Fútbol y sueños en Mislata

Jugar un campeonato de España de fútbol a los 11 años es una experiencia inolvidable. Y compartirlo con tu hermana melliza vistiendo la camiseta de Aragón aún más. Nuestras chicas vuelven emocionadas y afónicas del campeonato de España de fútbol sub12 celebrado en Mislata (Valencia). Han sido cuatro días de fútbol, convivencia, sueños, ilusiones. Mislata es ya una de las páginas destacadas de nuestro álbum familiar.

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Recopilamos a la vuelta fotos y momentos. Los nervios antes de la salida. Las historias que nos cuentan del viaje y el hotel. La emoción de la llegada al campo el primer día. El debut con Cantabria, con victoria. Luna y Vega con su cinta de colores. El empate en el último minuto con Baleares. Rozar el empate con Euskadi (más grandes, más fuertes, mejor equipo, pero en el fútbol todo es posible). Los amigos que vienen a vernos al campo. La familia siguiendo los partidos con pasión por youtube. “Hemos cantado los goles de Luna más que el de Iniesta”, nos dicen por whatsapp. En la grada, en Mislata, aplaudimos y soñamos con pasar a cuartos. Ganamos a Ceuta. Finalmente, empatamos a puntos con Baleares pero nos faltan goles. El campeonato sigue y animamos a los chicos hasta el minuto final. La selección masculina queda subcampeona de España ante Andalucía. Qué toque, qué calidad tienen nuestros chicos. También la selección andaluza femenina queda campeona ante Madrid.

Esta era la primera vez que se celebraba conjuntamente el campeonato de España en categoría masculina y femenina. Chicos y chicas disfrutando y compitiendo junt@s. Y animándose unos a otros. Ha sido un torneo de 10, muy bien organizado, con un ambientazo, con varios partidos jugándose a la vez, retransmitidos en directo por internet, con un trato exquisito a l@s futbolistas.

Soñamos con más goles y futuros campeonatos. Y con que el fútbol femenino siga creciendo como lo está haciendo.

 

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La Tía Fina cumple 100 años

“Cuando la Tía Fina cumpla los 100, vamos a montar una fiesta”, decíamos desde hace varios años. Hoy es el día. Hoy hace un siglo que nació la Tía Fina, mi tía abuela, la hermana del abuelo Pedro. Me dicen que es la única centenaria que vive en Cervera del Río Alhama. Quién nos lo iba a decir…

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La Tía Fina, en la fiesta de Nochebuena en la residencia de mayores de Cervera.

La Tía Fina nació el 19 de marzo de 1919 en la casa familiar en la calle Casa Jiménez, a las faldas del castillo de Cervera. La única chica, con tres hermanos: Nolasco, Julio y Pedro. Ha sido una mujer atípica y peculiar toda su vida. De niña la mandaron a estudiar un tiempo a un convento con una tía monja, pero la echaron o se fue. Con ella las historias nunca son claras. “Ay, nenita, me fui y ya está”, contaría ella. Como cuando contaba unas historias de unos familiares que emigraron y unos supuestos barcos cargados de oro.

De joven vivió con el Tío Nolasco, cura y profesor, en Valdemadera y Aguilar. Se supone que su labor era llevar la casa, limpiar, cocinar, cuidar de su hermano. Pero la Tía Fina era un espíritu libre que hacía lo que le daba la gana. No le gustaba cocinar, tenía mal genio y la cabeza en las nubes. Cuentan que el Tío Nolasco era entrañable, culto, muy querido por todos sus sobrinos y los vecinos del pueblo. Cuando el Nolasco murió (en 1966), la Fina se trasladó a vivir a Cervera, a la casa de la plaza del Royo con el Pedro, la Milagrosa y sus siete hijos. Mis abuelos tenían una tienda de ultramarinos en los bajos de la casa y un taller de confección. Trabajaron mucho para sacar a la familia adelante. La Tía Fina a veces echaba una mano en la tienda. Cuando le parecía, desaparecía y se iba de viaje a la playa con su amiga Julita. “Siempre ha sido muy incierta”, cuentan mis tías. “Y le daban barruntos”. Mis abuelos siempre la cuidaron con cariño y paciencia.

Tampoco ha sido una tía abuela tradicional, de esas tías cariñosas que ofrecen dulces y dan propinas a los sobrinos nietos. Cuando éramos pequeños, a los primos nos daba miedo la Tía Fina. Por las noches andaba por la casa del Royo como un fantasma. El fantasma de las bragas rojas. Era divertida cuando cantaba y contaba historias, de las que nunca hemos sabido cuánto hay de verdad y cuánto de imaginación. Tal vez ni ella lo supiera.

