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La Tía Fina y el coronavirus

Hoy felicitaremos a la Tía Fina por whatsapp, aunque ella no tenga móvil, aunque no podamos ir a verla. Vive en la residencia de mayores de Cervera del Río Alhama y hoy cumple 101 años. La veterana de nuestra familia (y del pueblo). Ay, nenita, como dice ella. ¿Qué pensará mi tía abuela del coronavirus? ¿Se habrán enterado en la residencia? ¿Le extrañará no tener visitas ni una fiesta como la del año pasado, con tarta, fotos, sobrinos, nietos y bisnietos correteando por los pasillos de la residencia? La imagino cantando o contando una de sus historias lunáticas. Esas que no sabemos -ni sabremos nunca con certeza- cuánto tienen de verdad y cuánto de imaginación-. Aunque últimamente está baja de energía, cuentan mis tías que van a verla frecuentemente. Dice que quiere que se la lleve la eternidad, que está cansada. Son 101 años.

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Celebración del 100º cumpleaños de la Tía Fina, el 19 de marzo de 2019.

Tengo ganas de abrazar y de celebrar. Son días raros. Tachamos planes cancelados del calendario. La vida de antes queda en suspenso, mientras los que estamos bien hacemos lo que tenemos que hacer: quedarnos en casa. Repaso los planes que ya no serán. Hoy tocaba felicitar a la Tía Fina, celebrar el Día del Padre, entrenamiento con el equipo Alevín A del Zaragoza Club de Fútbol Femenino, clases del conservatorio de danza de 15.45 a 19.30, reunión en el cole para ultimar los detalles del viaje a Dublín de las chicas, uno mis últimos entrenamientos antes de la media maratón del domingo.

En muy pocos días hemos tenido que cambiar las rutinas y reorganizamos la escala de valores. Paramos, miramos, valoramos las cosas de otra manera: la sanidad pública, los cuidados, el tiempo, la familia, los amigos, el espacio personal, los trabajadores de sectores poco reconocidos (supermercados, transportistas, limpieza…). Pienso en la Tía Fina, en los que viven solos en casa, en Abu en Cáceres, en mi prima Marina en su minipiso de Madrid, en mi prima Anita al otro lado de la ciudad de Zaragoza, en mi amiga Marisa que ya está en el paro, en las personas obligadas a vivir encerradas un tiempo y no solo estos días (gracias, Bea, Nuria, por vuestras reflexiones)…

En nuestra casa vivimos tranquilos estos días de confinamiento. Tenemos nuestras rutinas de tareas escolares, comidas con sobremesa, salir a aplaudir a la terraza a las 8, cena con peli. Somos afortunados. No somos héroes. Somos un mar de fueguitos, como escribió Eduardo Galeano en el ‘El libro de los abrazos’.

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El Cerverano

El otro día me colé con Vega en el campo del Cerverano. El antiguo campo del Club Deportivo Cerverano, el campo municipal del Tolmo, ahora convertido en escombrera del pueblo. Pasamos por un agujero en la valla. Fue como volver atrás en el tiempo, a mis 11 años, los que tienen ahora las mellizas futbolistas. Cuando veníamos a ver los partidos y animar al Cerverano. Las porterías resisten en pie. Y los anuncios en la tapia siguen prácticamente intactos, solo un poco descoloridos. “Creaciones Jiménez. Todo en moda infantil y juvenil. En Cervera, calle Doctor Zapatero, 5”. Me emociona el recuerdo del negocio de confección que montaron nuestra abuela y nuestras tías. También había anuncios más futbolísticos: “Para meter muchos goles comprar en carnicería Lorenzo Santamaría los chorizos y jamones”. Lo demás (los vestuarios, los banquillos, la valla, el terreno de juego…) está como si el campo hubiera sufrido un ataque nuclear. La imagen del abandono, la despoblación y la desidia.

