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Catorce y mil gracias

Escribir es una actividad solitaria y a largo plazo, una carrera de fondo, un camino de dudas, un viaje a lo desconocido, una aventura de final incierto, o sin final. Cuando empecé a imaginar la historia de Karim, soñaba con que algún día pudiera llegar a las páginas de un libro. Cuando la novela fue cobrando forma, cuando Reyes y David de Pregunta la acogieron con tanto cariño, empecé a imaginar cómo podría ser su presentación.

A Karim le hubiera gustado la presentación en la terraza del parque Tío Jorge. Es el parque en el que pasa tantas horas hablando con Ana, jugando a fútbol con sus amigos. Es el parque de mi infancia, al lado de casa de mis padres, donde aprendí a montar en bici, donde íbamos a por hojas de morera para los gusanos de seda; donde íbamos a comer bocadillos de longaniza para la Cincomarzada, primero con mis padres y luego con las amigas del instituto; donde hemos ido tantas tardes a la salida de la guardería con las chicas; donde hemos vuelto esta primavera tras el confinamiento. El parque del Tío Jorge es un lugar muy especial en mi biografía. Y en la de Karim. Pensamos que sería un buen sitio para la presentación.

Los días previos reconozco que los viví con nervios. ¿Y si viene poca gente? ¿Y si viene mucha? ¿Y si no sé qué decir en público? Habrá que colocar un equipo de sonido. ¿De dónde saco unos micrófonos? Gracias, Rafa, por tu ayuda. ¿Y si se prolonga el estado de alarma por el coronavirus? ¿Cómo serán las normas de la nueva normalidad? ¿Qué pasará con los actos culturales? ¿Cómo colocaremos las sillas? Gracias, Lorena, por tu calma y tu disponibilidad. ¿Cómo se organiza la venta de libros ese día? Gracias, Chabi, por venir a apoyarnos desde la Pantera Rossa.

Lo que no habíamos previsto era el diluvio universal. La primera gran tormenta del verano en Zaragoza llegó justo el día y a la hora de la presentación de ‘Catorce’. Las nubes negras, luego negrísimas, fueron cubriendo el parque del Tío Jorge. Lorena decidió cambiar la ubicación prevista de las mesas y las sillas: parte a cubierto y parte bajo los toldos. Las primeras gotas empezaron a caer antes de que nos sentáramos. Las gotas fueron convirtiéndose en diluvio y luego en granizo. Los toldos, como había avisado Lorena, no protegen del todo cuando la lluvia arrecia. Parte del público acabasteis chipiados como si os hubierais tirado de cabeza a una piscina. Todos nos juntamos más, y desde la mesa notaba el cariño y la emoción tras las mascarillas. La lluvia nos trajo magia y más risas. Convirtió esa tarde en un recuerdo inolvidable.

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Gracias a todos los que vinisteis a acompañarme, y a los que me habéis mandado vuestro cariño estos días. Gracias a la familia, en la Pedrada nos encanta juntarnos para celebrar todo y estos meses de confinamiento hemos tenido que aplazar muchos encuentros. Gracias a los amigos del cole, del instituto, del equipo de fútbol de las chicas, los jabatos, los amigos periodistas, los compañeros de de trabajo, los lectores que me acompañan desde mis golondrinas, los que no conocía en persona y vinisteis a saludar y buscar mi libro. Gracias a Manuel Minaya por las fotos durante la presentación. Gracias a Lorena, de El Jardín de Jorge, por prestarnos el espacio. Gracias a Rafael Tejedor, de la asociación de vecinos del Arrabal por ayudarnos con la organización. Gracias a Nacho por tus palabras tan bonitas que me dejaron sin palabras. Gracias a Reyes y David por apostar por mi libro. Gracias a la lluvia por las risas. Gracias a todos.