No sabemos cuál es el secreto de su longevidad: todos los paseos que ha dado, los escalones que ha subido y bajado, que no comía grasas, los genes, la familia que le ha cuidado, su carácter peculiar… Desde que vive en la residencia de mayores de Cervera, hace diez años, ha perdido el mal genio y ha ganado peso. Mantiene su sonrisa pícara. Le gusta que vayamos a verla, sigue cantando y contando historias. Ya no juega a las cartas porque no ve bien. Le gustaba jugar a la Macana y a los ‘seises’, y hacía trampas si podía para ganar. Tiene muchos sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. A veces nos confunde a unos y otros. Hoy iremos unos cuantos a celebrar con ella los 100.

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Los jóvenes periodistas del Tenerías

Cuando una va a cumplir pronto 20 años en el mismo trabajo (escribiendo artículos de periódico), a veces da vértigo, otras emoción, otras cansancio y otras, revolotean las dudas. Está bien dudar y hacerse preguntas, dicen algunos expertos. Con mis dudas rondándome la cabeza, fui este martes a mediodía al colegio Tenerías de Zaragoza.

Hace unos días me llamó una profesora del cole para proponerme que fuera a hablarles de mi trabajo a un grupo de chicos y chicas de 2º de Primaria. Me esperaban veintitantos niños y niñas de 7 años, en una clase colorida y luminosa con vistas al Ebro. Con los años he aprendido a esconder mis nervios antes de hablar en público. Primero les hablé de qué hace falta para ser periodista. Lo resumí en tener curiosidad, escuchar y escribir bien. Luego les enseñé mis herramientas de trabajo: un cuaderno con mala letra, un boli y un móvil viejo que tiene la pantalla un poco rota. Igual les pareció poca cosa. Les conté que hay periodistas que trabajan en periódicos, en la radio, en la tele y cada vez más todos en internet. Les puse ejemplos de entrevistas y reportajes: desde el niño Julen, al fútbol femenino o cómo es la vida en las escuelas más pequeñas de Aragón con solo 3 alumnos. Ellos me enseñaron el blog que hacen en clase (‘El guateque de segundo‘) y me contaron qué quieren ser de mayores. El abanico de profesiones es muy amplio: paleontólogo, médico, profesora, jugador de fútbol del Barça, esquiadora…

Después les tocaba a ellos hacer de periodistas. Antes de mi llegada, habían hecho sus investigaciones por internet (cuánta información nuestra tiene Google) y me habían preparado unas cuantas preguntas. “¿Qué es lo que más te gusta de ser periodista? ¿Cuántas preguntas hay que hacer? ¿Qué hay que estudiar para ser periodista? ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser periodista? ¿Cuál es tu deporte favorito? ¿Qué entrevista te ha gustado más? ¿Qué te gusta más, escribir o correr? ¿Cuando escribes piensas en tu familia? ¿De las cosas que querías ser de pequeña, por qué elegiste ser periodista? ¿Has conseguido hacer todas las cosas que querías?”

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Respondí a todas, aunque algunas eran difíciles, y crucé el Ebro de vuelta a mi barrio. Gracias, Cristina, por la invitación. Y gracias, chicos y chicas de 2º del Tenerías, por un rato tan agradable.

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La chica del árbol

Vuelvo a ver, tres años después, la foto que me hizo una mañana de primavera Daniel Mordzinski. Y me gusta aún más. Me reconozco en esa chica que se sube a los árboles y mira a las nubes; que lleva una libretita en el bolso para atrapar las palabras antes de que se las lleve el viento; que observa discreta desde un lado, tímida pero decidida.

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Vuelvo a ver esa foto en la exposición ‘Objetivo Mordzinski. Un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana’ (hasta el 10 de marzo en el museo Pablo Serrano de Zaragoza). Es un honor estar ahí, entre tantas personas que escriben tan bien y a las que admiro. Mi foto ocupa un hueco discreto junto a las de Antón Castro, Ignacio Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Félix Romeo, Sergio del Molino… Me siento pequeñita y subo a ese árbol de la arboleda de Macanaz a refugiarme.

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¿Cuál es tu foto preferida de la exposición?, me pregunta Antón Castro. No sé elegir una. Podría decir la de Gabriel García Márquez sentado en la cama de su habitación en Cartagena de Indias; la de Gioconda Belli jugando a fútbol. O muchas otras de la muestra. Daniel Mordzinski -fotógrafo argentino que vive entre Madrid, París y los libros – lleva cuarenta años fotografiando a escritores por el mundo. Tiene una mirada única: sus fotos son divertidas, sorprendentes, cariñosas. Me gustan sus imágenes y sus palabras.

