La Loli

Ha cerrado la Loli, nos avisa mi tía en el grupo de whatsapp familiar. No nos sorprende la noticia, pero nos da pena. La Loli era una de las tiendas de antes en los pueblos que tenía de todo: pan, patatas, cebollas,  jabón, estropajos, helados, gusanitos, magdalenas, tomate frito, macarrones, melocotón en almíbar, salfumán, cocacolas, fantas… Tenía una vieja báscula que gustaría a los coleccionistas, pero la Loli hacía las cuentas a mano, con un boli sobre un trozo de papel apoyada en el mostrador. Cuando llegábamos, lo primero era aparcar y saludar a la Loli. No sólo era la tendera de la plaza, una de las últimas del pueblo, la Loli también nos riega las plantas cuando no estamos y tiene llaves de repuesto de varias casas (alguna vez he tenido que recurrir a ella porque me había olvidado las mías en Zaragoza). También ha cerrado hace poco la Mónica, a la que le comprábamos chorizos y salchichones. Cada vez quedan menos tiendas. Mi madre y mis tías guardan un listado de todas las que han desaparecido desde su infancia.

Los pueblos se vacían y se van muriendo poco a poco. Los nietos volvemos en vacaciones y para fiestas. No sé si la despoblación del medio rural es un fenómeno irreversible. Soy una romántica y me gustaría pensar que no. Pero hace falta mucho más que buenas palabras para mantener la vida en los pueblos: internet, trabajos, centros de salud, guarderías, escuelas, planes de ocio, autobuses, tiendas… Echaré de menos las pastas de la Loli y el salchichón de la Mónica en mi próximo viaje a Cervera.

Cervera del Río Alhama ha perdido muchas tiendas en los últimos años.

(Este artículo se ha publicado el 21 de octubre en el Heraldo de Aragón)

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Cuento de otoño

Cuando se despertó, el funeral de Isabel II aún no había terminado. España había vuelto a ganar un Europeo de baloncesto, liderada por Lorenzo, que no habla español pero sabe jugar a la pocha y es buenísimo. La liga de fútbol profesional femenina había empezado sin broncas, con apoyo y visibilidad, con récord de audiencia televisiva, con sueldos dignos para árbitras y jugadoras. Llovía y llovía, hasta volver a llenar embalses y acuíferos. A Putin le había entrado de repente el sentido común, se había sentado en una mesa a negociar con Zelenski y representantes de la comunidad internacional. Hay quien dice que incluso se le había oído musitar un “perdón”. Ya habían pasado las elecciones municipales, autonómicas y las generales. Reinaba la paz política y los políticos podían dedicarse a solucionar los problemas ciudadanos y no a tirarse los trastos a la cabeza. La gasolina y los tomates volvían a tener precios normales. Se celebraba, como cada año por estas fechas, el Día Mundial Sin Coches. El alcalde aprobaba la rebaja generalizada de los abonos de transporte, la construcción inmediata de la segunda línea del tranvía y decenas de carriles bici. Borja Iglesias volvía a la Romareda, marcaba un golazo para España y luego se enfundaba la camiseta del Real Zaragoza para, este año sí, subir a Primera. Y, justo antes de abrir el ojo, le llegó un aroma a chocolate y hojaldre. La dueña de Soconusco anunciaba en las redes sociales que la noticia que se había difundido hace unos días había sido una broma de mal gusto o un malentendido, que no cerraba la pastelería.

En Soconusco se venden las mejores palmeras de chocolate de Zaragoza.

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 21 de septiembre)

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Aviones

Veo un avión alzarse al cielo de Madrid e imagino que es el tuyo, Lara. Uno blanco de United Airlines con la bandera estadounidense pintada en la aleta. En la bodega va tu maleta grande fucsia en la que has metido apretada toda la ropa que te ha cabido para un año. En la mochila de mano llevas el móvil, el pasaporte, unos dólares, una foto de la familia Young que te espera al otro lado del Atlántico, unos pocos nervios, todas las ilusiones y los sueños de los 16 años. Este verano me recordaba Facebook la foto de cuando te marchaste sola por primera vez a tu primer campamento. Tenías ocho años, una mochila que entonces te quedaba muy grande, melena corta, una sonrisa bonita a la que le faltaba algún diente y esa mirada curiosa que has tenido desde que naciste. Ibas a subirte a un tren que te llevaba a Canfranc.

