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Adiós al cole

Hoy debería haber sido el último día de cole, día de abrazos y despedidas, de emociones, de alguna o muchas lagrimitas. Vega y Luna terminan 6º y toda la familia nos despedimos del Hilarión Gimeno, nuestro cole desde que Lara entró decidida y contenta sintiéndose muy mayor a sus tres años, en septiembre de 2009. Dos años después llegaron las mellis. Ahora pronto seréis más altas que yo y ya miráis al otro lado del puente, al instituto Pedro de Luna que os espera en septiembre. Vemos con emoción cómo habéis crecido, cómo salís del cole mayores, independientes, con vuestra mochila de sueños y de caminos por descubrir.

El coronavirus no nos ha dejado despedirnos de verdad. Acaba el curso más raro y el que siempre recordaremos. En cierta manera acabó el 13 de marzo. No sabíamos entonces que no volveríamos a las clases, al patio, a las charlas de padres, a las tutorías, a las historias del comedor, al viaje de Dublín, a la graduación, al musical de Queen… El cole ya son los recuerdos de estos once años. Un capitulo muy importante de vuestra historia, de nuestra historia familiar.

Estos meses largos de confinamiento hemos pasado horas mirando fotos y vídeos, recordando historias del cole. Son tantos recuerdos que no caben en un post. Como ese vídeo de la exhibición el baile de fin de curso. Tendríais 4 o 5 años y os apuntamos a la extraescolar de baile. En aquel pabellón abarrotado, Vega y Luna decidisteis saliros de la fila, saltaros las normas, correr y dar volteretas en vez de seguir la coreografía. Entonces los padres, sentados en la grada, queríamos que se nos tragara la tierra. Ahora lloramos de risa con el vídeo. Nos quedó claro que el baile era cosa de vuestra hermana mayor. Recuerdos del cole a borbotones. La graduación de Infantil. La despedida de 6º de Lara con el musical de Grease. El día que nevó, cuando ibais a 4º. El día que nos llamaron porque Luna se había grapado un dedo, o el que se chocó con otro niño en el recreo y su ojo parecía el de un boxeador. Las tardes interminables en el parque al lado del cole. Vuestros amigos. Las fiestas de la espuma de fin de curso, siempre nos íbamos las últimas. El día de la paz y la semana cultural. Las batallitas del comedor. Las tutorías con los profes. Nuestro orgullo de padres. Vuestras trastadas. Dibujos, deberes, trabajos, manualidades, powerpoints, vídeos durante el confinamiento. Los nervios de los primeros días de cole en septiembre, la emoción de los últimos en junio. La paciencia y el cariño de profesores y monitoras de comedor.

Gracias a Asun, Lidia, Beatriz, Brian, Ana Elisa, Marta, Susana, Carlos, Leticia, Juanjo, Guadalupe, Iván, Lupe, Paco, Paul, David, Sarah, Nuria, Pilar, Manuel, Ana Belen, Anabel, Iván, Susana, Concha, Elba, María José, Merche, Rosa, Charo, Yoli… (me dejo algún nombre después de tantos años), a los padres y madres con los que hemos compartido tantos momentos, a vuestros compañeros y a todos los que formáis parte de la memoria del Hilarión.

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La emoción del último día de cole, hace algunos años…

Thank you por estos años maravillosos!

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Los jóvenes periodistas del Tenerías

Cuando una va a cumplir pronto 20 años en el mismo trabajo (escribiendo artículos de periódico), a veces da vértigo, otras emoción, otras cansancio y otras, revolotean las dudas. Está bien dudar y hacerse preguntas, dicen algunos expertos. Con mis dudas rondándome la cabeza, fui este martes a mediodía al colegio Tenerías de Zaragoza.