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“¿Aquí jugaba el Cerverano?”, pregunta Vega sorprendida. Y viajo en el tiempo. Me acuerdo de que los días de partido se comía pronto en casa de los abuelos. Nuestro abuelo Pedro fue delegado y luego presidente. Se encargaba de las fichas, las camisetas, de organizar los viajes y mil recados más. Como no había focos, los partidos se jugaban a primera hora de la tarde para aprovechar la luz antes de que se pusiera el sol. Recuerdo el paseo hasta el campo del Tolmo, en lo alto del pueblo. Recuerdo ir con mi hermana y con mis primos. En el descanso buscábamos al tío Manolo o al tío Juan Cruz para que nos invitaran a algo en el bar (una bolsa de patatas o un batido de chocolate, no había mucha oferta). Recuerdo el campo de tierra, las marcas de los tacos, algunos piques con pueblos cercanos, mucho público. Había que ir pronto si querías coger sitio en alguno de los bancos de piedra. Recuerdo después de los partidos o al día siguiente ir con mis primos al barranco a buscar los balones que se salían del campo. Aún miro cuando paso por el camino de Canejá a ver si hay alguno olvidado entre las zarzas.

En Google se pueden encontrar estadísticas y algunos datos. Como que el Cerverano jugó catorce temporadas, entre 1982 y 1996. Empezó en un grupo navarro-riojano en Segunda Regional, luego subió a Primera Regional y los últimos años jugó en la Regional Preferente riojana. En la revista Piedralén, que editó el Ayuntamiento de Cervera de Río Alhama en los años 80 y 90, encuentro más información. Estos días navideños también he preguntado en tertulias. Me gusta sacar mi libreta y escuchar historias cerveranas. Me cuentan que en los años 40 los muchachos del pueblo se juntaban a jugar al fútbol en el prado de la Palilla, por el monte del Mediano. Después se construyó un campo de fútbol junto al Alhama, donde ahora están las piscinas. Pero la yasa histórica del año 1956, la que arrasó cosechas, puentes y casas, también se llevó por delante el campo de fútbol de San Miguel.

En los primeros años de la democracia se retomó la idea de hacer un nuevo campo de fútbol municipal y fundar un equipo federado. El campo del Tolmo se inauguró en las fiestas de San Gil, el 3 de septiembre de 1982. Esa primera temporada 1982-83 el equipo contó con 23 jugadores y quedó séptimo en la liga, que ganó el Atlético Milagrés. El máximo goleador del Cerverano fue Enrique Jiménez, con 25 goles. El primer año hubo 298 socios: los hombres pagaban 1.000 pesetas y las mujeres, 500. “Los primeros años éramos una pandilla de amigos. Luego se incorporaron nuevos jugadores del pueblo y hasta se hicieron fichajes. El Cerverano llegó a tener muy buen equipo. Es una pena que con los años el equipo se perdiera, y el campo quedara como está ahora”, me cuenta Félix Vidorreta, jugador y vocal de la junta en las primeras temporadas, hasta que se marchó a trabajar a Madrid.

El equipo terminó renqueante y casi sin jugadores la temporada 95-96. Después hubo unos años años sin fútbol en Cervera. El campo del Tolmo quedó abandonado. Ahora hay un club de fútbol sala con varios equipos, el Club Deportivo Cerverano Raulito. En los últimos veinte años, Cervera y la comarca del Alhama han perdido el 30% de su población. En la España vacía quedan muchos campos de fútbol abandonados y muchas historias que merecen la pena ser recordadas. Mi abuelo, el Pedro, murió el 30 de diciembre de 2010. Le hubiera gustado acompañanos a Vega y a mí el día que nos colamos en el campo del Tolmo, casualmente el 30 de diciembre de 2019.

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El Cerverano, en el campo del Tolmo, en la temporada 94-94. Arriba a la izquierda, mi abuelo Pedro. De la revista Piedralén.

PD Gracias a mi tía Cruci por su ayuda para recopilar estas historias.

