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La bailarina de once años

Once es capicúa, once suena a mayor, a cambio de década, a preadolescencia, a chica de casi 6º, a bailarina, a hermana mayor. A veces te miro desde la orilla con emoción disimulada: cuando entras al conservatorio, cuando vas tú sola por la calle tan decidida, cuando hablas con tus amigas, cuando lees, cuando escribes tus cosas en un cuadernito, cuando grabas tus vídeos con la tablet, cuando estás dormida ya tan larga en la cama, cuando entrabas este fin de semana por la “puerta de artistas” del Teatro Principal.

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La cumpleañera y la abuela Pili.

Ha pasado otro año volando. Has crecido unos cuantos centímetros, ya sabes ir sola en bus, nos haces unas tartas riquísimas, tienes mucha mano para las manualidades de papel y de ordenador, crecen tus planes y tus secretos, a veces te preguntas qué serás de mayor, aún sigues discutiendo con tus hermanas, también os dais unos abrazos muy chulos. Qué bonitas son las emociones y los sueños infinitos de los 11 años. ¡Feliz cumpleaños, Lara, sigue bailando!

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Huida con Gloria Fuertes

Soñé que me fugaba el Día de la Madre. Dejaba a las hijas en una sesión de cine que organizaba el cole en el Centro de Historias de Zaragoza, y me escapaba. Me salía de los grupos de whatsapp y apagaba el móvil. Borraba de mi agenda de madre las próximas citas: partidos de fútbol, campeonatos de atletismo, torneos de ajedrez, cumpleaños, exhibiciones de danza, médicos, reuniones en el cole, tutorías, compras de ropas para el verano, organización de campamentos y recados mil. Con todo el tiempo del mundo por delante sentía la emoción previa a un gran viaje. Podía coger una bici y pedalear sin fin. Escalar las montañas más altas y más bellas. Ir a la estación y escoger un tren al azar: Barcelona, París, Sevilla. O, por qué no, subirme a un vuelo que cruce océanos.

Gloria Fuertes moto

Hacía una mañana primaveral maravillosa. Vi pasar a Gloria Fuertes montada en moto por la plaza de la Magdalena. Me subí con ella a su Vespa y me llevó por los barrios de Madrid, a Pennsylvania y a la Luna. Vimos dragones, mendigos, poetas, un camello cojito y una tortuga presumida. Acabamos en la terraza del Simón, a un paso del Centro de Historias, ella con un whisky con leche y yo con un café y croasán de chocolate. Me regaló unos versos:

La poesía no debe de ser un arma,
debe de ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.

(“Poética”, de “El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida”, edición de Jorge de Cascante. Blackie Books)

Y a la una, puntual, llegué a recoger a las chicas a la salida del cine.

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Corredora de lunes

Empecé a correr hace más de tres años en el parque de la Granja. Y por ahí seguimos los miércoles y los viernes. Con la excusa de los trotes y las series hemos hecho un grupo de amigos jabatos. Compartimos entrenamientos, carreras, cervezas, excursiones y planes sin zapatillas. Desde hace unos meses, también corro sola los lunes por la tarde. Llevo a Vega a entrenar a la pista del CAD (en el barrio del Actur, casi al final de la línea del tranvía) y yo le espero corriendo por el Parque del Agua.

Me gusta correr por el Parque del Agua. Me cruzo con corredores, andarines, paseadores de perros, ciclistas, fotógrafos, hortelanos, patos. Los días más fríos del invierno no me cruzo casi con nadie. Un día me adelantaron Toni Abadía y Carlos Mayo. Estuve tentada de parar a aplaudirles pero soy muy pudorosa y seguí corriendo. Me gusta correr junto al río y ver cómo el sol se esconde más allá de la estación intermodal. Me gusta comprobar que cada tarde desde diciembre vamos ganando unos minutos de luz. Y que ya se ven los primeros brotes de primavera.

A las siete en punto vuelvo a recoger a la corredora benjamina. En el vestuario, Luisa me pregunta por el entrenamiento y los ritmos (Luisa Larraga, la gran campeona, una entrenadora detallista y una mujer muy cercana). No llevo pulsómetro, no me gusta correr mirando el reloj. Le cuento que las sensaciones son buenas. El próximo lunes le contaré que el cielo estaba precioso, un estallido de rojos y morados que se ha ido oscureciendo conforme daba vueltas por el parque. Y que me siento una privilegiada por disfrutar de estos momentos.

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Mi primer triatlón

Antes pensaba que el triatlón era cosa de un puñado de locos o superdeportistas. Hasta que hace poco decidí tirarme de cabeza. He sido nadadora de niña, corredora de mayor y ciclista urbana. ¿Por qué no probar? Que mejor momento que en el Triatlón de Zaragoza, al lado de casa, en el Ebro, por los caminos por los que me gusta correr o pasear. Y me apunté a la modalidad “súpersprint” (350 metros nadando, 10 kilómetros en bici y 3 corriendo), asequible para novatos debutantes.

