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El día que cenamos con Ernesto Cardenal en Solentiname

Allá a lo lejos por el camino vimos acercarse despacio a un hombre mayor, ya encorvado y arrugadito, con guayabera blanca, sonrisa y boina al estilo del Che. Era una tarde calurosa y plomiza en la isla de Mancarrón, en Solentiname, un pequeño paraíso en mitad del Gran Lago de Nicaragua. Mari Carmen y yo guardamos las cámaras, como nos habían dicho, y fuimos nerviosas de invitadas a la cena con Ernesto Cardenal y sus amigos.

No recuerdo bien de qué hablamos en aquella cena ni qué comimos. Gallopinto, yuca, algún pescado, chancho, frescos de mango o de pitahaya, tal vez. Puede ser que habláramos de política, de literatura, de periodismo o de religión. Las jóvenes periodistas veinteañeras estábamos emocionadas por compartir mesa con él, un símbolo de Nicaragua y de la lucha universal contra las injusticias. Ernesto Cardenal, el poeta y sacerdote que luchó contra Somoza,  que fue ministro de Cultura sandinista, que se enfrentó después a Daniel Ortega, que fue una figura clave de la Teología de la Liberación,  al que amonestó en público Juan Pablo II al aterrizar en el aeropuerto de Managua en 1983 (y al que levantó el castigo el papa Francisco el año pasado), que fundó una comunidad de pintores primitivistas en Solentiname, que siguió escribiendo y denunciando las injusticias hasta sus últimos días.

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Mari Carmen me manda una noticia con su muerte. Y las dos volvemos a Solentiname, en 2003, a aquellas fotos y aquella entrevista que no hicimos. Hay personas y lugares y viajes que dejan una huella profunda.  Como Solentiname. Tengo un tucán de madera de colores –que compramos a uno de los artistas de la isla- en la estantería donde guardo mis libros nicas: Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Omar Cabezas… Hay uno especial, con las hojas sueltas y las esquinas dobladas: “Aquellos años de Solentiname”, una recopilación de textos de distintos autores. Hay un cuento de Cortázar, “Apocalipsis en Solentiname”, en el que narra un viaje al archipiélago acompañado de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

“Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo” .

(“Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar)

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Iglesia de Mancarrón, Solentiname, que levantó Ernesto Cardenal.

Ernesto Cardenal nació en Granada, en 1925, y falleció el 1 de marzo en Managua. Tras el funeral en la catedral de Managua, está prevista una misa de despedida en su iglesia de la isla de Mancarrón. Sus cenizas descansarán en Solentiname.

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Caminhantes (guía familiar de Lisboa y Oporto)

Viajar es abrir los ojos, aprendernos en otro lugar, escapar un poco, descubrir o redescubrir otros caminos, ser turista y viajera y vecina a la vez, dibujar nuestros puntos en el mapa, reencontrarnos, aventurarnos, soñar con la forma de las nubes. Este mes de agosto ha sido raro y especial, entre Cervera y Portugal, con la cabeza en mil sitios (el ERE del Heraldo y mi próximo e incierto cambio laboral) y los pies en la tierra, paseando juntos, subiendo cuestas, bañándonos en el Atlántico, comiendo pasteis de nata, haciendo planes, siguiendo el mapa y, a veces, perdiéndonos sin él.

Volvemos de pasar unos días en Lisboa y Oporto, ciudades de río y de mar, modernas y tradicionales a la vez, con tranvías y pastelerías, con cuestas y miradores, con rincones decadentes. Nosotros no nos ponemos de acuerdo en cuál nos gusta más. Quizá, por un poco, gane Lisboa. Volvería a cualquiera de las dos. Mejor con menos turistas, pero es lo que tiene viajar en agosto a destinos muy demandados. Aquí van algunos apuntes de nuestro viaje familiar.