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La Tía Fina cumple 100 años

“Cuando la Tía Fina cumpla los 100, vamos a montar una fiesta”, decíamos desde hace varios años. Hoy es el día. Hoy hace un siglo que nació la Tía Fina, mi tía abuela, la hermana del abuelo Pedro. Me dicen que es la única centenaria que vive en Cervera del Río Alhama. Quién nos lo iba a decir…

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La Tía Fina, en la fiesta de Nochebuena en la residencia de mayores de Cervera.

La Tía Fina nació el 19 de marzo de 1919 en la casa familiar en la calle Casa Jiménez, a las faldas del castillo de Cervera. La única chica, con tres hermanos: Nolasco, Julio y Pedro. Ha sido una mujer atípica y peculiar toda su vida. De niña la mandaron a estudiar un tiempo a un convento con una tía monja, pero la echaron o se fue. Con ella las historias nunca son claras. “Ay, nenita, me fui y ya está”, contaría ella. Como cuando contaba unas historias de unos familiares que emigraron y unos supuestos barcos cargados de oro.

De joven vivió con el Tío Nolasco, cura y profesor, en Valdemadera y Aguilar. Se supone que su labor era llevar la casa, limpiar, cocinar, cuidar de su hermano. Pero la Tía Fina era un espíritu libre que hacía lo que le daba la gana. No le gustaba cocinar, tenía mal genio y la cabeza en las nubes. Cuentan que el Tío Nolasco era entrañable, culto, muy querido por todos sus sobrinos y los vecinos del pueblo. Cuando el Nolasco murió (en 1966), la Fina se trasladó a vivir a Cervera, a la casa de la plaza del Royo con el Pedro, la Milagrosa y sus siete hijos. Mis abuelos tenían una tienda de ultramarinos en los bajos de la casa y un taller de confección. Trabajaron mucho para sacar a la familia adelante. La Tía Fina a veces echaba una mano en la tienda. Cuando le parecía, desaparecía y se iba de viaje a la playa con su amiga Julita. “Siempre ha sido muy incierta”, cuentan mis tías. “Y le daban barruntos”. Mis abuelos siempre la cuidaron con cariño y paciencia.

Tampoco ha sido una tía abuela tradicional, de esas tías cariñosas que ofrecen dulces y dan propinas a los sobrinos nietos. Cuando éramos pequeños, a los primos nos daba miedo la Tía Fina. Por las noches andaba por la casa del Royo como un fantasma. El fantasma de las bragas rojas. Era divertida cuando cantaba y contaba historias, de las que nunca hemos sabido cuánto hay de verdad y cuánto de imaginación. Tal vez ni ella lo supiera.

No sabemos cuál es el secreto de su longevidad: todos los paseos que ha dado, los escalones que ha subido y bajado, que no comía grasas, los genes, la familia que le ha cuidado, su carácter peculiar… Desde que vive en la residencia de mayores de Cervera, hace diez años, ha perdido el mal genio y ha ganado peso. Mantiene su sonrisa pícara. Le gusta que vayamos a verla, sigue cantando y contando historias. Ya no juega a las cartas porque no ve bien. Le gustaba jugar a la Macana y a los ‘seises’, y hacía trampas si podía para ganar. Tiene muchos sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. A veces nos confunde a unos y otros. Hoy iremos unos cuantos a celebrar con ella los 100.

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¿Y tú de quién eres, maja?

¿Y tú de quién eres, maja?, me pregunta el Mónico cuando me ve corriendo sudorosa por los caminos de San Esteban. “De la Pili la del Pedro, la de Zaragoza”. Y mientras echa un ojo a sus ovejas, me ofrece agua de limón y un buen rato de conversación. Hablamos de mis abuelos, del Tío Julio que tenía la casilla allá por Canejá, de cómo cambian las cosas, de la juventud de ahora, de por dónde lleva ese camino que sube por el barranco, de para qué corres tanto, maja. Me despido y vuelvo hacia Cervera. Subo el camino del Tolmo y allá abajo a lo lejos se ven las casitas apiñadas del pueblo.