Tengo que reconocer que los días previos tenía mil dudas: sobre las normas, los materiales, las transiciones, el lenguaje propio que aún me suena a chino. ¿Cómo será nadar en el Ebro? ¿Y si hay siluros? ¿O algas? ¿Se corre en bañador o traje de neopreno? ¿Dónde empieza la prueba, en mitad del río? ¿Cómo cambio de nadar a ir en bici y de ahí a correr? ¿Dónde dejo la bici? ¿Cómo llevo el dorsal? ¿Hacen falta zapatillas especiales? ¿Me hago una coleta para nadar o me dejan un gorro? ¿Cuándo hay que ponerse y quitarse el casco de la bici? ¿Hay que comer o beber algo? ¿Hará frío? ¿Me pasará algo si bebo un trago de agua del Ebro? ¿Aguantaré bien?

Unas horas después de mi primer triatlón, he resuelto mis dudas y ya tengo ganas de apuntarme a otro. No vi barbos ni siluros en el Ebro, porque no se veía nada. Pero sí disfruté mucho nadando en el río. También saco algunas conclusiones: un triatlón es mucho más duro de lo que parecen las distancias; cuánto cuesta ponerse los calcetines y las zapatillas con los pies mojados; no pasa nada por echar un trago de agua del Ebro; los músculos de pedalear y de correr son distintos; voy en bici mejor de lo que pensaba; hay que entrenar bien las transiciones, y tengo que recordar bien dónde dejar la bici para no perderme la próxima vez.

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Al final, mi primer triatlón salió muy bien, con buen tiempo y una copica de tercera clasificada. Gracias a los ánimos de mis amigos jabatos, la bici que me prestaron, el tatuaje que me dibujaron mis hijas y mi tritraje molón de rebajas. Gracias a la organización y a Javier Gil, el primero que me animó a probar un triatlón.

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Diez años

Aquella mañana fui a nadar a la piscina del Actur. Hizo mucho calor ese mes de junio y tú no tenías prisa por salir. Después fuimos a comer con Pili y Luis Ignacio (a los que les quedaban unas horas para adquirir el título de abuelos). Por la tarde nos refugiamos del calor en casa, leyendo los periódicos y viendo el Mundial de Alemania en la tele. No me acuerdo quién jugaba, el fútbol se mezcla en mi memoria con el inicio de las contracciones. Chema me apunta que jugaban Portugal y Angola, y marcó Pauleta. Y entonces empezaron las contracciones seguidas y fuertes. Después todo pasa a cámara rápida: los consejos de Eva, la matrona, un taxi volando al hospital, la luna llena por la ventanilla, un camisón verde y al paritorio, ya no da tiempo de poner la epidural, dos empujones y ya estás aquí. Qué bonita. El 12 de junio de 2006, a la 1.30.

Tras esta introducción, empieza una película maravillosa. Mezclo escenas y desordeno recuerdos: te veo corriendo con un año por una playa de Cádiz, haciendo pinos y volteretas unos años más tarde, metida en la cuna con tus hermanas, saliendo de la guardería de la mano de Alba y diciéndome que era tu amiga, subiendo las escaleras del conservatorio de danza, tomándonos juntas una horchata, soñando con ese viaje de mayores que haremos algún día, saltando en las camas elásticas, poniendo cara de asco ante un plato de acelgas, bailando, entrando en el cole con tu mochila de ruedas, subiendo al tren que te llevaba de campamentos, buscando un diente que se te había caído en el Pozo Largo, cogiendo a tus hermanas de la mano, soplando las velas de la tarta…

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Diez años que han pasado volando, Lara. Empiezas a ir sola a los sitios, a elegir tus libros (“Harry Potter”), tus películas favoritas (“Billy Elliot” y “Vacaciones en Roma”), tus amigos, tus gustos, tu camino por la vida. Te acompañaremos allá donde quieras bailar.

 

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El señor de Helios

La ciudad tiene sus rincones y sus rutinas. Las historias de las chicas camino del cole, el señor del puente al que saludo cada mañana, los leones que vigilan el río desde su atalaya, el perfil del Moncayo, la dependienta del Martín Martín a la que compro el pan cada mediodía, las caras que se repiten en el bus 44 camino de atletismo…

Y ese señor que vivía desde hace meses en una especie de túnel, en la ribera del Ebro, junto a la valla de Helios. Me he acostumbrado a verlo todos los domingos por la tarde cuando salgo a correr por la ribera. Él está siempre ahí, con su campamento que ha ido creciendo: un carro, una radio, un saco de dormir, montañas de revistas y periódicos, algún libro, una taza de café y mapas colgados con celo en la pared. Soy curiosa pero pudorosa. Paso corriendo a su lado y me fijo en esos mapas (un callejero de Madrid, un mapa de España, otro de Francia…) con chinchetas de colores marcando puntos al azar o no. Algún día he estado tentado de pararme a hablar con él, preguntarle qué tal está, cómo ha llegado hasta allí, por qué esas chinchetas. Pero no lo he hecho.

Estos días pasados en los que el Ebro se ha desatado fiero, ha inundado campos y riberas, yo me acordaba de él. Desde la distancia vi que el agua también había llegado al túnel de Helios. Ya ha bajado el nivel del río y ayer a mediodía me acerqué a su antiguo campamento. Pero no estaba. Ni rastro de sus cosas. No sé si se las llevó la corriente o las brigadas de limpieza del Ayuntamiento. Sólo quedan restos de los mapas pegados con celo en la pared.

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Espero que haya encontrado otro sitio para dormir y resguardarse. Volveré a pasar otro día por ahí. Y tal vez me cuente la historia de las chinchetas de colores.

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