Las mellis cumplen diez años

El 15 de febrero de 2008 era viernes. Yo tenía una tripa majica y dentro dabais bastantes patadas, pero se supone que aún faltaban seis semanas para que nacierais. Como siempre habéis sido movidas, impacientes, apasionadas, decidisteis que no ibais a esperar más. Así que después de desayunar salí corriendo al hospital (a mis partos llego corriendo), y a la hora de llevar a vuestra hermana a la guardería ya habíais nacido.

Y ya han pasado diez años de ese día. ¿Diez, ya? Seguís siendo “las mellis”, ese nombre provisional que os pusimos en el embarazo mientras buscábamos los vuestros. Diez años de risas, líos, planes, viajes, dibujos, películas, tardes en el parque, días de piscina, partidos de fútbol, carreras, historias, algunas discusiones, más líos, más risas.

No me acuerdo cómo nos organizábamos al principio con tres hijas muy pequeñas para llegar a tiempo a la guardería, al cole, al trabajo. Bueno, sí me acuerdo, con ayuda de abuelos, la tía Asun, más tíos y todas las manos posibles. Me gusta ese proverbio muchas veces repetido: “Para criar a un niño hace falta una tribu entera”. Una tribu, paciencia, humor y cambiar las prioridades. Porque con vosotras nos cambió la vida y nos hicisteis mejores. Ahora seguimos haciendo equilibrios para acompañaros a todos vuestros planes, mientras vais descubriendo vuestros caminos.

Sois unas privilegiadas por tener algo que pocas personas tienen: una hermana melliza. Camináis a la vez, compartiendo cumples, habitación, amigos, muchas aficiones, travesuras, secretos. Sois parecidas pero diferentes. Una matemática y una artista, una ordenada y otra caótica, una más familiar y otra que ya se iría a dar la vuelta al mundo. Y sois morrudas por tener una hermana mayor que os guía y os chincha, pero que sobre todo os quiere mucho.

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¡Felicidades, Vega y Luna!

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Historias de invierno

“La muerte de Lamperna nos cogió a todos desprevenidos, no porque no tuviera Lamperna edad para morirse sino porque, por entonces, su presencia formaba parte de las cosas que a nosotros nos parecían inmutables: el río, la dehesa, el invierno, la cueva del Moro, las rosquillas de la madre, el espantapájaros del huerto de Bernardo, la casa encantada… Y las historias que nos contaba Lamperna. Su perfil de águila, arrugado y huesudo, bien tieso y relimpio en el poyo de su casa, sentado al sol como todos los viejos, con la cabeza del Tobo apoyada en las rodillas”.

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Mi tía Cruci me regaló este libro por mi cumpleaños: ‘Invierno’, de Elvira Valgañón, editorial Pepitas de calabaza. Tenía otros en la mesilla y poco tiempo para leer. Pero en estos días de frío, nieve y mantita en el sofá, le ha llegado su momento. Qué maravilla.

‘Invierno’ es una suma de historias que se entrelazan en el pueblo imaginario de Cerveda (que podría ser cualquiera). Nos cuenta, entre otras, la historia de un desertor; la de un profesor que llega con su hija al pueblo y guarda un gran secreto; la del indiano que regresa a casa; la historia de amor de unos niños. Saboreo las palabras y releo las frases subrayadas. Es una escritura aparentemente sencilla que sugiere mucho. Su lectura me llevaba a otros libros y películas que me han emocionado: ‘La lluvia amarilla’, ‘La reina de las nieves’, ‘Los girasoles ciegos’, ‘Cinema Paradiso’… Es un libro para cobijarse. Es un libro que se siente: la escarcha, el olor de la tierra mojada, el frío, el calor del brasero, el miedo y la esperanza también.

Me emociona especialmente la mirada del espantapájaros, como ya quedan pocos, testigos del paso del tiempo y guardianes de las historias de nuestros pueblos:

“Lo que recuerda empieza una mañana de verano. La luz del sol, brillante y cegadora, las manos ásperas del hombre que le puso un sombrero y lo vistió con una chaqueta vieja, que se alejó un poco para mirarlo y dijo algo que no comprendió. Arboles y surcos de tierra oscura. Al principio pensó que también a él le brotarían de los brazos frutos redondos y brillantes. Ahora sabe que los árboles son árboles y los tomates, tomates y que la huerta que habita solo es una parte del mundo”.