Hace unos días me llamó una profesora del cole para proponerme que fuera a hablarles de mi trabajo a un grupo de chicos y chicas de 2º de Primaria. Me esperaban veintitantos niños y niñas de 7 años, en una clase colorida y luminosa con vistas al Ebro. Con los años he aprendido a esconder mis nervios antes de hablar en público. Primero les hablé de qué hace falta para ser periodista. Lo resumí en tener curiosidad, escuchar y escribir bien. Luego les enseñé mis herramientas de trabajo: un cuaderno con mala letra, un boli y un móvil viejo que tiene la pantalla un poco rota. Igual les pareció poca cosa. Les conté que hay periodistas que trabajan en periódicos, en la radio, en la tele y cada vez más todos en internet. Les puse ejemplos de entrevistas y reportajes: desde el niño Julen, al fútbol femenino o cómo es la vida en las escuelas más pequeñas de Aragón con solo 3 alumnos. Ellos me enseñaron el blog que hacen en clase (‘El guateque de segundo‘) y me contaron qué quieren ser de mayores. El abanico de profesiones es muy amplio: paleontólogo, médico, profesora, jugador de fútbol del Barça, esquiadora…

Después les tocaba a ellos hacer de periodistas. Antes de mi llegada, habían hecho sus investigaciones por internet (cuánta información nuestra tiene Google) y me habían preparado unas cuantas preguntas. “¿Qué es lo que más te gusta de ser periodista? ¿Cuántas preguntas hay que hacer? ¿Qué hay que estudiar para ser periodista? ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser periodista? ¿Cuál es tu deporte favorito? ¿Qué entrevista te ha gustado más? ¿Qué te gusta más, escribir o correr? ¿Cuando escribes piensas en tu familia? ¿De las cosas que querías ser de pequeña, por qué elegiste ser periodista? ¿Has conseguido hacer todas las cosas que querías?”

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Respondí a todas, aunque algunas eran difíciles, y crucé el Ebro de vuelta a mi barrio. Gracias, Cristina, por la invitación. Y gracias, chicos y chicas de 2º del Tenerías, por un rato tan agradable.

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Las hermanas Polgar y otras historias de ajedrez en Calamocha

No tengo ni idea de ajedrez. Justo sé que la torre se mueve en línea recta y el caballo va a saltos. Pero me gusta acompañar a Vega a torneos de ajedrez. Me gusta que nuestras chicas descubran sus propios caminos y aficiones. Aplaudo los beneficios y valores del ajedrez: desarrolla la atención, la concentración, la creatividad y la imaginación, potencia el razonamiento lógico-matemático, aumenta la reflexión y la capacidad de toma de decisiones, fomenta las relaciones interpersonales, enseña a ganar y a perder…

Poco a poco voy entendiendo la dinámica de los torneos escolares (aún voy bastante perdida). Hay una lista de inscritos por categorías, un programa informático hace el sorteo, se cuelga un papel con los emparejamientos, blancas o negras, los chavales ocupan sus posiciones en riguroso silencio, los padres esperamos fuera. Me impresionan el silencio y la concentración. Entre partida y partida, los chicos y chicas salen de la sala, comentan entre ellos las partidas, juegan a pillar, o a fútbol, comen chuches y esperan a que se vuelva a hacer el sorteo para la siguiente ronda. Así 7 u 8 rondas, depende de los torneos, cuatro o cinco horas.

Este sábado fuimos a Calamocha. Eché de menos a mi amiga Eva, compañera de cafés en los torneos. Mientras Vega jugaba, me fui a dar una vuelta por la Feria de Calamocha. Vendían jamón, tractores, gallinas, quesos, chocolates, jabones, aspiradoras, cuchillos, estufas… Me tomé un café, compré un bolso a una artesana de Teruel y lotería de Navidad a los chicos del instituto, apunté ideas en mi libretita. Tras cada ronda, volvía a esperar a Vega. Por la cara sabía qué tal le había ido. Al final le fue bien, y tiene ganas de seguir aprendiendo y yendo a torneos.

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Me gusta observar y escuchar a los que saben. Disfruté mucho en el camino escuchando a Enrique Sánchez (profesor de ajedrez del colegio y el club Marcos Frechín y gran impulsor del ajedrez en Aragón). Hablamos de Pedro Ginés, zaragozano que se acaba de proclamar campeón del mundo de ajedrez sub14. Y de María Eizaguerri, otra gran promesa aragonesa, que ha quedado octava en el mundial. Enrique habla del talento y del esfuerzo, la importancia de no cometer errores, y de aprender de ellos. Cuenta la historia de las hermanas Polgar, tres hermanas húngaras a las que sus padres educaron en casa sin ir al colegio, y a las que entrenaron desde pequeñas en ajedrez. Querían demostrar que los genios no nacen, se hacen. Las hermanas Polgar llegaron a ser grandes campeonas, especialmente la menor, Judit, considerada la mejor ajedrecista de la historia y que ha ganado a números 1 como Anatoly Karpov o Gary Kasparov.

