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Paris sera toujours Paris

La felicidad es un mapa arrugado de París. Son los saltos, las risas y las fotos delante del Arco de Triunfo, del Panteón, en la plaza de los Vosgos, en Montmartre, en la Ópera, en el parque des Buttes Chaumont, en la Villette, en un Burger refugiados de la lluvia parisina. Unos bocadillos debajo de la torre Eiffel. Reírnos de Robert Ryman en el Pompidou. Reírnos de los escaparates de lujo de la rue Saint Honoré. Un helado de yogur o de chocolate. Una cena de quesos. El suelo que cruje en nuestro apartamento parisino prestado. Sus libros, los libros, la música. El paisaje que discurre por la ventanilla del tren. ZAZ y nosotros cantando ‘Paris sera toujours Paris’.

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La felicidad es también bañarnos en las playas de Liencres. La ‘tabla’ de surf que nos acompaña desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, y que mengua ahora cada año mientras las chicas crecen. Constatar con orgullo y vértigo cómo el tiempo vuela con ellas. Meter los pies en el Pozo Largo. Ver estrellas y contar historias en Clunia. Un día de picnic y piraguas en Playa Pita. Una cena en la parte antigua de Cáceres. Piscina y carne a la plancha en la casita del Parque del Príncipe. Nadar en una piscina solitaria y secarme al sol. Descubrir un camino nuevo para correr.

La felicidad es también volver a casa, al calor pesado de Zaragoza, a la tienda de pan y periódicos de la plaza, a nuestra piscina de Balsas, a los entrenamientos, a la rutina…

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

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“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Balada de la bicicleta con alas

Estoy ordenando fotos de la Semana Santa en Cervera, y decidiendo si vamos a pasar la tarde al parque con bicis o patinetes, cuando me llega un mensaje de una amiga con un poema (gracias, Elisa). Y los versos de Alberti se mezclan con los caminos de Cervera, el cumple de Ione, las vistas desde el Castillo, las historias familiares, los 97 de la Tía Fina, los recuerdos de los abuelos, la comida en Canejá, las camas elásticas de la plaza, las viejas bicis, la sensación de libertad desde lo alto del Tolmo con el Moncayo al fondo nevado…

“Con un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas” (…)

dibujo poema bici Alberti

“Balada de la bicicleta con alas”. Poema y dibujo de Rafael Alberti.

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Cervera del Río Alhama.

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De Creaciones Jiménez a Cabo Lupita

Hace cincuenta años, cinco hermanas (y sus maridos y un hermano) abrieron un taller de confección en Cervera del Río Alhama (La Rioja): Creaciones Jiménez. Primero cosían en casa y luego compraron un edificio en la calle Mayor. La empresa fue creciendo y llegó a dar trabajo a 15 o 20 personas del pueblo. Se dedicaban sobre todo a confección infantil, prendas de abrigo y vestidos, que vendían a tiendas del norte de España. Acudían a ferias para ver tendencias y Margarita era la que más se encargaba de diseñar los modelos. Varios hijos de Milagrosa (la hermana pequeña) y Pedro también echaban una mano en verano preparando pedidos. En los últimos años, los nietos lucíamos los abrigos nuevos cada temporada y jugábamos con los montones de retales. Creaciones Jiménez duró hasta finales de los años ochenta, cuando los socios se fueron jubilando.

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(Trabajadores y familiares de Creaciones Jiménez, a principios de los años 70, en el edificio de la Confección)

Cincuenta años después, las hermanas Urbina-González (nietas de Milagrosa y Pedro) acaban de abrir su propia firma de moda: Cabo Lupita. Son unas jóvenes emprendedoras con mucha energía, buenas ideas y buen gusto. Su filosofía se basa en diseños originales, edición limitada y fabricación nacional. Ellas han diseñado los modelos y estampados, han comprado las telas a un fabricante de Igualada, han encargado la confección a un taller de Mataró y la serigrafía a otro de La Coruña. Acaban de lanzar su primera colección. Venden sus prendas por internet, en ‘pop-up stores’ y mercados de diseño. Ya han presentado su primera colección en Madrid y Barcelona. La próxima semana, Cabo Lupita se vestirá de largo en Logroño.

