Despedida

No me gustan las despedidas ni ser el centro de atención. Este jueves intenté irme discretamente del Heraldo. Mi último día después de 20 años. Conté los escalones (soy de las que sube andando hasta la cuarta planta): 82, incluido el de la puerta. Fue una mañana de palmeras de chocolate, abrazos, risas, promesas, recuerdos, aplausos, alguna lagrimita.

Terminé de recoger mi mesa y mi cajón. Aparecieron tesoros variopintos: varios cuadernos llenos de apuntes con mala letra, una agenda de cuando apuntábamos los teléfonos en papel, varios cargadores de móvil, un plano de Zaragoza en papel a punto de pasar a convertirse en pergamino, bolis que van, bolis que no van, cápsulas de café, algunos libros, un cepillo de dientes, varias carpetas para reciclar, otra con materiales e ideas para reportajes que no hice, tarjetas de visita, una sorpresa del roscón de Reyes, regalitos de los viajes de mis compañeros viajeros, un Fluvi con la cabeza rota.

Llevo un mes intentando ordenar mis sentimientos, mis razones y mis palabras. Es difícil, casi imposible. Así que las pongo aquí ahora, un poco a borbotones. Decidí acogerme voluntaria al ERE que nos planteó el periódico. En mi caso la sensación es agridulce. Es mi decisión, pero estoy triste. En el Heraldo dejo amigos y compañeros, he aprendido a ser periodista, he pasado muy buenos momentos. He aprendido mucho de mis compañeros en la redacción (la mejor escuela) y de tantas personas a las que he escuchado con un cuaderno y un boli en la mano. Aún me sigue gustando el periodismo. Es más necesario que nunca. Son tiempos de cambios y mucha incertidumbre en el periodismo y en el Heraldo. Les deseo lo mejor a mis compañeros. Os seguiré leyendo. Yo siento que necesito descubrir nuevos caminos, seguir creciendo, ilusionarme con proyectos nuevos. Sigue escribiendo, me han pedido muchos compañeros en estos últimos días de despedidas. Claro que lo haré. Soy una contadora de historias.

Estos días me vienen a la cabeza muchos momentos. Los primeros reportajes, entrevistas con inmigrantes, en estaciones de tren, en colegios, con okupas, con vecinos, con refugiados, en bici, en autobús, en piscinas, en pasillos del Ayuntamiento de Zaragoza, en pueblecitos, en campos con temporeros, en la plaza del Pilar el 15M, noches electorales, fiestas del Pilar, tragedias (el día que mataron a Giménez Abad), manifestaciones (desde aquella cumbre antiglobalización en Génova en la que detuvieron a varios aragoneses, hasta tantas por la escuela pública). Me acuerdo ahora de las Apañadicas, aquel equipo de fútbol que montamos varias compañeras del Heraldo y de otros medios. Me quedo con las risas y con los buenos momentos.

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Foto con Valeria en el Prado, en uno de mis reportaje preferidos de mis últimos tiempos en el Heraldo. Del Ramiro Soláns al Prado, “el mejor viaje de nuestra vida“.

Me llevo tanto cariño y tantos recuerdos que no caben en un post. Mi Fluvi descabezado me lo regaló Juan Luis, un compañero que se fue hace unos años (la lista de compañeros que se han ido es demasiado larga). Antes Fluvi tenía la cabeza bien puesta, pero lo rompieron mis hijas cuando eran pequeñas un día que vinieron de visita a la redacción. Mis hijas van creciendo, pronto serán más altas que yo. Ahora Fluvi y yo nos vamos a seguir descubriendo nuevos caminos.

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Caminhantes (guía familiar de Lisboa y Oporto)

Viajar es abrir los ojos, aprendernos en otro lugar, escapar un poco, descubrir o redescubrir otros caminos, ser turista y viajera y vecina a la vez, dibujar nuestros puntos en el mapa, reencontrarnos, aventurarnos, soñar con la forma de las nubes. Este mes de agosto ha sido raro y especial, entre Cervera y Portugal, con la cabeza en mil sitios (el ERE del Heraldo y mi próximo e incierto cambio laboral) y los pies en la tierra, paseando juntos, subiendo cuestas, bañándonos en el Atlántico, comiendo pasteis de nata, haciendo planes, siguiendo el mapa y, a veces, perdiéndonos sin él.

