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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Balada de la bicicleta con alas

Estoy ordenando fotos de la Semana Santa en Cervera, y decidiendo si vamos a pasar la tarde al parque con bicis o patinetes, cuando me llega un mensaje de una amiga con un poema (gracias, Elisa). Y los versos de Alberti se mezclan con los caminos de Cervera, el cumple de Ione, las vistas desde el Castillo, las historias familiares, los 97 de la Tía Fina, los recuerdos de los abuelos, la comida en Canejá, las camas elásticas de la plaza, las viejas bicis, la sensación de libertad desde lo alto del Tolmo con el Moncayo al fondo nevado…

“Con un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas” (…)

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“Balada de la bicicleta con alas”. Poema y dibujo de Rafael Alberti.

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Cervera del Río Alhama.

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La ciclista de las soluciones imaginarias

A veces uno se acerca a un libro porque se lo recomienda un amigo o un librero, porque ha oído hablar de él en una tertulia, porque le gusta el autor, porque ha leído una reseña que lo pone bien, porque le llama desde el escaparate de una librería o el estante de la biblioteca, porque ha visto a un chico guapo leyéndolo absorto en el autobús, porque tiene una portada bonita, porque le gusta el título… Por este último motivo tengo ahora en mis manos “La ciclista de las soluciones imaginarias” (Edgar Borges, Ediciones Carena), que se presentó hace unos días en La Ciclería.

La novela (divertida, aparentemente ligera, con una carga de crítica social tras la sonrisa) cuenta la historia del señor Silva y la Ciclista de las soluciones imaginarias, una nueva vecina recién llegada al barrio. Él, contable en paro y en crisis matrimonial, padece “el mal de la mirada trastocada”: una extraña enfermedad por la que mezcla imágenes y voces del pasado y el presente. Ella es una ciclista acróbata, misteriosa, amante de la fotografía y de la patafísica que revoluciona la vida del barrio. “El señor Burgos considera que no debemos menospreciar la imaginación infantil de esa mujer, porque un día podría subvertir la razón de los vecinos y volvernos locos a todos”, advierte uno de ellos.

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(Imagen de Karrah Kobus, de la página de Facebook Chicas ciclistas)

Mientras la leo, pienso que me gustaría ser ésa, una ciclista de soluciones imaginarias, para solucionar pequeños problemas domésticos y grandes conflictos mundiales. Para solucionar, por ejemplo, la circulación de las bicis en mi ciudad. En este caso, confiaría en que peatones, ciclistas y conductores convivieran pacíficamente sin necesidad de normas absurdas y multas. Llenaría la ciudad de calles peatonales, bicis y tranvías, como una Amsterdam a orillas del Ebro, pero con mejor tiempo. Leo, sonrío y tomo notas sobre la patafísica, “un ejercicio de imaginación para encontrar nuevos caminos, un juego de niños, un estudio de lo insólito y lo insignificante”.

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

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(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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Cumpleblog

Los cuadernos de todo (los originales, los de Carmen Martín Gaite) comenzaron el 8 de diciembre de 1961:

“Mi hija, que entonces tenía cinco años y medio, me pidió un duro porque quería hacerme un regalo, y yo, desde la terraza de casa, la vi bajar a saltitos las escaleras de una calle por donde no pasan coches y donde a veces la dejábamos salir a jugar con otros chicos del barrio. Había una papelería allí cerca y en seguida la vi volver muy ufana con el cuaderno nuevo en la mano. Era –y es, porque lo tengo aquí delante- un bloc de anillas cuadriculado, con las tapas color garbanzo, y en el extremo inferior derecha la marca, Lecsa, entre dos estrellitas, encima del número 1.050, todo en dorado. Cuando me lo dio, me gustó mucho ver que había añadido ella un detalle personal al regalo. En la primera hoja había escrito mi nombre a lápiz con sus minúsculas desiguales de entonces, y debajo estas tres palabras: ‘Cuaderno de todo’”.