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Me gustan los días de barullo familiar todos juntos en la Tienda, y también los días tranquilos de agosto cuando ya han pasado las fiestas. Son días para disfrutar de nuestra casa de los abuelos ahora recuperada (lo cuenta muy bien María en este post), para despertarnos y acostarnos sin reloj, ir a ver estrellas a Clunia, bañarnos en la piscina y meternos en el río. Este verano el Alhama baja con agua y las moras van con un poco de retraso. Busco caminos nuevos para correr. Me llevo varios libros en la maleta que apenas abro. Todas las mañanas esperamos que el tío Manolo nos traiga el periódico a ver si esta vez nos ha tocado el abono del Zaragoza. Después vamos a comprar pan a la tienda de la Loli. Y hacemos planes sin prisas: excursión con los primos o los amigos que vienen de visita, bajamos a la piscina, la tía Ana o la tía Cruci nos invitan a comer. Los viernes hay mercadillo en la plaza, Luna se compra una regadera para regar las plantas. Las tardes pasan con partidas de cartas, baños, helados, juegos en el frontón. Por la noche la plaza del Royo es el centro de la fresca. Las chicas juegan al escondite y no tienen prisa para ir a la cama. Una partida más. Venga, que es tarde. Me veo a mí misma hace unos cuantos años, con mi hermana y mis primos, cenando un bocadillo de salchichas y jugando a marro o al escondite. Una partida más. Me acuerdo del Mónico y sus ovejas, hay cosas que no cambian tanto. Me pregunto si el barco de juncos que echamos al río en Clunia habrá llegado ya al mar.

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(Este verano, con la reinauguración de la casa de los abuelos en el Royo hemos estrenado carnés familiares de La Pedrada)

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Gaitera rima con Cervera

Todos los niños y niñas de Cervera hemos jugado a bailar la Gaita. “Lia, lia, lia”, siguiendo el ritmo de la música, acompañando con palmas, como si fueran las pulgaretas (castañuelas), formando cadenetas y figuras por la calle. Como hemos visto hacer tantas veces a los gaiteros en las fiestas de Santa Ana y San Gil. La Gaita es un baile tradicional de Cervera del Río Alhama (La Rioja) y una de las danzas más originales y antiguas de España. Según diversos estudios sus orígenes podrían remontarse al siglo XVII. Sus pasos han ido transmitiéndose de generación en generación y hasta ahora solo la bailaban los hombres solteros del pueblo.

Desde hace varios años, un grupo de mujeres de Cervera ha pedido poder participar y formar una gaita mixta. Se han dado de bruces con argumentos machistas y variados: “no se pueden romper las tradiciones”, “las mujeres se cansan”, “no conocen los pasos”, “son de fuera”, “van a dividir al pueblo”, “mejor dejar las cosas como están”. Y sí, el pueblo se ha dividido estos últimos tiempos a favor y en contra de la participación de las mujeres en la Gaita. Ha habido discusiones cara a cara y en las redes sociales, en los bares y en la puerta de la iglesia, entre amigos y entre familias. Con esa tensión y mucha expectación se llegó este año al día de Santanilla (27 julio), el último día de las fiestas en el que baila la Gaita (como muy bien ha ido contando en el periódico ‘La Rioja’ el corresponsal en Cervera y exgaitero Sanda Sáinz).

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Y las mujeres bailaron. Fue un baile simbólico y muy emocionante. Las chicas danzaron detrás de la Gaita oficial, sin interrumpirles a ellos, aplaudidas por muchas mujeres y hombres. Dos chicos gaiteros se sumaron a su baile (¡qué orgullosa de mi primo Miguel!). También hubo malas caras y algún comentario despectivo. Solo espero que lo vivido este año sirva para que se sienten a hablar, que pronto haya una gaita mixta y que la tensión vivida quede como una historia más para contar en la fresca.