Ahora el libro vuela solo. Ya ha viajado a Logroño, Pamplona y Santander, en las maletas de mis familiares, y a la playa de la mano de unos amigos. Está llegando a librerías de Zaragoza y otras localidades. Tiene algunas citas en la agenda. Ojalá llegue a muchos lectores sensibles, a clubs de lectura, a chavales de instituto, a personas que se puedan sentir un poco identificadas con alguna frase…

A partir de ahora, seguiré colgando historias y reseñas en un nuevo blog: Catorce, el blog de la novela.

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Catorce

Catorce son los kilómetros que separan África y Europa; catorce kilómetros de agua que dividen radicalmente dos mundos, que distribuyen los sueños y oportunidades de quienes han nacido a uno u otro lado. Catorce son los años que tiene Karim, un adolescente marroquí que deja su casa en el Rif y cruza el Estrecho en una patera, en busca de una vida mejor. El destino le lleva a Zaragoza, donde vive en un piso tutelado, va al instituto, hace amigos, juega al fútbol. Parece que el futuro le sonríe, hasta que un día desaparece sin dejar rastro.

‘Catorce’ es mi segunda novela, de la mano de la editorial Pregunta Ediciones. Ve la luz en junio de 2020, cuando estamos saliendo de meses de confinamiento por el coronavirus y aún vivimos en la incertidumbre, entre la vieja y la nueva normalidad, haciéndonos preguntas que no siempre tienen respuesta. El protagonista de ‘Catorce’ también vive entre dos mundos, entre su casa en Marruecos y su lugar de acogida en Zaragoza, entre el pasado y el futuro, entre los sueños y la realidad.

Siguiendo los pasos de Karim, en una novela coral, quiero acercarme a la situación de los menores extranjeros no acompañados. Admiro desde siempre la valentía de los migrantes (de todas las edades, de todas las procedencias) que se atreven a emprender un viaje a lo desconocido para mejorar su vida, dejando atrás familia, raíces, seguridades… Por mi trabajo de muchos años en el Heraldo de Aragón, he escuchado a muchos de ellos contarme sus dudas, sus miedos y sus sueños. Parte de esas historias están en ‘Catorce’.

Parte de mí también está en este proyecto que me ha acompañado en secreto los últimos años. No sé cuándo empecé realmente a escribirlo. La escritura no tiene realmente un punto de inicio y un punto final. Es una suma de historias, viajes, lecturas, apuntes… En algún momento las piezas empiezan a encajar, van tomando forma en un documento word y acaban en las páginas de un libro. Como este tan bonito. Gracias a la portada de Óscar Sanmartín. Y a Reyes y David, de Pregunta Ediciones, por apostar por él.

Portada Catorce

Este jueves 25 de junio lo presentamos en público en la terraza del parque Tío Jorge (19.30). Después ya volará solo.

El libro está a la venta en librerías aragonesas y de otros puntos de España. También se puede encargar a través de la propia página de la editorial. Aquí, el listado de librerías, que iremos actualizando.

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El día que cenamos con Ernesto Cardenal en Solentiname

Allá a lo lejos por el camino vimos acercarse despacio a un hombre mayor, ya encorvado y arrugadito, con guayabera blanca, sonrisa y boina al estilo del Che. Era una tarde calurosa y plomiza en la isla de Mancarrón, en Solentiname, un pequeño paraíso en mitad del Gran Lago de Nicaragua. Mari Carmen y yo guardamos las cámaras, como nos habían dicho, y fuimos nerviosas de invitadas a la cena con Ernesto Cardenal y sus amigos.

No recuerdo bien de qué hablamos en aquella cena ni qué comimos. Gallopinto, yuca, algún pescado, chancho, frescos de mango o de pitahaya, tal vez. Puede ser que habláramos de política, de literatura, de periodismo o de religión. Las jóvenes periodistas veinteañeras estábamos emocionadas por compartir mesa con él, un símbolo de Nicaragua y de la lucha universal contra las injusticias. Ernesto Cardenal, el poeta y sacerdote que luchó contra Somoza,  que fue ministro de Cultura sandinista, que se enfrentó después a Daniel Ortega, que fue una figura clave de la Teología de la Liberación,  al que amonestó en público Juan Pablo II al aterrizar en el aeropuerto de Managua en 1983 (y al que levantó el castigo el papa Francisco el año pasado), que fundó una comunidad de pintores primitivistas en Solentiname, que siguió escribiendo y denunciando las injusticias hasta sus últimos días.

