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Deseo ser niña

La chica encontró una moneda de 25 pesetas con agujero en el fondo de un cajón. Eran las fiestas del Pilar. Llamó al trabajo para decir que no se encontraba bien y ese día se quedaba en casa. Dijo en casa que tenía mucho trabajo y llegaría tarde. Cogió el autobús 38 y se bajó en la última parada de Miguel Servet. Ni rastro de la noria, los tiovivos, los autos de choque, los ponies, la tómbola, el circo, los elefantes, los puestos de algodón rosa pringoso, las luces, la música. El lugar donde antes se instalaban las ferias era un descampado en el que ahora crecían las zarzas y las cacas de perros. Pero allá al fondo, junto a un árbol seco había una máquina que emitía luces de colores. Se acercó a ver. Aún se leían las letras desgastadas: “Zoltar speaks”. Le sonaba de alguna película. Era una pequeña cabina acristalada con un mago de cartón piedra en su interior. Echó la moneda por la ranura. La figura abrió la boca: “¿Cuál es su deseo?”. “Ser niña”, contestó sin dudar. Y a continuación, tras unos ruidos como de tos ronca, Zoltar escupió una tarjeta: “Deseo concedido”.

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Se marchó rápido de allí, un poco asustada, un poco arrepentida. A cada paso notaba cómo la ropa se le hacía más grande o ella más pequeña. En la marquesina del autobús, miró su reflejo en el cristal. No mediría más de 1.40, como cuando tenía 10 años. Arrastraba los bajos del pantalón y la cazadora le quedaba enorme. “¿Dónde vas sola, niña, te has perdido?”, le preguntó el conductor. “No, no, estoy esperando a alguien”.

Pasaron unos minutos eternos hasta que apareció surcando los cielos. Uno de los leones de bronce del puente de Piedra le guiñó un ojo y ella se subió de un salto a horcajadas. Primero le llevó a un patio de colegio. El partido estaba a punto de empezar, le dio tiempo de ponerse las zapatillas de balonmano, calentar un poco y saltar al campo. Metió dos goles de contrataque y uno desde el extremo. Después comieron en el Burger Rubio’s del paseo de la Independencia, una hamburguesa como las de hace treinta años con patatas fritas y Fanta de Naranja. De postre, un helado de chocolate de los Italianos. Por la tarde sobrevolaron los Pinares de Venecia y se posaron en lo alto del barco Mississippi del Parque de Atracciones. Un empleado simpático le regaló una pulsera y se montó quince veces seguidas en la montaña rusa y una hora en las camas elásticas. Después el león voló hasta la tribuna este de La Romareda. El abuelo Félix le esperaba en su asiento fumando un puro y escuchando un transistor. El Zaragoza de Primera le ganó 3-0 al Madrid.

Cuando ya anochecía, el león le volvió a llevar al final de Miguel Servet. Un hombre trajeado le hablaba a la máquina de Zoltar. Se llamaba Josh, le contó, había venido desde Nueva York. Cuando llegó su turno, la niña metió la tarjeta por la ranura y pidió su deseo al mago. “Hasta el año que viene”. Conforme se alejaba del descampado, notaba como su cuerpo se iba estirando, hasta alcanzar los 1,66 y los 39 años. Guardó el secreto y se subió al autobús 38 de vuelta a casa.

(Este texto se publica en el suplemento especial del Heraldo de Aragón ‘De Zaragoza de toda la vida’, con motivo del Día del Pilar)

 

 

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

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“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Los niños de la ventana

Tian y Mao se conocieron en el almacén de un bar de Temple Bar, aprendiendo inglés con unos cuentos mientras sus padres servían cervezas y arroz y se preguntaban cada día si aquello era mejor que lo que tenían antes a 8.000 kilómetros de allí. Tian y Mao no hacían preguntas. Tenían 6 y 4 años, y aprendían a decir one, two, three, house, blue, red, happy, sad.

