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¿Y tú de quién eres, maja?

¿Y tú de quién eres, maja?, me pregunta el Mónico cuando me ve corriendo sudorosa por los caminos de San Esteban. “De la Pili la del Pedro, la de Zaragoza”. Y mientras echa un ojo a sus ovejas, me ofrece agua de limón y un buen rato de conversación. Hablamos de mis abuelos, del Tío Julio que tenía la casilla allá por Canejá, de cómo cambian las cosas, de la juventud de ahora, de por dónde lleva ese camino que sube por el barranco, de para qué corres tanto, maja. Me despido y vuelvo hacia Cervera. Subo el camino del Tolmo y allá abajo a lo lejos se ven las casitas apiñadas del pueblo.

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Me gustan los días de barullo familiar todos juntos en la Tienda, y también los días tranquilos de agosto cuando ya han pasado las fiestas. Son días para disfrutar de nuestra casa de los abuelos ahora recuperada (lo cuenta muy bien María en este post), para despertarnos y acostarnos sin reloj, ir a ver estrellas a Clunia, bañarnos en la piscina y meternos en el río. Este verano el Alhama baja con agua y las moras van con un poco de retraso. Busco caminos nuevos para correr. Me llevo varios libros en la maleta que apenas abro. Todas las mañanas esperamos que el tío Manolo nos traiga el periódico a ver si esta vez nos ha tocado el abono del Zaragoza. Después vamos a comprar pan a la tienda de la Loli. Y hacemos planes sin prisas: excursión con los primos o los amigos que vienen de visita, bajamos a la piscina, la tía Ana o la tía Cruci nos invitan a comer. Los viernes hay mercadillo en la plaza, Luna se compra una regadera para regar las plantas. Las tardes pasan con partidas de cartas, baños, helados, juegos en el frontón. Por la noche la plaza del Royo es el centro de la fresca. Las chicas juegan al escondite y no tienen prisa para ir a la cama. Una partida más. Venga, que es tarde. Me veo a mí misma hace unos cuantos años, con mi hermana y mis primos, cenando un bocadillo de salchichas y jugando a marro o al escondite. Una partida más. Me acuerdo del Mónico y sus ovejas, hay cosas que no cambian tanto. Me pregunto si el barco de juncos que echamos al río en Clunia habrá llegado ya al mar.

Pedrada Manolo

(Este verano, con la reinauguración de la casa de los abuelos en el Royo hemos estrenado carnés familiares de La Pedrada)

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Gaitera rima con Cervera

Todos los niños y niñas de Cervera hemos jugado a bailar la Gaita. “Lia, lia, lia”, siguiendo el ritmo de la música, acompañando con palmas, como si fueran las pulgaretas (castañuelas), formando cadenetas y figuras por la calle. Como hemos visto hacer tantas veces a los gaiteros en las fiestas de Santa Ana y San Gil. La Gaita es un baile tradicional de Cervera del Río Alhama (La Rioja) y una de las danzas más originales y antiguas de España. Según diversos estudios sus orígenes podrían remontarse al siglo XVII. Sus pasos han ido transmitiéndose de generación en generación y hasta ahora solo la bailaban los hombres solteros del pueblo.

Desde hace varios años, un grupo de mujeres de Cervera ha pedido poder participar y formar una gaita mixta. Se han dado de bruces con argumentos machistas y variados: “no se pueden romper las tradiciones”, “las mujeres se cansan”, “no conocen los pasos”, “son de fuera”, “van a dividir al pueblo”, “mejor dejar las cosas como están”. Y sí, el pueblo se ha dividido estos últimos tiempos a favor y en contra de la participación de las mujeres en la Gaita. Ha habido discusiones cara a cara y en las redes sociales, en los bares y en la puerta de la iglesia, entre amigos y entre familias. Con esa tensión y mucha expectación se llegó este año al día de Santanilla (27 julio), el último día de las fiestas en el que baila la Gaita (como muy bien ha ido contando en el periódico ‘La Rioja’ el corresponsal en Cervera y exgaitero Sanda Sáinz).

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Y las mujeres bailaron. Fue un baile simbólico y muy emocionante. Las chicas danzaron detrás de la Gaita oficial, sin interrumpirles a ellos, aplaudidas por muchas mujeres y hombres. Dos chicos gaiteros se sumaron a su baile (¡qué orgullosa de mi primo Miguel!). También hubo malas caras y algún comentario despectivo. Solo espero que lo vivido este año sirva para que se sienten a hablar, que pronto haya una gaita mixta y que la tensión vivida quede como una historia más para contar en la fresca.

