El gol de Nayim y mi año americano

¿Dónde estabas el 10 de mayo de 1995? Cualquier zaragozano y zaragocista de cierta edad se hace hoy esta pregunta. Yo celebré el gol de Nayim con más de un mes de retraso. El 10 de mayo de 1995, el día del partido más importante en la historia del Real Zaragoza, estaba en Honaker, un pueblecito de Virginia (EEUU) donde había ido a estudiar y vivir un año. Era un miércoles, así que supongo que me levantaría temprano e iría al instituto con Rachel. Igual tocó ensayo para la graduación. Por la tarde tendríamos entrenamiento de atletismo o iríamos a ver un partido de béisbol. Ahora hay equipo de soccer femenino en mi instituto americano, pero hace 25 años el fútbol aún no había llegado allí. Por la noche cenaríamos en casa. Cierro los ojos y saboreo los “biscuits”, esos panecillos caseros tan ricos que preparaba Gaynell. Recuerdo que la primavera era lluviosa y muy bonita en esa zona de colinas y praderas del suroeste de Virginia. Para los detalles exactos tendré que revisar mi diario de ese año, que está en algún armario en casa de mis padres.

Honaker 1995

En mi casa de Honaker, Virginia (EE.UU.) en 1995

En 1995 no conocíamos internet ni teníamos móviles. Me comunicaba con mis padres por carta (que tardaba unas dos semanas en cruzar el Atlántico) y con una llamada de teléfono al mes. Así que la noticia de la victoria del Real Zaragoza me llegó con días de retraso. Y no vi el gol hasta que volví a España, una mañana de junio después de la Selectividad. Entonces me puse el vídeo que me habían grabado mis padres y recuerdo gritar como una loca por la ventana cuando el tiro imposible de Nayim se coló en la portería de Seaman. Los vecinos me miraron raro.

Después de un año viviendo fuera, mi vuelta fue progresiva. Ese verano antes de marcharme a estudiar a Barcelona lo dediqué a reencontrarme con la familia y los amigos, a volver a pasear por las calles de Zaragoza (cómo echaba de menos caminar, allí van a todas partes en coche), a recuperar mis rutinas, mis libros y hasta mi idioma. Todo estaba igual pero distinto. No sé si había cambiado Zaragoza o había cambiado yo.

Estos días también siento una sensación de irrealidad, esas ganas de volver a recuperar la vida de antes. Somos los mismos pero somos distintos. Vuelvo a mis caminos preferidos para correr por la ribera. Echo de menos los abrazos y los encuentros. También me reconozco a gusto en nuestro refugio de cinco y nuestra rutina del confinamiento. Echo de menos el fútbol: los partidos de la Romareda, los de la tele y, más aún, los del Zaragoza Club de Fútbol Femenino. Qué ganas de volver a ver jugar a nuestras chicas. Vuestros planes, partidos y torneos han quedado en suspenso esta primavera. Pero volveréis, más altas, más fuertes, las mismas pero cambiadas.

Hoy volveremos a ver el gol de Nayim en la tele. Les contaré a las chicas mis batallitas de mi año americano, cuando no teníamos internet ni móviles. Veremos el álbum de fotos. Escribiré un mail a Rachel. Y soñaremos con que el fútbol vuelva pronto a nuestras vidas.

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Desde mi ventana

Lo primero que hago cuando me levanto es salir a la terraza del salón y mirar nuestra calle aún a oscuras. A veces veo pasar a alguien que supongo que va a trabajar. Alguna furgoneta de reparto. Un paseante muy solo. Aún no han salido los de los perros. Algunos coches por la calle de Marqués de la Cadena. Una bici aparcada en el mismo sitio desde hace mes y medio. Se oyen pájaros. Los plataneros de la calle empezaron la cuarentena sin hojas y ahora han crecido tanto que casi tapan las terrazas del cuarto en el bloque de enfrente. Por las tardes saludo a Nieves, del primero, entre el follaje. Es la única vecina de enfrente a quien conocía de antes del coronavirus; ahora siento que nos conocemos todos un poco más. Miro al cielo azul oscuro, a las persianas de las casas aún bajadas, las de los bares cerradas desde hace mucho tiempo. Repaso el día anterior, pienso en la película que vimos anoche, en un artículo que leí por ahí, en una conversación que se nos quedó a medias. Imagino el día que empieza, intentaremos que cada uno tenga algo de especial. En este encierro hemos creado nuestras propias rutinas. Hemos recuperado la mesa grande del salón para las comidas familiares y los juegos. Por la mañana, deberes; por la tarde, sobremesa, lectura, las chicas graban vídeos e inventan juegos, sobre las siete salimos a hacer ejercicio a la terraza y luego aplaudimos. Después cena y película o serie. Nos gustó mucho ‘La línea invisible’, ahora estamos con ‘Hierro’. Ya no cabemos los cinco en el sofá. Yo me tumbo sobre un cojín con forma de donut gigante que ganó Luna a los dardos en las fiestas de Santa Ana. A las chicas les gusta mucho estos días revisar en el ordenador fotos de cuando eran pequeñas. El tiempo vuela con ellas, Chema.

