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Casi 40, casi perfecta

Los reencuentros producen un cosquilleo en el estómago. Una no sabe si se va a encontrar con la persona o el lugar que guarda en su memoria. O si el paso del tiempo nos ha cambiado tanto, a unos y otros, que no nos vamos a reconocer. David Trueba nos reta a mirarnos en el espejo en ‘Casi 40’, y creo que no salimos tan mal parados. Una película deliciosa.

‘Casi 40’ es una película generacional, no sé si a los que se alejan de esa edad les gustará tanto como a mí. Tenemos muy pocas ocasiones de ir al cine en nuestra vida de ‘casi 40 o un poco más’. Ayer se dieron las circunstancias y fuimos al estreno Chema, Lara y yo. Era el día ideal. A mediodía había comido con mi amiga Aitana, habíamos estado hablando de Barcelona, de reencuentros, de amistades, de viajes, de cómo hemos cambiado o no tanto en estos 20 años.

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David Trueba vuelve a juntar 20 años después a Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, los protagonistas de ‘La buena vida’, su ópera prima. Han pasado 20 años para todos: el director, los actores, los personajes, nosotros. Ahora les acompañamos en una modesta gira de conciertos por ciudades de Castilla y León y Extremadura. Ella fue una cantante de éxito que dejó la música hace unos años. Ahora está casada con un exjugador de fútbol del Real Madrid y tiene dos hijos. Él es un vendedor de productos de cosmética ecológica. Hace ya muchos años fueron pareja. Algunos de sus sueños se han quedado por el camino. La gira es la excusa para su reencuentro y para reflexionar sobre el paso del tiempo. Me recuerda a las películas que tanto me gustan de Richard Linklater: ‘Antes del amanecer’, ‘Antes del atardecer’, ‘Antes del anochecer’, ‘Boyhood’.

He leído a David Trueba decir que no es una película nostálgica. A mí sí me lo parece, un poco, nostálgica y tierna, sencilla y profunda, de las que dejan un poso agridulce. Me gusta mucho cómo retrata la relación entre ellos, con sus diálogos, sus silencios y sus miradas. También me gusta la imagen de una España de carreteras secundarias, ciudades pequeñas y conciertos en librerías. Y me encanta su banda sonora, qué bien canta Lucía Jiménez (“Casi 40, casi perfecta…”).

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El profesor de química

Llevamos dos meses cenando con Walter White, y esta noche lo echaré de menos. Me había acostumbrado a las historias de este profesor de química de instituto convertido en narcotraficante. En casa vemos las series a destiempo, cuando ya se han pasado de moda, cuando se habla poco de ellas. Ayer vimos el último episodio de ‘Breaking Bad’, redondo, buenísimo. Y hoy me siento rara sin Walter White. ¿Qué vemos esta noche? ¿Cuál será la siguiente serie? El listón está tan alto que temo no encontrar otra que me guste tanto. Ya sentí algo parecido cuando terminamos ‘Los Soprano’, ‘The Wire’ o ‘A dos metros bajo tierra’.

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Walter White es un personaje diferente a otros malos de películas y series de mafias o narcotráfico. Tras descubrir que tiene cáncer, Walter, que hasta entonces llevaba una vida anodina en Albuquerque, comienza a cocinar y vender metanfetamina para pagar su tratamiento y dejar unos ahorros a su familia. Conforme avanzan los capítulos va entrando en una espiral de violencia, mentiras y ambición de la que ya no podrá salir. A su alrededor, van creciendo unos personajes secundarios espléndidos: su mujer; su hijo adolescente discapacitado, su cuñado (agente de la DEA), su exalumno y ahora socio en el negocio de la droga, su peculiar abogado sin escrúpulos, otros narcotraficantes y matones.

Hay momentos en los que odio a Walter White por su crueldad. En otros, le entiendo y hasta casi le justifico. Con una mirada o un gesto lo cambia todo y vuelve a ser el profesor de instituto bueno y enfermo. Aún no estoy segura si hace todo lo que hace por él o por su familia. En el último capitulo casi le perdono.

Ahora que he leído que Los Pollos Hermanos ha abierto un restaurante en EE.UU. (o, al menos, una réplica del mítico local de ‘Breaking Bad’ para promocionar otra serie), me gustaría ir un día. Pediría unas alitas de pollo, me sentaría en una mesa del rincón y esperaría a que aparecieran Walter White, Gus Fring, Jesse, Skyler, Hank, Saul y todos ellos. Le preguntaría a Jesse si consiguió salir de Albuquerque. Le preguntaría a Skyler si en el último capitulo aún le quería. Le volvería a preguntar a él por qué lo hizo.

Y ya de paso les pediría que me recomendaran otra serie…

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I wonder

‘I wonder’ es una canción maravillosa de un músico extraordinario y misterioso. Reconozco que yo no había escuchado a Rodríguez hasta que lo vimos hace unos días en el documental “Searching for Sugar Man” (del director Malik Bendjelloul, Oscar al mejor documental en 2013). Ahora voy por la calle cantando sola ‘I wonder’.