En estos días de despedidas y emociones busco ese poema de Khalil Gibran, “Nuestros hijos”, que me ha recordado mi padre más de una vez. “Nuestros hijos no son nuestros, no nos pertenecen, pertenecen a la vida, al futuro…” escribió el poeta libanés. Criar a un hijo es darle alas y raíces. Aprender a despedirnos en estaciones de tren y aeropuertos. Sembrar con paciencia y recoger frutos. Acertar y equivocarnos. Acompañaros en el camino. Enseñaros juegos, películas, libros, canciones, playas, experiencias, sabores, abrazos, historias. Dejarte volar, Lara, a ti y a tus hermanas. Desearos suerte, emocionarnos, intentar disimular las lágrimas en Barajas, esperar que este año el tiempo pase rápido.

Despedida en el aeropuerto de Barajas.

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 21 de agosto)

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Gran Trail Aneto-Posets (105 km), crónica de una locura

Aún no me lo creo. Elisa, hemos terminado el Gran Trail Aneto-Posets. Ha sido una experiencia brutal: 105 kilómetros por las montañas de Benasque, 30 horas (dos noches y un día), emociones, cansancio, sueño, bajones, rocas, ibones, paisajes imponentes… La carrera más bella y más dura que he hecho nunca.

Esta aventura comenzó hace mucho tiempo, cuando hace cinco años fuimos a correr la maratón de las Tucas y vimos la salida a medianoche de los valientes del Gran Trail. Entonces me pareció una locura imposible pero pensé que tal vez algún día me atrevería a intentarlo (cómo me he acordado de ese momento, Marisa). Y ahí estábamos el viernes por la noche en la alfombra roja de la avenida de los Tilos de Benasque, con un ambiente impresionante.

Una carrera tan larga tiene muchos momentos y estados de ánimo. Las piedras de Salenques que no se acaban nunca. El amanecer desde el collado. El apoyo de los voluntarios en los avituallamientos. El membrillo que me da superpoderes. Las vistas desde el pico de Estiba Freda, con el Aneto al fondo. Ducha y comida reparadora en Benasque a mitad de recorrido. Los ánimos de todos los corredores de la maratón con los que nos cruzamos en la segunda vuelta. El calor y la larga subida desde Eriste hasta la Forqueta. La puesta de sol camino de Biadós. Nuestras horas malas en la subida al collado de Estós, cuando ya queda poco pero no quedan fuerzas. La emoción indescriptible de cruzar la meta. Sólo conseguimos acabar la mitad de los que empezamos, 120 hombres y 18 mujeres.

Gracias a todos los voluntarios que nos atienden durante la carrera. Ángel, Vanesa, Agustín… y especialmente a nuestro amigo Sergio, que nos estaba esperando y nos ayudó cuando más lo necesitábamos. Gracias a los corredores que no conocía y con los que acabamos compartiendo muchos kilómetros buenos y malos (Carlos, José María, Fernando, Xavi…).

Aún no me lo creo. Repaso las fotos y vuelvo a vivir el recorrido. Tengo sueño y me duelen los pies. Me siento una privilegiada por poder vivir esto. Pequeñita y grande. Agradecida a la vida.

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El libro del verano

Cada verano tiene sus libros. De pequeña, cogía Astérix y Barcos de Vapor en una biblioteca-quiosco que montaban en el parque del Tío Jorge. Después me pasé a la biblioteca de mayores. Recuerdo que un verano fue de Agatha Christie. Más tarde pasé unas vacaciones acompañada por Paul Auster. Mis veranos nicaragüenses fueron de Gioconda Belli. Otro viajé con ‘El tiempo entre costuras’. Un año no acerté con los libros que me llevé en la maleta y acudí a la biblioteca de Cervera. Ahí descubrí ‘La pequeña comunista que no sonreía nunca’ y ‘Correr’. Fue un verano deportivo con Nadia Comaneci y Emil Zatopek, entre baño y baño en la piscina helada del pueblo. En el último viaje a Lisboa, volví a releer ‘Sostiene Pereira’ (qué maravilla). Mi libro del verano pasado fue ‘Feria’.