VÍDEO Antena 3: Un grupo de mujeres consigue bailar la Gaita en Cervera

Me emocioné mucho viendo a las primeras gaiteras e imaginando que algún día alguna de mis hijas o sobrinas pudiera llegar a bailar la Gaita. Las tradiciones se pueden cambiar, como dijo mi madre a los periodistas que le entrevistaron en la tele. Y mientras tomábamos café y reposábamos las emociones vividas, Luna aportó otro argumento: “Porque gaitera rima con Cervera”.

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La casa de los abuelos

Las casas tienen memoria, historias y hasta fantasmas. La nuestra de la plaza del Royo de Cervera tiene polvo, desconchones, algunas grietas y muchas historias familiares que empezaron cuando se mudaron mis abuelos Pedro y Milagrosa el año que nació Pedro Juan (1951). La casa es originaria de finales del XIX, como otras de la plaza del Royo, que en tiempos fue el centro del pueblo. Mis padres y mis tíos se han propuesto ahora arreglar la casa de los abuelos. Ya llevan unos meses dibujando planes y planos, hablando con albañiles, haciendo números, vaciando armarios.

Es una casa grande con cuatro plantas y muchos recovecos. En ella vivieron mis abuelos, sus siete hijos y dos tíos abuelos. La siguiente generación, mis primos, mi hermana y yo, también dormíamos y jugábamos aquí cuando veníamos de vacaciones. Cuántos buenos momentos en el mirador, las escalerillas, la alcoba, la tienda, el alto de los conejos, con los disfraces de Navidad, los barullos de las fiestas de Santa Ana. La familia (“la Pedrada”) ha ido creciendo, la casa del Royo se nos quedó pequeña y vieja, y nos hemos ido acomodando en otras casas del pueblo. Mantenemos la tienda (la antigua tienda de ultramarinos de mis abuelos en la planta calle, reconvertida en salón-cocina) para las comidas familiares. La última, en Año Nuevo, nos juntamos casi 40 contando a los dos pequeños: Maddi y Gael.

Yo colaboro haciendo fotos y recogiendo historias en mi libretita (tal vez algún día llegue a ordenarlas todas y salten a un formato un poco más grande). En fin de año también me tocó bajar muebles y trastos: tinajas, bancos, la máquina de coser de la abuela, sillas de mimbre, una sulfatadora oxidada, aperos del huerto, la cabeza de ciervo del salón, maletas, baúles… Desde siempre me fascina el baúl de la Alejandra con el que viajaba a Argentina en los años 40 y 50. Algún día encontraremos un mapa del tesoro. Tal vez ya lo hayamos encontrado y pasa de generación en generación.

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Mi prima Anita en la casa del Royo.

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Paris sera toujours Paris

La felicidad es un mapa arrugado de París. Son los saltos, las risas y las fotos delante del Arco de Triunfo, del Panteón, en la plaza de los Vosgos, en Montmartre, en la Ópera, en el parque des Buttes Chaumont, en la Villette, en un Burger refugiados de la lluvia parisina. Unos bocadillos debajo de la torre Eiffel. Reírnos de Robert Ryman en el Pompidou. Reírnos de los escaparates de lujo de la rue Saint Honoré. Un helado de yogur o de chocolate. Una cena de quesos. El suelo que cruje en nuestro apartamento parisino prestado. Sus libros, los libros, la música. El paisaje que discurre por la ventanilla del tren. ZAZ y nosotros cantando ‘Paris sera toujours Paris’.

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La felicidad es también bañarnos en las playas de Liencres. La ‘tabla’ de surf que nos acompaña desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, y que mengua ahora cada año mientras las chicas crecen. Constatar con orgullo y vértigo cómo el tiempo vuela con ellas. Meter los pies en el Pozo Largo. Ver estrellas y contar historias en Clunia. Un día de picnic y piraguas en Playa Pita. Una cena en la parte antigua de Cáceres. Piscina y carne a la plancha en la casita del Parque del Príncipe. Nadar en una piscina solitaria y secarme al sol. Descubrir un camino nuevo para correr.

