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Gaitera rima con Cervera

Todos los niños y niñas de Cervera hemos jugado a bailar la Gaita. “Lia, lia, lia”, siguiendo el ritmo de la música, acompañando con palmas, como si fueran las pulgaretas (castañuelas), formando cadenetas y figuras por la calle. Como hemos visto hacer tantas veces a los gaiteros en las fiestas de Santa Ana y San Gil. La Gaita es un baile tradicional de Cervera del Río Alhama (La Rioja) y una de las danzas más originales y antiguas de España. Según diversos estudios sus orígenes podrían remontarse al siglo XVII. Sus pasos han ido transmitiéndose de generación en generación y hasta ahora solo la bailaban los hombres solteros del pueblo.

Desde hace varios años, un grupo de mujeres de Cervera ha pedido poder participar y formar una gaita mixta. Se han dado de bruces con argumentos machistas y variados: “no se pueden romper las tradiciones”, “las mujeres se cansan”, “no conocen los pasos”, “son de fuera”, “van a dividir al pueblo”, “mejor dejar las cosas como están”. Y sí, el pueblo se ha dividido estos últimos tiempos a favor y en contra de la participación de las mujeres en la Gaita. Ha habido discusiones cara a cara y en las redes sociales, en los bares y en la puerta de la iglesia, entre amigos y entre familias. Con esa tensión y mucha expectación se llegó este año al día de Santanilla (27 julio), el último día de las fiestas en el que baila la Gaita (como muy bien ha ido contando en el periódico ‘La Rioja’ el corresponsal en Cervera y exgaitero Sanda Sáinz).

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Y las mujeres bailaron. Fue un baile simbólico y muy emocionante. Las chicas danzaron detrás de la Gaita oficial, sin interrumpirles a ellos, aplaudidas por muchas mujeres y hombres. Dos chicos gaiteros se sumaron a su baile (¡qué orgullosa de mi primo Miguel!). También hubo malas caras y algún comentario despectivo. Solo espero que lo vivido este año sirva para que se sienten a hablar, que pronto haya una gaita mixta y que la tensión vivida quede como una historia más para contar en la fresca.

VÍDEO Antena 3: Un grupo de mujeres consigue bailar la Gaita en Cervera

Me emocioné mucho viendo a las primeras gaiteras e imaginando que algún día alguna de mis hijas o sobrinas pudiera llegar a bailar la Gaita. Las tradiciones se pueden cambiar, como dijo mi madre a los periodistas que le entrevistaron en la tele. Y mientras tomábamos café y reposábamos las emociones vividas, Luna aportó otro argumento: “Porque gaitera rima con Cervera”.

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La casa de los abuelos

Las casas tienen memoria, historias y hasta fantasmas. La nuestra de la plaza del Royo de Cervera tiene polvo, desconchones, algunas grietas y muchas historias familiares que empezaron cuando se mudaron mis abuelos Pedro y Milagrosa el año que nació Pedro Juan (1951). La casa es originaria de finales del XIX, como otras de la plaza del Royo, que en tiempos fue el centro del pueblo. Mis padres y mis tíos se han propuesto ahora arreglar la casa de los abuelos. Ya llevan unos meses dibujando planes y planos, hablando con albañiles, haciendo números, vaciando armarios.

Es una casa grande con cuatro plantas y muchos recovecos. En ella vivieron mis abuelos, sus siete hijos y dos tíos abuelos. La siguiente generación, mis primos, mi hermana y yo, también dormíamos y jugábamos aquí cuando veníamos de vacaciones. Cuántos buenos momentos en el mirador, las escalerillas, la alcoba, la tienda, el alto de los conejos, con los disfraces de Navidad, los barullos de las fiestas de Santa Ana. La familia (“la Pedrada”) ha ido creciendo, la casa del Royo se nos quedó pequeña y vieja, y nos hemos ido acomodando en otras casas del pueblo. Mantenemos la tienda (la antigua tienda de ultramarinos de mis abuelos en la planta calle, reconvertida en salón-cocina) para las comidas familiares. La última, en Año Nuevo, nos juntamos casi 40 contando a los dos pequeños: Maddi y Gael.

Yo colaboro haciendo fotos y recogiendo historias en mi libretita (tal vez algún día llegue a ordenarlas todas y salten a un formato un poco más grande). En fin de año también me tocó bajar muebles y trastos: tinajas, bancos, la máquina de coser de la abuela, sillas de mimbre, una sulfatadora oxidada, aperos del huerto, la cabeza de ciervo del salón, maletas, baúles… Desde siempre me fascina el baúl de la Alejandra con el que viajaba a Argentina en los años 40 y 50. Algún día encontraremos un mapa del tesoro. Tal vez ya lo hayamos encontrado y pasa de generación en generación.

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Mi prima Anita en la casa del Royo.