En el viaje de vuelta de Calamocha también hablamos de fútbol. Por la mañana Vega y Luna habían jugado un partido con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino) en Pina de Ebro. Qué diferentes el fútbol y el ajedrez. O no tanto. Sigo dándole vueltas a la historia de las hermanas Polgar, mujeres en un mundo de hombres, a la importancia de los entrenamientos, al talento, a la pasión por el deporte, el que sea, ganar y perder, seguir aprendiendo siempre…

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Último último día de cole

Suena la música en el auditorio y salen los chicos y chicas de 6º del Hilarión bailando y cantando “Grease is the word”, con sus faldas de colores y sus camisetas negras. El musical de Grease es su despedida del cole. Me emociono con sus caras emocionadas, con la sonrisa de Lara, radiante, con las fotos con sus amigas. Me emociono mucho con el discurso de los padres de Lauri, una niña autista del curso de Lara. Sus padres agradecen al cole, a la escuela pública, a los profesores y a los compañeros, y nos dan una lección de vida. Me emociono con la alegría inmensa de los 12 años, de todo el futuro por delante, de las puertas que se abren, de las alas que despliegan. La nostalgia y la ternura se cuelan en las fotos que se proyectan en la pantalla de cuando eran pequeños. Es el repaso a nueve años de su vida, de nuestra vida. Pasamos de etapa, ella y nosotros. Que nuestra hija mayor acabe el cole nos hace un poco más mayores y orgullosos. Escribo con un pañuelo a mano para las lágrimas.

El lunes celebramos la graduación y hoy es la despedida definitiva del cole. El último último día del cole. Empecé a escribir este post hace nueve años, en septiembre de 2009. Recuerdo la decisión con la que entraste el primer día en tu clase, los ojos muy abiertos y muchas ganas. Aquel día vi a los mayores que habían acabado 6º el verano anterior y pasaban a saludar a sus antiguos compañeros y profesores, mirando un poco por encima del hombro, sintiéndose muy mayores. Con una hija de 3 y dos de 1, los 12 años me parecían lejísimos. Pero ya están aquí. El tiempo vuela. Ahora yo soy una madre de 6º en el último último día de cole.

Mientras bailabais el lunes, en mi cabeza pasaban todos estos años a cámara rápida: los libros nuevos en septiembre, las tardes de parque, las fiestas en el patio, las excursiones, la graduación de Infantil, las prisas por las mañanas en casa, las conversaciones por el camino, las historias a la salida, los profesores, las amistades que se van formando, los cumpleaños, los deberes, tu mesa de casa desordenada, los preparativos y los nervios para el viaje de 6º a Dublín, el viaje, las fotos de clase, cada año más alta y más mayor, las despedidas de otros sextos y, ahora, la vuestra.

“El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”, os dijo en la graduación Paco, el director, citando a Borges. Vosotras ya estabais haciendo fotos y planes.

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Lara volando al instituto con tu amiga Lucía.

Gracias a los profesores que han guiado a Lara en el camino, desde los que pasaron fugaces hasta los que dejan una huella para siempre: Carmen, Ana Belén, Leticia, María, Anabel, Cristina, Susana, Beatriz, Ana, Conchi, Marta, Lucía, Juan Carlos, Carlos, José Emilio, Eduardo, Fernán, Pilar, Iván, and thanks to Nuria, Paul, David and Bryan. Y gracias a las monitoras de comedor por vuestra paciencia y cariño en todos estos años.

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Cuarenta años

El 23 de noviembre de hace justo 40 años fue miércoles. Leo en ‘El País’ de ese día (gracias, Ana y familia riojana, por el regalo) el borrador de la Constitución que se estaba gestando. Decía que España sería una monarquía parlamentaria, con pluralismo político y libertad de expresión. También leo una entrevista con el primer ministro marroquí hablando del Sáhara. En páginas interiores aparece la reividicación del último atentado de ETA. En la quiniela había un Zaragoza-Calvo Sotelo en Segunda. Aquella temporada el Zaragoza acabó subiendo a Primera. Y en los breves leo que han detenido a unos niños por robar el bocadillo a otro en un colegio. El periódico costaba 15 pesetas.