Volvemos de pasar unos días en Lisboa y Oporto, ciudades de río y de mar, modernas y tradicionales a la vez, con tranvías y pastelerías, con cuestas y miradores, con rincones decadentes. Nosotros no nos ponemos de acuerdo en cuál nos gusta más. Quizá, por un poco, gane Lisboa. Volvería a cualquiera de las dos. Mejor con menos turistas, pero es lo que tiene viajar en agosto a destinos muy demandados. Aquí van algunos apuntes de nuestro viaje familiar.

 

Lisboa es terreno conocido, estuvimos hace cuatro años. Ahora cambiamos de barrio (nuestro apartamento está la zona de Príncipe Real), repetimos algunos planes y hacemos otros nuevos. Volvemos a montarnos en el tranvía 28, desde la primera parada, en el campo de Ourique, hasta la Alfama. Después callejeamos y acabamos viendo el atardecer desde el mirador de Graça. Lisboa es maravillosa desde cualquiera de sus miradores con la luz anaranjada acariciando los tejados y la brisa atlántica que se levanta por las tardes (una que es friolera recomienda chaquetilla).

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En nuestros viajes siempre buscamos playas, librerías y fútbol. Y siempre surge algún plan inesperado. Esta vez acabamos animando al Boavista en su estadio de Oporto contra el Paços de Ferreira. Y cantamos los éxitos de Queen en un concierto en el Festival do Peixe e Marisco de Matonsinhos. “It’s a kind of magic”…

Nuestras playas: Carcavelos (cerca de Lisboa) y Matonsinhos (a un paso de Oporto). A las dos se puede llegar muy bien en media hora desde el centro en transporte público o con coche. Tienen agua helada y muy limpia, olas para saltar, espacio suficiente en la arena para echar partidos de fútbol o disputar juegos olímpicos familiares (las chicas ya nos ganan), y hay caminos cerca para correr. Una recomendación que seguimos de otros viajeros: pasar el día en Matonsinhos y volver al atardecer dando un largo paseo por la orilla del mar y la desembocadura del Duero.

Nuestras librerías: Bertrand y Ler Devagar (en Lisboa), una antigua y una moderna. La librería Bertrand, en la rua Garrett, presume de ser la más antigua del mundo en funcionamiento. “Desde 1732 presenciamos un terremoto, una guerra civil, nueve reyes, un regicidio, diez presidentes, tres repúblicas, seis golpes de estado, dos guerras mundiales, la construcción de un muro, la caída del muro, la unificación de Europa, la entrada en el euro… Y tenemos libros para contar sobre todo eso”. Y bajo el puente 25 de abril, en la LX Factory, entre tienditas y bares de moda, está Ler Devagar. Ocupa una antigua imprenta, con la paredes forradas de libros y una invitación a salir volando pedaleando. Esta vez paseamos por la LX Factory y nos tomamos una cerveza con Belén. Hablamos de Lisboa, de periodismo y de la vida. Mucha suerte, Belén, en tu aventura como corresponsal de TVE en Lisboa.

Nuestra mejor comida: un italiano que eligieron las chicas en Vila Nova de Gaia, Mamma Bella, en una bocacalle tranquila de la Ribeira. Ellas recomiendan lasagna o pasta bolognesa. Yo me chupé los dedos con una pasta negra con bacalao. Y por la tarde, paseo en barco por el Duero. Es impresionante pasar bajo los puentes que unen las dos ciudades, Oporto y Gaia. ¿Qué pensaría Gustav Eiffel si viera hoy a los chavales lanzarse sin miedo al agua desde el puente Luis I?

Volvemos con ganas de escuchar fado y aprender portugués (siempre traigo un diccionario y algún libro de mis viajes), de leer más libros de Peixoto, de volver a nuestra casa y nuestro barrio, de que empiece la liga de fútbol alevín y el conservatorio de danza, de seguir viajando.