“La primera vez que vi la fotografía que Philippe Halsman le tomó en 1966 a Nabokov cazando mariposas sentí un vértigo en el estómago. Ese es el momento en el que te das cuenta de que hay cosas que distinguen el arte del resto de tentativas. Hay quien lo llama magia, suerte, fortuna, inspiración; yo diría que es una suma de todo eso y de algo básico: la capacidad de trabajo sumada a mucha improvisación. Me gusta la idea del coleccionista de lepidópteros porque acerca mi trabajo a una consideración de entomólogo: perseguir, observar, atrapar sin dañar y conservar para la posteridad a esas personas frágiles y vulnerables que son los escritores”.

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Las hermanas Polgar y otras historias de ajedrez en Calamocha

No tengo ni idea de ajedrez. Justo sé que la torre se mueve en línea recta y el caballo va a saltos. Pero me gusta acompañar a Vega a torneos de ajedrez. Me gusta que nuestras chicas descubran sus propios caminos y aficiones. Aplaudo los beneficios y valores del ajedrez: desarrolla la atención, la concentración, la creatividad y la imaginación, potencia el razonamiento lógico-matemático, aumenta la reflexión y la capacidad de toma de decisiones, fomenta las relaciones interpersonales, enseña a ganar y a perder…

Poco a poco voy entendiendo la dinámica de los torneos escolares (aún voy bastante perdida). Hay una lista de inscritos por categorías, un programa informático hace el sorteo, se cuelga un papel con los emparejamientos, blancas o negras, los chavales ocupan sus posiciones en riguroso silencio, los padres esperamos fuera. Me impresionan el silencio y la concentración. Entre partida y partida, los chicos y chicas salen de la sala, comentan entre ellos las partidas, juegan a pillar, o a fútbol, comen chuches y esperan a que se vuelva a hacer el sorteo para la siguiente ronda. Así 7 u 8 rondas, depende de los torneos, cuatro o cinco horas.

Este sábado fuimos a Calamocha. Eché de menos a mi amiga Eva, compañera de cafés en los torneos. Mientras Vega jugaba, me fui a dar una vuelta por la Feria de Calamocha. Vendían jamón, tractores, gallinas, quesos, chocolates, jabones, aspiradoras, cuchillos, estufas… Me tomé un café, compré un bolso a una artesana de Teruel y lotería de Navidad a los chicos del instituto, apunté ideas en mi libretita. Tras cada ronda, volvía a esperar a Vega. Por la cara sabía qué tal le había ido. Al final le fue bien, y tiene ganas de seguir aprendiendo y yendo a torneos.

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Me gusta observar y escuchar a los que saben. Disfruté mucho en el camino escuchando a Enrique Sánchez (profesor de ajedrez del colegio y el club Marcos Frechín y gran impulsor del ajedrez en Aragón). Hablamos de Pedro Ginés, zaragozano que se acaba de proclamar campeón del mundo de ajedrez sub14. Y de María Eizaguerri, otra gran promesa aragonesa, que ha quedado octava en el mundial. Enrique habla del talento y del esfuerzo, la importancia de no cometer errores, y de aprender de ellos. Cuenta la historia de las hermanas Polgar, tres hermanas húngaras a las que sus padres educaron en casa sin ir al colegio, y a las que entrenaron desde pequeñas en ajedrez. Querían demostrar que los genios no nacen, se hacen. Las hermanas Polgar llegaron a ser grandes campeonas, especialmente la menor, Judit, considerada la mejor ajedrecista de la historia y que ha ganado a números 1 como Anatoly Karpov o Gary Kasparov.

En el viaje de vuelta de Calamocha también hablamos de fútbol. Por la mañana Vega y Luna habían jugado un partido con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino) en Pina de Ebro. Qué diferentes el fútbol y el ajedrez. O no tanto. Sigo dándole vueltas a la historia de las hermanas Polgar, mujeres en un mundo de hombres, a la importancia de los entrenamientos, al talento, a la pasión por el deporte, el que sea, ganar y perder, seguir aprendiendo siempre…

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La Bretaña y un Mundial de fútbol inolvidable

La Bretaña son castillos, playas, galettes… y para nosotros, sobre todo, el Mundial de fútbol femenino sub20. Planificamos las vacaciones familiares a la Bretaña y Normandía sin saber que este campeonato se jugaba en esa zona esos días. A veces el azar nos lleva por caminos insospechados. Nos dejamos llevar y acabamos en las gradas del estadio de Vannes, rodeados de franceses, animando a las chicas españolas en la semifinal del Mundial contra Francia. Gritamos, aplaudimos, nos hacemos fotos con ellas y nos emocionamos con la victoria. Si hemos llegado hasta aquí, habrá que ir a la final, ¿no? Y unos días más tarde volvemos al estadio de Vannes. También viene Pedro Sánchez, al que vemos pasar en el coche oficial. Y vemos la final contra Japón con muchos nervios junto a los familiares de las componentes de esta selección histórica. Qué ilusión saludar a Meri, la madre de la capitana, Maite Oroz, y también la profe de mi sobrina Ione en Zubiri. Mi madre y casi un millón de personas siguen el partido por televisión desde España. Es el partido de fútbol femenino más visto en la historia de nuestro país. Perdemos pero ganamos. Vivimos un momento de explosión del fútbol femenino en España. Estas jugadoras ya son referentes e ídolos. Gracias, Maite Oroz, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Aitana Bonmatí, Eva Navarro, Carmen Menayo, Cata Coll, Damaris Egurrola, Laia Aleixandri y todo el equipo que nos habéis emocionado tanto. Nuestras chicas guardarán para siempre vuestra foto. En nuestro álbum familiar este será el verano del Mundial de fútbol de la Bretaña.