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La casa de los abuelos

Las casas tienen memoria, historias y hasta fantasmas. La nuestra de la plaza del Royo de Cervera tiene polvo, desconchones, algunas grietas y muchas historias familiares que empezaron cuando se mudaron mis abuelos Pedro y Milagrosa el año que nació Pedro Juan (1951). La casa es originaria de finales del XIX, como otras de la plaza del Royo, que en tiempos fue el centro del pueblo. Mis padres y mis tíos se han propuesto ahora arreglar la casa de los abuelos. Ya llevan unos meses dibujando planes y planos, hablando con albañiles, haciendo números, vaciando armarios.

Es una casa grande con cuatro plantas y muchos recovecos. En ella vivieron mis abuelos, sus siete hijos y dos tíos abuelos. La siguiente generación, mis primos, mi hermana y yo, también dormíamos y jugábamos aquí cuando veníamos de vacaciones. Cuántos buenos momentos en el mirador, las escalerillas, la alcoba, la tienda, el alto de los conejos, con los disfraces de Navidad, los barullos de las fiestas de Santa Ana. La familia (“la Pedrada”) ha ido creciendo, la casa del Royo se nos quedó pequeña y vieja, y nos hemos ido acomodando en otras casas del pueblo. Mantenemos la tienda (la antigua tienda de ultramarinos de mis abuelos en la planta calle, reconvertida en salón-cocina) para las comidas familiares. La última, en Año Nuevo, nos juntamos casi 40 contando a los dos pequeños: Maddi y Gael.

Yo colaboro haciendo fotos y recogiendo historias en mi libretita (tal vez algún día llegue a ordenarlas todas y salten a un formato un poco más grande). En fin de año también me tocó bajar muebles y trastos: tinajas, bancos, la máquina de coser de la abuela, sillas de mimbre, una sulfatadora oxidada, aperos del huerto, la cabeza de ciervo del salón, maletas, baúles… Desde siempre me fascina el baúl de la Alejandra con el que viajaba a Argentina en los años 40 y 50. Algún día encontraremos un mapa del tesoro. Tal vez ya lo hayamos encontrado y pasa de generación en generación.

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Mi prima Anita en la casa del Royo.

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Los cromos de las chicas

Cuando a nuestras chicas les empezó a gustar el fútbol preguntaban que por qué no salían partidos de fútbol de chicas en la tele. Ya salen. Desde hace unos cuantos años coleccionan los cromos del álbum de la Liga. Y también preguntaban que por qué no hay cromos de chicas. Pues ya tenemos. Su club, el Zaragoza Club de Fútbol Femenino acaba de sacar el álbum de cromos del club, con fotos de todas las jugadoras, desde las pequeñas del Benjamín hasta las de Primera División.

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Ayer les dieron el álbum en el entrenamiento y ahora vamos a ir completando las páginas. Ya tenemos los cromos de Vega y Luna. Y unas cuantas de su equipo Benjamín: Paula “Coco”, Mónica, Daniela, Lauri, la otra Vega. A algunas compañeras del año pasado que ahora están en el Alevín: Alicia, Noa, Ángela. Varias del Infantil que no conocemos. Varias del primer equipo de Primera División: Nora Sánchez (subcampeona de Europa con la selección sub-17), Naima García, Natalia Cebolla, la portera Oihana Aldai. A Salma Pallaruelo, del Territorial, a la que admiran mucho nuestras chicas porque es una atleta y futbolista de primer nivel que también ha sido convocada por la selección española sub-17. Al entrenador Alberto Berna. A ex jugadoras del club que han triunfado como Vero Boquete o Silvia Meseguer.

Ahora toca cambiar cromos. Seguir disfrutando de cada partido. Y aplaudiendo las iniciativas para fomentar el fútbol femenino.

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Cuarenta años

El 23 de noviembre de hace justo 40 años fue miércoles. Leo en ‘El País’ de ese día (gracias, Ana y familia riojana, por el regalo) el borrador de la Constitución que se estaba gestando. Decía que España sería una monarquía parlamentaria, con pluralismo político y libertad de expresión. También leo una entrevista con el primer ministro marroquí hablando del Sáhara. En páginas interiores aparece la reividicación del último atentado de ETA. En la quiniela había un Zaragoza-Calvo Sotelo en Segunda. Aquella temporada el Zaragoza acabó subiendo a Primera. Y en los breves leo que han detenido a unos niños por robar el bocadillo a otro en un colegio. El periódico costaba 15 pesetas.