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Paris sera toujours Paris

La felicidad es un mapa arrugado de París. Son los saltos, las risas y las fotos delante del Arco de Triunfo, del Panteón, en la plaza de los Vosgos, en Montmartre, en la Ópera, en el parque des Buttes Chaumont, en la Villette, en un Burger refugiados de la lluvia parisina. Unos bocadillos debajo de la torre Eiffel. Reírnos de Robert Ryman en el Pompidou. Reírnos de los escaparates de lujo de la rue Saint Honoré. Un helado de yogur o de chocolate. Una cena de quesos. El suelo que cruje en nuestro apartamento parisino prestado. Sus libros, los libros, la música. El paisaje que discurre por la ventanilla del tren. ZAZ y nosotros cantando ‘Paris sera toujours Paris’.

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La felicidad es también bañarnos en las playas de Liencres. La ‘tabla’ de surf que nos acompaña desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, y que mengua ahora cada año mientras las chicas crecen. Constatar con orgullo y vértigo cómo el tiempo vuela con ellas. Meter los pies en el Pozo Largo. Ver estrellas y contar historias en Clunia. Un día de picnic y piraguas en Playa Pita. Una cena en la parte antigua de Cáceres. Piscina y carne a la plancha en la casita del Parque del Príncipe. Nadar en una piscina solitaria y secarme al sol. Descubrir un camino nuevo para correr.

La felicidad es también volver a casa, al calor pesado de Zaragoza, a la tienda de pan y periódicos de la plaza, a nuestra piscina de Balsas, a los entrenamientos, a la rutina…

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

yasa 1956 Rufino Escribano

“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Balada de la bicicleta con alas

Estoy ordenando fotos de la Semana Santa en Cervera, y decidiendo si vamos a pasar la tarde al parque con bicis o patinetes, cuando me llega un mensaje de una amiga con un poema (gracias, Elisa). Y los versos de Alberti se mezclan con los caminos de Cervera, el cumple de Ione, las vistas desde el Castillo, las historias familiares, los 97 de la Tía Fina, los recuerdos de los abuelos, la comida en Canejá, las camas elásticas de la plaza, las viejas bicis, la sensación de libertad desde lo alto del Tolmo con el Moncayo al fondo nevado…

“Con un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas” (…)

dibujo poema bici Alberti

“Balada de la bicicleta con alas”. Poema y dibujo de Rafael Alberti.

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Cervera del Río Alhama.

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De Creaciones Jiménez a Cabo Lupita

Hace cincuenta años, cinco hermanas (y sus maridos y un hermano) abrieron un taller de confección en Cervera del Río Alhama (La Rioja): Creaciones Jiménez. Primero cosían en casa y luego compraron un edificio en la calle Mayor. La empresa fue creciendo y llegó a dar trabajo a 15 o 20 personas del pueblo. Se dedicaban sobre todo a confección infantil, prendas de abrigo y vestidos, que vendían a tiendas del norte de España. Acudían a ferias para ver tendencias y Margarita era la que más se encargaba de diseñar los modelos. Varios hijos de Milagrosa (la hermana pequeña) y Pedro también echaban una mano en verano preparando pedidos. En los últimos años, los nietos lucíamos los abrigos nuevos cada temporada y jugábamos con los montones de retales. Creaciones Jiménez duró hasta finales de los años ochenta, cuando los socios se fueron jubilando.

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(Trabajadores y familiares de Creaciones Jiménez, a principios de los años 70, en el edificio de la Confección)

Cincuenta años después, las hermanas Urbina-González (nietas de Milagrosa y Pedro) acaban de abrir su propia firma de moda: Cabo Lupita. Son unas jóvenes emprendedoras con mucha energía, buenas ideas y buen gusto. Su filosofía se basa en diseños originales, edición limitada y fabricación nacional. Ellas han diseñado los modelos y estampados, han comprado las telas a un fabricante de Igualada, han encargado la confección a un taller de Mataró y la serigrafía a otro de La Coruña. Acaban de lanzar su primera colección. Venden sus prendas por internet, en ‘pop-up stores’ y mercados de diseño. Ya han presentado su primera colección en Madrid y Barcelona. La próxima semana, Cabo Lupita se vestirá de largo en Logroño.

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(Las creadoras, Marina y Ana Urbina, en la presentación de Cabo Lupita en el espacio Cadàver Exquisit, en Barcelona)

¿Y por qué “Cabo Lupita”?, les pregunto a las artistas. “Buscábamos un nombre que uniera nuestro interés por la iconografía soviética, la gimnasia rítmica, las referencias espaciales, el punto nostálgico de las rancheras… En nuestro imaginario, Cabo Lupita es un lugar del Globo desde el que despega nuestro proyecto”, cuentan.

¡Buen despegue y largo viaje a Cabo Lupita!

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