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Huida con Gloria Fuertes

Soñé que me fugaba el Día de la Madre. Dejaba a las hijas en una sesión de cine que organizaba el cole en el Centro de Historias de Zaragoza, y me escapaba. Me salía de los grupos de whatsapp y apagaba el móvil. Borraba de mi agenda de madre las próximas citas: partidos de fútbol, campeonatos de atletismo, torneos de ajedrez, cumpleaños, exhibiciones de danza, médicos, reuniones en el cole, tutorías, compras de ropas para el verano, organización de campamentos y recados mil. Con todo el tiempo del mundo por delante sentía la emoción previa a un gran viaje. Podía coger una bici y pedalear sin fin. Escalar las montañas más altas y más bellas. Ir a la estación y escoger un tren al azar: Barcelona, París, Sevilla. O, por qué no, subirme a un vuelo que cruce océanos.

Gloria Fuertes moto

Hacía una mañana primaveral maravillosa. Vi pasar a Gloria Fuertes montada en moto por la plaza de la Magdalena. Me subí con ella a su Vespa y me llevó por los barrios de Madrid, a Pennsylvania y a la Luna. Vimos dragones, mendigos, poetas, un camello cojito y una tortuga presumida. Acabamos en la terraza del Simón, a un paso del Centro de Historias, ella con un whisky con leche y yo con un café y croasán de chocolate. Me regaló unos versos:

La poesía no debe de ser un arma,
debe de ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.

(“Poética”, de “El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida”, edición de Jorge de Cascante. Blackie Books)

Y a la una, puntual, llegué a recoger a las chicas a la salida del cine.

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Volando con Amelia Earhart

Iba una mañana de compras navideñas y me encontré con Amelia Earhart. La intrépida aviadora me miraba desde la portada de un libro (“Amelia Earhart. Por el placer de hacerlo. Notas sobre mis vuelos y las mujeres en la aviación”. Macadán Libros). Yo no tengo ni idea de mecánica ni de aviones, pero me fascinan las historias. Así que me fui con ella.

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Amelia Earhart (Kansas, 1897 – Algún lugar del Pacífico sur, 1937) fue una de las pioneras de la aviación en el mundo. Fue la primera mujer en cruzar el océano Atlántico en solitario (en 1932). Batió numerosos récords y fue aclamada mundialmente. Su sonrisa ocupaba portadas, mientras ella seguía soñando con nuevos viajes. En 1937 planeó la que iba a ser la primera vuelta al mundo en avión siguiendo la línea del Ecuador, acompañada por dos técnicos. Partió de California el 17 de marzo de 1937 rumbo al este. Pasó por Miami, Sudamérica, Pakistán, India, Birmania, Singapur, Indonesia, Australia, Papúa Nueva Guinea. El último contacto por radio con ella fue el 2 de julio cerca de las islas Nukumanu. Le quedaba poco combustible. Roosevelt mandó nueve barcos y 66 aviones a buscarla, pero no dieron con ella.

La imagino sobrevolando Zaragoza por encima de la niebla. Yo subiría a la punta de la torre del Pilar para que me viera. Y le pediría que me llevara con ella a París, a California, a Nueva York, a Nueva Zelanda. Que sobrevoláramos el Himalaya y paráramos a darnos un baño en una playa del Pacífico. Le pediría que me desvelara su misterio. ¿Qué pasó aquel 2 de julio de 1937? ¿Qué le ocurrió a su avión? ¿Sobrevivió al accidente?

Me la imagino sentada tranquilamente junto a la ventana en una residencia de mayores de Virginia, o cuidando su jardín en Kansas. Yo aún no he terminado mis compras navideñas. Me agobio con la niebla y el frío. A veces, como dice Luna, me gustaría tener el superpoder de volar.

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Un café en la plaza

A veces el mejor regalo es el que no esperas. Una mañana soleada después de varios días de lluvia. Viene Ana de visita con la excusa del cumpleaños. Vamos a la plaza. Bajamos las escaleras del tiempo que llevan al museo de la Torre Nueva. El reloj parece más grande colgado en la pared de piedra. Casi podemos oír las campanadas para advertir a la población de que venían las tropas francesas. Volvemos a esta bonita mañana otoñal de 2016. Pisamos la alfombra de hojas mojadas de la plaza secándose al sol. Le tocamos la cabeza al chico de bronce. Le pedimos a un turista que nos haga fotos con la estatua.

