Tú no eres como otras madres

Reconozco que escogí este libro por el título, antes de conocer su argumento o de leer buenas críticas. Alguna vez me han dicho eso mis hijas: “Tú no eres como otras madres”. Y me lo tomo como motivo de orgullo y también un poco de preocupación. “Tú no eres como otras madres”, de Angelika Schrobsdorff (Periférica y Errata Naturae), ha sido mi libro del verano. Con curiosidad al principio y cada vez con más pasión, me he sumergido en la vida de Else (la madre) y Angelika (la hija). No quería que se acabara, igual que una no quiere que acabe nunca esa última tarde de playa de las vacaciones.

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Esta novela que no es como las demás te deja un poso profundo. Empieza con ligereza, contando la vida despreocupada de Else en los felices años 20 en Berlín: fiestas, amigos, amantes, viajes, el nacimiento de sus tres hijos de tres padres distintos… Y va contando después cómo cambia la vida de esta familia en la Alemania del nazismo y la guerra. Angelika reconstruye la vida de su madre (judía) a través de los recuerdos de ambas y de las cartas que Else escribió a sus hijos y sus amigos. Saber que es un testimonio real impresiona aún más. Se puede leer como un libro de memorias o una novela de ficción.

No es una historia amable; es la historia real de una familia y de un país destruidos. “Todo reducido a escombros y cenizas, dentro de una misma y a su alrededor”, cuenta Else, cuando vuelve a Berlín en 1947 tras un penoso exilio en Sofía. Pero la novela no es solo el relato de esta destrucción. Es un canto a la vida, a la maternidad, la amistad, las cosas bonitas…

“Y sin embargo la vida ha sido bella”, dice Else en una de sus últimas cartas.

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Última tarde de playa

Me siento en la orilla, justo donde rompen las olas, los pies asomando bajo la espuma. Es nuestra despedida de Cádiz. Sopla levante y la arena que arrastra el viento me pega en el costado izquierdo. La marea está de subida. Las chicas saltan olas, no quieren salir del agua. Estiramos la última tarde. Sabe a sal y a Calippo de lima limón. Cierro los ojos unos instantes. Sé que mañana, ahora mientras escribo, echaré de menos este momento. Noto la arena pegada, el pelo enredado, la piel tostada, vuestras risas de fondo. Si pudiera detener el tiempo.

Me gusta volver a Rota, a nuestro camping, a nuestra playa. Qué pequeñas erais la primera vez que vininos. Pocas cosas han cambiado; algunas sí. Me gusta volver a ver a Marisol, sevillana, 4 hijos, la mujer más guapa y simpática del camping. Nos cuenta que siguen viniendo cada verano, que el próximo año va a ser abuela, que hace unos meses se montó en avión por primera vez. El sol se va escondiendo tras el horizonte, a punto de estallar.

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Los atardeceres en nuestra playa son maravillosos. La playa de Aguadulce, medio salvaje, no sale en algunos mapas. Está a mitad de camino entre Rota y Chipiona. A veces se ven aviones de la Base, y cometas. Las mareas descubren o esconden las rocas. El agua está templada. Echo un ojo a las chicas: siguen saltando olas, cada vez más altas, más esbeltas, más cómplices, buscando sus caminos. Sigo saboreando estos momentos que guardo en un frasquito de cristal.

Atesoro imágenes de un verano que se acaba. Esta playa. Las vistas desde lo alto de la duna de Bolonia. Los Juegos Olímpicos que nos han acompañado en nuestro periplo. Las tertulias a la fresca y las tortillas de patatas en Cervera. Caminos para correr. Cafés con hielo y sin prisas. La hospitalidad de Javier. Las olas de Liencres. Los planes de Cáceres. Las partidas familiares de petanca (qué mala soy). Las canciones en los largos viajes en coche. Y las ganas de volver a casa también. Volver a ver a los amigos. Preparar las cosas del cole. Ordenar las fotos. Retomar las rutinas. Pensar en nuevos proyectos. Echar de menos esta última tarde de playa.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

yasa 1956 Rufino Escribano

“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Mi primer triatlón

Antes pensaba que el triatlón era cosa de un puñado de locos o superdeportistas. Hasta que hace poco decidí tirarme de cabeza. He sido nadadora de niña, corredora de mayor y ciclista urbana. ¿Por qué no probar? Que mejor momento que en el Triatlón de Zaragoza, al lado de casa, en el Ebro, por los caminos por los que me gusta correr o pasear. Y me apunté a la modalidad “súpersprint” (350 metros nadando, 10 kilómetros en bici y 3 corriendo), asequible para novatos debutantes.

Tengo que reconocer que los días previos tenía mil dudas: sobre las normas, los materiales, las transiciones, el lenguaje propio que aún me suena a chino. ¿Cómo será nadar en el Ebro? ¿Y si hay siluros? ¿O algas? ¿Se corre en bañador o traje de neopreno? ¿Dónde empieza la prueba, en mitad del río? ¿Cómo cambio de nadar a ir en bici y de ahí a correr? ¿Dónde dejo la bici? ¿Cómo llevo el dorsal? ¿Hacen falta zapatillas especiales? ¿Me hago una coleta para nadar o me dejan un gorro? ¿Cuándo hay que ponerse y quitarse el casco de la bici? ¿Hay que comer o beber algo? ¿Hará frío? ¿Me pasará algo si bebo un trago de agua del Ebro? ¿Aguantaré bien?