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Vega y Luna con la selección sub20 de fútbol antes de la semifinal con Francia.

Además de animar a la selección, hemos disfrutado mucho de los paseos por Nantes y Rennes. Nos hemos bañado en varias playas bretonas. Qué maravilla la playa de Saint Malo para nosotros solos. Nos hemos subido a un elefante gigante en l’ile de Nantes. Hemos comido de picnic en el castillo de Josselin. Hemos caminado entre las tumbas del cementerio americano de Normandía. Hemos bailado en la plaza del ayuntamiento de Rennes. Hemos visto la majestuosidad del Mont Saint Michel. Hemos comprobado lo estrictos que son los franceses con los horarios de las comidas (después de las 2 es casi imposible encontrar un restaurante para comer). Hemos comido muchas galettes. La lluvia nos ha respetado. Y nos hemos dejado muchas cosas por ver. Así podemos volver algún día…

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¿Y tú de quién eres, maja?

¿Y tú de quién eres, maja?, me pregunta el Mónico cuando me ve corriendo sudorosa por los caminos de San Esteban. “De la Pili la del Pedro, la de Zaragoza”. Y mientras echa un ojo a sus ovejas, me ofrece agua de limón y un buen rato de conversación. Hablamos de mis abuelos, del Tío Julio que tenía la casilla allá por Canejá, de cómo cambian las cosas, de la juventud de ahora, de por dónde lleva ese camino que sube por el barranco, de para qué corres tanto, maja. Me despido y vuelvo hacia Cervera. Subo el camino del Tolmo y allá abajo a lo lejos se ven las casitas apiñadas del pueblo.

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Me gustan los días de barullo familiar todos juntos en la Tienda, y también los días tranquilos de agosto cuando ya han pasado las fiestas. Son días para disfrutar de nuestra casa de los abuelos ahora recuperada (lo cuenta muy bien María en este post), para despertarnos y acostarnos sin reloj, ir a ver estrellas a Clunia, bañarnos en la piscina y meternos en el río. Este verano el Alhama baja con agua y las moras van con un poco de retraso. Busco caminos nuevos para correr. Me llevo varios libros en la maleta que apenas abro. Todas las mañanas esperamos que el tío Manolo nos traiga el periódico a ver si esta vez nos ha tocado el abono del Zaragoza. Después vamos a comprar pan a la tienda de la Loli. Y hacemos planes sin prisas: excursión con los primos o los amigos que vienen de visita, bajamos a la piscina, la tía Ana o la tía Cruci nos invitan a comer. Los viernes hay mercadillo en la plaza, Luna se compra una regadera para regar las plantas. Las tardes pasan con partidas de cartas, baños, helados, juegos en el frontón. Por la noche la plaza del Royo es el centro de la fresca. Las chicas juegan al escondite y no tienen prisa para ir a la cama. Una partida más. Venga, que es tarde. Me veo a mí misma hace unos cuantos años, con mi hermana y mis primos, cenando un bocadillo de salchichas y jugando a marro o al escondite. Una partida más. Me acuerdo del Mónico y sus ovejas, hay cosas que no cambian tanto. Me pregunto si el barco de juncos que echamos al río en Clunia habrá llegado ya al mar.

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(Este verano, con la reinauguración de la casa de los abuelos en el Royo hemos estrenado carnés familiares de La Pedrada)

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Gaitera rima con Cervera

Todos los niños y niñas de Cervera hemos jugado a bailar la Gaita. “Lia, lia, lia”, siguiendo el ritmo de la música, acompañando con palmas, como si fueran las pulgaretas (castañuelas), formando cadenetas y figuras por la calle. Como hemos visto hacer tantas veces a los gaiteros en las fiestas de Santa Ana y San Gil. La Gaita es un baile tradicional de Cervera del Río Alhama (La Rioja) y una de las danzas más originales y antiguas de España. Según diversos estudios sus orígenes podrían remontarse al siglo XVII. Sus pasos han ido transmitiéndose de generación en generación y hasta ahora solo la bailaban los hombres solteros del pueblo.

