Archivo de la categoría: educación

Construyendo casas en los árboles

Siempre me ha gustado subirme a los árboles. Tocar el tronco, agarrarme a las ramas para tomar impulso, escalar, sentir un poco el riesgo, encontrar mi acomodo allá arriba entre las hojas, disfrutar de un momento de soledad, mirar el mundo desde otra perspectiva. De niña me gustaba leer historias de niños que se saltaban las normas y vivían mil aventuras. De mayor, también.

Por eso me ha gustado tanto ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez. Este libro me ha acompañado este verano, desde Cervera hasta París y vuelta a Zaragoza. Es la historia de una madre y sus tres hijos, que tras la muerte de su marido decide dejar Madrid y mudarse a una casa rural en Inglaterra, junto al río Humble. Sus tres hijos, Michael, Richard y María, son tres niños geniales que hacen muchas preguntas y detestan el colegio. No les gusta colorear y los deberes les parecen aburridos. Disfrutan con su nueva vida: preparan representaciones teatrales en el jardín, navegan por el río, diseccionan animalillos, ven películas, hacen experimentos y travesuras, juegan, son felices. La madre decide construir una casa en el árbol para ellos, y para los lectores.

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El libro es una reflexión sobre la educación, la infancia, la libertad. Lo tengo lleno de frases subrayadas. Algunas se las he leído a mis tres hijas, a las que veo también subidas a un árbol haciendo preguntas o manchadas de barro en la orilla del Humble.

“Quiero ser grulla, benditas grullas maravillosas, que vuelan desde África entendiendo las reglas aerodinámicas y sociales de su formación en uve. O salmón. El salmón entra en la embocadura del río, apoyado por el grupo, sin dudas o inseguridades, sin rehusar o achantarse frente a los rápidos de piedra contra los que se dejará la vida o las escamas. Y eso es vivir. Vivir es morir y morir es vivir. Los adultos nos metemos en la vida despacio, como cobardes perezosos que entran con frío en la piscina, desconfiados, criticando la temperatura del agua. Los niños no hacen eso. Los niños se lanzan sin más porque ellos saben lo que hacen, como las grullas, como los salmones, como los pájaros carpinteros, como las gacelas. Nosotros lo hemos olvidado. Hemos olvidado que hay que saltar, tirarse, volar, picar en el árbol con convicción instintiva.

Siento que he llegado a la edad irracional. La edad de la fe en mí misma. Estoy en un lugar sin dudas ni miedo. Un río donde mandan la práctica y la poética. Calla el lenguaje, hablan los ritmos. Miro hacia arriba y veo dos enormes maderos cruzados sobre un roble centenario. Son el comienzo de una casa en un árbol. Me digo, “esto lo puso ahí el instinto, como el salto de la gacela, que no sabe por qué salta, como el canto de la tórtola, que no sabe por qué dice cucú, como el juego de un niño, que no sabe por qué juega, pero juega porque le hace feliz”. Heredamos de nuestros padres todo, todo lo inmaterial. Todo. Incluso el futuro”.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Camino a la escuela

Nuestro camino a la escuela dura entre cinco y diez minutos, dependiendo de las prisas y de la conversación. Atravesamos nuestra plaza con las mochilas de ruedas. Cruzamos la calle de José Oto por el paso de cebra de la charcutería, con cuidado de que no pase un coche un poco rápido porque llega tarde a dónde sea (suele pasar, ojalá les multaran). Vamos hablando de cosas del cole, de planes familiares o preguntas extrañas que se les ocurren a las chicas. Después seguimos por el andador peatonal de Molino de las Armas. La semana pasada florecieron los ciruelos. Aunque coincida con los días más fríos de este invierno, nos gusta que las flores lilas nos recuerden que falta poco para la primavera. Qué bonito es llegar al cole por ese pasillo colorido. Dentro de unos días se caerán las flores y saldrán las hojas.