La elección de los libros que me acompañan de vacaciones es un momento especial antes de cerrar la maleta. Sigo siendo una romántica de los libros de papel; no me seduce el ebook aunque sea más cómodo y ligero. ¿Qué libros me llevaré este año? Tengo dudas hasta el último instante. Hay ejemplares que me esperan desde el Día del Libro; otros son recomendaciones antiguas o flechazos de última hora. De momento, me acabo de sumergir en ‘El libro del verano’ (Tove Jansson, editorial minúscula), acompañando a Sophia y su abuela en sus paseos por una isla finlandesa. “Era temprano una mañana calurosa de julio y había estado lloviendo durante la noche. De la montaña desnuda salían nubecillas de vapor, pero el musgo y las grietas de la roca estaban empapados de humedad y todos los colores se habían vuelto más intensos…”. ¡Feliz lectura!

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 21 de julio)

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Campeonas

El fútbol nos regala emociones y sueños. Aún sueño que estoy en Cartagena: faltan segundos para que el árbitro pite el final, vais ganando 2 a 1 a Castilla la Mancha, dominando, en un partidazo colectivo, el mejor partido de un torneo mágico, en la grada animando las chicas mayores y los padres, desde la distancia los familiares que no han podido venir y los amigos siguiendo el partido online. Sabemos que un partido puede cambiar en un segundo. El tiempo pasa muy lento. En esos instantes hasta el pitido final, pasan mil imágenes desordenadas por mi cabeza, como en una película: cuando empezaste a jugar en el equipo del cole, Luna; tu primer entrenamiento con el Zaragoza CFF con 8 años; cuando un año después llegaste también al equipo, Vega; otros torneos en los que hemos disfrutado mucho: Andorra, La Vall d’Uixó, Cardona, Donosti; el campeonato de España sub12 en Mislata en 2019 (germen de esta selección); nuestros partidos familiares en vacaciones; el campeonato del mundo sub20 en La Bretaña en el verano de 2018 (esa foto que tenéis con Patri Guijarro, Aitana Bonmatí, Maite Oroz…); los toques en la terraza durante el confinamiento; los sábados en el Campo Mudéjar; los miércoles en los campos de la Federación…

Piiii, final. ¡Sois campeonas de España sub15 de la fase plata! Tiene mucho mérito para un equipo nuevo, joven, en una comunidad con pocas fichas y pocos apoyos al fútbol femenino. Sois el primer equipo femenino aragonés en conseguir un título en un campeonato nacional. Habéis tenido fortuna en algún momento (como los penaltis de las semifinales, siempre son una lotería) y mucho corazón durante todo el torneo.

De Cartagena nos traemos muchos recuerdos, jugadas espectaculares (¡qué goles de falta, Luna!), los nervios de los penaltis, las emociones compartidas en el campo y fuera.

Qué equipazo: Andrea, Gema, Elena, Inés, Vega, Sara, Daniela, Estela, Luna, Vero, Bea, Lucía, María, Martina, Noa, Claudia, Paloma y Sheila.

Gracias a todas y al cuerpo técnico por compartir este sueño: Jandro, Pilar, Javi, Manolo…

Seguid soñando y disfrutando, chicas.

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¿En qué piensas mientras corres 68 kilómetros?

Vuelvo a la Nafarroa Xtrem, una de mis carreras preferidas. 68 kilómetros por hayedos impresionantes, varios picos emblemáticos (Adi, Saioa, Baratxueta…), barro, niebla, frío y muchas emociones.

¿En qué piensas mientras corres una carrera tan larga?, me pregunta mi hermana en el desayuno, aún de noche, mientras preparo la mochila y disimulo los nervios.

