Archivo de la categoría: literatura

La chica del árbol

Vuelvo a ver, tres años después, la foto que me hizo una mañana de primavera Daniel Mordzinski. Y me gusta aún más. Me reconozco en esa chica que se sube a los árboles y mira a las nubes; que lleva una libretita en el bolso para atrapar las palabras antes de que se las lleve el viento; que observa discreta desde un lado, tímida pero decidida.

Mordzinski 2015

Vuelvo a ver esa foto en la exposición ‘Objetivo Mordzinski. Un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana’ (hasta el 10 de marzo en el museo Pablo Serrano de Zaragoza). Es un honor estar ahí, entre tantas personas que escriben tan bien y a las que admiro. Mi foto ocupa un hueco discreto junto a las de Antón Castro, Ignacio Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Félix Romeo, Sergio del Molino… Me siento pequeñita y subo a ese árbol de la arboleda de Macanaz a refugiarme.

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¿Cuál es tu foto preferida de la exposición?, me pregunta Antón Castro. No sé elegir una. Podría decir la de Gabriel García Márquez sentado en la cama de su habitación en Cartagena de Indias; la de Gioconda Belli jugando a fútbol. O muchas otras de la muestra. Daniel Mordzinski -fotógrafo argentino que vive entre Madrid, París y los libros – lleva cuarenta años fotografiando a escritores por el mundo. Tiene una mirada única: sus fotos son divertidas, sorprendentes, cariñosas. Me gustan sus imágenes y sus palabras.

“La primera vez que vi la fotografía que Philippe Halsman le tomó en 1966 a Nabokov cazando mariposas sentí un vértigo en el estómago. Ese es el momento en el que te das cuenta de que hay cosas que distinguen el arte del resto de tentativas. Hay quien lo llama magia, suerte, fortuna, inspiración; yo diría que es una suma de todo eso y de algo básico: la capacidad de trabajo sumada a mucha improvisación. Me gusta la idea del coleccionista de lepidópteros porque acerca mi trabajo a una consideración de entomólogo: perseguir, observar, atrapar sin dañar y conservar para la posteridad a esas personas frágiles y vulnerables que son los escritores”.

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Historias de invierno

“La muerte de Lamperna nos cogió a todos desprevenidos, no porque no tuviera Lamperna edad para morirse sino porque, por entonces, su presencia formaba parte de las cosas que a nosotros nos parecían inmutables: el río, la dehesa, el invierno, la cueva del Moro, las rosquillas de la madre, el espantapájaros del huerto de Bernardo, la casa encantada… Y las historias que nos contaba Lamperna. Su perfil de águila, arrugado y huesudo, bien tieso y relimpio en el poyo de su casa, sentado al sol como todos los viejos, con la cabeza del Tobo apoyada en las rodillas”.

portada invierno

Mi tía Cruci me regaló este libro por mi cumpleaños: ‘Invierno’, de Elvira Valgañón, editorial Pepitas de calabaza. Tenía otros en la mesilla y poco tiempo para leer. Pero en estos días de frío, nieve y mantita en el sofá, le ha llegado su momento. Qué maravilla.

‘Invierno’ es una suma de historias que se entrelazan en el pueblo imaginario de Cerveda (que podría ser cualquiera). Nos cuenta, entre otras, la historia de un desertor; la de un profesor que llega con su hija al pueblo y guarda un gran secreto; la del indiano que regresa a casa; la historia de amor de unos niños. Saboreo las palabras y releo las frases subrayadas. Es una escritura aparentemente sencilla que sugiere mucho. Su lectura me llevaba a otros libros y películas que me han emocionado: ‘La lluvia amarilla’, ‘La reina de las nieves’, ‘Los girasoles ciegos’, ‘Cinema Paradiso’… Es un libro para cobijarse. Es un libro que se siente: la escarcha, el olor de la tierra mojada, el frío, el calor del brasero, el miedo y la esperanza también.