Mientras, en Zaragoza, Pili cumplía las 40 semanas ese día. Por la mañana fue a revisión en el Clínico pero le dijeron que aún estaba verde y que se fuera a casa. Pili y Luis Ignacio fueron a comer a casa de Juli y Félix. Todos estaban a punto de estrenar título: de padres y de abuelos. En la familia nos gusta mucho contar historias de los nacimientos. Cuenta mi madre que no comió mucho, que todo fue muy rápido, que enseguida se puso de parto, que mi padre no fue a trabajar al Colegio Alemán esa tarde, que en el taxi ella gritaba mucho, que llegaron al hospital y la pasaron directamente al paritorio. Que en unos minutos, antes de las 16.30, ya había nacido yo. Era el 23 de noviembre de 1977.

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“Paula es nacida en el 77. Noviembre del 77. A los pocos días nevó y eso debe ser muy buena señal…”, cuentan mis padres en el prólogo del libro ‘El fascinante campamento del Cid’, mi primer libro. Lo escribí con 15 años a la vuelta de unos campamentos y se quedó perdido en alguna carpeta de casa. Mis padres y mi hermana lo han rescatado, y lo acaban de editar en la ‘Editorial Peponerías’. Es un ejemplar único, con motivo del 40º aniversario de la autora. Es un regalo maravilloso.

“A veces nuestras hijas nos asustan un poco. Por su desenvoltura. Por su capacidad de imaginar proyectos en los que involucrarse y por su valentía en llevarlos adelante. Nuestra mirada sobre ellas tiene también un toque de orgullo, queremos creer que solo un toque, porque nuestra aportación a lo que hoy son no es calibrable. ¿Qué influye en el devenir de una persona, en su peripecia vital? Igual ni merece la pena rastrear, basta con reconocer el soplo, a veces suave, a veces violento, del azar”, dicen nuestros padres en el prólogo.

La historia continúa…

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Construyendo casas en los árboles

Siempre me ha gustado subirme a los árboles. Tocar el tronco, agarrarme a las ramas para tomar impulso, escalar, sentir un poco el riesgo, encontrar mi acomodo allá arriba entre las hojas, disfrutar de un momento de soledad, mirar el mundo desde otra perspectiva. De niña me gustaba leer historias de niños que se saltaban las normas y vivían mil aventuras. De mayor, también.

Por eso me ha gustado tanto ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez. Este libro me ha acompañado este verano, desde Cervera hasta París y vuelta a Zaragoza. Es la historia de una madre y sus tres hijos, que tras la muerte de su marido decide dejar Madrid y mudarse a una casa rural en Inglaterra, junto al río Humble. Sus tres hijos, Michael, Richard y María, son tres niños geniales que hacen muchas preguntas y detestan el colegio. No les gusta colorear y los deberes les parecen aburridos. Disfrutan con su nueva vida: preparan representaciones teatrales en el jardín, navegan por el río, diseccionan animalillos, ven películas, hacen experimentos y travesuras, juegan, son felices. La madre decide construir una casa en el árbol para ellos, y para los lectores.

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El libro es una reflexión sobre la educación, la infancia, la libertad. Lo tengo lleno de frases subrayadas. Algunas se las he leído a mis tres hijas, a las que veo también subidas a un árbol haciendo preguntas o manchadas de barro en la orilla del Humble.

“Quiero ser grulla, benditas grullas maravillosas, que vuelan desde África entendiendo las reglas aerodinámicas y sociales de su formación en uve. O salmón. El salmón entra en la embocadura del río, apoyado por el grupo, sin dudas o inseguridades, sin rehusar o achantarse frente a los rápidos de piedra contra los que se dejará la vida o las escamas. Y eso es vivir. Vivir es morir y morir es vivir. Los adultos nos metemos en la vida despacio, como cobardes perezosos que entran con frío en la piscina, desconfiados, criticando la temperatura del agua. Los niños no hacen eso. Los niños se lanzan sin más porque ellos saben lo que hacen, como las grullas, como los salmones, como los pájaros carpinteros, como las gacelas. Nosotros lo hemos olvidado. Hemos olvidado que hay que saltar, tirarse, volar, picar en el árbol con convicción instintiva.