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Cuentos esféricos

Somos una familia pegada a una pelota. Si repaso el álbum familiar, en muchas fotos sale una pelota, en primer plano o rodando fuera de cámara. Recuerdo a Lara con un año corriendo tras una por las playas de Cádiz. Recuerdo, antes, partidos de fútbol con amigos en una playa de Calafell. Hemos jugado grandes partidos familiares en parques y playas. Hace tiempo que las chicas nos ganan a los padres. Chema sigue jugando con los Old Blacks, probablemente el equipo con la media de edad más alta de su categoría. Yo a veces echo de menos a las Apañadicas, aquel equipo de amigas que montamos hace unos cuantos años. A mí siempre se me dio mejor correr que chutar, pero qué bien lo pasábamos.

(Chema, Lara, Vega y Luna, hace unos años, en un partido de los Old Blacks)

Ahora disfrutamos con los partidos de Vega y Luna con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino). Vibramos y soñamos este año con la selección aragonesa sub12 en Valencia. El fútbol nos acompaña a todas partes. Animamos a la selección española femenina sub20 el pasado verano en la Bretaña. Ya somos para siempre fans de Aitana Bonmatí, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Eva Navarro, Maite Oroz, etc. Y ahora seguimos a la absoluta por la tele en el Mundial de Francia. Somos fieles al Real Zaragoza en la Romareda. Nuestras chicas tienen todos los libros de ‘Los Futbolísimos’. Y esta temporada no nos perdíamos un día de ‘Futboleras’, el primer programa en la  televisión española dedicado al fútbol femenino.

El fútbol y la literatura casan muy bien. Este miércoles presenta Chema su libro de relatos ‘Cuentos esféricos’ (Pregunta Ediciones). Y la pelota también rueda por sus páginas. Son siete cuentos, “siete pedazos de vida”, en los que habla de sueños, del olvido, del dolor, de la lealtad, del amor, del compromiso, de la dignidad. Y siempre con el fútbol como telón de fondo y, en uno, el boxeo. En su primer libro (‘Goles al margen‘, Anorak Ediciones) también el fútbol era protagonista, pero desde otro ángulo. Aquel eran 45 biografías de futbolistas y entrenadores, algunos conocidos y otros personajes casi olvidados. Ahora se lanza a la ficción, con unos relatos agridulces que saben a verdad, a fútbol de barrio y barro en las botas.

Los cuentos esféricos de Chema nos llevan a Rota, a Buenos Aires, a Asturias, al País Vasco, a Livorno (la ciudad más roja de Italia), a Toulouse, al extrarradio de Madrid. Chema rinde homenaje a sus referentes. Algunos personajes de estos relatos podrían salir en una película de Campanella o una novela de Aramburu. Incluso Cruyff asoma por sus páginas.

Dicen que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. El fútbol, la literatura y las historias son un pasaporte para seguir soñando.

PD1 La presentación será este miércoles a las 20.00 en el centro cultural de Las Armas. Poco antes juega España contra Alemania el segundo partido del Mundial de Fútbol Femenino.

PD2 Lara, nuestra bailarina, la menos futbolera de la familia, cumple hoy 13 años. Ella, ellas, son la vida, la felicidad. Que la pelota siga rodando.

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Fútbol y sueños en Mislata

Jugar un campeonato de España de fútbol a los 11 años es una experiencia inolvidable. Y compartirlo con tu hermana melliza vistiendo la camiseta de Aragón aún más. Nuestras chicas vuelven emocionadas y afónicas del campeonato de España de fútbol sub12 celebrado en Mislata (Valencia). Han sido cuatro días de fútbol, convivencia, sueños, ilusiones. Mislata es ya una de las páginas destacadas de nuestro álbum familiar.

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Recopilamos a la vuelta fotos y momentos. Los nervios antes de la salida. Las historias que nos cuentan del viaje y el hotel. La emoción de la llegada al campo el primer día. El debut con Cantabria, con victoria. Luna y Vega con su cinta de colores. El empate en el último minuto con Baleares. Rozar el empate con Euskadi (más grandes, más fuertes, mejor equipo, pero en el fútbol todo es posible). Los amigos que vienen a vernos al campo. La familia siguiendo los partidos con pasión por youtube. “Hemos cantado los goles de Luna más que el de Iniesta”, nos dicen por whatsapp. En la grada, en Mislata, aplaudimos y soñamos con pasar a cuartos. Ganamos a Ceuta. Finalmente, empatamos a puntos con Baleares pero nos faltan goles. El campeonato sigue y animamos a los chicos hasta el minuto final. La selección masculina queda subcampeona de España ante Andalucía. Qué toque, qué calidad tienen nuestros chicos. También la selección andaluza femenina queda campeona ante Madrid.