Desde hace varios años, un grupo de mujeres de Cervera ha pedido poder participar y formar una gaita mixta. Se han dado de bruces con argumentos machistas y variados: “no se pueden romper las tradiciones”, “las mujeres se cansan”, “no conocen los pasos”, “son de fuera”, “van a dividir al pueblo”, “mejor dejar las cosas como están”. Y sí, el pueblo se ha dividido estos últimos tiempos a favor y en contra de la participación de las mujeres en la Gaita. Ha habido discusiones cara a cara y en las redes sociales, en los bares y en la puerta de la iglesia, entre amigos y entre familias. Con esa tensión y mucha expectación se llegó este año al día de Santanilla (27 julio), el último día de las fiestas en el que baila la Gaita (como muy bien ha ido contando en el periódico ‘La Rioja’ el corresponsal en Cervera y exgaitero Sanda Sáinz).

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Y las mujeres bailaron. Fue un baile simbólico y muy emocionante. Las chicas danzaron detrás de la Gaita oficial, sin interrumpirles a ellos, aplaudidas por muchas mujeres y hombres. Dos chicos gaiteros se sumaron a su baile (¡qué orgullosa de mi primo Miguel!). También hubo malas caras y algún comentario despectivo. Solo espero que lo vivido este año sirva para que se sienten a hablar, que pronto haya una gaita mixta y que la tensión vivida quede como una historia más para contar en la fresca.

VÍDEO Antena 3: Un grupo de mujeres consigue bailar la Gaita en Cervera

Me emocioné mucho viendo a las primeras gaiteras e imaginando que algún día alguna de mis hijas o sobrinas pudiera llegar a bailar la Gaita. Las tradiciones se pueden cambiar, como dijo mi madre a los periodistas que le entrevistaron en la tele. Y mientras tomábamos café y reposábamos las emociones vividas, Luna aportó otro argumento: “Porque gaitera rima con Cervera”.

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Casi 40, casi perfecta

Los reencuentros producen un cosquilleo en el estómago. Una no sabe si se va a encontrar con la persona o el lugar que guarda en su memoria. O si el paso del tiempo nos ha cambiado tanto, a unos y otros, que no nos vamos a reconocer. David Trueba nos reta a mirarnos en el espejo en ‘Casi 40’, y creo que no salimos tan mal parados. Una película deliciosa.

‘Casi 40’ es una película generacional, no sé si a los que se alejan de esa edad les gustará tanto como a mí. Tenemos muy pocas ocasiones de ir al cine en nuestra vida de ‘casi 40 o un poco más’. Ayer se dieron las circunstancias y fuimos al estreno Chema, Lara y yo. Era el día ideal. A mediodía había comido con mi amiga Aitana, habíamos estado hablando de Barcelona, de reencuentros, de amistades, de viajes, de cómo hemos cambiado o no tanto en estos 20 años.

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David Trueba vuelve a juntar 20 años después a Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, los protagonistas de ‘La buena vida’, su ópera prima. Han pasado 20 años para todos: el director, los actores, los personajes, nosotros. Ahora les acompañamos en una modesta gira de conciertos por ciudades de Castilla y León y Extremadura. Ella fue una cantante de éxito que dejó la música hace unos años. Ahora está casada con un exjugador de fútbol del Real Madrid y tiene dos hijos. Él es un vendedor de productos de cosmética ecológica. Hace ya muchos años fueron pareja. Algunos de sus sueños se han quedado por el camino. La gira es la excusa para su reencuentro y para reflexionar sobre el paso del tiempo. Me recuerda a las películas que tanto me gustan de Richard Linklater: ‘Antes del amanecer’, ‘Antes del atardecer’, ‘Antes del anochecer’, ‘Boyhood’.

He leído a David Trueba decir que no es una película nostálgica. A mí sí me lo parece, un poco, nostálgica y tierna, sencilla y profunda, de las que dejan un poso agridulce. Me gusta mucho cómo retrata la relación entre ellos, con sus diálogos, sus silencios y sus miradas. También me gusta la imagen de una España de carreteras secundarias, ciudades pequeñas y conciertos en librerías. Y me encanta su banda sonora, qué bien canta Lucía Jiménez (“Casi 40, casi perfecta…”).