Mientras, en Zaragoza, Pili cumplía las 40 semanas ese día. Por la mañana fue a revisión en el Clínico pero le dijeron que aún estaba verde y que se fuera a casa. Pili y Luis Ignacio fueron a comer a casa de Juli y Félix. Todos estaban a punto de estrenar título: de padres y de abuelos. En la familia nos gusta mucho contar historias de los nacimientos. Cuenta mi madre que no comió mucho, que todo fue muy rápido, que enseguida se puso de parto, que mi padre no fue a trabajar al Colegio Alemán esa tarde, que en el taxi ella gritaba mucho, que llegaron al hospital y la pasaron directamente al paritorio. Que en unos minutos, antes de las 16.30, ya había nacido yo. Era el 23 de noviembre de 1977.

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“Paula es nacida en el 77. Noviembre del 77. A los pocos días nevó y eso debe ser muy buena señal…”, cuentan mis padres en el prólogo del libro ‘El fascinante campamento del Cid’, mi primer libro. Lo escribí con 15 años a la vuelta de unos campamentos y se quedó perdido en alguna carpeta de casa. Mis padres y mi hermana lo han rescatado, y lo acaban de editar en la ‘Editorial Peponerías’. Es un ejemplar único, con motivo del 40º aniversario de la autora. Es un regalo maravilloso.

“A veces nuestras hijas nos asustan un poco. Por su desenvoltura. Por su capacidad de imaginar proyectos en los que involucrarse y por su valentía en llevarlos adelante. Nuestra mirada sobre ellas tiene también un toque de orgullo, queremos creer que solo un toque, porque nuestra aportación a lo que hoy son no es calibrable. ¿Qué influye en el devenir de una persona, en su peripecia vital? Igual ni merece la pena rastrear, basta con reconocer el soplo, a veces suave, a veces violento, del azar”, dicen nuestros padres en el prólogo.

La historia continúa…

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Margarita, está linda la ciudad

Nunca se acostumbrará al viento de esta ciudad, piensa mientras se encoge bajo la chaqueta y a lo lejos se acerca puntual el autobús 58. Entra a trabajar a las 8 pero a la señora de la casa le gusta que llegue diez o quince minutos antes. Desayuna un cafecito nomás de pie en su cocina minúscula, se arregla un poco el pelo crespo y sale corriendo de casa antes de las 7. Después de unos meses, ya se ha hecho a la rutina, a los horarios, a las calles. Se ha aprendido el camino desde su casa, una callejuela del barrio de San Pablo, hasta la plaza de España. Allí coge el tranvía, es como un tren rápido y silencioso que atraviesa la ciudad, le contaba a su madre los primeros días por teléfono. Se baja en Vía Ibérica y camina unos metros hasta la parada del 58. Un día se durmió y el tranvía le llevó a Valdespartera, que es un barrio nuevo, todo de casas altas, todas las calles iguales, y no sabía volver, mamá, me entró un poco de angustia. Pero encontró el camino de vuelta, siempre ha sido una luchadora que encuentra los caminos. Llegó quince minutos tarde al trabajo. No volverá a pasar, le prometió a la señora. Desde ese día cuenta mentalmente las paradas y no se permite cerrar los ojos. Plaza Aragón, Gran Vía, Fernando el Católico, Plaza de San Francisco, Emperador Carlos V, Romareda y, siete, Casablanca. Después se sube al 58, que le lleva por el barrio de Casablanca y el Canal. Ella se recuesta en el asiento detrás del conductor y pega la cabeza a la ventanilla hasta la última parada.