Siento que he llegado a la edad irracional. La edad de la fe en mí misma. Estoy en un lugar sin dudas ni miedo. Un río donde mandan la práctica y la poética. Calla el lenguaje, hablan los ritmos. Miro hacia arriba y veo dos enormes maderos cruzados sobre un roble centenario. Son el comienzo de una casa en un árbol. Me digo, “esto lo puso ahí el instinto, como el salto de la gacela, que no sabe por qué salta, como el canto de la tórtola, que no sabe por qué dice cucú, como el juego de un niño, que no sabe por qué juega, pero juega porque le hace feliz”. Heredamos de nuestros padres todo, todo lo inmaterial. Todo. Incluso el futuro”.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Camino a la escuela

Nuestro camino a la escuela dura entre cinco y diez minutos, dependiendo de las prisas y de la conversación. Atravesamos nuestra plaza con las mochilas de ruedas. Cruzamos la calle de José Oto por el paso de cebra de la charcutería, con cuidado de que no pase un coche un poco rápido porque llega tarde a dónde sea (suele pasar, ojalá les multaran). Vamos hablando de cosas del cole, de planes familiares o preguntas extrañas que se les ocurren a las chicas. Después seguimos por el andador peatonal de Molino de las Armas. La semana pasada florecieron los ciruelos. Aunque coincida con los días más fríos de este invierno, nos gusta que las flores lilas nos recuerden que falta poco para la primavera. Qué bonito es llegar al cole por ese pasillo colorido. Dentro de unos días se caerán las flores y saldrán las hojas.

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Jackson, Zahira, Carlitos y Samuel no se encuentran con ciruelos en flor camino de la escuela. Su recorrido dura bastante más que el nuestro. Jackson (10 años, Kenia) y su hermana tienen que caminar 15 kilómetros a través de la sabana para ir al cole. Zahira (12 años, Marruecos) vive a 22 kilómetros de su escuela. Con dos amigas, atraviesan senderos y montañas para llegar al internado los lunes y vuelven a casa los fines de semana. Carlitos (11 años, Argentina) recorre a diario 18 kilómetros a caballo para llegar a clase. Samuel (13 años, India) va al cole gracias a sus hermanos pequeños, que empujan su silla de ruedas 4 kilómetros por caminos de arena, ríos y otros obstáculos. Sus historias se cuentan en el documental “Camino a la escuela” (Pascal Plisson), una maravilla.

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(Imágenes de la web caminoalaescuela.org, una película y un proyecto social en colaboración con la UNESCO)

Zahira y Samuel quieren ser médicos; Carlitos, veterinario. Y Jackson sueña con ser piloto y descubrir el mundo. Me gusta recordar el coraje de estos chicos cuando pasamos bajo nuestros ciruelos en flor camino del cole.

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Primer día de danza

Le acompaño en su primer día. Creo que estoy más nerviosa que ella aunque lo disimulo. En el vestuario se pone el maillot lila, la falda morada, los zapatos, la cinta en el pelo. Se mira orgullosa en el espejo, parece mayor. Hoy le toca primero danza española y luego clásica. Recorremos un poco perdidas el edificio. La luz de la tarde entra por grandes ventanales. Qué bonitos son estos días de final de verano y principio de otoño. De estrenar curso e ilusiones. Por los pasillos van y vienen chicas y chicos con maillots, mallas, punteras, sonrisas. Yo no sé hacer moños ni andar con tacones, pienso. A lo lejos se oye un piano. En las paredes hay fotos de alumnos de otros cursos y de espectáculos de danza. La belleza de un instante: una zancada, un salto, un gesto. Viene la profesora a buscar a los alumnos de 1ºA y se alejan escaleras arriba. La falda le queda un poco grande, se la recoge para no pisarla. Lara se marcha sonriente, concentrada, los ojos muy abiertos. No sé dónde llevará esta puerta, pero es un día muy emocionante.