¿En qué pienso? En muchas cosas, todas mezcladas. María, he visto cómo se te escapaba una lagrimilla en la salida, a mí también. Habían dado  buen tiempo, pero se está cerrando la niebla. No se ve nada. Empieza la subida dura al Adi. Otro año más que me quedo sin ver las vistas desde el Adi. Habrá que volver. Voy bien, pero aún queda mucha carrera. ¿Cuándo llegará el próximo avituallamiento? Esto es un poco locura, apenas he entrenado para una carrera tan dura. Vanesa y Jorge estarán saliendo ahora, espero que les guste su carrera. ¿Qué tal irá Elisa? Pronto empezarán las chicas su partido con el Valdefierro, ya estarán calentando. Qué noticia tan buena nos dieron ayer, Lara. ¿Me tomo otro gel o una barrita de frutos secos? En otras carreras largas sé que al final me fallan las fuerzas, tengo que comer más. Qué ganas de ir mañana a Panticosa, Chema. Estoy helada. ¿Se va a ir la niebla en algún momento? Me da miedo perderme sola entre la niebla, me voy a pegar a este corredor de camiseta azul. Tengo que parar en algún momento para ir al ‘baño’, es lo que tiene correr una ultra con la regla. Ya despeja la niebla. Qué maravilla correr por este bosque. Soy una afortunada. Un poco más y llegamos a Aritzu, ahí descansaré unos minutos y comeré algo más. Queda la parte que más me costó hace tres años. Si me viera mi madre ahora. No sé si me atreveré en Benasque. Difícil equilibrio entre disfrutar y sufrir. Venga, última subida fuerte al Baratxueta. Ahí me paro y hago fotos. Me quedan pocas fuerzas ya. Qué largos se hacen los últimos tres kilómetros. Aupa neska. Ya se oye la megafonía. Ya se ve el cole de Zubiri. Si han venido Zahara, Mikel y Alazne, qué sorpresa. Nunca corro sola, siempre me siento muy acompañada. Ahora querría que la recta de meta fuera un poco más larga. Qué emoción en esos últimos metros. Aupa neska.

Gracias a la organización por esta carrera tan bonita. Gracias a los voluntarios y todas las personas que animan por el camino. Gracias a los fotógrafos (Monrasin, Paul, la amiga de mi hermana que apareció ahí detrás de un árbol, los que no conozco).

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Vuelvo al instituto

‘Catorce’ me está llevando a muchos institutos, bibliotecas, tertulias y clubs de lectura. Disfruto mucho en cada uno de estos encuentros. Ayer viví uno muy especial: volví a mi instituto, el Avempace, el instituto de Karim en la novela. Volví a tener 14 años, a caminar por la avenida de Salvador Allende camino de clase, a recorrer sus pasillos, a reencontrarme con gente, a asomarme al gimnasio, a comer un pincho de tortilla en la cafetería con Judith antes de la charla.

Los alumnos de 2º de la ESO y sus profesoras me habían preparado un encuentro muy bonito y entrañable. En el salón de actos que lleva el nombre de Antonio Muñoz (que fue mi profe y mi tutor, que nos llevaba de excursión en bici, que nos contagió su curiosidad y su pasión, que falleció en 2020). Tres alumnos (Leyre, Daniela y Alejandro) se vistieron de periodistas y me trasladaron las preguntas de sus compañeros. La primera: ¿Qué recuerdas de tu paso por el Avempace como alumna? Y resumí en un par de minutos un torbellino de recuerdos de amistades, clases, profesores, de cómo ha cambiado el barrio.

Luego hablamos del libro y de los menores extranjeros, de cómo me documenté para escribirlo, de mis viajes a Marruecos con mi hermana, de la estructura de la novela con cuatro puntos de vista, de los diferentes caminos que siguen los tres amigos, de  la importancia de la educación, de tópicos y realidades, de fútbol. Siempre hablo de fútbol y de mis hijas futbolistas. ‘Catorce’ tiene mucho fútbol: desde la portada de Óscar Sanmartín, a los recuerdos de los personajes cuando jugaban de niños en su pueblo, al sueño frustrado de Karim de triunfar con el balón, al abismo que separa a las grandes estrellas de los chicos de la calle.

Para cerrar, antes de que los chavales se marcharan sin prisa a la última clase de su jornada, proyectamos el corto de ‘Catorce’ (dirigido por Carme Ripollés y Paula Lorenzino). Me senté al fondo de la sala. Mientras sonaba la canción tan bonita del corto, veía a Karim-Mouad y Ana-Keyla en la pantalla y recordaba a la Paula de catorce años, igual se me escapó alguna lagrimilla. Pero creo que los chavales de 2º de la ESO del Avempace no lo notaron.