 

Lisboa es terreno conocido, estuvimos hace cuatro años. Ahora cambiamos de barrio (nuestro apartamento está la zona de Príncipe Real), repetimos algunos planes y hacemos otros nuevos. Volvemos a montarnos en el tranvía 28, desde la primera parada, en el campo de Ourique, hasta la Alfama. Después callejeamos y acabamos viendo el atardecer desde el mirador de Graça. Lisboa es maravillosa desde cualquiera de sus miradores con la luz anaranjada acariciando los tejados y la brisa atlántica que se levanta por las tardes (una que es friolera recomienda chaquetilla).

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En nuestros viajes siempre buscamos playas, librerías y fútbol. Y siempre surge algún plan inesperado. Esta vez acabamos animando al Boavista en su estadio de Oporto contra el Paços de Ferreira. Y cantamos los éxitos de Queen en un concierto en el Festival do Peixe e Marisco de Matonsinhos. “It’s a kind of magic”…

Nuestras playas: Carcavelos (cerca de Lisboa) y Matonsinhos (a un paso de Oporto). A las dos se puede llegar muy bien en media hora desde el centro en transporte público o con coche. Tienen agua helada y muy limpia, olas para saltar, espacio suficiente en la arena para echar partidos de fútbol o disputar juegos olímpicos familiares (las chicas ya nos ganan), y hay caminos cerca para correr. Una recomendación que seguimos de otros viajeros: pasar el día en Matonsinhos y volver al atardecer dando un largo paseo por la orilla del mar y la desembocadura del Duero.

Nuestras librerías: Bertrand y Ler Devagar (en Lisboa), una antigua y una moderna. La librería Bertrand, en la rua Garrett, presume de ser la más antigua del mundo en funcionamiento. “Desde 1732 presenciamos un terremoto, una guerra civil, nueve reyes, un regicidio, diez presidentes, tres repúblicas, seis golpes de estado, dos guerras mundiales, la construcción de un muro, la caída del muro, la unificación de Europa, la entrada en el euro… Y tenemos libros para contar sobre todo eso”. Y bajo el puente 25 de abril, en la LX Factory, entre tienditas y bares de moda, está Ler Devagar. Ocupa una antigua imprenta, con la paredes forradas de libros y una invitación a salir volando pedaleando. Esta vez paseamos por la LX Factory y nos tomamos una cerveza con Belén. Hablamos de Lisboa, de periodismo y de la vida. Mucha suerte, Belén, en tu aventura como corresponsal de TVE en Lisboa.

Nuestra mejor comida: un italiano que eligieron las chicas en Vila Nova de Gaia, Mamma Bella, en una bocacalle tranquila de la Ribeira. Ellas recomiendan lasagna o pasta bolognesa. Yo me chupé los dedos con una pasta negra con bacalao. Y por la tarde, paseo en barco por el Duero. Es impresionante pasar bajo los puentes que unen las dos ciudades, Oporto y Gaia. ¿Qué pensaría Gustav Eiffel si viera hoy a los chavales lanzarse sin miedo al agua desde el puente Luis I?

Volvemos con ganas de escuchar fado y aprender portugués (siempre traigo un diccionario y algún libro de mis viajes), de leer más libros de Peixoto, de volver a nuestra casa y nuestro barrio, de que empiece la liga de fútbol alevín y el conservatorio de danza, de seguir viajando.

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Cuentos esféricos

Somos una familia pegada a una pelota. Si repaso el álbum familiar, en muchas fotos sale una pelota, en primer plano o rodando fuera de cámara. Recuerdo a Lara con un año corriendo tras una por las playas de Cádiz. Recuerdo, antes, partidos de fútbol con amigos en una playa de Calafell. Hemos jugado grandes partidos familiares en parques y playas. Hace tiempo que las chicas nos ganan a los padres. Chema sigue jugando con los Old Blacks, probablemente el equipo con la media de edad más alta de su categoría. Yo a veces echo de menos a las Apañadicas, aquel equipo de amigas que montamos hace unos cuantos años. A mí siempre se me dio mejor correr que chutar, pero qué bien lo pasábamos.