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Último último día de cole

Suena la música en el auditorio y salen los chicos y chicas de 6º del Hilarión bailando y cantando “Grease is the word”, con sus faldas de colores y sus camisetas negras. El musical de Grease es su despedida del cole. Me emociono con sus caras emocionadas, con la sonrisa de Lara, radiante, con las fotos con sus amigas. Me emociono mucho con el discurso de los padres de Lauri, una niña autista del curso de Lara. Sus padres agradecen al cole, a la escuela pública, a los profesores y a los compañeros, y nos dan una lección de vida. Me emociono con la alegría inmensa de los 12 años, de todo el futuro por delante, de las puertas que se abren, de las alas que despliegan. La nostalgia y la ternura se cuelan en las fotos que se proyectan en la pantalla de cuando eran pequeños. Es el repaso a nueve años de su vida, de nuestra vida. Pasamos de etapa, ella y nosotros. Que nuestra hija mayor acabe el cole nos hace un poco más mayores y orgullosos. Escribo con un pañuelo a mano para las lágrimas.

El lunes celebramos la graduación y hoy es la despedida definitiva del cole. El último último día del cole. Empecé a escribir este post hace nueve años, en septiembre de 2009. Recuerdo la decisión con la que entraste el primer día en tu clase, los ojos muy abiertos y muchas ganas. Aquel día vi a los mayores que habían acabado 6º el verano anterior y pasaban a saludar a sus antiguos compañeros y profesores, mirando un poco por encima del hombro, sintiéndose muy mayores. Con una hija de 3 y dos de 1, los 12 años me parecían lejísimos. Pero ya están aquí. El tiempo vuela. Ahora yo soy una madre de 6º en el último último día de cole.

Mientras bailabais el lunes, en mi cabeza pasaban todos estos años a cámara rápida: los libros nuevos en septiembre, las tardes de parque, las fiestas en el patio, las excursiones, la graduación de Infantil, las prisas por las mañanas en casa, las conversaciones por el camino, las historias a la salida, los profesores, las amistades que se van formando, los cumpleaños, los deberes, tu mesa de casa desordenada, los preparativos y los nervios para el viaje de 6º a Dublín, el viaje, las fotos de clase, cada año más alta y más mayor, las despedidas de otros sextos y, ahora, la vuestra.

“El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”, os dijo en la graduación Paco, el director, citando a Borges. Vosotras ya estabais haciendo fotos y planes.

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Lara volando al instituto con tu amiga Lucía.

Gracias a los profesores que han guiado a Lara en el camino, desde los que pasaron fugaces hasta los que dejan una huella para siempre: Carmen, Ana Belén, Leticia, María, Anabel, Cristina, Susana, Beatriz, Ana, Conchi, Marta, Lucía, Juan Carlos, Carlos, José Emilio, Eduardo, Fernán, Pilar, Iván, and thanks to Nuria, Paul, David and Bryan. Y gracias a las monitoras de comedor por vuestra paciencia y cariño en todos estos años.

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Mi primera ultra de montaña (Nafarroa Xtrem)

Los corredores de montaña están (estamos) un poco locos. Bendita locura. Me siento orgullosa y privilegiada por poder disfrutar de estos momentos. El sábado corrí mi primera ultramaratón de montaña: la Nafarroa Xtrem, 68 kilómetros, 4.000 metros de desnivel positivo. Aún estoy en una nube. O en un bosque de cuento. O subiendo al pico Saioa que se me hizo eterno.

Empiezo por el principio. ¿Cómo se me ocurre apuntarme a un reto así? Soy una chica de ciudad a la que le gusta la montaña. Y tengo una conexión especial con el entorno de Zubiri y sus montes. Mi hermana vive en el valle de Esteribar. Mi sobrina mayor va al cole en Zubiri. La carrera Roncesvalles-Zubiri fue mi primera media maratón hace cuatro años y es una cita fija en el calendario familar. En octubre, después de correr la Roncesvalles-Zubiri, vi un cartel de la Nafarroa Xtrem. Me llamó la atención, busqué fotos y vídeos, y me quedé prendada. ¿68 kilómetros? ¿Y si…?

El sábado 28 de abril poco antes de las 8 estaba en la línea de salida de Zubiri con muchas ganas y algunas dudas. Apenas he entrenado por la montaña, ¿aguantaré bien? ¿Lloverá mucho? Las previsiones meterológicas dicen que sí. ¿Debería haber traído bastones, y reloj GPS con el recorrido grabado? ¿Y si me pierdo? ¿Y si me tuerzo un tobillo? ¿Cómo me encontraré a partir del kilómetro 42? Nunca he corrido más de esta distancia… Mi hermana me da un superabrazo y salgo con los tatuajes de ánimo de mis sobrinos dibujados en las piernas. Enseguida los taparé con barro.