La felicidad es también volver a casa, al calor pesado de Zaragoza, a la tienda de pan y periódicos de la plaza, a nuestra piscina de Balsas, a los entrenamientos, a la rutina…

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Voces de la Laponia española

“Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal”, dice Héctor Martín, el joven profesor cuyo primer destino fue Cuevas de Cañart (Teruel) con 7 alumnos. Y que una década después ya ha visto cerrar tres escuelas rurales aragonesas.

Él es una de las voces del libro “Los últimos. Voces de la Laponia española” (Paco Cerdá, editorial Pepitas de Calabaza). Como Matías López, pastor, el último habitante de Motos (Guadalajara). Como Juan Muñoz -“elniñojuán”-, el único niño de Selas (Guadalajara). Como Simón Bellés, sobrino de Simón Martí, el último habitante que vivió en Les Alberedes (Castellón). Como Feli, de Bubierca (Zaragoza), que no ha podido llegar a leer su historia en el libro. La mayoría se van y unos pocos vuelven. Como Cristophe Gaudoz, que dejó París para instalarse en el pueblo de su familia: Maderuelo (Segovia). Como Marcos Moya, uno de los pobladores que están devolviendo la vida a El Collado (La Rioja).

Leer el libro es escucharles a ellos, darles voz, a los últimos, a los resistentes de una España rural que se muere. Me encanta el libro, a mitad de camino entre un reportaje largo, un ensayo, una crónica de viajes, una recopilación de relatos. Pero no es ficción. Es la realidad que tenemos aquí al lado. Los pueblos que vemos pasar por la ventanilla, o ni eso. Los puntos en un mapa. Nuestras raíces.

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Campos en Canejá, en Cervera del Río Alhama (La Rioja)

Mientras leía el libro, pensaba en mi pueblo: Cervera del Río Alhama. En las historias de mi familia, en las casas cerradas, en los campos yermos, en el silencio y la belleza de los caminos. Cervera está en la Rioja Baja, en esa zona denominada Serranía Celtibérica. Es un territorio que se expande por diez provincias (Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja) y cuya densidad de población es inferior 8 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Laponia. Es la Laponia del sur. Pese a ser un pueblo relativamente grande, capital de comarca, Cervera también sufre la sangría de la despoblacion. En 50 años ha pasado de más de 5.000 habitantes a poco más de un millar. Nosotros somos veraneantes que volvemos en vacaciones y algunos fines de semana.

La lectura del libro me deja un poso agridulce. Releo algunas frases subrayadas. “Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza…”. Busco pueblos en el mapa. Aplaudo a su autor. Pienso en lo duro que es vivir en los pueblos. Dejo que se deshaga en la boca un trozo de manguito, el bizcocho con merengue típico por San Blas que me han traído mis padres de Cervera.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

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“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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Balada de la bicicleta con alas

Estoy ordenando fotos de la Semana Santa en Cervera, y decidiendo si vamos a pasar la tarde al parque con bicis o patinetes, cuando me llega un mensaje de una amiga con un poema (gracias, Elisa). Y los versos de Alberti se mezclan con los caminos de Cervera, el cumple de Ione, las vistas desde el Castillo, las historias familiares, los 97 de la Tía Fina, los recuerdos de los abuelos, la comida en Canejá, las camas elásticas de la plaza, las viejas bicis, la sensación de libertad desde lo alto del Tolmo con el Moncayo al fondo nevado…

“Con un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas” (…)

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“Balada de la bicicleta con alas”. Poema y dibujo de Rafael Alberti.

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Cervera del Río Alhama.