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“Yo, antes de esto, ya había tenido en mi vida muchos cuadernos al uso, como es de suponer. Pero, tanto en mis etapas escolares como en las de aprendiz de novelista, les había asignado siempre un menester específico a cada cual. Y la diferencia estaba en que ahora, en éste, se me invitaba y daba permiso a meterlo todo desordenado y revuelto, sin más contemplaciones ni derecho de primacía, según fuera viniendo, como en esos cajones de los cuartos de jugar que no presentan más tope para seguir admitiendo objetos que las circunstancias de estar ya llenos”.

(“Mis cuadernos de todo”, quinto prólogo del libro “El cuento de nunca acabar”, de Carmen Martín Gaite)

Este blog, mis cuadernos de todo, cumple hoy tres años. Gracias, un año más, por acompañarme en esta aventura, por leerme, por vuestros comentarios, por compartir mis textos. Para el próximo año prometo seguir emborronando mis cuadernos con historias, libros, películas, fragmentos de la vida cotidiana, paisajes, sueños…

¡Un abrazo y feliz año!

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Nuestra Vuelta a España

Nos despedimos de las vacaciones y de Cáceres el día que están poniendo las vallas para la llegada de la Vuelta ciclista a España. La curiosidad infantil se desata en el asiento de atrás: “¿Cuántos días les cuesta dar la vuelta a España en bici? ¿Qué comen los ciclistas? ¿Van todos juntos? ¿No se cansan? ¿Qué le dan al que gana? María y Sergio son los que más saben de bicis…”. Así, entre historias de bicis y vomitillos, emprendemos viaje y recordamos nuestra particular Vuelta a España de agosto.

Empezamos en Cervera. Nos bañamos en el Pozo Largo (el río ha vuelto a tener agua este verano y es un lujo bañarse en las pozas de nuestra infancia) y en el agua helada de las piscinas. Compartimos paseos y juegos con amigos. El Ratoncito Pérez vino tres veces. Vimos llover estrellas. Y compramos pulseras de colores y tomates en el mercadillo de los viernes.

Después saltamos olas en Liencres y Llanes. En Asturias, vimos gaiteros y cuevas, tomamos sidra y quesos, descubrimos playas a las que se llega entre prados y vacas, y jugamos grandes partidos de fútbol en el camping. Además, nos hizo sol.

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(Carreras en la playa de La Arnía, Liencres)

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(Amanecer en la playa de Poo de Llanes)

Y acabamos en Cáceres, en sus piscinas y sus parques. Las chicas tomaron puré de Lina y Lacasitos de Abu. Una tarde nos perdimos por las calles empedradas de la ciudad antigua y otra descubrimos una librería nueva (Libros y café).

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Y los nómadas de agosto volvimos a casa, más morenos, con la cámara de fotos llena y ganas de ver a los amigos del barrio.

PD El danés Michael Morkov ganó la 6ª etapa de la Vuelta a España 2013, con llegada en Cáceres, en un emocionante final.

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Dos años de historias

Este blog cumple hoy dos años. Ya camina solo, aunque aún con paso inseguro. Soplo las velas y os doy las gracias. Por leerme, por los comentarios de ánimo, por las sugerencias, por reenviar mis textos.

En este año difícil de crisis y huelgas, he buscado refugio en los libros, las sonrisas de la gente cercana, los viajes y las lecturas. Y he compartido algunas historias con vosotros. Las entradas más leídas, según me dice WordPress, han sido Sostiene Pereira y el 29-M, Razones para leer, Olímpica o bombera y Periodistas. Y este blog me ha llevado a descubrir otros, como La puerta entornada, Una cabeza sembrada o Micuartodeatras, entre otros.

Ilustración

(Ilustración de Marie Cardouat, comprada en el Centro Pompidou)

Escribir es una actividad solitaria, que busca transmitir emociones y contar historias. De mayor me gustaría ser contadora de historias. Prometo seguir un año más intentándolo.

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Confesiones de una biziclista

Soy adicta desde hace casi cuatro años al servicio Bizi de Zaragoza: un gran invento para moverse en bici por la ciudad, con algunos “pequeños” problemas por la masificación. Y puedo confesar algunos pequeños pecadillos.