(Chema, Lara, Vega y Luna, hace unos años, en un partido de los Old Blacks)

Ahora disfrutamos con los partidos de Vega y Luna con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino). Vibramos y soñamos este año con la selección aragonesa sub12 en Valencia. El fútbol nos acompaña a todas partes. Animamos a la selección española femenina sub20 el pasado verano en la Bretaña. Ya somos para siempre fans de Aitana Bonmatí, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Eva Navarro, Maite Oroz, etc. Y ahora seguimos a la absoluta por la tele en el Mundial de Francia. Somos fieles al Real Zaragoza en la Romareda. Nuestras chicas tienen todos los libros de ‘Los Futbolísimos’. Y esta temporada no nos perdíamos un día de ‘Futboleras’, el primer programa en la  televisión española dedicado al fútbol femenino.

El fútbol y la literatura casan muy bien. Este miércoles presenta Chema su libro de relatos ‘Cuentos esféricos’ (Pregunta Ediciones). Y la pelota también rueda por sus páginas. Son siete cuentos, “siete pedazos de vida”, en los que habla de sueños, del olvido, del dolor, de la lealtad, del amor, del compromiso, de la dignidad. Y siempre con el fútbol como telón de fondo y, en uno, el boxeo. En su primer libro (‘Goles al margen‘, Anorak Ediciones) también el fútbol era protagonista, pero desde otro ángulo. Aquel eran 45 biografías de futbolistas y entrenadores, algunos conocidos y otros personajes casi olvidados. Ahora se lanza a la ficción, con unos relatos agridulces que saben a verdad, a fútbol de barrio y barro en las botas.

Los cuentos esféricos de Chema nos llevan a Rota, a Buenos Aires, a Asturias, al País Vasco, a Livorno (la ciudad más roja de Italia), a Toulouse, al extrarradio de Madrid. Chema rinde homenaje a sus referentes. Algunos personajes de estos relatos podrían salir en una película de Campanella o una novela de Aramburu. Incluso Cruyff asoma por sus páginas.

Dicen que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. El fútbol, la literatura y las historias son un pasaporte para seguir soñando.

PD1 La presentación será este miércoles a las 20.00 en el centro cultural de Las Armas. Poco antes juega España contra Alemania el segundo partido del Mundial de Fútbol Femenino.

PD2 Lara, nuestra bailarina, la menos futbolera de la familia, cumple hoy 13 años. Ella, ellas, son la vida, la felicidad. Que la pelota siga rodando.

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La Bretaña y un Mundial de fútbol inolvidable

La Bretaña son castillos, playas, galettes… y para nosotros, sobre todo, el Mundial de fútbol femenino sub20. Planificamos las vacaciones familiares a la Bretaña y Normandía sin saber que este campeonato se jugaba en esa zona esos días. A veces el azar nos lleva por caminos insospechados. Nos dejamos llevar y acabamos en las gradas del estadio de Vannes, rodeados de franceses, animando a las chicas españolas en la semifinal del Mundial contra Francia. Gritamos, aplaudimos, nos hacemos fotos con ellas y nos emocionamos con la victoria. Si hemos llegado hasta aquí, habrá que ir a la final, ¿no? Y unos días más tarde volvemos al estadio de Vannes. También viene Pedro Sánchez, al que vemos pasar en el coche oficial. Y vemos la final contra Japón con muchos nervios junto a los familiares de las componentes de esta selección histórica. Qué ilusión saludar a Meri, la madre de la capitana, Maite Oroz, y también la profe de mi sobrina Ione en Zubiri. Mi madre y casi un millón de personas siguen el partido por televisión desde España. Es el partido de fútbol femenino más visto en la historia de nuestro país. Perdemos pero ganamos. Vivimos un momento de explosión del fútbol femenino en España. Estas jugadoras ya son referentes e ídolos. Gracias, Maite Oroz, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Aitana Bonmatí, Eva Navarro, Carmen Menayo, Cata Coll, Damaris Egurrola, Laia Aleixandri y todo el equipo que nos habéis emocionado tanto. Nuestras chicas guardarán para siempre vuestra foto. En nuestro álbum familiar este será el verano del Mundial de fútbol de la Bretaña.