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Mari Carmen me manda una noticia con su muerte. Y las dos volvemos a Solentiname, en 2003, a aquellas fotos y aquella entrevista que no hicimos. Hay personas y lugares y viajes que dejan una huella profunda.  Como Solentiname. Tengo un tucán de madera de colores –que compramos a uno de los artistas de la isla- en la estantería donde guardo mis libros nicas: Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Omar Cabezas… Hay uno especial, con las hojas sueltas y las esquinas dobladas: “Aquellos años de Solentiname”, una recopilación de textos de distintos autores. Hay un cuento de Cortázar, “Apocalipsis en Solentiname”, en el que narra un viaje al archipiélago acompañado de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

“Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo” .

(“Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar)

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Iglesia de Mancarrón, Solentiname, que levantó Ernesto Cardenal.

Ernesto Cardenal nació en Granada, en 1925, y falleció el 1 de marzo en Managua. Tras el funeral en la catedral de Managua, está prevista una misa de despedida en su iglesia de la isla de Mancarrón. Sus cenizas descansarán en Solentiname.

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Cuentos esféricos

Somos una familia pegada a una pelota. Si repaso el álbum familiar, en muchas fotos sale una pelota, en primer plano o rodando fuera de cámara. Recuerdo a Lara con un año corriendo tras una por las playas de Cádiz. Recuerdo, antes, partidos de fútbol con amigos en una playa de Calafell. Hemos jugado grandes partidos familiares en parques y playas. Hace tiempo que las chicas nos ganan a los padres. Chema sigue jugando con los Old Blacks, probablemente el equipo con la media de edad más alta de su categoría. Yo a veces echo de menos a las Apañadicas, aquel equipo de amigas que montamos hace unos cuantos años. A mí siempre se me dio mejor correr que chutar, pero qué bien lo pasábamos.

(Chema, Lara, Vega y Luna, hace unos años, en un partido de los Old Blacks)

Ahora disfrutamos con los partidos de Vega y Luna con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino). Vibramos y soñamos este año con la selección aragonesa sub12 en Valencia. El fútbol nos acompaña a todas partes. Animamos a la selección española femenina sub20 el pasado verano en la Bretaña. Ya somos para siempre fans de Aitana Bonmatí, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Eva Navarro, Maite Oroz, etc. Y ahora seguimos a la absoluta por la tele en el Mundial de Francia. Somos fieles al Real Zaragoza en la Romareda. Nuestras chicas tienen todos los libros de ‘Los Futbolísimos’. Y esta temporada no nos perdíamos un día de ‘Futboleras’, el primer programa en la  televisión española dedicado al fútbol femenino.

El fútbol y la literatura casan muy bien. Este miércoles presenta Chema su libro de relatos ‘Cuentos esféricos’ (Pregunta Ediciones). Y la pelota también rueda por sus páginas. Son siete cuentos, “siete pedazos de vida”, en los que habla de sueños, del olvido, del dolor, de la lealtad, del amor, del compromiso, de la dignidad. Y siempre con el fútbol como telón de fondo y, en uno, el boxeo. En su primer libro (‘Goles al margen‘, Anorak Ediciones) también el fútbol era protagonista, pero desde otro ángulo. Aquel eran 45 biografías de futbolistas y entrenadores, algunos conocidos y otros personajes casi olvidados. Ahora se lanza a la ficción, con unos relatos agridulces que saben a verdad, a fútbol de barrio y barro en las botas.