El primer pico en el camino es el Adi (1.456 metros), al que se llega tras atravesar un hayedal precioso. Los bosques de hayas tienen algo mágico. Corremos sobre alfombras de hojas que esconden enormes charcos de barro. La noche anterior ha llovido y el terreno está muy mojado. Voy sumando kilómetros y me encuentro bien. Como plátanos y frutos secos en los avituallamientos. En torno al kilómetro 30 nos espera el Saoia. Intuimos que el monte está ahí, pero no se ve nada. Nos tapa una densa niebla, sopla un aire gélido, no se ve nada. Me imagino las noticias: “Una corredora se pierde en el Saioa y tardan nosécuantas horas en encontrarla”. Pero no me pierdo. La carrera está muy bien marcada, sigo las banderitas clavadas en el suelo y las imágenes difuminadas de otros corredores. Después comienza un descenso precioso de varios kilómetros por el bosque. A ratos se cuela algún rayo de sol entre las hojas de las hayas. Me paro extasiada para hacer fotos y sigo corriendo. Disfruto como una niña.

Llegando al avituallamiento de Aritzu, en lo alto de una loma aparece mi amigo Pepelu. Su abrazo me emociona y me da fuerzas. Corro sola, pero en realidad corro acompañada. Por los amigos y familia que animan durante la carrera y en la distancia. Por otros corredores de Zaragoza con los que coincido en esta aventura (Paul, Laura, David, Fernando, Vlady, Layla, Ramón…). Por los voluntarios y los vecinos de los pueblos. En Aritzu como unos macarrones, relleno los botellines de agua, me llevo otro abrazo de ánimo y vuelvo al camino.

Me quedan los últimos 22 kilómetros, los que se me hacen más duros. Ya me empiezan a flaquear las fuerzas. Se me cargan los cuádriceps en las subidas y me duelen las rodillas en las bajadas. En el pueblo de Iragi vuelve a aparecer Pepelu, que se ha hecho un máster en el Pirineo navarro en un solo día. La última subida, al Baratxueta, se me hace llevadera gracias a la conversación de Pablo, un corredor de Pamplona. Hablamos de carreras, de montes y de hijos hasta que la pendiente ya no nos deja hablar más.

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Ya solo me quedan unos kilómetros de descenso por caminos y senderos hasta llegar a la meta de Zubiri. Diez horas y 28 minutos. Séptima chica en la clasificación. Muy cansada y emocionada. Mis dudas resueltas: he aguantado, no ha llovido, no me he perdido, debería haber traído bastones… Y despido mi primera y creo que no será la última ultra de montaña.

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Paseos por la ciudad rosa

Me gustan las ciudades con río, canales, bicis, librerías, calles peatonales, parques y atardeceres bonitos. Como Toulouse. Volvemos encantados de nuestra escapada a la que llaman la ciudad rosa. Me gustan sus fachadas de ladrillo y las contraventanas de colores claros; la luz de atardecer maravillosa; el Garona majestuoso; el Pont Neuf; la plaza de La Daurade junto al río a la que nos llevan los paseos una y otra vez (mi rincón favorito de Toulouse); el apacible Canal du Midi; el barrio de Saint Cyprien, que parece un pueblo, la plaza de Capitole tan elegante, y sus soportales con frescos que resumen su historia, con referencias a Gardel (nacido en Toulouse) y a la Guerra Civil Española (la ciudad fue uno de los principales refugios de los exiliados republicanos).

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Toulouse tiene un aire medieval y a la vez muy moderno. Es la cuarta población de Francia y una ciudad con mucha vida universitaria. También está la sede de Airbus, el gigante europeo de la aviación. Nosotros seguimos el mapa turístico y el nuestro. Rodeamos la basílica de Saint Sernin, y entramos en la catedral de Saint Etienne. Nos compramos unas frambuesas en el marché des Carmes. Visitamos la Cité de l’Espace, no sé si alguna hija será astronauta pero pasamos una buena mañana. Seguimos unas señales y llegamos al conservatorio de danza. Estamos a punto de entrar a preguntar por las clases. Unos días más y buscamos algún club de fútbol femenino. Nos quedamos sin ver el Jardin des Plantes, porque ese día los parques estaban cerrados por amenaza de viento (con esa norma tan estricta en Zaragoza sería difícil tener parques abiertos). Pero disfrutamos de picnic y volteretas en otros jardines. Comemos creps, pastelitos árabes, croasanes y quesos. Y Mariano nos invita a raclette en su casa.

Durante la Guerra Civil y en los años posteriores, Toulouse acogió a unos 100.000 exiliados españoles. Aquí se organizaron reuniones y congresos de la resistencia antifranquista. Aún se ve su huella en monumentos y placas. Pasamos varias veces por delante de lo que fue la sede del Partido Socialista Obrero Español durante el franquismo: hoy en día la filmoteca de la ciudad. Y Toulouse es también ahora destino de españoles emigrados por la crisis. Mariano, nuestro anfitrión, es uno de ellos. Gracias por tu hospitalidad, tu simpatía, tus consejos, tu conversación y tu raclette.

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Volveremos a Toulouse.