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Darling Mercedes

Conocí a Darling Mercedes cuando ella tenía 15 años y un bebé que crecía en su tripa. Jalaba agua del pozo, ordeñaba cabras, montaba a caballo, iba al mercado y hacía lo que le tocaba en la casa de Monte Redondo, un reparto (barrio rural) de León de Nicaragua. Yo tenía veintipocos, una mochila llena de sueños, una libreta que iba llenando de historias en mi primer viaje a Nicaragua y una cámara de fotos con la que la retraté varias veces. Darling Mercedes tenía cara de niña, guapa, morena, sonriente, tímida, inocente. Ella me preguntaba por mi ciudad, por mi casa, por mis viajes, por mi familia, por lo que hacen las chicas de su edad en mi país. Las chicas de 15 aquí van al instituto y estudian 3º o 4º de la ESO, pero hacía mucho tiempo que ella había dejado la escuela. Me impresionaba su embarazo adolescente, la normalidad con la que asumía su vida de adulta siendo aún una niña. En sus preguntas había curiosidad, como en las mías, pero no lamento.

Mi estancia terminó aquel verano con muchas fotos, muchos abrazos y el corazón ya tocado por Nicaragua para siempre. Sé que Darling Mercedes tuvo aquel chiquillo y alguno más. Se separó de su primer novio. Dejó Monte Redondo, no sé dónde se fue a vivir. Le perdí la pista.

A veces me acuerdo de Darling Mercedes. Han pasado más de veinte años. En mi recuerdo es la niña mestiza de 15 años, la de las pláticas de aquel verano. Puede ser que sea madre de familia numerosa, incluso abuela ya. Puede ser que volviera a estudiar, que tenga un trabajo que le guste, y una pareja que le quiera y le cuide. Me gusta imaginar finales felices. También puede ser que haya emigrado, como tantos nicaragüenses que huyen de la pobreza o de la represión, en busca de un futuro mejor. No sé si cantará “Ay, Nicaragua, Nicaragüita”, si enarbolará banderas o vivirá ajena a la política. No sé si conocerá los poemas de Gioconda Belli (“Y Dios me hizo mujer…”). No sé si ha pasado el covid, si tiene algún hijo en el ejército, si sigue las noticias de Ucrania, si celebra el 8M.

Qué distinto nacer en un lugar u otro del mundo, hay cartas marcadas y destinos escritos en la partida de nacimiento. Qué duro es ser mujer en tantos países del mundo. Ellas siguen sufriendo más la violencia, la precariedad, la desigualdad, la falta de oportunidades o de libertades.

Desde mi rincón privilegiado repaso mi álbum de fotos y de recuerdos. ¿Dónde vives, Darling Mercedes? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal te ha tratado la vida? ¿Sigues teniendo esa sonrisa bonita y tímida? ¿Eres feliz?

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Ciruelos

Confieso que soy vigilante de ciruelos. Hay quien vigila acciones de bolsa, obras, estorninos,  aviones, crecidas del río o enemigos políticos. Yo vigilo a los ciruelos rojos de la calle Molino de las Armas de Zaragoza. Suelen ser los primeros árboles que florecen en la ciudad. Este año aún no asoman las flores rosadas y llevo unos días preocupada por si los árboles se han secado o han enfermado. No sé si el retraso de la floración es debido a la covid, a las heladas de enero, o al cambio climático. O porque sí. No siempre todo tiene un motivo claro o único.

No entiendo mucho de botánica ni de jardinería. Mi relación con estos ciruelos es más bien poética o escolar. Hasta hace dos años, pasaba varias veces al día con las chicas bajo estos árboles camino del colegio: por la mañana, con prisas y caras de sueño; por la tarde, con los bocadillos de la merienda y las historias de la jornada escolar. Desde finales de enero vigilaba atenta las ramas y en la primera quincena de febrero se producía una maravillosa explosión de color, adelanto de la primavera. Pero este año algo raro pasa. Mientras paseo, estos días me acuerdo de Benedetti (especialmente de su ‘Primavera con una esquina rota’), de los bocadillos de merienda, de que la pandemia nos robó la despedida del cole. Me fijo en las yemas a punto de brotar. La Naturaleza sigue su ritmo, nos enseña a ser pacientes y observadores, a asumir que no podemos controlar todo, ni mucho menos el paso del tiempo. Al final, florecerán mis ciruelos, llegará la primavera.

Primeras flores de los ciruelos rojos de la calle Molino de las Armas.

