Archivo de la etiqueta: El refugio de las golondrinas

Un café en la plaza

A veces el mejor regalo es el que no esperas. Una mañana soleada después de varios días de lluvia. Viene Ana de visita con la excusa del cumpleaños. Vamos a la plaza. Bajamos las escaleras del tiempo que llevan al museo de la Torre Nueva. El reloj parece más grande colgado en la pared de piedra. Casi podemos oír las campanadas para advertir a la población de que venían las tropas francesas. Volvemos a esta bonita mañana otoñal de 2016. Pisamos la alfombra de hojas mojadas de la plaza secándose al sol. Le tocamos la cabeza al chico de bronce. Le pedimos a un turista que nos haga fotos con la estatua.

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Plaza de San Felipe, una bonita mañana de noviembre de 2016

Nos tomamos un café en Doña Hipólita, donde tantos años estuvo el local cerrado de paños Sesma acumulando polvo y abandono. Cuando venía cada día a ver esta plaza y soñaba con escribir algún día una novela que no sabía que sería un refugio para las golondrinas. Ahora es una de esas cafeterías modernas con aire antiguo, con muebles restaurados y grandes ventanales. Me gusta volver de vez en cuando y ver que la plaza sigue viva. El café de Doña Hipólita nos sabe a hogar, a viajes, a familia, a historias. La estudiante de periodismo Ana que venia de Barcelona a ver a su ahijada recién nacida. Y que sigue volviendo ahora que han pasado 39 años. La tienda de los abuelos en Cervera. El taller de confección de las tías. El olor de la compota en Navidad. La Tía Fina y sus locuras. El baúl de la Alejandra y sus viajes a Argentina… Miramos el reloj, se nos ha pasado la mañana volando. Quedamos para el próximo café en Logroño. Nos despedimos de la plaza. Veo que el quiosco de prensa de la esquina -bajo la casa de Rafael, María y todo ellos- ha vuelto a colgar el cartel de “Se traspasa”. Y yo sigo soñando con otras novelas.

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Plaza de San Felipe, 1889. Foto de J. Lévy et Cie 

PD Gracias a Ángel, Javier, Carmen y todos los amigos que seguís mandándome fotos de esta plaza tan especial.

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¿Cuánto cuesta escribir un libro?

Me gusta viajar con mis golondrinas. Últimamente he conocido las bibliotecas de Bardallur y Alfamén, gracias a la campaña de animación a la lectura de la DPZ. Me gusta poner cara a los lectores (gran mayoría, mujeres), compartir una charla y un café, escuchar sus impresiones, contar algún secreto del proceso de escritura, tratar de responder a sus preguntas:

“¿Cómo se te ocurrió la historia? ¿Existe en realidad el museo de la Torre Nueva? ¿Por qué derribaron la Torre Nueva? ¿Dimitri y Martin siguen tocando en la calle? ¿Qué pasó entre Rafael y Helena? ¿Todas las golondrinas emigran en invierno hacia lugares cálidos? ¿Cuánto de ti hay en el personaje de María? ¿Tu experiencia como periodista ha influido en esta novela? ¿Siempre llevas una libretita en el bolso? ¿Cuánto cuesta escribir un libro?…”

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(Con lectores de Alfamén y Bardallur.
Gracias a los fotógrafos, Chema y Luis Ignacio)

No tengo respuestas precisas para todas las preguntas. Creo que está bien que algunas cuestiones y algunas historias queden sin resolver. Que cada cual imagine lo que quiera. Estas reflexiones me han llevado a uno de mis libros de cabecera, “El cuento de nunca acabar”, de Carmen Martín Gaite. Es una especie de ensayo sobre la narración y la escritura, un viaje inconcluso, un cuento que no acaba nunca. Para este libro ella empezó a ordenar apuntes y libretitas en Madrid en otoño de 1973. Y terminó (aunque en realidad uno nunca termina de escribir y reescribir) en octubre de 1982 en Charlottesville (Virginia).

“Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y como receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas, de completar lo que en ellas hubiera podido quedar confuso, abonándolo con la cosecha de su personal participación”.

(“El cuento de nunca acabar”, Carmen Martín Gaite)

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

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(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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Golondrinas, moras y pastas de la Loli

Me gusta perder la noción del tiempo en Cervera. No saber si es lunes o jueves, 3 o 9. Hoy toca mercadillo, ah, pues es viernes. Me gusta levantarme sin despertador, cuando me despierta la claridad, o los pájaros, o el olor a tostadas o el colchonero que pasa con su furgoneta (“Señoraaa, colchones a precio de fábrica”).