Lo segundo que hago, mientras tomo tranquila café y tostadas, y dejo que la radio me vaya despertando, es mirar las fotos de Mari Carmen en Instagram. Carme Ripollés es fotoperiodista y publica cada día un reportaje fotográfico del confinamiento que titula “Desde mi ventana”. También es mi amiga desde hace 20 años. Veo su vida desde su ventana, en Castellón, y la siento muy cerca. Veo a Martí, a Ángel, a sus vecinos, sus terrazas, sus cielos, sus juegos, la ropa tendida, los aplausos, los abrazos, los cielos, la lluvia, los charcos, el sol, los dibujos de arcoiris, el paso del tiempo, las caras de cansancio. Todos nos parecemos un poco, cada uno en nuestra rutina. Veo también lo que no se ve pero está en las fotos y en los pies de foto. Nuestras ilusiones y preocupaciones compartidas, la nostalgia, el miedo, los sueños, el periodismo, la maternidad, la conciliación, los viajes, la literatura, los planes pendientes, la vida en suspenso. Miro por su ventana, por mi ventana, y siento que falta un poco menos para que nos demos un abrazo.

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Aquí va una selección de fotos de Carme. Se puede seguir su fotodiario en su Instagram.

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La Tía Fina y el coronavirus

Hoy felicitaremos a la Tía Fina por whatsapp, aunque ella no tenga móvil, aunque no podamos ir a verla. Vive en la residencia de mayores de Cervera del Río Alhama y hoy cumple 101 años. La veterana de nuestra familia (y del pueblo). Ay, nenita, como dice ella. ¿Qué pensará mi tía abuela del coronavirus? ¿Se habrán enterado en la residencia? ¿Le extrañará no tener visitas ni una fiesta como la del año pasado, con tarta, fotos, sobrinos, nietos y bisnietos correteando por los pasillos de la residencia? La imagino cantando o contando una de sus historias lunáticas. Esas que no sabemos -ni sabremos nunca con certeza- cuánto tienen de verdad y cuánto de imaginación-. Aunque últimamente está baja de energía, cuentan mis tías que van a verla frecuentemente. Dice que quiere que se la lleve la eternidad, que está cansada. Son 101 años.

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Celebración del 100º cumpleaños de la Tía Fina, el 19 de marzo de 2019.

Tengo ganas de abrazar y de celebrar. Son días raros. Tachamos planes cancelados del calendario. La vida de antes queda en suspenso, mientras los que estamos bien hacemos lo que tenemos que hacer: quedarnos en casa. Repaso los planes que ya no serán. Hoy tocaba felicitar a la Tía Fina, celebrar el Día del Padre, entrenamiento con el equipo Alevín A del Zaragoza Club de Fútbol Femenino, clases del conservatorio de danza de 15.45 a 19.30, reunión en el cole para ultimar los detalles del viaje a Dublín de las chicas, uno mis últimos entrenamientos antes de la media maratón del domingo.

En muy pocos días hemos tenido que cambiar las rutinas y reorganizamos la escala de valores. Paramos, miramos, valoramos las cosas de otra manera: la sanidad pública, los cuidados, el tiempo, la familia, los amigos, el espacio personal, los trabajadores de sectores poco reconocidos (supermercados, transportistas, limpieza…). Pienso en la Tía Fina, en los que viven solos en casa, en Abu en Cáceres, en mi prima Marina en su minipiso de Madrid, en mi prima Anita al otro lado de la ciudad de Zaragoza, en mi amiga Marisa que ya está en el paro, en las personas obligadas a vivir encerradas un tiempo y no solo estos días (gracias, Bea, Nuria, por vuestras reflexiones)…

En nuestra casa vivimos tranquilos estos días de confinamiento. Tenemos nuestras rutinas de tareas escolares, comidas con sobremesa, salir a aplaudir a la terraza a las 8, cena con peli. Somos afortunados. No somos héroes. Somos un mar de fueguitos, como escribió Eduardo Galeano en el ‘El libro de los abrazos’.