FOTO TRANVÍA

El primer día apenas se fijó en ella, una chica joven, morena, probablemente de origen latino, como otras mujeres que suben al bus y van a trabajar a las casas de las urbanizaciones. La suya es una línea tranquila: la 58 (Tranvía-Fuente de la Junquera), circular, corta, una de las nuevas creadas para dar servicio al eje del tranvía y las zonas residenciales de las afueras. Es una zona de poco tráfico, qué diferente de las líneas urbanas que se meten por los barrios y tienen que soportar coches mal aparcados, atascos y retrasos. La 58 no suele llevar muchos viajeros. Algunos que van al Stadium Casablanca, a los colegios cercanos o a las casas del Camino Fuente de la Junquera. Perdone, ¿cuánto falta para la urbanización Fuente de la Junquera?, le preguntó ella. Llevaba una dirección apuntada en un papelito. Tenía una voz suave, dulce y unos ojos muy grandes. Es la ultima parada, le indicó, y ella agradeció las indicaciones. No han vuelto a intercambiar palabra desde aquel día. Ella no ha faltado ninguno, salvo uno, tal vez estaba enferma. Saluda siempre con un buenos días bajito, deja una estela de rosas a su paso y se sienta en el mismo asiento, justo detrás del suyo. Él la mira disimuladamente por el retrovisor…

(El relato continúa en la revista digital Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores. Me pidieron una colaboración, y salió un cuento que mezcla paisajes zaragozanos y nicaragüenses. Buen viaje y buena lectura. Se puede leer aquí)

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La vaca o yo (corriendo por Torla)

La carrera de Os Foratos de Lomenás ya es una más de nuestro calendario jabato. Este año un grupo de amigos repetimos esta carrera de Torla aunque con recorrido diferente y algunas sorpresas en el camino. Empezamos a correr con guantes y acabaremos sudando en un día precioso y soleado en Ordesa. El otoño ya se nota en los colores de las hojas y en alguna cumbre divisamos nieve. Elisa, Sergio, Álex y yo nos apuntamos a la de 24, aunque luego no sé si han sido 25 o 28. Como corro sin reloj no lo sé.

En la previa de la carrera que hace Ramón Ferrer (un gran fotógrafo y cronista de carreras de montaña) decía que la favorita era Mónica Sáenz, así que me propongo intentar seguirla. Y salimos como balas del pueblo de Torla y cogemos buen ritmo en los primeros kilómetros. Sigo a un grupo, voy disfrutando del camino y de las vistas. Cruzamos el Ara por un puente de piedra y alguien delante se da cuenta de que nos hemos perdido. Puede ser que las señales de la organización no estuvieran muy claras. O que estuviéramos un poco despistados siguiendo al de delante o contemplando el paisaje. El caso es que nos hemos perdido, retrocedemos, probamos otro camino en busca de las señales rojas, pero tampoco. Finalmente desandamos nuestros pasos y encontramos a los corredores más listos que nosotros que no se habían perdido. Lo que hemos perdido es unos cuantos minutos y llevamos un extra de kilómetros en las piernas.

Empieza para mí otra carrera. Intento apretar un poco y adelantar a gente para recuperar el tiempo perdido, pero sin agobiarme. Decido disfrutar aún más del recorrido e incluso me paro a hacer fotos. El valle de Ordesa en otoño es maravilloso. El recorrido de la carrera es este año aún más bonito. Han alargado el recorrido y el camino nos lleva hasta los 1.900 metros del Collado de la Plana, con unas vistas espectaculares. Después toca una larga bajada hasta el pueblo de Torla, pasando por distintos terrenos: prados con agujeros, pista muy rápida y senda entre árboles.

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Antes me encuentro con una vaca parada junto al camino, nos miramos, me paro, me asusto un poco, pienso en mi madre que le tiene terror a las vacas, le hago una foto y paso despacio a su lado. Pienso que soy una privilegiada por poder estar ahí, en ese lugar tan bonito, corriendo, con la vaca mirándome, disfrutando de la montaña. Luego me dejo de reflexiones y bajo con todas las fuerzas que me quedan y la esperanza de coger aún a las que iban por delante. Y a un kilómetro del pueblo consigo adelantar a otra chica.

Llego tercera, feliz. En la plaza de Torla nos juntamos los jabatos: los de la carrera de 24 (Elisa, Sergio, Álex y yo), los de la de 14 (Pepelu, Rodrigo y Fran) y los que vienen a animar (Ana, Antonio, Silvia y los chicos). Cómo me gusta compartir estos momentos. Aún nos quedan las cervezas, las migas y un café. Y hacer planes para futuras excursiones o carreras.

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(Fotos jabatas y de Ramón Ferrer)

 

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