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¿Quién era, quién es, Rodríguez? El documental cuenta su increíble historia, desde que fue descubierto en los años 60 en un bar de Detroit. Grabó dos discos (‘Cold fact’, en 1970, y ‘Coming from reality’, en 1971). Sus productores pensaban que se convertiría en uno de los grandes de su generación. Pero sus dos discos pasaron desapercibidos en EE.UU. y él desapareció. Se dijo de él que se había suicidado sobre el escenario en un concierto, de un tiro en la cabeza o prendiéndose fuego; había distintas versiones. Por cosas del destino, un disco suyo viajó en la maleta de una chica a Sudáfrica, allí pasó de mano en mano, de boca en boca, y se convirtió en un gran éxito. En Sudáfrica llegó a vender medio millón de discos en los años 70 y se convirtió en un símbolo de lucha contra el apartheid.

Dos décadas después, dos fans sudafricanos empezaron a rastrear su pista para saber quién era, qué había sido de él. “Fue la banda sonora de nuestras vidas, más que Elvis, más que los Rolling Stones”, cuentan. Y lo encontraron vivo, totalmente ajeno a su éxito. Seguía viviendo en Detroit, había trabajado en la construcción, tenía tres hijas. Le convencieron para viajar a Sudáfrica y dar una gira en 1998, que, claro, fue un éxito absoluto. El documental cuenta su historia: la de Rodríguez, la de su misterio, la de su búsqueda, la magia de su música tantos años después.

 

Ahora me imagino a Rodríguez paseando solitario por las calles de Detroit, tocando la guitarra, jugando con su nieto sudafricano, riéndose del destino, tarareando ‘I wonder’.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Quiero a Birgitte Nyborg de presidenta

Mientras seguimos esperando a ver quién será nuestro próximo presidente o si nos hacen votar otra vez, acabamos de ver en casa la primera temporada de ‘Borgen’. La protagonista es Birgitte Nyborg, líder del Partido Moderado de Dinamarca y que gracias a una coalición consigue llegar a ser la primera ministra. Me encanta Birgitte Nyborg. Quiero una mujer como ella para que gobierne nuestro país.

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La serie cuenta los entresijos del poder en Borgen (nombre coloquial del Palacio de Christiansborg, sede del Gobierno), las tensiones y los pactos de la política, los chantajes, la relación con los medios de comunicación, el peaje personal que deben pagar los personajes públicos. La serie es ficción pero cuentan que refleja muy bien la política y la sociedad danesas. De hecho, fue premonitoria: un año después de estrenarse, Helle Thorning-Schmidt se convirtió en primera ministra de Dinamarca gracias a un pacto de cuatro partidos.

Me gusta la serie por cómo habla de la política desde dentro. Pero me gusta, sobre todo, por cómo retrata a Birgitte Nyborg. Cómo hace equilibrios para conciliar su vida profesional y familiar: con su pareja (un actractivo profesor de Economía) y dos hijos (una chica adolescente y un chico de 8 años). Me gustan sus principios, su idealismo, su pragmatismo imprescindible para gobernar, su capacidad para negociar, sus imperfecciones, sus dudas. La serie muestra el lado privado de los personajes públicos. Y plantea muchas preguntas: ¿Cómo organiza su agenda la primera ministra? ¿Cómo afecta su trabajo a su vida personal? ¿Cómo le apoya su pareja en su carrera profesional? ¿Cuánto ve a sus hijos? ¿Qué renuncias personales tiene que hacer? Me gustaría que esas preguntas nos las hiciéramos más a menudo sobre ellos, sobre los hombres, que también tienen familia y vida personal, que también tienen necesidad de conciliar.

No creo que España y Dinamarca se parezcan mucho. Tal vez aún nos falta aquí un poco para tener a nuestra Birgitte de presidenta. Mientras, yo espero expectante la siguiente temporada de ‘Borgen’.

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Camino a la escuela

Nuestro camino a la escuela dura entre cinco y diez minutos, dependiendo de las prisas y de la conversación. Atravesamos nuestra plaza con las mochilas de ruedas. Cruzamos la calle de José Oto por el paso de cebra de la charcutería, con cuidado de que no pase un coche un poco rápido porque llega tarde a dónde sea (suele pasar, ojalá les multaran). Vamos hablando de cosas del cole, de planes familiares o preguntas extrañas que se les ocurren a las chicas. Después seguimos por el andador peatonal de Molino de las Armas. La semana pasada florecieron los ciruelos. Aunque coincida con los días más fríos de este invierno, nos gusta que las flores lilas nos recuerden que falta poco para la primavera. Qué bonito es llegar al cole por ese pasillo colorido. Dentro de unos días se caerán las flores y saldrán las hojas.