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El día que cenamos con Ernesto Cardenal en Solentiname

Allá a lo lejos por el camino vimos acercarse despacio a un hombre mayor, ya encorvado y arrugadito, con guayabera blanca, sonrisa y boina al estilo del Che. Era una tarde calurosa y plomiza en la isla de Mancarrón, en Solentiname, un pequeño paraíso en mitad del Gran Lago de Nicaragua. Mari Carmen y yo guardamos las cámaras, como nos habían dicho, y fuimos nerviosas de invitadas a la cena con Ernesto Cardenal y sus amigos.

No recuerdo bien de qué hablamos en aquella cena ni qué comimos. Gallopinto, yuca, algún pescado, chancho, frescos de mango o de pitahaya, tal vez. Puede ser que habláramos de política, de literatura, de periodismo o de religión. Las jóvenes periodistas veinteañeras estábamos emocionadas por compartir mesa con él, un símbolo de Nicaragua y de la lucha universal contra las injusticias. Ernesto Cardenal, el poeta y sacerdote que luchó contra Somoza,  que fue ministro de Cultura sandinista, que se enfrentó después a Daniel Ortega, que fue una figura clave de la Teología de la Liberación,  al que amonestó en público Juan Pablo II al aterrizar en el aeropuerto de Managua en 1983 (y al que levantó el castigo el papa Francisco el año pasado), que fundó una comunidad de pintores primitivistas en Solentiname, que siguió escribiendo y denunciando las injusticias hasta sus últimos días.

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Mari Carmen me manda una noticia con su muerte. Y las dos volvemos a Solentiname, en 2003, a aquellas fotos y aquella entrevista que no hicimos. Hay personas y lugares y viajes que dejan una huella profunda.  Como Solentiname. Tengo un tucán de madera de colores –que compramos a uno de los artistas de la isla- en la estantería donde guardo mis libros nicas: Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Omar Cabezas… Hay uno especial, con las hojas sueltas y las esquinas dobladas: “Aquellos años de Solentiname”, una recopilación de textos de distintos autores. Hay un cuento de Cortázar, “Apocalipsis en Solentiname”, en el que narra un viaje al archipiélago acompañado de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

“Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo” .

(“Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar)

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Iglesia de Mancarrón, Solentiname, que levantó Ernesto Cardenal.

Ernesto Cardenal nació en Granada, en 1925, y falleció el 1 de marzo en Managua. Tras el funeral en la catedral de Managua, está prevista una misa de despedida en su iglesia de la isla de Mancarrón. Sus cenizas descansarán en Solentiname.

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Doce años

Ya han pasado 12 años de esta foto, es una de nuestras imágenes preferidas del álbum familiar. La primera foto que tenemos de las dos juntas, una de verde y otra de naranja, acurrucadas, tranquilas, tiernas. Como os adelantasteis seis semanas en el parto, nacisteis pequeñitas y tuvisteis que estar unos días en la incubadora hasta que engordasteis un poco. Luna llegó a casa una semana antes que Vega. Y ese día, esa foto, fue vuestro primer momento juntas fuera de mi tripa.

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Qué suerte tener una hermana melliza (y una mayor que os abre camino). Compartís habitación, amigos, equipo de fútbol, momentos, experiencias… Cada una a su manera. Parecidas pero diferentes, cómplices y complementarias. A veces el desorden de una saca de quicio a la otra. Os contagiáis una a otra la creatividad y la alegría. Torbellinos ya más calmados que hace unos años. Compartís secretos que no nos contáis. Os ayudáis con los deberes: explícame estos problemas de matemáticas y yo te ayudo con las rimas. Vais juntas a la aventura, aunque a veces cada una decide ir por una calle distinta.

Me gustan vuestros cumpleaños más que los míos: los nervios y la emoción con los que vivís los días previos, los planes con la familia y los amigos. Doce años, os creéis mayores, os hacéis mayores. Me encanta veros crecer, ver cómo elegís vuestro camino, con vuestras certezas y vuestras dudas. Luna, no pasa nada por no saber aún qué quieres ser de mayor, serás muchas cosas. Vega, serás lo que quieras.

Llevo unos días mirando fotos emocionada en las carpetas del ordenador. Cientos de fotos desde esa primera: cumpleaños, viajes, partidos de fútbol, carreras… Cuántas risas y líos y buenos momentos. Como ese vídeo del año que os apuntamos a la extraescolar de baile y en la exhibición de fin de curso decidisteis ir por libre. Todos los niños seguían el ritmo de la música, las indicaciones de la profesora, todas en orden… menos vosotras, corriendo por la pista y dando volteretas. Las gradas estaban llenas, los padres grabando la actuación (alguien nos pasó después el vídeo), y nosotros no sabíamos si reírnos o enfadarnos. Nos quedó claro que ese no era vuestro sitio. Al año siguiente os apuntamos a fútbol y patinaje. De vez en cuando nos ponemos el vídeo en casa y reímos hasta llorar.