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De Creaciones Jiménez a Cabo Lupita

Hace cincuenta años, cinco hermanas (y sus maridos y un hermano) abrieron un taller de confección en Cervera del Río Alhama (La Rioja): Creaciones Jiménez. Primero cosían en casa y luego compraron un edificio en la calle Mayor. La empresa fue creciendo y llegó a dar trabajo a 15 o 20 personas del pueblo. Se dedicaban sobre todo a confección infantil, prendas de abrigo y vestidos, que vendían a tiendas del norte de España. Acudían a ferias para ver tendencias y Margarita era la que más se encargaba de diseñar los modelos. Varios hijos de Milagrosa (la hermana pequeña) y Pedro también echaban una mano en verano preparando pedidos. En los últimos años, los nietos lucíamos los abrigos nuevos cada temporada y jugábamos con los montones de retales. Creaciones Jiménez duró hasta finales de los años ochenta, cuando los socios se fueron jubilando.

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(Trabajadores y familiares de Creaciones Jiménez, a principios de los años 70, en el edificio de la Confección)

Cincuenta años después, las hermanas Urbina-González (nietas de Milagrosa y Pedro) acaban de abrir su propia firma de moda: Cabo Lupita. Son unas jóvenes emprendedoras con mucha energía, buenas ideas y buen gusto. Su filosofía se basa en diseños originales, edición limitada y fabricación nacional. Ellas han diseñado los modelos y estampados, han comprado las telas a un fabricante de Igualada, han encargado la confección a un taller de Mataró y la serigrafía a otro de La Coruña. Acaban de lanzar su primera colección. Venden sus prendas por internet, en ‘pop-up stores’ y mercados de diseño. Ya han presentado su primera colección en Madrid y Barcelona. La próxima semana, Cabo Lupita se vestirá de largo en Logroño.

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(Las creadoras, Marina y Ana Urbina, en la presentación de Cabo Lupita en el espacio Cadàver Exquisit, en Barcelona)

¿Y por qué “Cabo Lupita”?, les pregunto a las artistas. “Buscábamos un nombre que uniera nuestro interés por la iconografía soviética, la gimnasia rítmica, las referencias espaciales, el punto nostálgico de las rancheras… En nuestro imaginario, Cabo Lupita es un lugar del Globo desde el que despega nuestro proyecto”, cuentan.

¡Buen despegue y largo viaje a Cabo Lupita!

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El secreto del turrón de guirlache

Abro mi álbum de recuerdos y huele a caramelo y almendra tostada. Es la tarde de Nochebuena, soy una niña con coletas a la que le faltan varios dientes. Mientras en una olla cuece el cardo y en el horno se hace el asado, la Yaya Mila prepara el turrón de guirlache. Yo me apunto, y ella me deja remover la masa con la cuchara de palo, me deja probar una cucharadita, me da el primer trozo, que me como impaciente antes de que se enfríe y me quemo la lengua, claro. Luego echamos leche en el cazo para que se despeguen los restos de caramelo y disfruto de los sorbos más dulces.

Yo nunca me he atrevido a hacer turrón de guirlache. Mi madre y mis tías sí han seguido con la tradición. Ellas han heredado de la abuela la mano con la cocina y la capacidad de organizar cenas multitudinarias. Hojeo el libro de recetas familiar y parece sencillo:

Ingredientes:
-Almendras
-Azúcar
-Obleas

Preparación:
Cascar las almendras con cuidado para que no se rompan. Escaldarlas y pelarlas. Tostarlas en el horno. Poner el azúcar al fuego hasta convertirlo en caramelo. Mezclar las almendras tostadas con el caramelo hasta que estén todas bien cubiertas. Poner las obleas sobre una superficie plana y extender sobre ellas la mezcla de la almendra con el caramelo. Cortar el turrón en barritas antes de que se enfríe del todo.

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Pero falta ese “punto” que no sale en los libros de recetas. No sé si el secreto está en las almendras, que cogimos meses atrás de los almendros de Canejá; en la proporción de azúcar; en el cazo de cobre; en el corte final de las barritas. O está en la mesa, en la reunión de primos y tíos en la Tienda, en los disfraces y las canciones, en ese álbum de fotos y risas que seguimos llenando cada año…

 

¡Feliz Navidad!