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Jackson, Zahira, Carlitos y Samuel no se encuentran con ciruelos en flor camino de la escuela. Su recorrido dura bastante más que el nuestro. Jackson (10 años, Kenia) y su hermana tienen que caminar 15 kilómetros a través de la sabana para ir al cole. Zahira (12 años, Marruecos) vive a 22 kilómetros de su escuela. Con dos amigas, atraviesan senderos y montañas para llegar al internado los lunes y vuelven a casa los fines de semana. Carlitos (11 años, Argentina) recorre a diario 18 kilómetros a caballo para llegar a clase. Samuel (13 años, India) va al cole gracias a sus hermanos pequeños, que empujan su silla de ruedas 4 kilómetros por caminos de arena, ríos y otros obstáculos. Sus historias se cuentan en el documental “Camino a la escuela” (Pascal Plisson), una maravilla.

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(Imágenes de la web caminoalaescuela.org, una película y un proyecto social en colaboración con la UNESCO)

Zahira y Samuel quieren ser médicos; Carlitos, veterinario. Y Jackson sueña con ser piloto y descubrir el mundo. Me gusta recordar el coraje de estos chicos cuando pasamos bajo nuestros ciruelos en flor camino del cole.

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Primer día de danza

Le acompaño en su primer día. Creo que estoy más nerviosa que ella aunque lo disimulo. En el vestuario se pone el maillot lila, la falda morada, los zapatos, la cinta en el pelo. Se mira orgullosa en el espejo, parece mayor. Hoy le toca primero danza española y luego clásica. Recorremos un poco perdidas el edificio. La luz de la tarde entra por grandes ventanales. Qué bonitos son estos días de final de verano y principio de otoño. De estrenar curso e ilusiones. Por los pasillos van y vienen chicas y chicos con maillots, mallas, punteras, sonrisas. Yo no sé hacer moños ni andar con tacones, pienso. A lo lejos se oye un piano. En las paredes hay fotos de alumnos de otros cursos y de espectáculos de danza. La belleza de un instante: una zancada, un salto, un gesto. Viene la profesora a buscar a los alumnos de 1ºA y se alejan escaleras arriba. La falda le queda un poco grande, se la recoge para no pisarla. Lara se marcha sonriente, concentrada, los ojos muy abiertos. No sé dónde llevará esta puerta, pero es un día muy emocionante.

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(Conservatorio municipal profesional de danza de Zaragoza)

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Vuelta al cole (Valdemadera, 1946)

Este verano, rebuscando entre los papeles familiares en Cervera, encontré varios tesoros. Como la memoria de las prácticas del maestro Don Pedro Nolasco González Muñoz (cura y profesor, y tío abuelo mío) en la escuela de Valdemadera (La Rioja) en 1946. Copio un extracto:

“Edificio escolar:
Hay en el lugar de Valdemadera, provincia de Logroño, en su parte más céntrica, a la sombra de la torre parroquial y pegada a su iglesia, una Escuela Nacional donde he hecho las prácticas de enseñanza. El edificio está rodeado de una amplia plaza y soportales para esparcimiento de los niños, que a las horas de asueto juegan, corren, ríen y cantan. Su orientación al sur está muy bien lograda. Al ser un segundo piso entarimado se ha conseguido que sea confortable durante los seis meses largos de frío invernal. Dos amplios ventanales dan paso a los confortables rayos solares fuente de salud y de alegría. El aula escolar mide 7 metros de largo por 5,60 de ancho y 3,60 de alto. El material escolar es escaso y pobre aunque aseado y bien cuidado.

Organización de la escuela:
Asistían a clase un promedio de 25 a 30 niños de los 44 que había matriculados, siendo 18 niños y las restantes niñas. Comienzan a ir a la escuela a los 6 años y a medida que crecen en edad van creciendo en faltas en el registro escolar, especialmente en los niños, siendo raro el que llega hasta los 13 años. Se formaban cuatro secciones, atendiendo a la edad y a los conocimientos. La disciplina y el orden se procuraban con un gobierno suave y enérgico a la vez, procurando que el niño esté siempre ocupado en algún trabajo agradable y no agotador.