Voy por la calle caminando o pedaleando rápido, dándole vueltas en la cabeza a mis dudas, a los planes pendientes, a recados, a escritos, a sueños por cumplir. Y llego a casa, y ahí, en medio del jaleo de una casa de cinco con tres adolescentes, está la calma. Mi refugio. Sois vosotras. Hoy jugaréis partido de fútbol, soplaréis las velas, abriréis regalos, jugaréis con los primos, os achucharemos, protestaréis un poco cuando os pida otra foto. Y, con todo el barullo, desde una esquina intentando que no se me note, tal vez se me escape una lagrimita.

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El Cerverano

El otro día me colé con Vega en el campo del Cerverano. El antiguo campo del Club Deportivo Cerverano, el campo municipal del Tolmo, ahora convertido en escombrera del pueblo. Pasamos por un agujero en la valla. Fue como volver atrás en el tiempo, a mis 11 años, los que tienen ahora las mellizas futbolistas. Cuando veníamos a ver los partidos y animar al Cerverano. Las porterías resisten en pie. Y los anuncios en la tapia siguen prácticamente intactos, solo un poco descoloridos. “Creaciones Jiménez. Todo en moda infantil y juvenil. En Cervera, calle Doctor Zapatero, 5”. Me emociona el recuerdo del negocio de confección que montaron nuestra abuela y nuestras tías. También había anuncios más futbolísticos: “Para meter muchos goles comprar en carnicería Lorenzo Santamaría los chorizos y jamones”. Lo demás (los vestuarios, los banquillos, la valla, el terreno de juego…) está como si el campo hubiera sufrido un ataque nuclear. La imagen del abandono, la despoblación y la desidia.

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“¿Aquí jugaba el Cerverano?”, pregunta Vega sorprendida. Y viajo en el tiempo. Me acuerdo de que los días de partido se comía pronto en casa de los abuelos. Nuestro abuelo Pedro fue delegado y luego presidente. Se encargaba de las fichas, las camisetas, de organizar los viajes y mil recados más. Como no había focos, los partidos se jugaban a primera hora de la tarde para aprovechar la luz antes de que se pusiera el sol. Recuerdo el paseo hasta el campo del Tolmo, en lo alto del pueblo. Recuerdo ir con mi hermana y con mis primos. En el descanso buscábamos al tío Manolo o al tío Juan Cruz para que nos invitaran a algo en el bar (una bolsa de patatas o un batido de chocolate, no había mucha oferta). Recuerdo el campo de tierra, las marcas de los tacos, algunos piques con pueblos cercanos, mucho público. Había que ir pronto si querías coger sitio en alguno de los bancos de piedra. Recuerdo después de los partidos o al día siguiente ir con mis primos al barranco a buscar los balones que se salían del campo. Aún miro cuando paso por el camino de Canejá a ver si hay alguno olvidado entre las zarzas.

En Google se pueden encontrar estadísticas y algunos datos. Como que el Cerverano jugó catorce temporadas, entre 1982 y 1996. Empezó en un grupo navarro-riojano en Segunda Regional, luego subió a Primera Regional y los últimos años jugó en la Regional Preferente riojana. En la revista Piedralén, que editó el Ayuntamiento de Cervera de Río Alhama en los años 80 y 90, encuentro más información. Estos días navideños también he preguntado en tertulias. Me gusta sacar mi libreta y escuchar historias cerveranas. Me cuentan que en los años 40 los muchachos del pueblo se juntaban a jugar al fútbol en el prado de la Palilla, por el monte del Mediano. Después se construyó un campo de fútbol junto al Alhama, donde ahora están las piscinas. Pero la yasa histórica del año 1956, la que arrasó cosechas, puentes y casas, también se llevó por delante el campo de fútbol de San Miguel.