Confieso que yo también he corrido para llegar a por la última bizi que queda en la estación de plaza de España a las 14.30 de un día cualquiera. Igual que he competido con otros ciclistas por llegar la primera a la estación que hay debajo de mi casa y poder dejar la bicicleta en el último anclaje libre. Eso sí, sin llegar a las manos, todos nos sonreímos cortésmente y nos decimos eso de “cómo está el servicio Bizi, eh”. Confieso que un día me subí la bizi a casa porque no encontraba una estación libre en dos kilómetros a la redonda y no me daba tiempo de comer e ir a por las chicas al cole (luego la devolví antes de dos horas, eh). Confieso que a veces voy en bizi por aceras de menos de cuatro metros, incumpliendo la normativa, pero nunca he atropellado a nadie. Confieso que en un viaje a Barcelona pasé mi tarjeta Bizi por el lector del Bicing (el servicio de alquiler de bicis de allá, hermano mayor del de Zaragoza), a ver si el sistema informático me dejaba dar un paseo por Barcelona sobre dos ruedas. No me dejó, claro.

Es verdad que en horas punta es difícil coger una bizi en una estación del centro. Y que a veces el sillín se mueve o los frenos chirrían demasiado. Pese a ello, me parece un gran servicio, barato, que ha supuesto una revolución en la movilidad de Zaragoza. Casi 40.000 zaragozanos tenemos tarjeta Bizi y más de 10.000 están en lista de espera. Eso sí, a ver si arreglo mi vieja bici (sin “z”) del trastero o les pido una a los próximos Reyes para no ser tan bizidependiente.
 

Imagen de unas futuras biziclistas

PD Si alguien del servicio Bizi lee este post, negaré haber dicho eso de que me subí la bizi a casa. Igual me lo he inventado…

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8.317 kilómetros y un año después

Los ciclistas ya han vuelto a casa. María y Sergio acaban de volver, tras recorrer pedaleando 8.317 kilómetros en América (y unos cuantos más en España desde que aterrizaron en Bilbao). Empezaron en marzo de 2011 en Argentina, y siguieron por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá y Costa Rica. En su blog de slowcicle (muy interesante y con fotos muy bonitas, para los que no lo conozcan) hemos ido siguiendo su pista: desde sus primeras pedaladas por las sierras de Córdoba, los Andes, el desierto, sus pinchazos, su mate, sus jugos, sus compañeros de viaje, el Titicaca, el Machu Picchu, nadando con tortugas en las Galápagos, la guerra del agua en Cajamarca (Perú), la Navidad en Colombia, la aventura en el Independence, el barco ‘pirata’ que les llevó de Colombia a Panamá…

El reencuentro en Zaragoza ha sido muy emocionante. Primero vino un día María a la puerta del Heraldo. “Abajo hay una chica que se parece mucho a ti, más alta y más morena”, me dijo un compañero. Bajé de tres en tres o de cuatro en cuatro los escalones y nos dimos un abrazo que llevaba guardado un año. Después, María y Sergio quisieron dar una ‘pequeña’ sorpresa a la familia. Y aparecieron ayer en la comida familiar del cumple de las mellis. Aún se oyen en nuestra plaza los gritos de emoción de madres y tías y demás familia. “¿Pero no estabais en Costa Rica?”, preguntaban las chicas un poco alucinadas por el alboroto. Han vuelto más altos, más guapos, más morenos, más delgados. Y con muchas historias que contar.

Seguro que su proyecto de slowcicle continuará. Me gusta el lema que encabeza su blog:

“La vida es como andar en bicicleta. Para mantener el equilibrio tienes que seguir moviéndote” (Albert Einsten).

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Un año de libros, bicis e historias

Este blog cumple un año. Empezó con dudas, pudor (que aún me acompaña) y tímidos pasos. La excusa era un trabajo para un curso de periodismo digital. Siempre me ha gustado escribir y he llenado cuadernos. Hacía tiempo que le daba vueltas a la idea de empezar un blog. Solo me faltaba la excusa. Yel 28 de diciembre llamé a la puerta de WordPress y empecé. El título se lo copié a Carmen Martín Gaite, una de mis escritoras preferidas, que llamaba a sus diarios “Cuadernos de todo”.

Hago recuento (aunque los números son solo una anécdota, me interesan las historias): salen 79 entradas y 250 comentarios. Los textos más leídos son  “Yo no quiero ser una superwoman”, Amo Barcelona” y “Cuelgo las botas” (pequeño homenaje a mi equipo de fútbol, las Apañadicas).