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(Las creadoras, Marina y Ana Urbina, en la presentación de Cabo Lupita en el espacio Cadàver Exquisit, en Barcelona)

¿Y por qué “Cabo Lupita”?, les pregunto a las artistas. “Buscábamos un nombre que uniera nuestro interés por la iconografía soviética, la gimnasia rítmica, las referencias espaciales, el punto nostálgico de las rancheras… En nuestro imaginario, Cabo Lupita es un lugar del Globo desde el que despega nuestro proyecto”, cuentan.

¡Buen despegue y largo viaje a Cabo Lupita!

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El secreto del turrón de guirlache

Abro mi álbum de recuerdos y huele a caramelo y almendra tostada. Es la tarde de Nochebuena, soy una niña con coletas a la que le faltan varios dientes. Mientras en una olla cuece el cardo y en el horno se hace el asado, la Yaya Mila prepara el turrón de guirlache. Yo me apunto, y ella me deja remover la masa con la cuchara de palo, me deja probar una cucharadita, me da el primer trozo, que me como impaciente antes de que se enfríe y me quemo la lengua, claro. Luego echamos leche en el cazo para que se despeguen los restos de caramelo y disfruto de los sorbos más dulces.

Yo nunca me he atrevido a hacer turrón de guirlache. Mi madre y mis tías sí han seguido con la tradición. Ellas han heredado de la abuela la mano con la cocina y la capacidad de organizar cenas multitudinarias. Hojeo el libro de recetas familiar y parece sencillo:

Ingredientes:
-Almendras
-Azúcar
-Obleas

Preparación:
Cascar las almendras con cuidado para que no se rompan. Escaldarlas y pelarlas. Tostarlas en el horno. Poner el azúcar al fuego hasta convertirlo en caramelo. Mezclar las almendras tostadas con el caramelo hasta que estén todas bien cubiertas. Poner las obleas sobre una superficie plana y extender sobre ellas la mezcla de la almendra con el caramelo. Cortar el turrón en barritas antes de que se enfríe del todo.

Guirlache

Pero falta ese “punto” que no sale en los libros de recetas. No sé si el secreto está en las almendras, que cogimos meses atrás de los almendros de Canejá; en la proporción de azúcar; en el cazo de cobre; en el corte final de las barritas. O está en la mesa, en la reunión de primos y tíos en la Tienda, en los disfraces y las canciones, en ese álbum de fotos y risas que seguimos llenando cada año…

 

¡Feliz Navidad!

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Formas de volver a casa

Las chicas aplauden cuando se vislumbra el perfil del Pilar llegando por la carretera (igual que hacíamos mi hermana y yo de pequeñas en el asiento de atrás). Se emocionan cuando pasamos junto a la piscina de Balsas, cuando vuelven a ver el cole todavía cerrado, y nuestra plaza, y sus habitaciones con sus cuentos y sus juguetes.

Nos gusta viajar y también volver a casa. Ahora quedan unos días para recuperar poco a poco nuestra rutina y nuestro espacio, ordenar las fotos de las vacaciones, preparar la vuelta al cole (Vega y Luna tienen que decidir si quieren mochila para Primaria de colores, del Barça o de superhéroes), y la vuelta al trabajo, montar en bici e ir a la piscina, repasar la lista de recados pendientes… Y echar de menos el mar.

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Reviso las fotos. En el álbum de estas vacaciones se mezclan en un collage colorido prados, amigos, moras, familia, nubes, sol, sidra, quesos, Los Secretos, el Pozo Largo, cachopo, estatuas de Oviedo, tarta de la abuela, helados, las playas de Arnía, Andrín y otras del Cantábrico, el mercadillo de Cervera, los Picos de Europa…

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(Carreras. Y cubos de Ibarrola, en Llanes)

Recojo los libros que me han acompañado este mes: “Correr”, de Jean Echenoz; “Lo raro es vivir”, de Carmen Martín Gaite; “Formas de volver a casa” (de Alejandro Zambra), y “La buena reputación”, de Ignacio Martínez de Pisón, con el que todavía estoy viajando. En todos han quedado frases subrayadas y esquinitas dobladas.

“Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla”.
(“Formas de volver a casa”, Alejandro Zambra)

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