En los primeros años de la democracia se retomó la idea de hacer un nuevo campo de fútbol municipal y fundar un equipo federado. El campo del Tolmo se inauguró en las fiestas de San Gil, el 3 de septiembre de 1982. Esa primera temporada 1982-83 el equipo contó con 23 jugadores y quedó séptimo en la liga, que ganó el Atlético Milagrés. El máximo goleador del Cerverano fue Enrique Jiménez, con 25 goles. El primer año hubo 298 socios: los hombres pagaban 1.000 pesetas y las mujeres, 500. “Los primeros años éramos una pandilla de amigos. Luego se incorporaron nuevos jugadores del pueblo y hasta se hicieron fichajes. El Cerverano llegó a tener muy buen equipo. Es una pena que con los años el equipo se perdiera, y el campo quedara como está ahora”, me cuenta Félix Vidorreta, jugador y vocal de la junta en las primeras temporadas, hasta que se marchó a trabajar a Madrid.

El equipo terminó renqueante y casi sin jugadores la temporada 95-96. Después hubo unos años años sin fútbol en Cervera. El campo del Tolmo quedó abandonado. Ahora hay un club de fútbol sala con varios equipos, el Club Deportivo Cerverano Raulito. En los últimos veinte años, Cervera y la comarca del Alhama han perdido el 30% de su población. En la España vacía quedan muchos campos de fútbol abandonados y muchas historias que merecen la pena ser recordadas. Mi abuelo, el Pedro, murió el 30 de diciembre de 2010. Le hubiera gustado acompañanos a Vega y a mí el día que nos colamos en el campo del Tolmo, casualmente el 30 de diciembre de 2019.

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Cerverano temporada 94-95

El Cerverano, en el campo del Tolmo, en la temporada 94-94. Arriba a la izquierda, mi abuelo Pedro. De la revista Piedralén.

PD Gracias a mi tía Cruci por su ayuda para recopilar estas historias.

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Cinco Olivas

A Cinco Olivas se llega por una carretera que discurre plácida junto a los meandros del Ebro. Es un pueblito de un centenar de habitantes en la Ribera Baja del Ebro, con bar, un molino restaurado, un embarcadero que se construyó en los años de bonanza y ahora prácticamente no se usa, y una biblioteca que nos acoge dos sábados para un taller muy especial: “La cámara de escribir”. Carme Ripollés y yo llegamos a Cinco Olivas desde Zaragoza y Castellón, invitadas por la comarca para impartir un taller de escritura y fotografía. Me gusta alejarme de la ciudad y de mis obligaciones cotidianas, conocer sitios nuevos, cambiar la mirada. Me asomo a un mirador sobre el río y disfruto de la majestuosidad del Ebro, a veces plácido, otras amenazante. Y pienso que gusta escribir, leer, hacer fotos y seguir aprendiendo siempre.

Aprendemos de nuestros alumnos: un grupo heterogéneo, en edades y en profesiones, que comparte la afición por escribir y hacer fotos, por la cultura. La más joven, Estíbaliz, es estudiante de instituto. Vienen de distintos pueblos de la zona (Pina, Sástago, La Puebla, Gelsa, Cinco Olivas también), de Zaragoza y hasta de Barcelona. El taller tiene dos partes: el primer día hablamos más nosotras; el segundo, ellos muestran sus creaciones. El tema es cómo contar la vida en los pueblos con palabras y con imágenes. Julio Llamazares se mezcla con José Manuel Navia y con “Los asquerosos”; el Pirineo con Galicia y con la Ribera Baja del Ebro; sus experiencias con las nuestras. Salen textos y fotos emocionantes, sorprendentes, sugerentes, nostálgicos, tristes, humorísticos, misteriosos. En ellos aparecen estaciones de tren, cementerios, casas en ruinas, puertas que se abren, muros, la fresca, las fiestas, vecinos que se quedan y que se van, emigrantes que vuelven, hornos que siguen cociendo pan generación tras generación.

Con los alumnos del taller “La cámara de escribir”, en Cinco Olivas.

Comparto el viaje con Ainara Ortega, técnica de la comarca y la impulsora de este proyecto creativo. “La cámara de escribir” ya lleva ocho ediciones. Por el camino hablamos del Ebro, que marca la vida, la historia y el carácter de esta comarca. Hablamos de despoblación, de cultura, de Jardiel Poncela -que descendía de Quinto-, del museo de momias de Quinto, del puente de Gelsa – que está a punto de abrir después de siete meses de obras-, de las escuelas rurales, y de los bares, centros sociales de los pequeños municipios.

Ya de vuelta a casa, me asomo al Ebro, que baja crecido, y pienso que me encanta compartir momentos y proyectos con Mari Carmen. Han pasado más de veinte años desde que nos conocimos en la universidad. Veinte años de clases, fiestas, prácticas, viajes, trabajos, hijos. Seguimos aprendiendo juntas, en Cinco Olivas y donde nos lleve el siguiente viaje.

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