes; por la tarde, sobremesa, lectura, las chicas graban vídeos e inventan juegos, sobre las siete salimos a hacer ejercicio a la terraza y luego aplaudimos. Después cena y película o serie. Nos gustó mucho ‘La línea invisible’, ahora estamos con ‘Hierro’. Ya no cabemos los cinco en el sofá. Yo me tumbo sobre un cojín con forma de donut gigante que ganó Luna a los dardos en las fiestas de Santa Ana. A las chicas les gusta mucho estos días revisar en el ordenador fotos de cuando eran pequeñas. El tiempo vuela con ellas, Chema.

Lo segundo que hago, mientras tomo tranquila café y tostadas, y dejo que la radio me vaya despertando, es mirar las fotos de Mari Carmen en Instagram. Carme Ripollés es fotoperiodista y publica cada día un reportaje fotográfico del confinamiento que titula “Desde mi ventana”. También es mi amiga desde hace 20 años. Veo su vida desde su ventana, en Castellón, y la siento muy cerca. Veo a Martí, a Ángel, a sus vecinos, sus terrazas, sus cielos, sus juegos, la ropa tendida, los aplausos, los abrazos, los cielos, la lluvia, los charcos, el sol, los dibujos de arcoiris, el paso del tiempo, las caras de cansancio. Todos nos parecemos un poco, cada uno en nuestra rutina. Veo también lo que no se ve pero está en las fotos y en los pies de foto. Nuestras ilusiones y preocupaciones compartidas, la nostalgia, el miedo, los sueños, el periodismo, la maternidad, la conciliación, los viajes, la literatura, los planes pendientes, la vida en suspenso. Miro por su ventana, por mi ventana, y siento que falta un poco menos para que nos demos un abrazo.

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Aquí va una selección de fotos de Carme. Se puede seguir su fotodiario en su Instagram.

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La Tía Fina y el coronavirus

Hoy felicitaremos a la Tía Fina por whatsapp, aunque ella no tenga móvil, aunque no podamos ir a verla. Vive en la residencia de mayores de Cervera del Río Alhama y hoy cumple 101 años. La veterana de nuestra familia (y del pueblo). Ay, nenita, como dice ella. ¿Qué pensará mi tía abuela del coronavirus? ¿Se habrán enterado en la residencia? ¿Le extrañará no tener visitas ni una fiesta como la del año pasado, con tarta, fotos, sobrinos, nietos y bisnietos correteando por los pasillos de la residencia? La imagino cantando o contando una de sus historias lunáticas. Esas que no sabemos -ni sabremos nunca con certeza- cuánto tienen de verdad y cuánto de imaginación-. Aunque últimamente está baja de energía, cuentan mis tías que van a verla frecuentemente. Dice que quiere que se la lleve la eternidad, que está cansada. Son 101 años.

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Celebración del 100º cumpleaños de la Tía Fina, el 19 de marzo de 2019.

Tengo ganas de abrazar y de celebrar. Son días raros. Tachamos planes cancelados del calendario. La vida de antes queda en suspenso, mientras los que estamos bien hacemos lo que tenemos que hacer: quedarnos en casa. Repaso los planes que ya no serán. Hoy tocaba felicitar a la Tía Fina, celebrar el Día del Padre, entrenamiento con el equipo Alevín A del Zaragoza Club de Fútbol Femenino, clases del conservatorio de danza de 15.45 a 19.30, reunión en el cole para ultimar los detalles del viaje a Dublín de las chicas, uno mis últimos entrenamientos antes de la media maratón del domingo.

En muy pocos días hemos tenido que cambiar las rutinas y reorganizamos la escala de valores. Paramos, miramos, valoramos las cosas de otra manera: la sanidad pública, los cuidados, el tiempo, la familia, los amigos, el espacio personal, los trabajadores de sectores poco reconocidos (supermercados, transportistas, limpieza…). Pienso en la Tía Fina, en los que viven solos en casa, en Abu en Cáceres, en mi prima Marina en su minipiso de Madrid, en mi prima Anita al otro lado de la ciudad de Zaragoza, en mi amiga Marisa que ya está en el paro, en las personas obligadas a vivir encerradas un tiempo y no solo estos días (gracias, Bea, Nuria, por vuestras reflexiones)…

En nuestra casa vivimos tranquilos estos días de confinamiento. Tenemos nuestras rutinas de tareas escolares, comidas con sobremesa, salir a aplaudir a la terraza a las 8, cena con peli. Somos afortunados. No somos héroes. Somos un mar de fueguitos, como escribió Eduardo Galeano en el ‘El libro de los abrazos’.

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El día que cenamos con Ernesto Cardenal en Solentiname

Allá a lo lejos por el camino vimos acercarse despacio a un hombre mayor, ya encorvado y arrugadito, con guayabera blanca, sonrisa y boina al estilo del Che. Era una tarde calurosa y plomiza en la isla de Mancarrón, en Solentiname, un pequeño paraíso en mitad del Gran Lago de Nicaragua. Mari Carmen y yo guardamos las cámaras, como nos habían dicho, y fuimos nerviosas de invitadas a la cena con Ernesto Cardenal y sus amigos.

No recuerdo bien de qué hablamos en aquella cena ni qué comimos. Gallopinto, yuca, algún pescado, chancho, frescos de mango o de pitahaya, tal vez. Puede ser que habláramos de política, de literatura, de periodismo o de religión. Las jóvenes periodistas veinteañeras estábamos emocionadas por compartir mesa con él, un símbolo de Nicaragua y de la lucha universal contra las injusticias. Ernesto Cardenal, el poeta y sacerdote que luchó contra Somoza,  que fue ministro de Cultura sandinista, que se enfrentó después a Daniel Ortega, que fue una figura clave de la Teología de la Liberación,  al que amonestó en público Juan Pablo II al aterrizar en el aeropuerto de Managua en 1983 (y al que levantó el castigo el papa Francisco el año pasado), que fundó una comunidad de pintores primitivistas en Solentiname, que siguió escribiendo y denunciando las injusticias hasta sus últimos días.

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Mari Carmen me manda una noticia con su muerte. Y las dos volvemos a Solentiname, en 2003, a aquellas fotos y aquella entrevista que no hicimos. Hay personas y lugares y viajes que dejan una huella profunda.  Como Solentiname. Tengo un tucán de madera de colores –que compramos a uno de los artistas de la isla- en la estantería donde guardo mis libros nicas: Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Omar Cabezas… Hay uno especial, con las hojas sueltas y las esquinas dobladas: “Aquellos años de Solentiname”, una recopilación de textos de distintos autores. Hay un cuento de Cortázar, “Apocalipsis en Solentiname”, en el que narra un viaje al archipiélago acompañado de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

“Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo” .

(“Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar)

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Iglesia de Mancarrón, Solentiname, que levantó Ernesto Cardenal.

Ernesto Cardenal nació en Granada, en 1925, y falleció el 1 de marzo en Managua. Tras el funeral en la catedral de Managua, está prevista una misa de despedida en su iglesia de la isla de Mancarrón. Sus cenizas descansarán en Solentiname.

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