(Artículo publicado el 21 de febrero en Heraldo de Aragón)

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Faros

A veces, en mitad del invierno, me asalta un recuerdo del verano. Puede ser el color de un atardecer en Cádiz, el sabor de unas zamburiñas en la playa de Langosteira o un baño en la piscina de Cervera. Hoy he soñado que me asomaba a la ventana de nuestro piso en Zaragoza y tenía ante mí la Torre de Hércules. Me fascinan los faros, solitarios y poderosos, que nos vigilan y guían desde lo alto, que nos protegen de peligros y piratas, que resisten a temporales y al paso del tiempo, que nos recuerdan nuestra fragilidad. La Torre de Hércules, que guardo en el álbum de fotos del pasado verano, tiene cerca de 2000 años de antigüedad y aún sigue funcionando en La Coruña. Leo que en nuestras costas se alzan 187 faros. En Zaragoza, lo más parecido que tenemos a un faro es la torre de la Cámara de Comercio. También podrían ser la torre de La Seo, la de La Magdalena, la desaparecida Torre Nueva o el perfil del Moncayo desde el puente de Piedra.

Torre de Hércules.

En esta pandemia que se está haciendo tan larga, siento que los faros son más necesarios que nunca. Faros que nos iluminen con serenidad, rigor, base científica, sentido común, empatía, sensibilidad, calma, pensando en el bien común y no en ganar un puñado de votos o de ‘likes’. Necesitamos, también, otros pequeños faros que nos alumbren en el largo invierno. Cada uno tiene los suyos. Puede ser un concierto, un libro, la película familiar de los viernes, el partido de fútbol de las hijas del fin de semana, una carrera con amigas, un café, los planes para el próximo viaje.

(Artículo publicado el 21 de enero en Heraldo de Aragón)

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La maleta

Cuando hace unos años rehabilitamos la casa de mis abuelos en el pueblo, aparecieron muchos tesoros: restos de la tienda que regentaban, una báscula, tinajas, retales, cajas de hilos, la máquina de coser de la abuela, libros, aperos del campo, un celemín que mi madre y mi tía transformaron en florero, calendarios, barajas, papeles, ropas, fotos, postales… De todos los objetos me fascina especialmente el baúl con el que la Alejandra viajó a Argentina en barco a mediados del siglo pasado. Trato de imaginar cómo movería esa pesada maleta desde Cervera del Río Alhama hasta Buenos Aires, las vicisitudes del viaje, las dificultades de la llegada, cómo se empieza una vida nueva a miles de kilómetros de distancia. Cuántas cosas le preguntaría a la Alejandra.


Pienso en ese baúl a veces viendo el Telediario o leyendo el periódico. Cuando salen noticias de migrantes, de refugiados, de cualquiera que se ve obligado a abandonar su casa por un incendio, la erupción de un volcán, una guerra, una sequía. Desde la comodidad del sofá, me acuerdo de ese juego infantil: ¿Qué te llevarías a una isla desierta?, nos preguntábamos. Y empezábamos una lista: comida, agua, un mapa, una linterna, ropa, una manta. Hoy no faltaría el móvil. Yo metería algún libro, varias fotos familiares, un cuaderno y un boli. Le doy vueltas a la pregunta. ¿Qué te llevarías en una maleta si te dijeran que tienes que dejar tu casa en este mismo instante? Me siento incapaz de responder. ¿Cómo resumir una vida en una maleta?

(Este artículo se publicó en el Heraldo de Aragón el pasado 21 de octubre. Cada mes -cada día 21- me asomo a sus páginas de opinión para contar una historia o compartir alguna reflexión).

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Paseos con Karim por Toulouse

«¿Quién es Karim? ¿Existe Karim?», me preguntan en las presentaciones de ‘Catorce’ en institutos, bibliotecas y centros culturales. La presentación del pasado jueves fue muy especial: en el Instituto Cervantes de Toulouse, una ciudad maravillosa, en la que bulle la cultura y la historia. Toulouse fue la capital del exilio republicano y su huella sigue presente en las calles, edificios, en nombres e historias personales. Con Chema, moderador de lujo, repasamos la historia de mi novela, una historia local y universal. Hablamos de inmigración y de fútbol, debatimos sobre integración y sobre racismo, nos acordamos de los que llegan y de tantos que se quedan por el camino, destacamos la importancia de poner cara a los fríos números.