Los cuentos esféricos de Chema nos llevan a Rota, a Buenos Aires, a Asturias, al País Vasco, a Livorno (la ciudad más roja de Italia), a Toulouse, al extrarradio de Madrid. Chema rinde homenaje a sus referentes. Algunos personajes de estos relatos podrían salir en una película de Campanella o una novela de Aramburu. Incluso Cruyff asoma por sus páginas.

Dicen que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. El fútbol, la literatura y las historias son un pasaporte para seguir soñando.

PD1 La presentación será este miércoles a las 20.00 en el centro cultural de Las Armas. Poco antes juega España contra Alemania el segundo partido del Mundial de Fútbol Femenino.

PD2 Lara, nuestra bailarina, la menos futbolera de la familia, cumple hoy 13 años. Ella, ellas, son la vida, la felicidad. Que la pelota siga rodando.

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La chica del árbol

Vuelvo a ver, tres años después, la foto que me hizo una mañana de primavera Daniel Mordzinski. Y me gusta aún más. Me reconozco en esa chica que se sube a los árboles y mira a las nubes; que lleva una libretita en el bolso para atrapar las palabras antes de que se las lleve el viento; que observa discreta desde un lado, tímida pero decidida.

Mordzinski 2015

Vuelvo a ver esa foto en la exposición ‘Objetivo Mordzinski. Un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana’ (hasta el 10 de marzo en el museo Pablo Serrano de Zaragoza). Es un honor estar ahí, entre tantas personas que escriben tan bien y a las que admiro. Mi foto ocupa un hueco discreto junto a las de Antón Castro, Ignacio Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Félix Romeo, Sergio del Molino… Me siento pequeñita y subo a ese árbol de la arboleda de Macanaz a refugiarme.

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¿Cuál es tu foto preferida de la exposición?, me pregunta Antón Castro. No sé elegir una. Podría decir la de Gabriel García Márquez sentado en la cama de su habitación en Cartagena de Indias; la de Gioconda Belli jugando a fútbol. O muchas otras de la muestra. Daniel Mordzinski -fotógrafo argentino que vive entre Madrid, París y los libros – lleva cuarenta años fotografiando a escritores por el mundo. Tiene una mirada única: sus fotos son divertidas, sorprendentes, cariñosas. Me gustan sus imágenes y sus palabras.

“La primera vez que vi la fotografía que Philippe Halsman le tomó en 1966 a Nabokov cazando mariposas sentí un vértigo en el estómago. Ese es el momento en el que te das cuenta de que hay cosas que distinguen el arte del resto de tentativas. Hay quien lo llama magia, suerte, fortuna, inspiración; yo diría que es una suma de todo eso y de algo básico: la capacidad de trabajo sumada a mucha improvisación. Me gusta la idea del coleccionista de lepidópteros porque acerca mi trabajo a una consideración de entomólogo: perseguir, observar, atrapar sin dañar y conservar para la posteridad a esas personas frágiles y vulnerables que son los escritores”.

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Historias de invierno

“La muerte de Lamperna nos cogió a todos desprevenidos, no porque no tuviera Lamperna edad para morirse sino porque, por entonces, su presencia formaba parte de las cosas que a nosotros nos parecían inmutables: el río, la dehesa, el invierno, la cueva del Moro, las rosquillas de la madre, el espantapájaros del huerto de Bernardo, la casa encantada… Y las historias que nos contaba Lamperna. Su perfil de águila, arrugado y huesudo, bien tieso y relimpio en el poyo de su casa, sentado al sol como todos los viejos, con la cabeza del Tobo apoyada en las rodillas”.

portada invierno

Mi tía Cruci me regaló este libro por mi cumpleaños: ‘Invierno’, de Elvira Valgañón, editorial Pepitas de calabaza. Tenía otros en la mesilla y poco tiempo para leer. Pero en estos días de frío, nieve y mantita en el sofá, le ha llegado su momento. Qué maravilla.