Unas horas después de mi primer triatlón, he resuelto mis dudas y ya tengo ganas de apuntarme a otro. No vi barbos ni siluros en el Ebro, porque no se veía nada. Pero sí disfruté mucho nadando en el río. También saco algunas conclusiones: un triatlón es mucho más duro de lo que parecen las distancias; cuánto cuesta ponerse los calcetines y las zapatillas con los pies mojados; no pasa nada por echar un trago de agua del Ebro; los músculos de pedalear y de correr son distintos; voy en bici mejor de lo que pensaba; hay que entrenar bien las transiciones, y tengo que recordar bien dónde dejar la bici para no perderme la próxima vez.

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Al final, mi primer triatlón salió muy bien, con buen tiempo y una copica de tercera clasificada. Gracias a los ánimos de mis amigos jabatos, la bici que me prestaron, el tatuaje que me dibujaron mis hijas y mi tritraje molón de rebajas. Gracias a la organización y a Javier Gil, el primero que me animó a probar un triatlón.

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Como pez en el agua

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“Déjate caer”, óleo de Rosa Balaguer, de la exposición “Como pez en el agua”

“Cuando tengas miedo, ante los mares de dudas… salta. Lánzate a la piscina. Salta sin mirar, porque hay cosas que sólo se ven con los ojos cerrados”, propone Rosa Balaguer.

Me gusta que empiece el verano y acabe el cole todo en el mismo día. Me gusta el sol, nadar, bucear, saltar olas. Me encantan los óleos de Rosa, una sirena disfrazada de madre, pintora, corredora y periodista. Su exposición “Como pez en el agua” se puede ver en el Centro de Historias de Zaragoza hasta el 17 de julio. O en su web, donde los dibujos se acompañan de canciones y textos deliciosos.

¡Feliz verano!

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Por qué me gusta el fútbol

Antes veía el fútbol con más interés. Ahora me afectan mucho la violencia y la corrupción que lo rodean. Y me provoca náuseas la hipocresía (¿por qué ya nadie habla de De Gea y su presunta implicación en un caso de abusos sexuales?). Pero sí, sigo viendo fútbol. Estos días sigo la Eurocopa con algo de distancia y menos pasión que antaño. Aplaudo a Iniesta. Quiero que gane España o que dé la sorpresa algún pequeño.

Me gusta que Luna sepa más que yo de fútbol y me comente los partidos. Y me gusta leer historias curiosas, como que el seleccionador de Islandia es de profesión dentista. Que el de Albania buscó a sus jugadores por internet. O cómo el fútbol ha contribuido a la paz en Irlanda (leo en un reportaje de la revista Panenka que mezcla historia y deporte).

Me gusta el fútbol porque es universal. Porque es popular. Porque siempre encontraremos a un niño o una niña jugando con una pelota en cualquier lugar del mundo. Porque me gustan los partidos escolares de los sábados. Y jugar con la pelota en la playa o en un parque. Porque no siempre ganan los más poderosos. Porque invita a soñar. Sí, aún me gusta el fútbol. Por Iniesta, por el gol de Nayim, por los Goles al margen, por Luna, por el HISA, por el Transportes Alcaine, por Los Futbolísimos…

Calasanz HISA(Un partido de esta temporada del equipo de fútbol sala Iniciación del HISA)

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Diez años

Aquella mañana fui a nadar a la piscina del Actur. Hizo mucho calor ese mes de junio y tú no tenías prisa por salir. Después fuimos a comer con Pili y Luis Ignacio (a los que les quedaban unas horas para adquirir el título de abuelos). Por la tarde nos refugiamos del calor en casa, leyendo los periódicos y viendo el Mundial de Alemania en la tele. No me acuerdo quién jugaba, el fútbol se mezcla en mi memoria con el inicio de las contracciones. Chema me apunta que jugaban Portugal y Angola, y marcó Pauleta. Y entonces empezaron las contracciones seguidas y fuertes. Después todo pasa a cámara rápida: los consejos de Eva, la matrona, un taxi volando al hospital, la luna llena por la ventanilla, un camisón verde y al paritorio, ya no da tiempo de poner la epidural, dos empujones y ya estás aquí. Qué bonita. El 12 de junio de 2006, a la 1.30.

Tras esta introducción, empieza una película maravillosa. Mezclo escenas y desordeno recuerdos: te veo corriendo con un año por una playa de Cádiz, haciendo pinos y volteretas unos años más tarde, metida en la cuna con tus hermanas, saliendo de la guardería de la mano de Alba y diciéndome que era tu amiga, subiendo las escaleras del conservatorio de danza, tomándonos juntas una horchata, soñando con ese viaje de mayores que haremos algún día, saltando en las camas elásticas, poniendo cara de asco ante un plato de acelgas, bailando, entrando en el cole con tu mochila de ruedas, subiendo al tren que te llevaba de campamentos, buscando un diente que se te había caído en el Pozo Largo, cogiendo a tus hermanas de la mano, soplando las velas de la tarta…

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Diez años que han pasado volando, Lara. Empiezas a ir sola a los sitios, a elegir tus libros (“Harry Potter”), tus películas favoritas (“Billy Elliot” y “Vacaciones en Roma”), tus amigos, tus gustos, tu camino por la vida. Te acompañaremos allá donde quieras bailar.

 

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