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Vega y Luna con la selección sub20 de fútbol antes de la semifinal con Francia.

Además de animar a la selección, hemos disfrutado mucho de los paseos por Nantes y Rennes. Nos hemos bañado en varias playas bretonas. Qué maravilla la playa de Saint Malo para nosotros solos. Nos hemos subido a un elefante gigante en l’ile de Nantes. Hemos comido de picnic en el castillo de Josselin. Hemos caminado entre las tumbas del cementerio americano de Normandía. Hemos bailado en la plaza del ayuntamiento de Rennes. Hemos visto la majestuosidad del Mont Saint Michel. Hemos comprobado lo estrictos que son los franceses con los horarios de las comidas (después de las 2 es casi imposible encontrar un restaurante para comer). Hemos comido muchas galettes. La lluvia nos ha respetado. Y nos hemos dejado muchas cosas por ver. Así podemos volver algún día…

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Paseos por la ciudad rosa

Me gustan las ciudades con río, canales, bicis, librerías, calles peatonales, parques y atardeceres bonitos. Como Toulouse. Volvemos encantados de nuestra escapada a la que llaman la ciudad rosa. Me gustan sus fachadas de ladrillo y las contraventanas de colores claros; la luz de atardecer maravillosa; el Garona majestuoso; el Pont Neuf; la plaza de La Daurade junto al río a la que nos llevan los paseos una y otra vez (mi rincón favorito de Toulouse); el apacible Canal du Midi; el barrio de Saint Cyprien, que parece un pueblo, la plaza de Capitole tan elegante, y sus soportales con frescos que resumen su historia, con referencias a Gardel (nacido en Toulouse) y a la Guerra Civil Española (la ciudad fue uno de los principales refugios de los exiliados republicanos).

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Toulouse tiene un aire medieval y a la vez muy moderno. Es la cuarta población de Francia y una ciudad con mucha vida universitaria. También está la sede de Airbus, el gigante europeo de la aviación. Nosotros seguimos el mapa turístico y el nuestro. Rodeamos la basílica de Saint Sernin, y entramos en la catedral de Saint Etienne. Nos compramos unas frambuesas en el marché des Carmes. Visitamos la Cité de l’Espace, no sé si alguna hija será astronauta pero pasamos una buena mañana. Seguimos unas señales y llegamos al conservatorio de danza. Estamos a punto de entrar a preguntar por las clases. Unos días más y buscamos algún club de fútbol femenino. Nos quedamos sin ver el Jardin des Plantes, porque ese día los parques estaban cerrados por amenaza de viento (con esa norma tan estricta en Zaragoza sería difícil tener parques abiertos). Pero disfrutamos de picnic y volteretas en otros jardines. Comemos creps, pastelitos árabes, croasanes y quesos. Y Mariano nos invita a raclette en su casa.

Durante la Guerra Civil y en los años posteriores, Toulouse acogió a unos 100.000 exiliados españoles. Aquí se organizaron reuniones y congresos de la resistencia antifranquista. Aún se ve su huella en monumentos y placas. Pasamos varias veces por delante de lo que fue la sede del Partido Socialista Obrero Español durante el franquismo: hoy en día la filmoteca de la ciudad. Y Toulouse es también ahora destino de españoles emigrados por la crisis. Mariano, nuestro anfitrión, es uno de ellos. Gracias por tu hospitalidad, tu simpatía, tus consejos, tu conversación y tu raclette.

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Volveremos a Toulouse.