‘Invierno’ es una suma de historias que se entrelazan en el pueblo imaginario de Cerveda (que podría ser cualquiera). Nos cuenta, entre otras, la historia de un desertor; la de un profesor que llega con su hija al pueblo y guarda un gran secreto; la del indiano que regresa a casa; la historia de amor de unos niños. Saboreo las palabras y releo las frases subrayadas. Es una escritura aparentemente sencilla que sugiere mucho. Su lectura me llevaba a otros libros y películas que me han emocionado: ‘La lluvia amarilla’, ‘La reina de las nieves’, ‘Los girasoles ciegos’, ‘Cinema Paradiso’… Es un libro para cobijarse. Es un libro que se siente: la escarcha, el olor de la tierra mojada, el frío, el calor del brasero, el miedo y la esperanza también.

Me emociona especialmente la mirada del espantapájaros, como ya quedan pocos, testigos del paso del tiempo y guardianes de las historias de nuestros pueblos:

“Lo que recuerda empieza una mañana de verano. La luz del sol, brillante y cegadora, las manos ásperas del hombre que le puso un sombrero y lo vistió con una chaqueta vieja, que se alejó un poco para mirarlo y dijo algo que no comprendió. Arboles y surcos de tierra oscura. Al principio pensó que también a él le brotarían de los brazos frutos redondos y brillantes. Ahora sabe que los árboles son árboles y los tomates, tomates y que la huerta que habita solo es una parte del mundo”.

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Margarita, está linda la ciudad

Nunca se acostumbrará al viento de esta ciudad, piensa mientras se encoge bajo la chaqueta y a lo lejos se acerca puntual el autobús 58. Entra a trabajar a las 8 pero a la señora de la casa le gusta que llegue diez o quince minutos antes. Desayuna un cafecito nomás de pie en su cocina minúscula, se arregla un poco el pelo crespo y sale corriendo de casa antes de las 7. Después de unos meses, ya se ha hecho a la rutina, a los horarios, a las calles. Se ha aprendido el camino desde su casa, una callejuela del barrio de San Pablo, hasta la plaza de España. Allí coge el tranvía, es como un tren rápido y silencioso que atraviesa la ciudad, le contaba a su madre los primeros días por teléfono. Se baja en Vía Ibérica y camina unos metros hasta la parada del 58. Un día se durmió y el tranvía le llevó a Valdespartera, que es un barrio nuevo, todo de casas altas, todas las calles iguales, y no sabía volver, mamá, me entró un poco de angustia. Pero encontró el camino de vuelta, siempre ha sido una luchadora que encuentra los caminos. Llegó quince minutos tarde al trabajo. No volverá a pasar, le prometió a la señora. Desde ese día cuenta mentalmente las paradas y no se permite cerrar los ojos. Plaza Aragón, Gran Vía, Fernando el Católico, Plaza de San Francisco, Emperador Carlos V, Romareda y, siete, Casablanca. Después se sube al 58, que le lleva por el barrio de Casablanca y el Canal. Ella se recuesta en el asiento detrás del conductor y pega la cabeza a la ventanilla hasta la última parada.

FOTO TRANVÍA

El primer día apenas se fijó en ella, una chica joven, morena, probablemente de origen latino, como otras mujeres que suben al bus y van a trabajar a las casas de las urbanizaciones. La suya es una línea tranquila: la 58 (Tranvía-Fuente de la Junquera), circular, corta, una de las nuevas creadas para dar servicio al eje del tranvía y las zonas residenciales de las afueras. Es una zona de poco tráfico, qué diferente de las líneas urbanas que se meten por los barrios y tienen que soportar coches mal aparcados, atascos y retrasos. La 58 no suele llevar muchos viajeros. Algunos que van al Stadium Casablanca, a los colegios cercanos o a las casas del Camino Fuente de la Junquera. Perdone, ¿cuánto falta para la urbanización Fuente de la Junquera?, le preguntó ella. Llevaba una dirección apuntada en un papelito. Tenía una voz suave, dulce y unos ojos muy grandes. Es la ultima parada, le indicó, y ella agradeció las indicaciones. No han vuelto a intercambiar palabra desde aquel día. Ella no ha faltado ninguno, salvo uno, tal vez estaba enferma. Saluda siempre con un buenos días bajito, deja una estela de rosas a su paso y se sienta en el mismo asiento, justo detrás del suyo. Él la mira disimuladamente por el retrovisor…