Me gusta desayunar y comer y cenar en nuestro salón-cocina-entresuelo, con la puerta de la calle abierta, con la vida entrando a raudales: el Félix con su bastón que viene a traer caramelos para las chicas; Anne, Unai y Mireia que vienen a buscarlas para ir a jugar; la Bego con una tarta para Chema; una vecina para hablar de mi libro; Cruci para comentar los planes del día, si hoy comemos en la Tienda o cada uno en su casa, y ya de paso os traigo una tortilla, riquísima.

Me gustan los días de sol para ir a la piscina, pero también los nublados, en los que hacemos otros planes: subimos al Castillo, vamos al Pozo Largo, cogemos moras, las chicas organizan partidos de fútbol en la plaza o yo me voy a correr por la vía verde. Me gusta el barullo de las fiestas de Santa Ana en julio y los días más tranquilos de agosto. Me gusta comprar pastas en la Loli y los viernes en el mercadillo. Me gusta reencontrarme con amigos (gracias, Román) y esperar a los que vienen de visita. Me gustan las tertulias en la fresca. Me gusta desconectar de internet y de la actualidad, aunque las noticias importantes también llegan (Gaza, el ébola, el reencuentro de la presidenta de las Abuelas de la plaza de Mayo con su nieto, una granizada impresionante una tarde en Zaragoza…).

Me gusta escribir tranquila después de desayunar, esperando a que las chicas vayan despertándose y bajando por las escaleras. Lara suele ser la primera. Baja con cara de sueño y ganas de hablar. Mientras come magdalenas, nos contamos nuestros sueños.

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(La piscina de Cervera y al fondo, los restos del Castillo)

PD Este verano, además, mis golondrinas han llegado a Cervera. Presentamos el libro en el Casino y fue un éxito. Podéis leer la crónica en el blog de El refugio de las golondrinas. El libro está en la biblioteca y se vende en la Begoña.

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Vuelvo a la plaza

Una tarde de verano vuelvo a la plaza en la que he pasado tantas horas y que me ha dado tantas alegrías últimamente. Acaricio la cabeza del chico de bronce y me siento en un banco. Es media tarde, hace calor. He quedado para tomar un café. En una mesa alejada veo a una pareja. Tal vez sean Rafael y Helena, que han retomado el hilo de sus conversaciones. Martin, Dimitri y Paco no están. A lo mejor aparecen más tarde, a la hora de cenar. El quiosco de periódicos está cerrado por la tarde. ¿Dónde estarán Mario y su mujer? ¿Dónde estará María? Sonrío. Repaso la plaza. Un hombre medita cabeza abajo en un banco. La mercería sigue cerrada. El obrador de la esquina continúa endulzando la vida de sus clientes. Hay una bici aparcada en la puerta de la crepería. Algunas cosas han cambiado en este tiempo. Ha abierto una tienda nueva en el local de la carnicería: un negocio de frutas decorativas. Es una idea rompedora para esta plaza clásica en la que parece que no pasa nada. Ojalá les vaya bien. La tienda gourmet también ha puesto terraza este verano. La sombrerería cierra por jubilación. Han instalado farolas nuevas (no me gustan). Y yo miro, tomo notas, hago fotos. Una golondrina sobrevuela la plaza. Dejo que el tiempo resbale. Sueño con futuras novelas. Hace poco que he estrenado una libretita nueva. Es azul, tipo ‘moleskine’, con una goma para sujetar las páginas y las ideas. En la portada tiene un dibujo y una inscripción de El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

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PD Mis golondrinas siguen viajando. Recorren ciudades, playas, jardines, países lejanos y pueblos cercanos. Gracias por las fotos que me vais enviando y por las palabras tan cariñosas que me llegan al buzón. Podéis ver algunas de estas imágenes y leer algunos de los comentarios sobre mi libro en el blog El refugio de las golondrinas.