Esta era la primera vez que se celebraba conjuntamente el campeonato de España en categoría masculina y femenina. Chicos y chicas disfrutando y compitiendo junt@s. Y animándose unos a otros. Ha sido un torneo de 10, muy bien organizado, con un ambientazo, con varios partidos jugándose a la vez, retransmitidos en directo por internet, con un trato exquisito a l@s futbolistas.

Soñamos con más goles y futuros campeonatos. Y con que el fútbol femenino siga creciendo como lo está haciendo.

 

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La Tía Fina cumple 100 años

“Cuando la Tía Fina cumpla los 100, vamos a montar una fiesta”, decíamos desde hace varios años. Hoy es el día. Hoy hace un siglo que nació la Tía Fina, mi tía abuela, la hermana del abuelo Pedro. Me dicen que es la única centenaria que vive en Cervera del Río Alhama. Quién nos lo iba a decir…

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La Tía Fina, en la fiesta de Nochebuena en la residencia de mayores de Cervera.

La Tía Fina nació el 19 de marzo de 1919 en la casa familiar en la calle Casa Jiménez, a las faldas del castillo de Cervera. La única chica, con tres hermanos: Nolasco, Julio y Pedro. Ha sido una mujer atípica y peculiar toda su vida. De niña la mandaron a estudiar un tiempo a un convento con una tía monja, pero la echaron o se fue. Con ella las historias nunca son claras. “Ay, nenita, me fui y ya está”, contaría ella. Como cuando contaba unas historias de unos familiares que emigraron y unos supuestos barcos cargados de oro.

De joven vivió con el Tío Nolasco, cura y profesor, en Valdemadera y Aguilar. Se supone que su labor era llevar la casa, limpiar, cocinar, cuidar de su hermano. Pero la Tía Fina era un espíritu libre que hacía lo que le daba la gana. No le gustaba cocinar, tenía mal genio y la cabeza en las nubes. Cuentan que el Tío Nolasco era entrañable, culto, muy querido por todos sus sobrinos y los vecinos del pueblo. Cuando el Nolasco murió (en 1966), la Fina se trasladó a vivir a Cervera, a la casa de la plaza del Royo con el Pedro, la Milagrosa y sus siete hijos. Mis abuelos tenían una tienda de ultramarinos en los bajos de la casa y un taller de confección. Trabajaron mucho para sacar a la familia adelante. La Tía Fina a veces echaba una mano en la tienda. Cuando le parecía, desaparecía y se iba de viaje a la playa con su amiga Julita. “Siempre ha sido muy incierta”, cuentan mis tías. “Y le daban barruntos”. Mis abuelos siempre la cuidaron con cariño y paciencia.

Tampoco ha sido una tía abuela tradicional, de esas tías cariñosas que ofrecen dulces y dan propinas a los sobrinos nietos. Cuando éramos pequeños, a los primos nos daba miedo la Tía Fina. Por las noches andaba por la casa del Royo como un fantasma. El fantasma de las bragas rojas. Era divertida cuando cantaba y contaba historias, de las que nunca hemos sabido cuánto hay de verdad y cuánto de imaginación. Tal vez ni ella lo supiera.

No sabemos cuál es el secreto de su longevidad: todos los paseos que ha dado, los escalones que ha subido y bajado, que no comía grasas, los genes, la familia que le ha cuidado, su carácter peculiar… Desde que vive en la residencia de mayores de Cervera, hace diez años, ha perdido el mal genio y ha ganado peso. Mantiene su sonrisa pícara. Le gusta que vayamos a verla, sigue cantando y contando historias. Ya no juega a las cartas porque no ve bien. Le gustaba jugar a la Macana y a los ‘seises’, y hacía trampas si podía para ganar. Tiene muchos sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. A veces nos confunde a unos y otros. Hoy iremos unos cuantos a celebrar con ella los 100.

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Los jóvenes periodistas del Tenerías

Cuando una va a cumplir pronto 20 años en el mismo trabajo (escribiendo artículos de periódico), a veces da vértigo, otras emoción, otras cansancio y otras, revolotean las dudas. Está bien dudar y hacerse preguntas, dicen algunos expertos. Con mis dudas rondándome la cabeza, fui este martes a mediodía al colegio Tenerías de Zaragoza.