(El relato continúa en la revista digital Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores. Me pidieron una colaboración, y salió un cuento que mezcla paisajes zaragozanos y nicaragüenses. Buen viaje y buena lectura. Se puede leer aquí)

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Construyendo casas en los árboles

Siempre me ha gustado subirme a los árboles. Tocar el tronco, agarrarme a las ramas para tomar impulso, escalar, sentir un poco el riesgo, encontrar mi acomodo allá arriba entre las hojas, disfrutar de un momento de soledad, mirar el mundo desde otra perspectiva. De niña me gustaba leer historias de niños que se saltaban las normas y vivían mil aventuras. De mayor, también.

Por eso me ha gustado tanto ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez. Este libro me ha acompañado este verano, desde Cervera hasta París y vuelta a Zaragoza. Es la historia de una madre y sus tres hijos, que tras la muerte de su marido decide dejar Madrid y mudarse a una casa rural en Inglaterra, junto al río Humble. Sus tres hijos, Michael, Richard y María, son tres niños geniales que hacen muchas preguntas y detestan el colegio. No les gusta colorear y los deberes les parecen aburridos. Disfrutan con su nueva vida: preparan representaciones teatrales en el jardín, navegan por el río, diseccionan animalillos, ven películas, hacen experimentos y travesuras, juegan, son felices. La madre decide construir una casa en el árbol para ellos, y para los lectores.

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El libro es una reflexión sobre la educación, la infancia, la libertad. Lo tengo lleno de frases subrayadas. Algunas se las he leído a mis tres hijas, a las que veo también subidas a un árbol haciendo preguntas o manchadas de barro en la orilla del Humble.

“Quiero ser grulla, benditas grullas maravillosas, que vuelan desde África entendiendo las reglas aerodinámicas y sociales de su formación en uve. O salmón. El salmón entra en la embocadura del río, apoyado por el grupo, sin dudas o inseguridades, sin rehusar o achantarse frente a los rápidos de piedra contra los que se dejará la vida o las escamas. Y eso es vivir. Vivir es morir y morir es vivir. Los adultos nos metemos en la vida despacio, como cobardes perezosos que entran con frío en la piscina, desconfiados, criticando la temperatura del agua. Los niños no hacen eso. Los niños se lanzan sin más porque ellos saben lo que hacen, como las grullas, como los salmones, como los pájaros carpinteros, como las gacelas. Nosotros lo hemos olvidado. Hemos olvidado que hay que saltar, tirarse, volar, picar en el árbol con convicción instintiva.

Siento que he llegado a la edad irracional. La edad de la fe en mí misma. Estoy en un lugar sin dudas ni miedo. Un río donde mandan la práctica y la poética. Calla el lenguaje, hablan los ritmos. Miro hacia arriba y veo dos enormes maderos cruzados sobre un roble centenario. Son el comienzo de una casa en un árbol. Me digo, “esto lo puso ahí el instinto, como el salto de la gacela, que no sabe por qué salta, como el canto de la tórtola, que no sabe por qué dice cucú, como el juego de un niño, que no sabe por qué juega, pero juega porque le hace feliz”. Heredamos de nuestros padres todo, todo lo inmaterial. Todo. Incluso el futuro”.