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Mis razones y emociones para la huelga

Llevo días dándole vueltas a la huelga feminista. Imposible no hacerlo. Me acompaña en mi trabajo (he entrevistado a ocho mujeres pioneras en la última semana que me han hecho reflexionar mucho), en las conversaciones de la redacción, en las redes sociales, en los periódicos, en la radio y en la tele, en las conversaciones familiares, en el curso que estoy dando de Comunicación e igualdad, en mis soliloquios camino del trabajo. Hay muchos motivos y datos para hacer huelga este 8 de marzo: la desigualdad, la violencia de género, la precariedad laboral, la brecha salarial, el techo de cristal, los problemas para conciliar… Más allá de los datos, yo llevo unos días muy emocionada. Al final, la vida son emociones. Y yo hago esta huelga con el corazón.

Hago huelga por mis hijas. Por mi hermana, trabajadora autónoma que concilia con tres hijos pequeños. Por mi madre, por su ejemplo feminista cada día, por todas las manifestaciones del 8 de marzo a las que nos llevó de pequeñas y a las que seguimos yendo. Por mis tías. Por mis abuelas, que vivieron y lucharon a su manera en otros tiempos en los que ellas lo tenían mucho más difícil. Por la precariedad laboral que sufren muchas de mis amigas y primas. Por Flor Danelia y otras mujeres que conocí en Nicaragua. Por mis compañeras periodistas. Porque me gustan el fútbol y la danza. Por el final de ‘Litte Miss Sunshine’. Porque estoy cansada. Porque no tengo tiempo. Porque la conciliación es una estafa. Porque soy una privilegiada que puede hacer huelga. Por las que no pueden. Porque podemos subir tan alto y llegar tan lejos como queramos, o como nos dejen. Por los micromachismos de la vida cotidiana, que todas hemos sufrido y en los que muchas veces ni reparamos (“Guapa”, me gritó ayer un desconocido camino del trabajo, y no me sonó a piropo ni a halago). Porque me gusta ser periodista, pero en nuestra profesión hay muchas cosas que mejorar (el machismo, la invisibilidad, la precariedad…). Porque la maternidad nos penaliza en nuestros trabajos, y lo hemos normalizado. Por ese póster que nos regaló mi madre cuando éramos pequeñas (la niña sonriente de la foto ha crecido y ya es una mujer del siglo XXI con sus ilusiones, decepciones y contradicciones). Porque no quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa. Por el poema de Gioconda Belli ‘Y Dios me hizo mujer’. Porque me estremece cada noticia de una mujer muerta por violencia de género. Porque estas noticias deberían salir en portada y pocas veces salen. Porque soy feminista y no me avergüenza decirlo. Porque no quiero callarme. Porque es un día histórico y quiero estar ahí. Porque lo siento. Porque sí.

No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa

(Ione pintando su pancarta de “No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa”)

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Las mellis cumplen diez años

El 15 de febrero de 2008 era viernes. Yo tenía una tripa majica y dentro dabais bastantes patadas, pero se supone que aún faltaban seis semanas para que nacierais. Como siempre habéis sido movidas, impacientes, apasionadas, decidisteis que no ibais a esperar más. Así que después de desayunar salí corriendo al hospital (a mis partos llego corriendo), y a la hora de llevar a vuestra hermana a la guardería ya habíais nacido.

Y ya han pasado diez años de ese día. ¿Diez, ya? Seguís siendo “las mellis”, ese nombre provisional que os pusimos en el embarazo mientras buscábamos los vuestros. Diez años de risas, líos, planes, viajes, dibujos, películas, tardes en el parque, días de piscina, partidos de fútbol, carreras, historias, algunas discusiones, más líos, más risas.

No me acuerdo cómo nos organizábamos al principio con tres hijas muy pequeñas para llegar a tiempo a la guardería, al cole, al trabajo. Bueno, sí me acuerdo, con ayuda de abuelos, la tía Asun, más tíos y todas las manos posibles. Me gusta ese proverbio muchas veces repetido: “Para criar a un niño hace falta una tribu entera”. Una tribu, paciencia, humor y cambiar las prioridades. Porque con vosotras nos cambió la vida y nos hicisteis mejores. Ahora seguimos haciendo equilibrios para acompañaros a todos vuestros planes, mientras vais descubriendo vuestros caminos.

Sois unas privilegiadas por tener algo que pocas personas tienen: una hermana melliza. Camináis a la vez, compartiendo cumples, habitación, amigos, muchas aficiones, travesuras, secretos. Sois parecidas pero diferentes. Una matemática y una artista, una ordenada y otra caótica, una más familiar y otra que ya se iría a dar la vuelta al mundo. Y sois morrudas por tener una hermana mayor que os guía y os chincha, pero que sobre todo os quiere mucho.

diez mellis 2

¡Felicidades, Vega y Luna!

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