Me emociona especialmente la mirada del espantapájaros, como ya quedan pocos, testigos del paso del tiempo y guardianes de las historias de nuestros pueblos:

“Lo que recuerda empieza una mañana de verano. La luz del sol, brillante y cegadora, las manos ásperas del hombre que le puso un sombrero y lo vistió con una chaqueta vieja, que se alejó un poco para mirarlo y dijo algo que no comprendió. Arboles y surcos de tierra oscura. Al principio pensó que también a él le brotarían de los brazos frutos redondos y brillantes. Ahora sabe que los árboles son árboles y los tomates, tomates y que la huerta que habita solo es una parte del mundo”.

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Margarita, está linda la ciudad

Nunca se acostumbrará al viento de esta ciudad, piensa mientras se encoge bajo la chaqueta y a lo lejos se acerca puntual el autobús 58. Entra a trabajar a las 8 pero a la señora de la casa le gusta que llegue diez o quince minutos antes. Desayuna un cafecito nomás de pie en su cocina minúscula, se arregla un poco el pelo crespo y sale corriendo de casa antes de las 7. Después de unos meses, ya se ha hecho a la rutina, a los horarios, a las calles. Se ha aprendido el camino desde su casa, una callejuela del barrio de San Pablo, hasta la plaza de España. Allí coge el tranvía, es como un tren rápido y silencioso que atraviesa la ciudad, le contaba a su madre los primeros días por teléfono. Se baja en Vía Ibérica y camina unos metros hasta la parada del 58. Un día se durmió y el tranvía le llevó a Valdespartera, que es un barrio nuevo, todo de casas altas, todas las calles iguales, y no sabía volver, mamá, me entró un poco de angustia. Pero encontró el camino de vuelta, siempre ha sido una luchadora que encuentra los caminos. Llegó quince minutos tarde al trabajo. No volverá a pasar, le prometió a la señora. Desde ese día cuenta mentalmente las paradas y no se permite cerrar los ojos. Plaza Aragón, Gran Vía, Fernando el Católico, Plaza de San Francisco, Emperador Carlos V, Romareda y, siete, Casablanca. Después se sube al 58, que le lleva por el barrio de Casablanca y el Canal. Ella se recuesta en el asiento detrás del conductor y pega la cabeza a la ventanilla hasta la última parada.

FOTO TRANVÍA

El primer día apenas se fijó en ella, una chica joven, morena, probablemente de origen latino, como otras mujeres que suben al bus y van a trabajar a las casas de las urbanizaciones. La suya es una línea tranquila: la 58 (Tranvía-Fuente de la Junquera), circular, corta, una de las nuevas creadas para dar servicio al eje del tranvía y las zonas residenciales de las afueras. Es una zona de poco tráfico, qué diferente de las líneas urbanas que se meten por los barrios y tienen que soportar coches mal aparcados, atascos y retrasos. La 58 no suele llevar muchos viajeros. Algunos que van al Stadium Casablanca, a los colegios cercanos o a las casas del Camino Fuente de la Junquera. Perdone, ¿cuánto falta para la urbanización Fuente de la Junquera?, le preguntó ella. Llevaba una dirección apuntada en un papelito. Tenía una voz suave, dulce y unos ojos muy grandes. Es la ultima parada, le indicó, y ella agradeció las indicaciones. No han vuelto a intercambiar palabra desde aquel día. Ella no ha faltado ninguno, salvo uno, tal vez estaba enferma. Saluda siempre con un buenos días bajito, deja una estela de rosas a su paso y se sienta en el mismo asiento, justo detrás del suyo. Él la mira disimuladamente por el retrovisor…

(El relato continúa en la revista digital Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores. Me pidieron una colaboración, y salió un cuento que mezcla paisajes zaragozanos y nicaragüenses. Buen viaje y buena lectura. Se puede leer aquí)

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Construyendo casas en los árboles

Siempre me ha gustado subirme a los árboles. Tocar el tronco, agarrarme a las ramas para tomar impulso, escalar, sentir un poco el riesgo, encontrar mi acomodo allá arriba entre las hojas, disfrutar de un momento de soledad, mirar el mundo desde otra perspectiva. De niña me gustaba leer historias de niños que se saltaban las normas y vivían mil aventuras. De mayor, también.