Karim, el protagonista de ‘Catorce’, nació en mi libreta pero está hecho con muchos trazos reales. Karim es Djibril, el primer niño migrante al que entrevisté en Zaragoza para el Heraldo de Aragón y todos los que he conocido después. Karim es Mouad, el protagonista del corto ‘Catorce’, grabado en Castellón y a punto de estrenarse. Karim es el chico del barrio del Gancho que se tragó el Ebro. Karim son Lahzen y Hamza, a los que ayudo con los deberes una tarde a la semana. Karim son los chicos que me cruzo por la calle: los que vimos en el entorno de la iglesia de Saint Sernin en Toulouse o los que juegan a fútbol en el parque Bruil de Zaragoza.

En las presentaciones me preguntan por el final de la novela. «¿Dónde está Karim? ¿Qué pasó después de esa escena en el piso de París?». Y yo suelo contar que como lectora o espectadora me gustan los finales cerrados y felices, aunque sé que no siempre son posibles. La vida real es agridulce y llena de obstáculos. Como escritora, me gusta dejar ventanas abiertas a la imaginación de los lectores. Tal vez Karim sea uno de los muchos estudiantes de la Universidad de Toulouse. Tal vez haya vuelto a ver a Ana. Ojalá le vaya bien y pueda mandar dinero para ayudar a su madre, que le sigue esperando en el Rif.

Gracias al Instituto Cervantes de Toulouse por la invitación y por su gran labor de difusión de la cultura española. Gracias a su director, Juan Pedro de Basterrechea, y a su responsable de Cultura, Marie-Laure Cazeaux, por la acogida. Gracias a los que vinisteis a charlar del libro con nosotros. Gracias a nuestro amigo Mariano, nuestro anfitrión en Toulouse.

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Amanecer en el Moncayo

Dos años después, vuelvo a correr una maratón de montaña, el I Trail San Martín de Moncayo. Aquí va una crónica muy personal, aún con agujetas y emociones a flor de piel. Allá vamos.

El domingo toca madrugón. La carrera empieza a las 7.00 y desayuno dos horas antes. La víspera llovía y una espesa niebla cubría el Moncayo. Me da miedo pasar frío allá arriba. Pero los organizadores han contratado buen tiempo para la carrera. Las estrellas nos indican que va a ser un día despejado. Doy un último repaso a la mochila. Dudo con los bastones (al final hago caso a José Ángel y no los llevo, aunque los echaré de menos en el tramo final de subida al Moncayo).

En la salida aparecen Diego y Lara para animarme y hacerme fotos. Cómo se agradecen las risas y los ánimos. Disimulo mis nervios. Aún es noche cerrada. Música, cuenta atrás y una hilera de puntitos de luz salimos rumbo al Moncayo. Me da respeto correr de noche, pero los frontales iluminan muy bien el camino. Atravesamos el hayedo de Peñarroya y subimos por el barranco de Castilla, mientras poco a poco va clareando. Y hace cada vez más frío. En el Moncayo se pasa de verano a invierno en pocos metros o minutos. Se hace dura la subida final, paso a paso, resoplando un poco, disfrutando de un amanecer maravilloso.

En la cima (2.316 metros, el punto más alto del Sistema Ibérico) me paro a hacer fotos y saborear el momento. Después sigo corriendo. Aún nos quedan más de 30 kilómetros hasta la meta en San Martín. La carrera -muy bonita- discurre por el Parque Natural del Moncayo, por caminos, sendas, bosques y pistas forestales. Pasamos por el pico Lobera, el collado Bellido, el Santuario, la Fuente de la Calera y, casi al final, el Alto de la Cruz en San Martín. En la jerga de los trails, esta carrera es una maratón muy corrible (con 43 kilómetros, unos 2.000 metros de desnivel positivo), aunque yo llego un poco justa de fuerzas al final.

Cruzo la meta cinco horas y media después, justo en el momento de una romántica pedida de mano y con un ambientazo en el pueblo. Después de la ducha y unas migas, subo al podio de veteranas. El verdadero premio no es un trofeo, los aplausos en la meta, los ánimos durante el recorrido, las fotos que colgamos en las redes sociales. El verdadero premio es el privilegio de poder disfrutar de la montaña. Sentirme pequeñita y grande a la vez. Ver ese amanecer. Tocar las nubes.

PD Gracias a la organización de la carrera, de 10. Gracias, Miguel. Gracias a todos los voluntarios que hacen posibles estas carreras. Gracias por los ánimos en cada avituallamiento, en cada cruce. Gracias, Lara, Diego, Vega y ese grupo fantástico de geólogos locos.

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