El padre de Tian trabajaba antes de limpiador en el aeropuerto de Pekín, el más grande del mundo, presumía ante sus suegros. Pero el sueldo no era el más grande del mundo y pensó que emigrar a Europa podría ser una buena idea. A Tian le fascinaba que su padre le contara historias de aviones. Y se asomaba a la ventana de su pequeño apartamento en Pekín a ver cómo aterrizaban y despegaban. También en Dublín pasaba horas mirando por la ventana y soñando con todos los viajes que hará: Nueva York, Madrid, París, Río de Janeiro… Su madre odiaba los aviones porque no le dejaban dormir, ni en Pekín ni en Dublín ni en ningún sitio.

Los padres de Mao cultivaban arroz en Guilin. Tampoco tenían el mayor sueldo del mundo. Y por eso acabaron en Dublín. Querían ir a Londres, pero tenían un primo en Irlanda que había montado varios restaurantes y les abrió la puerta. A Mao le daban miedo los aviones, los coches, los autobuses, los sitios nuevos, la gente desconocida. Echaba mucho de menos el paisaje verde de los arrozales y la tranquilidad de su pueblo. Se pasaba el día haciendo dibujos y mirando por la ventana esperando a que su padre volviera de trabajar. Soñaba con coger un avión de vuelta a su casa y no salir de allí nunca más.

100.000 aviones surcan los cielos cada día en el mundo. Muchos niños miran por la ventana. Otros mueren ahogados. Tian signfica ‘cielo’. Su último avión aterrizó en la plaza Mozart de Zaragoza. “Un café, un euro”, me sonríe cada mañana la niña de la foto. Ha crecido, aún sueña con volar a Nueva York. Mao, su marido, se refugia en la cocina y aún espera el día que pueda volver a sus arrozales.

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(Foto de Sergio Muro, barrio de Smithfields, Dublín. Sergio nos retó a contar la historia de los chicos de la imagen. Y aquí dejo mi versión)

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Cuatro abrazos y un cuento

Leía esta semana que hay expertos que recomiendan dar (como mínimo) cuatro abrazos al día. Diversos estudios recogidos en un artículo explican que el abrazo es muy beneficioso: genera oxitocina (una hormona que nos hace sentirnos bien), se activan el corazón y el cerebro, sube la autoestima, baja la presión arterial, ayuda a mejorar los trastornos emocionales y nos proporciona una sensacion de paz y equilibrio. Algunos incluso suben a 12 el número de abrazos diarios recomendados.

El mismo día, en una mañana un poco estresada, me llegó al móvil un abrazo con forma de cuento (gracias, Lola). Es “Celebración de la fantasía”, de “El libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano:

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.

Leer o escuchar a Eduardo Galeano produce los mismos efectos que explicaban los expertos del artículo anterior. Así que sugiero que a los cuatro abrazos diarios sumemos un cuento.

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

Nules

(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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La huida de Spiderman

El primer día de fiestas compramos dos globos. A la mañana siguiente, Spiderman se escapó volando por la ventana. El unicornio azul se quedó. Ahora que ya han pasado las fiestas del Pilar, ahora que el otoño ha empezado de verdad en Zaragoza, en este día gris y plomizo, me pregunto qué habrá sido de Spiderman. He mirado las ramas más altas de los árboles de nuestra plaza, por si se quedó enganchado. No parece. Vigilo los tejados que se ven desde nuestra terraza; tampoco. Creo que recordar que el día de la huida soplaba un ligero cierzo. El viento lo llevaría en dirección este, siguiendo el curso del Ebro. Quizá esté cruzando los Monegros, quizá haya llegado ya al mar. O tal vez se rebeló frente a su destino de globo gregario y festivo. Tal vez emigró a Francia, Alemania, Nicaragua, yo qué sé. Igual sonríe desde lo alto de la Estatua de la Libertad. O tal vez decidió volar al sur, a una playa de Cádiz, donde nadie lo busque, donde no lleguen las malas noticias de virus, exabruptos y tarjetas opacas.

Coche policía y globos2

Cuidado, Spiderman, van en tu búsqueda.

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