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(Conservatorio municipal profesional de danza de Zaragoza)

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Vuelta al cole (Valdemadera, 1946)

Este verano, rebuscando entre los papeles familiares en Cervera, encontré varios tesoros. Como la memoria de las prácticas del maestro Don Pedro Nolasco González Muñoz (cura y profesor, y tío abuelo mío) en la escuela de Valdemadera (La Rioja) en 1946. Copio un extracto:

“Edificio escolar:
Hay en el lugar de Valdemadera, provincia de Logroño, en su parte más céntrica, a la sombra de la torre parroquial y pegada a su iglesia, una Escuela Nacional donde he hecho las prácticas de enseñanza. El edificio está rodeado de una amplia plaza y soportales para esparcimiento de los niños, que a las horas de asueto juegan, corren, ríen y cantan. Su orientación al sur está muy bien lograda. Al ser un segundo piso entarimado se ha conseguido que sea confortable durante los seis meses largos de frío invernal. Dos amplios ventanales dan paso a los confortables rayos solares fuente de salud y de alegría. El aula escolar mide 7 metros de largo por 5,60 de ancho y 3,60 de alto. El material escolar es escaso y pobre aunque aseado y bien cuidado.

Organización de la escuela:
Asistían a clase un promedio de 25 a 30 niños de los 44 que había matriculados, siendo 18 niños y las restantes niñas. Comienzan a ir a la escuela a los 6 años y a medida que crecen en edad van creciendo en faltas en el registro escolar, especialmente en los niños, siendo raro el que llega hasta los 13 años. Se formaban cuatro secciones, atendiendo a la edad y a los conocimientos. La disciplina y el orden se procuraban con un gobierno suave y enérgico a la vez, procurando que el niño esté siempre ocupado en algún trabajo agradable y no agotador.

Metodología:
Como norma general se procuraba en la escuela traducir a la práctica los temas pedagógicos aprendidos en los libros. Las asignaturas son: Lengua Castellana, Ciencias Naturales, Gegorafía, Historia de España, Fisiología e Higiene, Catecismo, Historia Sagrada, Explicación del Evangelio, Labores, Trabajos manuales, Dibujo, Música y canto.

Algunas dificultades a superar:
a) La falta de material, que con buen ingenio y dosis de paciencia procurábamos suplir ayudándonos de los niños en los trabajos manuales.
b) Falta de unidad en los libros de los niños de los niños. Los padres los compraban sin consejo de nadie y cada uno era de distinto autor y método.
c) Discontinuidad de maestras.
d) Porcentaje bastante elevado de faltas de asistencia.
e) La separación de sexos dentro de los límites que permitía el local y el tiempo, pues para multiplicar la labor en ocasiones solían estar en grupo”.

Ya no quedan niños en Valdemadera y hace años que cerró su escuela. El Tio Nolasco murió joven. Me gusta imaginar cómo se viviría allí la vuelta al cole, cómo eran las carteras, qué llevaban de almuerzo, qué libros leían, qué querían ser de mayores, dónde les llevó la vida…

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(Imagen reciente de Valdemadera, de Carlos Sieiro del Nido)

¡Feliz vuelta al cole para todos, niños, padres y maestros!

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

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(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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El profesor Figols se jubila

Ser la hija del Figols imponía en el colegio. Una sentía que los mayores admiraban o temían al profesor de Física y Química. A mi hermana y a mí nos hacían bromas en el patio y por los pasillos. Y alguno hasta nos pedía un aprobado.

Mi padre entró a trabajar en el Colegio Alemán un mes antes de que yo naciera. En estos 37 años, yo he crecido un poco y él ha pasado por varios institutos y destinos laborales: Andorra, el sindicato STEA, Valderrobres, el Pablo Serrano de Las Fuentes y Belchite. Recuerdo especialmente su paso por el Matarraña y su piso en Torre del Compte  (que incluso sirvió para acoger a un fotógrafo y una redactora del Heraldo –servidora- una noche de tormenta apocalíptica, riada y carreteras cortadas; pero ésa es otra historia que no viene al caso). Ahora que el profesor Figols se jubila, echamos la vista atrás y nos emocionamos, aunque no lo reconozcamos mucho.