El blog es un reflejo de mi vida: ahí están nuestros viajes familiares, las preguntas y los planes de las hijas, la aventura slowcicle de María y Sergio, los libros que me han gustado este año, algunos recuerdos, mis rincones de Zaragoza, mis paseos en bici, el 15-M, la guardería y el colegio de las chicas, las elecciones, la conciliación, Cervera, Nicaragua…

El aniversario invita a la reflexión. ¿Por qué escribo? No hay una única respuesta. Escribo para vencer la timidez, porque me gusta interpretar la realidad a través de las palabras, me gusta compartir mis historias y me gusta que me leáis. Uno escribe para sí mismo y para los demás.

Gracias a los que me leéis, a los que me animáis, a los que me dejáis comentarios. Voy a seguir navegando un año más, a ver qué historias salen…

Un abrazo.

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Paseos en bici

Mis paseos en bici empezaron en el parque del Tío Jorge y en las cuestas de Cervera. Después siguieron por otras calles de Zaragoza; por Munich (aquel verano de Erasmus en Alemania me compré una bici de segunda mano que me guió por toda la ciudad), y  por León de Nicaragua (las ruedas se hundían en la arena volcánica o tropezaban en las calles mal asfaltadas de la ciudad, mientras yo caía prendida para siempre de este bello e intenso país).

Las bicis están de moda, y estoy encantada. Los ayuntamientos fomentan las bicicletas de alquiler y construyen carriles bici. Se organizan carreras y jornadas lúdicas. Cada vez más gente las usa como medio de transporte (barato, ecológico y rápido en la ciudad) o como parte de su ocio. La primavera invita a montar en bici. A pedalear por la orilla del Ebro, por los campos, por los nuevos barrios de Zaragoza, por el blog de María y Sergio. Seguimos desde aquí emocionados el relato de su viaje en bici por Latinoamérica. Ahora van camino de Salta, en el norte de Argentina.

Hasta se puede pedalear leyendo. Acabo de terminar “El paseo en bicicleta”, un bonito libro de poesía y cuentos de Antón Castro. En él leo cómo fue el viaje de novios de Pierre Curie y Maria Skolodowska (Marie Curie, de casada), en 1895: compraron dos bicicletas con el dinero que les habían regalado unos parientes y se fueron de ruta por Francia. Ella llevaba un ramo de flores en el manillar; él, un pequeños zurrón. Después, siguieron investigando y ganaron el Nobel. Me parece una historia preciosa.

Foto del Día de la bici (1 de mayo) en Cervera del Río Alhama. (¡Gracias, Isa, por prestarnos el material!).

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Mi primera bici

Mi primera bici era verde, robusta, de segunda mano y muchas vidas. Con ella aprendimos a pedalear mi hermana, mi primas y yo. Mis padres la compraron a través de un programa de radio de compra-venta de objetos de segunda mano. Y fuimos a buscarla a un piso del barrio de las Fuentes (la verdad es que yo no me acordaba de la historia, me la recordó hace unos días mi madre). Le dimos mucho trote por las calles del Arrabal, en el parque del Tío Jorge y en el de Macanaz. Años más tarde fue a Cervera y tal vez ande todavía por ahí en algún desván. En las cuestas de pueblo aprendí a montar sin ruedines. Me tiraba desde arriba y no quedaba más remedio que mantener el equilibrio para no ir al suelo o estamparme contra la fuente. Después me compraron una bici roja nueva de BH, en Ciclos Albacar, la tienda de mis vecinos. Y mi hermana heredó la verde. Con la roja ya se podía correr de verdad y yo presumía por el barrio. Cuando iba al instituto me pedí una de montaña, que dio muchas vueltas por caminos y por la ciudad. Me llevaba a la Escuela de Idiomas y a los partidos de balonmano. Esta acabó en manos de algún ladrón. Se la robaron a mi hermana años después en la plaza San Francisco. Luego he tenido otras bicis con menos historias. Y ahora soy fan de las bizis (“las bicis rojas de compartir”, dice Lara).

 

Espero que vosotras disfrutéis con las vuestras, que os acompañen en muchas excursiones e historias, y que os lleven tan lejos como a la tía María.

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