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Cuarenta años

El 23 de noviembre de hace justo 40 años fue miércoles. Leo en ‘El País’ de ese día (gracias, Ana y familia riojana, por el regalo) el borrador de la Constitución que se estaba gestando. Decía que España sería una monarquía parlamentaria, con pluralismo político y libertad de expresión. También leo una entrevista con el primer ministro marroquí hablando del Sáhara. En páginas interiores aparece la reividicación del último atentado de ETA. En la quiniela había un Zaragoza-Calvo Sotelo en Segunda. Aquella temporada el Zaragoza acabó subiendo a Primera. Y en los breves leo que han detenido a unos niños por robar el bocadillo a otro en un colegio. El periódico costaba 15 pesetas.

Mientras, en Zaragoza, Pili cumplía las 40 semanas ese día. Por la mañana fue a revisión en el Clínico pero le dijeron que aún estaba verde y que se fuera a casa. Pili y Luis Ignacio fueron a comer a casa de Juli y Félix. Todos estaban a punto de estrenar título: de padres y de abuelos. En la familia nos gusta mucho contar historias de los nacimientos. Cuenta mi madre que no comió mucho, que todo fue muy rápido, que enseguida se puso de parto, que mi padre no fue a trabajar al Colegio Alemán esa tarde, que en el taxi ella gritaba mucho, que llegaron al hospital y la pasaron directamente al paritorio. Que en unos minutos, antes de las 16.30, ya había nacido yo. Era el 23 de noviembre de 1977.

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“Paula es nacida en el 77. Noviembre del 77. A los pocos días nevó y eso debe ser muy buena señal…”, cuentan mis padres en el prólogo del libro ‘El fascinante campamento del Cid’, mi primer libro. Lo escribí con 15 años a la vuelta de unos campamentos y se quedó perdido en alguna carpeta de casa. Mis padres y mi hermana lo han rescatado, y lo acaban de editar en la ‘Editorial Peponerías’. Es un ejemplar único, con motivo del 40º aniversario de la autora. Es un regalo maravilloso.

“A veces nuestras hijas nos asustan un poco. Por su desenvoltura. Por su capacidad de imaginar proyectos en los que involucrarse y por su valentía en llevarlos adelante. Nuestra mirada sobre ellas tiene también un toque de orgullo, queremos creer que solo un toque, porque nuestra aportación a lo que hoy son no es calibrable. ¿Qué influye en el devenir de una persona, en su peripecia vital? Igual ni merece la pena rastrear, basta con reconocer el soplo, a veces suave, a veces violento, del azar”, dicen nuestros padres en el prólogo.

La historia continúa…

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Paris sera toujours Paris

La felicidad es un mapa arrugado de París. Son los saltos, las risas y las fotos delante del Arco de Triunfo, del Panteón, en la plaza de los Vosgos, en Montmartre, en la Ópera, en el parque des Buttes Chaumont, en la Villette, en un Burger refugiados de la lluvia parisina. Unos bocadillos debajo de la torre Eiffel. Reírnos de Robert Ryman en el Pompidou. Reírnos de los escaparates de lujo de la rue Saint Honoré. Un helado de yogur o de chocolate. Una cena de quesos. El suelo que cruje en nuestro apartamento parisino prestado. Sus libros, los libros, la música. El paisaje que discurre por la ventanilla del tren. ZAZ y nosotros cantando ‘Paris sera toujours Paris’.

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La felicidad es también bañarnos en las playas de Liencres. La ‘tabla’ de surf que nos acompaña desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, y que mengua ahora cada año mientras las chicas crecen. Constatar con orgullo y vértigo cómo el tiempo vuela con ellas. Meter los pies en el Pozo Largo. Ver estrellas y contar historias en Clunia. Un día de picnic y piraguas en Playa Pita. Una cena en la parte antigua de Cáceres. Piscina y carne a la plancha en la casita del Parque del Príncipe. Nadar en una piscina solitaria y secarme al sol. Descubrir un camino nuevo para correr.

La felicidad es también volver a casa, al calor pesado de Zaragoza, a la tienda de pan y periódicos de la plaza, a nuestra piscina de Balsas, a los entrenamientos, a la rutina…

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