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Formas de volver a casa

Las chicas aplauden cuando se vislumbra el perfil del Pilar llegando por la carretera (igual que hacíamos mi hermana y yo de pequeñas en el asiento de atrás). Se emocionan cuando pasamos junto a la piscina de Balsas, cuando vuelven a ver el cole todavía cerrado, y nuestra plaza, y sus habitaciones con sus cuentos y sus juguetes.

Nos gusta viajar y también volver a casa. Ahora quedan unos días para recuperar poco a poco nuestra rutina y nuestro espacio, ordenar las fotos de las vacaciones, preparar la vuelta al cole (Vega y Luna tienen que decidir si quieren mochila para Primaria de colores, del Barça o de superhéroes), y la vuelta al trabajo, montar en bici e ir a la piscina, repasar la lista de recados pendientes… Y echar de menos el mar.

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Reviso las fotos. En el álbum de estas vacaciones se mezclan en un collage colorido prados, amigos, moras, familia, nubes, sol, sidra, quesos, Los Secretos, el Pozo Largo, cachopo, estatuas de Oviedo, tarta de la abuela, helados, las playas de Arnía, Andrín y otras del Cantábrico, el mercadillo de Cervera, los Picos de Europa…

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(Carreras. Y cubos de Ibarrola, en Llanes)

Recojo los libros que me han acompañado este mes: “Correr”, de Jean Echenoz; “Lo raro es vivir”, de Carmen Martín Gaite; “Formas de volver a casa” (de Alejandro Zambra), y “La buena reputación”, de Ignacio Martínez de Pisón, con el que todavía estoy viajando. En todos han quedado frases subrayadas y esquinitas dobladas.

“Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla”.
(“Formas de volver a casa”, Alejandro Zambra)

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Golondrinas, moras y pastas de la Loli

Me gusta perder la noción del tiempo en Cervera. No saber si es lunes o jueves, 3 o 9. Hoy toca mercadillo, ah, pues es viernes. Me gusta levantarme sin despertador, cuando me despierta la claridad, o los pájaros, o el olor a tostadas o el colchonero que pasa con su furgoneta (“Señoraaa, colchones a precio de fábrica”).

Me gusta desayunar y comer y cenar en nuestro salón-cocina-entresuelo, con la puerta de la calle abierta, con la vida entrando a raudales: el Félix con su bastón que viene a traer caramelos para las chicas; Anne, Unai y Mireia que vienen a buscarlas para ir a jugar; la Bego con una tarta para Chema; una vecina para hablar de mi libro; Cruci para comentar los planes del día, si hoy comemos en la Tienda o cada uno en su casa, y ya de paso os traigo una tortilla, riquísima.

Me gustan los días de sol para ir a la piscina, pero también los nublados, en los que hacemos otros planes: subimos al Castillo, vamos al Pozo Largo, cogemos moras, las chicas organizan partidos de fútbol en la plaza o yo me voy a correr por la vía verde. Me gusta el barullo de las fiestas de Santa Ana en julio y los días más tranquilos de agosto. Me gusta comprar pastas en la Loli y los viernes en el mercadillo. Me gusta reencontrarme con amigos (gracias, Román) y esperar a los que vienen de visita. Me gustan las tertulias en la fresca. Me gusta desconectar de internet y de la actualidad, aunque las noticias importantes también llegan (Gaza, el ébola, el reencuentro de la presidenta de las Abuelas de la plaza de Mayo con su nieto, una granizada impresionante una tarde en Zaragoza…).

Me gusta escribir tranquila después de desayunar, esperando a que las chicas vayan despertándose y bajando por las escaleras. Lara suele ser la primera. Baja con cara de sueño y ganas de hablar. Mientras come magdalenas, nos contamos nuestros sueños.

piscina cervera2

(La piscina de Cervera y al fondo, los restos del Castillo)

PD Este verano, además, mis golondrinas han llegado a Cervera. Presentamos el libro en el Casino y fue un éxito. Podéis leer la crónica en el blog de El refugio de las golondrinas. El libro está en la biblioteca y se vende en la Begoña.

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