Por eso me ha gustado tanto ‘Nuestra casa en el árbol’, de Lea Vélez. Este libro me ha acompañado este verano, desde Cervera hasta París y vuelta a Zaragoza. Es la historia de una madre y sus tres hijos, que tras la muerte de su marido decide dejar Madrid y mudarse a una casa rural en Inglaterra, junto al río Humble. Sus tres hijos, Michael, Richard y María, son tres niños geniales que hacen muchas preguntas y detestan el colegio. No les gusta colorear y los deberes les parecen aburridos. Disfrutan con su nueva vida: preparan representaciones teatrales en el jardín, navegan por el río, diseccionan animalillos, ven películas, hacen experimentos y travesuras, juegan, son felices. La madre decide construir una casa en el árbol para ellos, y para los lectores.

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El libro es una reflexión sobre la educación, la infancia, la libertad. Lo tengo lleno de frases subrayadas. Algunas se las he leído a mis tres hijas, a las que veo también subidas a un árbol haciendo preguntas o manchadas de barro en la orilla del Humble.

“Quiero ser grulla, benditas grullas maravillosas, que vuelan desde África entendiendo las reglas aerodinámicas y sociales de su formación en uve. O salmón. El salmón entra en la embocadura del río, apoyado por el grupo, sin dudas o inseguridades, sin rehusar o achantarse frente a los rápidos de piedra contra los que se dejará la vida o las escamas. Y eso es vivir. Vivir es morir y morir es vivir. Los adultos nos metemos en la vida despacio, como cobardes perezosos que entran con frío en la piscina, desconfiados, criticando la temperatura del agua. Los niños no hacen eso. Los niños se lanzan sin más porque ellos saben lo que hacen, como las grullas, como los salmones, como los pájaros carpinteros, como las gacelas. Nosotros lo hemos olvidado. Hemos olvidado que hay que saltar, tirarse, volar, picar en el árbol con convicción instintiva.

Siento que he llegado a la edad irracional. La edad de la fe en mí misma. Estoy en un lugar sin dudas ni miedo. Un río donde mandan la práctica y la poética. Calla el lenguaje, hablan los ritmos. Miro hacia arriba y veo dos enormes maderos cruzados sobre un roble centenario. Son el comienzo de una casa en un árbol. Me digo, “esto lo puso ahí el instinto, como el salto de la gacela, que no sabe por qué salta, como el canto de la tórtola, que no sabe por qué dice cucú, como el juego de un niño, que no sabe por qué juega, pero juega porque le hace feliz”. Heredamos de nuestros padres todo, todo lo inmaterial. Todo. Incluso el futuro”.

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Huida con Gloria Fuertes

Soñé que me fugaba el Día de la Madre. Dejaba a las hijas en una sesión de cine que organizaba el cole en el Centro de Historias de Zaragoza, y me escapaba. Me salía de los grupos de whatsapp y apagaba el móvil. Borraba de mi agenda de madre las próximas citas: partidos de fútbol, campeonatos de atletismo, torneos de ajedrez, cumpleaños, exhibiciones de danza, médicos, reuniones en el cole, tutorías, compras de ropas para el verano, organización de campamentos y recados mil. Con todo el tiempo del mundo por delante sentía la emoción previa a un gran viaje. Podía coger una bici y pedalear sin fin. Escalar las montañas más altas y más bellas. Ir a la estación y escoger un tren al azar: Barcelona, París, Sevilla. O, por qué no, subirme a un vuelo que cruce océanos.

Gloria Fuertes moto

Hacía una mañana primaveral maravillosa. Vi pasar a Gloria Fuertes montada en moto por la plaza de la Magdalena. Me subí con ella a su Vespa y me llevó por los barrios de Madrid, a Pennsylvania y a la Luna. Vimos dragones, mendigos, poetas, un camello cojito y una tortuga presumida. Acabamos en la terraza del Simón, a un paso del Centro de Historias, ella con un whisky con leche y yo con un café y croasán de chocolate. Me regaló unos versos:

La poesía no debe de ser un arma,
debe de ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.

(“Poética”, de “El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida”, edición de Jorge de Cascante. Blackie Books)

Y a la una, puntual, llegué a recoger a las chicas a la salida del cine.

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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