Le hemos preguntado a sus compañeros y ex alumnos, y nos han contado cosas muy bonitas de él. Nos han hablado de su compromiso, sus enseñanzas, sus experimentos, sus consejos, sus chalecos, su ironía, las excursiones al campo, los viajes de estudios, aquel curso que se subió a unos zancos o cuando trajo un globo aerostático.

“Era el de Química, y tenía un aire taciturno y cordial cuando entraba o salía del laboratorio en que se guarecía. Entonces todavía hablábamos en claustros y asambleas, y él tenía un cierto aire de internacionalista no tanto por el chaleco y el resistirse a la moda, sino por esa fe extraña que algunos demuestran en el género humano. Parecía creer en el Magisterio, en nuestra labor, y lo que es más raro, parecía sentir que los profesores éramos una clase social unitaria cuya dignidad debíamos defender”, cuenta Ignacio, compañero suyo.

Además de recopilar recuerdos, ahora es momento de celebraciones. En nuestra familia nos encanta buscar cualquier excusa para reunirnos para una comida con chiquillos y jaleo, sea en Cervera, Logroño, Zaragoza, Pamplona o, como este fin de semana, en Urdániz. Ayer celebramos la jubilación del profesor Figols. Comimos muy bien, soplamos entre todos 60 velas, y él recibió sus regalos en forma de gallinas, libro, cuadro y aparato tecnológico.

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No me puedo imaginar cómo será mi jubilación ni cuántas redacciones habré pisado cuando llegue ese momento. Pero sí sé que cuando sea mayor quiero ser sabia, exploradora, viajera, inteligente, emprendedora, comprometida y solidaria como el profesor Figols, como mi padre.

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Vuelta al cole

Me gusta el primer día de cole. Los nervios de la noche anterior. Las mochilas nuevas preparadas con los libros y cuadernos (¿de verdad hacen falta tantos libros?). Los recuerdos que se superponen de otras vueltas al cole. Qué pequeñas erais y qué mayores os estáis haciendo. Repaso otra vez las mochilas y algunas dudas: ¿Qué tal será la adaptación a Primaria? ¿Encajaréis con los profesores y compañeros nuevos? ¿En 3º hay muchos deberes? ¿Cómo organizaremos las extraescolares? Vosotras también tenéis vuestras dudas: ¿Dónde me sentaré? ¿Quién me toca de profe de comedor? ¿Hoy qué hay para comer? ¿Cuándo estrenaremos la litera y las mesas nuevas para hacer los deberes? ¿Cuándo empiezan los entrenamientos de fútbol? ¿Cuándo podrá venir Lucía a jugar a casa? ¿Cuándo podré ir a dormir otra vez a casa de Alba? ¿Con cuántos años podemos ir solas al cole? ¿Cuando vayamos al instituto tendremos propina? ¿El viernes podemos helado?

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Graduación y verano

Se cierra la puerta del cole y salimos cargadas con las carpetas y las emociones del último día. ¿Ya ha pasado un año? ¿Ya han pasado tres desde que Vega y Luna empezaron el colegio? Ayer por la mañana celebramos la fiesta de graduación de Infantil. Estabais contentas y nerviosas con vuestros birretes de cartulina. Los padres disimulamos la emoción mientras hacemos fotos. Lara, veterana, os cuenta cómo será cuando vayáis al edificio de los mayores. Vosotras habláis de las mochilas y los estuches que estrenaréis en septiembre para Primaria. De superhéroes o de fútbol. Habláis del cole y de las vacaciones. Nos despedimos de los profesores, de los amigos de clase, de las monitoras de comedor, de los otros padres con los que hemos compartido tres años de juegos, cuentos, teatros, reuniones, canciones, fiestas de cumpleaños, horas de patio, tardes de parque…

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Y hoy empieza el verano. Nos queda una montaña de dibujos y libros del cole por recoger. Pronto hay que preparar la mochila de campamentos de Lara. La abuela Pili se va otra vez al Camino de Santiago con sus amigas. A nosotras nos esperan tardes de piscina en julio, y ruta por España en agosto. Días de sol, de hacer planes y de descansar. Mientras seguís creciendo. Y el tiempo vuela. Todos los finales de curso se me encoge un poco el corazón. “Estoy contenta y un poco triste”, resumió Luna el día.

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