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¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?, me han preguntado varias veces estos días. Y me pregunto yo a mí misma desde siempre. Podría responder con palabras de otros, como ese texto maravilloso de Félix Romeo (“¿Por qué escribo?”, primero artículo y luego libro): “Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme”. O podría tomar prestados unos versos de Gioconda Belli: “Escribo para darle forma al mundo, para delinear el perfil de una lágrima, la tristeza del árbol cortado”. O de Benedetti: “Escribo para defender la alegría como una trinchera”. Como dice María en “El refugio de las golondrinas” (copiando a Watanabe, el protagonista de “Tokio Blues”), “soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.

Escribo para vencer al pudor, para decirle a la gente que quiero que le quiero, para compartir una emoción o una historia, para ordenar mis ideas, para buscar cómplices, para tejer puentes, para fotografiar un momento con palabras, para buscar los matices, para intentar entender el mundo, para viajar, para soñar, para volar.

Paula_Figols11(Imagen de Carme Ripollés, en el café H de Harina)

Escribo para mí y escribo para los demás. Para que me leáis. Para que me acompañéis. Estos días estoy recibiendo toneladas de cariño. Mi novela “El refugio de las golondrinas” acaba de echar a volar y estoy feliz. No me cansaré de dar las gracias a los que vinisteis a la presentación, a los que me habéis leído ya, a los que me estáis mandando mensajes tan bonitos, a los amigos que me quieren tanto, a los compañeros que me están haciendo entrevistas tan entrañables.

Aún se me hace raro tocar mi libro; verlo en el escaparate de una librería; que me llamen escritora; estar al otro lado en las entrevistas.

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(Mis golondrinas, muy bien acompañadas, en la librería Cálamo)

Seguiré escribiendo en este blog y en mis libretitas. Y he abierto otra ventana (elrefugiodelasgolondrinas.wordpress.com) que quiero que sea un diario de viaje de mis golondrinas. Ahí iré colgando entrevistas, reseñas y comentarios que está recibiendo mi libro. Muchas gracias.

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Crónica de un día luminoso, intenso y feliz

Mientras desayuno de madrugada (a esas horas que me han permitido escribir una novela) me llega el primer mensaje del día. Después vendrán decenas. Un amigo me manda por whatsapp el artículo tan bonito que ha escrito Antón Castro en el Heraldo de Aragón. Luego veo el vídeo, precioso, que ha hecho Pedro Zapater para la web del Heraldo.

Vuelta a la realidad. Toca preparar a las chicas para el cole, discutir por las coletas y dar unos cuantos gritos para llegar a tiempo.

Después mi editor, Sergio Anorak, y yo nos tomamos un café temprano, tranquilos, sin mirar el móvil ni el reloj. Me trae una caja de libros. Aún no me lo creo. Compartimos los nervios. Luce el sol. Va a ser un día de primavera maravilloso.

Durante todo el día me siguen llegando mensajes, llamadas, whatsapps, abrazos, cariño.

Voy a buscar a las chicas al colegio a la 1. Hoy es un día especial y no se quedan al comedor. Ya le han contado a medio colegio que su madre presenta un libro. Y están encantadas de cambiar las borrajas del menú escolar por una pizza cuatro quesos. Comemos en un restaurante italiano, con mis padres, mis tíos, mi prima Marina, mi hermana y mi sobrina Ione. Han venido de Logroño, Pamplona, Santander y Barcelona.

Por la tarde acudo a una entrevista en Aragón Radio. Antes me escapo y me refugio un rato en mi plaza, la que ha dado pie a la novela. Hago fotos, me siento cinco minutos al sol, recuerdo cuando empecé a tomar notas para un posible relato.

Quedo con unos amigos para regalarles unos libros. Y sigo corriendo. Ducha, peluquería, vestido.

Llego a Los portadores de sueños a las ocho menos cuarto. Ya hay amigos esperándome en la puerta. Firmo los primeros libros en la acera. La librería se llena. Sergio y yo hablamos un poco de la novela. Me escucháis con tanta atención que me tiemblan las piernas. Intento que no se me note. Firmo más libros. Nos hacemos fotos. Recibo más besos.

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Se agotan los libros. La librería se va vaciando. Lara, Vega y Luna pintan tumbadas en el suelo. “¿Refugio se escribe con ‘g’ o con ‘j’?”, me pregunta Vega. Y las chicas se van a casa con Chema.

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“Qué bonito ver que te quiere tanta gente”, me dice Eva, la librera, cuando ya nos hemos quedado solos.

Luego siguen unas cervezas y unas risas.

Sí, qué bonito.

¡¡Gracias!!

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