Metodología:
Como norma general se procuraba en la escuela traducir a la práctica los temas pedagógicos aprendidos en los libros. Las asignaturas son: Lengua Castellana, Ciencias Naturales, Gegorafía, Historia de España, Fisiología e Higiene, Catecismo, Historia Sagrada, Explicación del Evangelio, Labores, Trabajos manuales, Dibujo, Música y canto.

Algunas dificultades a superar:
a) La falta de material, que con buen ingenio y dosis de paciencia procurábamos suplir ayudándonos de los niños en los trabajos manuales.
b) Falta de unidad en los libros de los niños de los niños. Los padres los compraban sin consejo de nadie y cada uno era de distinto autor y método.
c) Discontinuidad de maestras.
d) Porcentaje bastante elevado de faltas de asistencia.
e) La separación de sexos dentro de los límites que permitía el local y el tiempo, pues para multiplicar la labor en ocasiones solían estar en grupo”.

Ya no quedan niños en Valdemadera y hace años que cerró su escuela. El Tio Nolasco murió joven. Me gusta imaginar cómo se viviría allí la vuelta al cole, cómo eran las carteras, qué llevaban de almuerzo, qué libros leían, qué querían ser de mayores, dónde les llevó la vida…

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(Imagen reciente de Valdemadera, de Carlos Sieiro del Nido)

¡Feliz vuelta al cole para todos, niños, padres y maestros!

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

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(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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El profesor Figols se jubila

Ser la hija del Figols imponía en el colegio. Una sentía que los mayores admiraban o temían al profesor de Física y Química. A mi hermana y a mí nos hacían bromas en el patio y por los pasillos. Y alguno hasta nos pedía un aprobado.

Mi padre entró a trabajar en el Colegio Alemán un mes antes de que yo naciera. En estos 37 años, yo he crecido un poco y él ha pasado por varios institutos y destinos laborales: Andorra, el sindicato STEA, Valderrobres, el Pablo Serrano de Las Fuentes y Belchite. Recuerdo especialmente su paso por el Matarraña y su piso en Torre del Compte  (que incluso sirvió para acoger a un fotógrafo y una redactora del Heraldo –servidora- una noche de tormenta apocalíptica, riada y carreteras cortadas; pero ésa es otra historia que no viene al caso). Ahora que el profesor Figols se jubila, echamos la vista atrás y nos emocionamos, aunque no lo reconozcamos mucho.

Le hemos preguntado a sus compañeros y ex alumnos, y nos han contado cosas muy bonitas de él. Nos han hablado de su compromiso, sus enseñanzas, sus experimentos, sus consejos, sus chalecos, su ironía, las excursiones al campo, los viajes de estudios, aquel curso que se subió a unos zancos o cuando trajo un globo aerostático.

“Era el de Química, y tenía un aire taciturno y cordial cuando entraba o salía del laboratorio en que se guarecía. Entonces todavía hablábamos en claustros y asambleas, y él tenía un cierto aire de internacionalista no tanto por el chaleco y el resistirse a la moda, sino por esa fe extraña que algunos demuestran en el género humano. Parecía creer en el Magisterio, en nuestra labor, y lo que es más raro, parecía sentir que los profesores éramos una clase social unitaria cuya dignidad debíamos defender”, cuenta Ignacio, compañero suyo.

Además de recopilar recuerdos, ahora es momento de celebraciones. En nuestra familia nos encanta buscar cualquier excusa para reunirnos para una comida con chiquillos y jaleo, sea en Cervera, Logroño, Zaragoza, Pamplona o, como este fin de semana, en Urdániz. Ayer celebramos la jubilación del profesor Figols. Comimos muy bien, soplamos entre todos 60 velas, y él recibió sus regalos en forma de gallinas, libro, cuadro y aparato tecnológico.

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No me puedo imaginar cómo será mi jubilación ni cuántas redacciones habré pisado cuando llegue ese momento. Pero sí sé que cuando sea mayor quiero ser sabia, exploradora, viajera, inteligente, emprendedora, comprometida y solidaria como el profesor Figols, como mi padre.

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