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Huida con Gloria Fuertes

Soñé que me fugaba el Día de la Madre. Dejaba a las hijas en una sesión de cine que organizaba el cole en el Centro de Historias de Zaragoza, y me escapaba. Me salía de los grupos de whatsapp y apagaba el móvil. Borraba de mi agenda de madre las próximas citas: partidos de fútbol, campeonatos de atletismo, torneos de ajedrez, cumpleaños, exhibiciones de danza, médicos, reuniones en el cole, tutorías, compras de ropas para el verano, organización de campamentos y recados mil. Con todo el tiempo del mundo por delante sentía la emoción previa a un gran viaje. Podía coger una bici y pedalear sin fin. Escalar las montañas más altas y más bellas. Ir a la estación y escoger un tren al azar: Barcelona, París, Sevilla. O, por qué no, subirme a un vuelo que cruce océanos.

Gloria Fuertes moto

Hacía una mañana primaveral maravillosa. Vi pasar a Gloria Fuertes montada en moto por la plaza de la Magdalena. Me subí con ella a su Vespa y me llevó por los barrios de Madrid, a Pennsylvania y a la Luna. Vimos dragones, mendigos, poetas, un camello cojito y una tortuga presumida. Acabamos en la terraza del Simón, a un paso del Centro de Historias, ella con un whisky con leche y yo con un café y croasán de chocolate. Me regaló unos versos:

La poesía no debe de ser un arma,
debe de ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.

(“Poética”, de “El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida”, edición de Jorge de Cascante. Blackie Books)

Y a la una, puntual, llegué a recoger a las chicas a la salida del cine.

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Volando con Amelia Earhart

Iba una mañana de compras navideñas y me encontré con Amelia Earhart. La intrépida aviadora me miraba desde la portada de un libro (“Amelia Earhart. Por el placer de hacerlo. Notas sobre mis vuelos y las mujeres en la aviación”. Macadán Libros). Yo no tengo ni idea de mecánica ni de aviones, pero me fascinan las historias. Así que me fui con ella.

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Amelia Earhart (Kansas, 1897 – Algún lugar del Pacífico sur, 1937) fue una de las pioneras de la aviación en el mundo. Fue la primera mujer en cruzar el océano Atlántico en solitario (en 1932). Batió numerosos récords y fue aclamada mundialmente. Su sonrisa ocupaba portadas, mientras ella seguía soñando con nuevos viajes. En 1937 planeó la que iba a ser la primera vuelta al mundo en avión siguiendo la línea del Ecuador, acompañada por dos técnicos. Partió de California el 17 de marzo de 1937 rumbo al este. Pasó por Miami, Sudamérica, Pakistán, India, Birmania, Singapur, Indonesia, Australia, Papúa Nueva Guinea. El último contacto por radio con ella fue el 2 de julio cerca de las islas Nukumanu. Le quedaba poco combustible. Roosevelt mandó nueve barcos y 66 aviones a buscarla, pero no dieron con ella.

La imagino sobrevolando Zaragoza por encima de la niebla. Yo subiría a la punta de la torre del Pilar para que me viera. Y le pediría que me llevara con ella a París, a California, a Nueva York, a Nueva Zelanda. Que sobrevoláramos el Himalaya y paráramos a darnos un baño en una playa del Pacífico. Le pediría que me desvelara su misterio. ¿Qué pasó aquel 2 de julio de 1937? ¿Qué le ocurrió a su avión? ¿Sobrevivió al accidente?

Me la imagino sentada tranquilamente junto a la ventana en una residencia de mayores de Virginia, o cuidando su jardín en Kansas. Yo aún no he terminado mis compras navideñas. Me agobio con la niebla y el frío. A veces, como dice Luna, me gustaría tener el superpoder de volar.

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Un café en la plaza

A veces el mejor regalo es el que no esperas. Una mañana soleada después de varios días de lluvia. Viene Ana de visita con la excusa del cumpleaños. Vamos a la plaza. Bajamos las escaleras del tiempo que llevan al museo de la Torre Nueva. El reloj parece más grande colgado en la pared de piedra. Casi podemos oír las campanadas para advertir a la población de que venían las tropas francesas. Volvemos a esta bonita mañana otoñal de 2016. Pisamos la alfombra de hojas mojadas de la plaza secándose al sol. Le tocamos la cabeza al chico de bronce. Le pedimos a un turista que nos haga fotos con la estatua.