Hace unos días me llamó una profesora del cole para proponerme que fuera a hablarles de mi trabajo a un grupo de chicos y chicas de 2º de Primaria. Me esperaban veintitantos niños y niñas de 7 años, en una clase colorida y luminosa con vistas al Ebro. Con los años he aprendido a esconder mis nervios antes de hablar en público. Primero les hablé de qué hace falta para ser periodista. Lo resumí en tener curiosidad, escuchar y escribir bien. Luego les enseñé mis herramientas de trabajo: un cuaderno con mala letra, un boli y un móvil viejo que tiene la pantalla un poco rota. Igual les pareció poca cosa. Les conté que hay periodistas que trabajan en periódicos, en la radio, en la tele y cada vez más todos en internet. Les puse ejemplos de entrevistas y reportajes: desde el niño Julen, al fútbol femenino o cómo es la vida en las escuelas más pequeñas de Aragón con solo 3 alumnos. Ellos me enseñaron el blog que hacen en clase (‘El guateque de segundo‘) y me contaron qué quieren ser de mayores. El abanico de profesiones es muy amplio: paleontólogo, médico, profesora, jugador de fútbol del Barça, esquiadora…

Después les tocaba a ellos hacer de periodistas. Antes de mi llegada, habían hecho sus investigaciones por internet (cuánta información nuestra tiene Google) y me habían preparado unas cuantas preguntas. “¿Qué es lo que más te gusta de ser periodista? ¿Cuántas preguntas hay que hacer? ¿Qué hay que estudiar para ser periodista? ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser periodista? ¿Cuál es tu deporte favorito? ¿Qué entrevista te ha gustado más? ¿Qué te gusta más, escribir o correr? ¿Cuando escribes piensas en tu familia? ¿De las cosas que querías ser de pequeña, por qué elegiste ser periodista? ¿Has conseguido hacer todas las cosas que querías?”

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Respondí a todas, aunque algunas eran difíciles, y crucé el Ebro de vuelta a mi barrio. Gracias, Cristina, por la invitación. Y gracias, chicos y chicas de 2º del Tenerías, por un rato tan agradable.

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La chica del árbol

Vuelvo a ver, tres años después, la foto que me hizo una mañana de primavera Daniel Mordzinski. Y me gusta aún más. Me reconozco en esa chica que se sube a los árboles y mira a las nubes; que lleva una libretita en el bolso para atrapar las palabras antes de que se las lleve el viento; que observa discreta desde un lado, tímida pero decidida.

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Vuelvo a ver esa foto en la exposición ‘Objetivo Mordzinski. Un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana’ (hasta el 10 de marzo en el museo Pablo Serrano de Zaragoza). Es un honor estar ahí, entre tantas personas que escriben tan bien y a las que admiro. Mi foto ocupa un hueco discreto junto a las de Antón Castro, Ignacio Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Félix Romeo, Sergio del Molino… Me siento pequeñita y subo a ese árbol de la arboleda de Macanaz a refugiarme.

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¿Cuál es tu foto preferida de la exposición?, me pregunta Antón Castro. No sé elegir una. Podría decir la de Gabriel García Márquez sentado en la cama de su habitación en Cartagena de Indias; la de Gioconda Belli jugando a fútbol. O muchas otras de la muestra. Daniel Mordzinski -fotógrafo argentino que vive entre Madrid, París y los libros – lleva cuarenta años fotografiando a escritores por el mundo. Tiene una mirada única: sus fotos son divertidas, sorprendentes, cariñosas. Me gustan sus imágenes y sus palabras.

“La primera vez que vi la fotografía que Philippe Halsman le tomó en 1966 a Nabokov cazando mariposas sentí un vértigo en el estómago. Ese es el momento en el que te das cuenta de que hay cosas que distinguen el arte del resto de tentativas. Hay quien lo llama magia, suerte, fortuna, inspiración; yo diría que es una suma de todo eso y de algo básico: la capacidad de trabajo sumada a mucha improvisación. Me gusta la idea del coleccionista de lepidópteros porque acerca mi trabajo a una consideración de entomólogo: perseguir, observar, atrapar sin dañar y conservar para la posteridad a esas personas frágiles y vulnerables que son los escritores”.

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