VÍDEO Antena 3: Un grupo de mujeres consigue bailar la Gaita en Cervera

Me emocioné mucho viendo a las primeras gaiteras e imaginando que algún día alguna de mis hijas o sobrinas pudiera llegar a bailar la Gaita. Las tradiciones se pueden cambiar, como dijo mi madre a los periodistas que le entrevistaron en la tele. Y mientras tomábamos café y reposábamos las emociones vividas, Luna aportó otro argumento: “Porque gaitera rima con Cervera”.

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La casa de los abuelos

Las casas tienen memoria, historias y hasta fantasmas. La nuestra de la plaza del Royo de Cervera tiene polvo, desconchones, algunas grietas y muchas historias familiares que empezaron cuando se mudaron mis abuelos Pedro y Milagrosa el año que nació Pedro Juan (1951). La casa es originaria de finales del XIX, como otras de la plaza del Royo, que en tiempos fue el centro del pueblo. Mis padres y mis tíos se han propuesto ahora arreglar la casa de los abuelos. Ya llevan unos meses dibujando planes y planos, hablando con albañiles, haciendo números, vaciando armarios.

Es una casa grande con cuatro plantas y muchos recovecos. En ella vivieron mis abuelos, sus siete hijos y dos tíos abuelos. La siguiente generación, mis primos, mi hermana y yo, también dormíamos y jugábamos aquí cuando veníamos de vacaciones. Cuántos buenos momentos en el mirador, las escalerillas, la alcoba, la tienda, el alto de los conejos, con los disfraces de Navidad, los barullos de las fiestas de Santa Ana. La familia (“la Pedrada”) ha ido creciendo, la casa del Royo se nos quedó pequeña y vieja, y nos hemos ido acomodando en otras casas del pueblo. Mantenemos la tienda (la antigua tienda de ultramarinos de mis abuelos en la planta calle, reconvertida en salón-cocina) para las comidas familiares. La última, en Año Nuevo, nos juntamos casi 40 contando a los dos pequeños: Maddi y Gael.

Yo colaboro haciendo fotos y recogiendo historias en mi libretita (tal vez algún día llegue a ordenarlas todas y salten a un formato un poco más grande). En fin de año también me tocó bajar muebles y trastos: tinajas, bancos, la máquina de coser de la abuela, sillas de mimbre, una sulfatadora oxidada, aperos del huerto, la cabeza de ciervo del salón, maletas, baúles… Desde siempre me fascina el baúl de la Alejandra con el que viajaba a Argentina en los años 40 y 50. Algún día encontraremos un mapa del tesoro. Tal vez ya lo hayamos encontrado y pasa de generación en generación.

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Mi prima Anita en la casa del Royo.

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Última tarde de playa

Me siento en la orilla, justo donde rompen las olas, los pies asomando bajo la espuma. Es nuestra despedida de Cádiz. Sopla levante y la arena que arrastra el viento me pega en el costado izquierdo. La marea está de subida. Las chicas saltan olas, no quieren salir del agua. Estiramos la última tarde. Sabe a sal y a Calippo de lima limón. Cierro los ojos unos instantes. Sé que mañana, ahora mientras escribo, echaré de menos este momento. Noto la arena pegada, el pelo enredado, la piel tostada, vuestras risas de fondo. Si pudiera detener el tiempo.

Me gusta volver a Rota, a nuestro camping, a nuestra playa. Qué pequeñas erais la primera vez que vininos. Pocas cosas han cambiado; algunas sí. Me gusta volver a ver a Marisol, sevillana, 4 hijos, la mujer más guapa y simpática del camping. Nos cuenta que siguen viniendo cada verano, que el próximo año va a ser abuela, que hace unos meses se montó en avión por primera vez. El sol se va escondiendo tras el horizonte, a punto de estallar.

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Los atardeceres en nuestra playa son maravillosos. La playa de Aguadulce, medio salvaje, no sale en algunos mapas. Está a mitad de camino entre Rota y Chipiona. A veces se ven aviones de la Base, y cometas. Las mareas descubren o esconden las rocas. El agua está templada. Echo un ojo a las chicas: siguen saltando olas, cada vez más altas, más esbeltas, más cómplices, buscando sus caminos. Sigo saboreando estos momentos que guardo en un frasquito de cristal.

Atesoro imágenes de un verano que se acaba. Esta playa. Las vistas desde lo alto de la duna de Bolonia. Los Juegos Olímpicos que nos han acompañado en nuestro periplo. Las tertulias a la fresca y las tortillas de patatas en Cervera. Caminos para correr. Cafés con hielo y sin prisas. La hospitalidad de Javier. Las olas de Liencres. Los planes de Cáceres. Las partidas familiares de petanca (qué mala soy). Las canciones en los largos viajes en coche. Y las ganas de volver a casa también. Volver a ver a los amigos. Preparar las cosas del cole. Ordenar las fotos. Retomar las rutinas. Pensar en nuevos proyectos. Echar de menos esta última tarde de playa.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

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“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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