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Plaza de San Felipe, una bonita mañana de noviembre de 2016

Nos tomamos un café en Doña Hipólita, donde tantos años estuvo el local cerrado de paños Sesma acumulando polvo y abandono. Cuando venía cada día a ver esta plaza y soñaba con escribir algún día una novela que no sabía que sería un refugio para las golondrinas. Ahora es una de esas cafeterías modernas con aire antiguo, con muebles restaurados y grandes ventanales. Me gusta volver de vez en cuando y ver que la plaza sigue viva. El café de Doña Hipólita nos sabe a hogar, a viajes, a familia, a historias. La estudiante de periodismo Ana que venia de Barcelona a ver a su ahijada recién nacida. Y que sigue volviendo ahora que han pasado 39 años. La tienda de los abuelos en Cervera. El taller de confección de las tías. El olor de la compota en Navidad. La Tía Fina y sus locuras. El baúl de la Alejandra y sus viajes a Argentina… Miramos el reloj, se nos ha pasado la mañana volando. Quedamos para el próximo café en Logroño. Nos despedimos de la plaza. Veo que el quiosco de prensa de la esquina -bajo la casa de Rafael, María y todo ellos- ha vuelto a colgar el cartel de “Se traspasa”. Y yo sigo soñando con otras novelas.

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Plaza de San Felipe, 1889. Foto de J. Lévy et Cie 

PD Gracias a Ángel, Javier, Carmen y todos los amigos que seguís mandándome fotos de esta plaza tan especial.

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Gioconda Belli en el instituto

Me llamaron de la asociación Hermanamiento León-Zaragoza y me preguntaron si podía ir a un instituto a dar una charla sobre literatura nicaragüense. Primero me entró un poco de vértigo: hablarles durante una hora a una veintena de chavales de la ESO y mantener su atención en la literatura nicaragüense no me parecía fácil. Además, yo no soy ninguna experta en la materia.

Después cogí uno de mis libros de Gioconda Belli de la estantería y volví a releer sus poemas. “¿Qué sos, Nicaragua? ¿Qué sos, sino un triangulito de tierra perdido en la mitad del mundo?”. Sos aquella joven idealista que creo que aún soy. Sos Mario, Danelia, Olga, Luna… y tanta gente que he conocido gracias a Nicaragua y me ha dejado su huella para siempre. Sos Mari Carmen, las dos compartiendo viaje, risas, confidencias (volveremos). Sos volcanes, calor, islas, revoluciones, banderas rojinegras, frijoles, tortillas, autobuses destartalados, abrazos. Sos “la ternura de los pueblos”.

Agarré mi idealismo y algunos poemas, y fui ayer al instituto Medina Albaida de Zaragoza. Les hablé un poco del país y su revolución sandinista, de Rubén Darío, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, los Mejía Godoy, y, claro, de Gioconda Belli. Y yo me la imaginaba a ella con su melena leonada y sus mil batallas, sentada en la última fila de clase, detrás de aquel muchacho con aire despistado, y sonriendo ella ante mi ingenuidad y mi torpeza. Le diría que hace casi 20 años que sus poemas me acompañan. Gracias.

“A veces pienso que soy una arquitecta del tiempo
siento que voy dibujando planos con pasados,
presentes y futuros,
urdiendo una delicada caja de palitos de fósforos
donde vivo
-incomprensiblemente sin pensar en tormentas-
Aunque a ratos me asaltan las dudas, brinco como
caballo de carreras
sobre su bien construidas estructuras y sigo, sigo
hacia ese final donde
me espera el bosque verde, la iluminación y el sueño
callado donde nada
me acompañará sino la tierra con su murmullo de
vientre.”

(“Avanzando”, Gioconda Belli)

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En Nicaragua, con Flor Danelia. Una de mis fotos preferidas, gracias a Mari Carmen, mi gran fotógrafa, amiga y compañera de viajes.

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Tú no eres como otras madres

Reconozco que escogí este libro por el título, antes de conocer su argumento o de leer buenas críticas. Alguna vez me han dicho eso mis hijas: “Tú no eres como otras madres”. Y me lo tomo como motivo de orgullo y también un poco de preocupación. “Tú no eres como otras madres”, de Angelika Schrobsdorff (Periférica y Errata Naturae), ha sido mi libro del verano. Con curiosidad al principio y cada vez con más pasión, me he sumergido en la vida de Else (la madre) y Angelika (la hija). No quería que se acabara, igual que una no quiere que acabe nunca esa última tarde de playa de las vacaciones.

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Esta novela que no es como las demás te deja un poso profundo. Empieza con ligereza, contando la vida despreocupada de Else en los felices años 20 en Berlín: fiestas, amigos, amantes, viajes, el nacimiento de sus tres hijos de tres padres distintos… Y va contando después cómo cambia la vida de esta familia en la Alemania del nazismo y la guerra. Angelika reconstruye la vida de su madre (judía) a través de los recuerdos de ambas y de las cartas que Else escribió a sus hijos y sus amigos. Saber que es un testimonio real impresiona aún más. Se puede leer como un libro de memorias o una novela de ficción.

No es una historia amable; es la historia real de una familia y de un país destruidos. “Todo reducido a escombros y cenizas, dentro de una misma y a su alrededor”, cuenta Else, cuando vuelve a Berlín en 1947 tras un penoso exilio en Sofía. Pero la novela no es solo el relato de esta destrucción. Es un canto a la vida, a la maternidad, la amistad, las cosas bonitas…

“Y sin embargo la vida ha sido bella”, dice Else en una de sus últimas cartas.

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