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Plaza de San Felipe, una bonita mañana de noviembre de 2016

Nos tomamos un café en Doña Hipólita, donde tantos años estuvo el local cerrado de paños Sesma acumulando polvo y abandono. Cuando venía cada día a ver esta plaza y soñaba con escribir algún día una novela que no sabía que sería un refugio para las golondrinas. Ahora es una de esas cafeterías modernas con aire antiguo, con muebles restaurados y grandes ventanales. Me gusta volver de vez en cuando y ver que la plaza sigue viva. El café de Doña Hipólita nos sabe a hogar, a viajes, a familia, a historias. La estudiante de periodismo Ana que venia de Barcelona a ver a su ahijada recién nacida. Y que sigue volviendo ahora que han pasado 39 años. La tienda de los abuelos en Cervera. El taller de confección de las tías. El olor de la compota en Navidad. La Tía Fina y sus locuras. El baúl de la Alejandra y sus viajes a Argentina… Miramos el reloj, se nos ha pasado la mañana volando. Quedamos para el próximo café en Logroño. Nos despedimos de la plaza. Veo que el quiosco de prensa de la esquina -bajo la casa de Rafael, María y todo ellos- ha vuelto a colgar el cartel de “Se traspasa”. Y yo sigo soñando con otras novelas.

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Plaza de San Felipe, 1889. Foto de J. Lévy et Cie 

PD Gracias a Ángel, Javier, Carmen y todos los amigos que seguís mandándome fotos de esta plaza tan especial.

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Gioconda Belli en el instituto

Me llamaron de la asociación Hermanamiento León-Zaragoza y me preguntaron si podía ir a un instituto a dar una charla sobre literatura nicaragüense. Primero me entró un poco de vértigo: hablarles durante una hora a una veintena de chavales de la ESO y mantener su atención en la literatura nicaragüense no me parecía fácil. Además, yo no soy ninguna experta en la materia.

Después cogí uno de mis libros de Gioconda Belli de la estantería y volví a releer sus poemas. “¿Qué sos, Nicaragua? ¿Qué sos, sino un triangulito de tierra perdido en la mitad del mundo?”. Sos aquella joven idealista que creo que aún soy. Sos Mario, Danelia, Olga, Luna… y tanta gente que he conocido gracias a Nicaragua y me ha dejado su huella para siempre. Sos Mari Carmen, las dos compartiendo viaje, risas, confidencias (volveremos). Sos volcanes, calor, islas, revoluciones, banderas rojinegras, frijoles, tortillas, autobuses destartalados, abrazos. Sos “la ternura de los pueblos”.

Agarré mi idealismo y algunos poemas, y fui ayer al instituto Medina Albaida de Zaragoza. Les hablé un poco del país y su revolución sandinista, de Rubén Darío, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, los Mejía Godoy, y, claro, de Gioconda Belli. Y yo me la imaginaba a ella con su melena leonada y sus mil batallas, sentada en la última fila de clase, detrás de aquel muchacho con aire despistado, y sonriendo ella ante mi ingenuidad y mi torpeza. Le diría que hace casi 20 años que sus poemas me acompañan. Gracias.

“A veces pienso que soy una arquitecta del tiempo
siento que voy dibujando planos con pasados,
presentes y futuros,
urdiendo una delicada caja de palitos de fósforos
donde vivo
-incomprensiblemente sin pensar en tormentas-
Aunque a ratos me asaltan las dudas, brinco como
caballo de carreras
sobre su bien construidas estructuras y sigo, sigo
hacia ese final donde
me espera el bosque verde, la iluminación y el sueño
callado donde nada
me acompañará sino la tierra con su murmullo de
vientre.”

(“Avanzando”, Gioconda Belli)

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En Nicaragua, con Flor Danelia. Una de mis fotos preferidas, gracias a Mari Carmen, mi gran fotógrafa, amiga y compañera de viajes.

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