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Jackson, Zahira, Carlitos y Samuel no se encuentran con ciruelos en flor camino de la escuela. Su recorrido dura bastante más que el nuestro. Jackson (10 años, Kenia) y su hermana tienen que caminar 15 kilómetros a través de la sabana para ir al cole. Zahira (12 años, Marruecos) vive a 22 kilómetros de su escuela. Con dos amigas, atraviesan senderos y montañas para llegar al internado los lunes y vuelven a casa los fines de semana. Carlitos (11 años, Argentina) recorre a diario 18 kilómetros a caballo para llegar a clase. Samuel (13 años, India) va al cole gracias a sus hermanos pequeños, que empujan su silla de ruedas 4 kilómetros por caminos de arena, ríos y otros obstáculos. Sus historias se cuentan en el documental “Camino a la escuela” (Pascal Plisson), una maravilla.

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(Imágenes de la web caminoalaescuela.org, una película y un proyecto social en colaboración con la UNESCO)

Zahira y Samuel quieren ser médicos; Carlitos, veterinario. Y Jackson sueña con ser piloto y descubrir el mundo. Me gusta recordar el coraje de estos chicos cuando pasamos bajo nuestros ciruelos en flor camino del cole.

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La novia

“Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes” (La Novia, Bodas de Sangre).

Se encienden las luces del cine, en la pantalla aún brillan los últimos destellos de la película, seguimos sentadas en nuestras butacas, el nudo en la garganta, los cristalitos de sangre, los versos de Lorca. “¿Podéis levantaros ya? Que viene otra sesión…”, nos invita el acomodador a marcharnos.

Pero no me quiero ir. Han pasado unos días desde que vi ‘La novia’ (de Paula Ortiz, adaptación de ‘Bodas de sangre’, de Federico García Lorca) y sigo en esa butaca del cine Palafox. Me cuesta explicar esta película con palabras. ‘La novia’ es la tragedia de Lorca, el amor, el baile alrededor del fuego, el zoótropo girando, la mirada tristísima de la Novia, la felicidad inocente del Novio antes de que todo estalle, el relincho del caballo, la pasión contenida cuando la Novia y Leonardo se rozan las manos, las gotas de sudor, la luna, la arena que aún puedo mascar, esa manera de contar de Paula Ortiz tan particular y a la vez tan universal. Gracias por regalarnos esta película.

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Para los que aún no la han visto, y para los que queremos volver a recordarla, aquí está el tráiler:

“Y te sigo por el aire como una brizna de hierba…”

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Boyhood

Hay películas que me dejan clavada en la butaca del cine o en el sofá; que me acompañan días después; que me zarandean y me enternecen; que me llevan a buscar más información; que volvería a ver hoy mismo; que me hacen sacar mi libretita, que lleno de frases, preguntas, sensaciones… Todo esto me acaba de pasar con “Boyhood” (Richard Linklater).

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(Evolución de Mason, Ellar Coltrane, el protagonista de “Boyhood”)

“Boyhood”, grabada con los mismos actores durante 12 años, cuenta la vida de un niño, desde los 6 a los 18 años. Es una película sobre la infancia, las relaciones familiares y cómo el tiempo cambia nuestra manera de percibir el mundo. Es la historia de Mason, su hermana y sus padres separados (interpretados por Ethan Hawke, inmaduro y entrañable, y Patricia Arquette, luchadora, sola, con poca suerte para elegir parejas). La película fluye como si no pasara nada, y pasan tantas cosas: el tiempo, amores, desengaños, descubrimientos, cumpleaños, mudanzas… Me he quedado fascinada con la mirada de Mason, del niño que fuimos todos, que en parte seguimos siendo, esa mirada que a veces me recuerda a la mía y a la de nuestras hijas.

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Siguiendo el hilo de la película, leo una entrevista con Richard Linklater: “Ethan Hawke planteó lo más profundo que he oído sobre esta película al preguntarse cuándo dejamos de crecer para comenzar a envejecer, dónde termina esa infancia del título. Yo digo que no hay respuesta, nadie sabe cuándo termina la infancia”.

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El año de las golondrinas

Creo que es imposible resumir un año en una palabra, una imagen o una portada de periódico. Pero como estas fechas toca hacer balance y mi blog celebra su cumple (ya va por su 4º aniversario), yo también escojo una.

Para mí ha sido el año de las “golondrinas”. Presenté mi primera novela en junio (“El refugio de las golondrinas”) y ahora sigue volando gracias a vuestras lecturas, comentarios, recomendaciones, fotos. Cuando hace años empecé a tomar notas en mi libretita, no podía ni siquiera soñar que un día esas palabras se convertirían en personajes (casi) reales con forma de novela. Ahí están Martin, Dimitri y Paco, María, Rafael, Helena y Diego, Mario y Luz, la plaza, la torre, el chico que miraba la torre… Brindo con ellos y con vosotros.

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(Mis golondrinas viajeras en la playa de Nules. Foto de Carme Ripollés)

Yo, como mis golondrinas, aún no sé si quiero refugiarme en la plaza o volar a países lejanos. O las dos cosas. Mientras, sigo escribiendo, que es una manera de viajar, de vivir, de observar, de ser.

Que el próximo año nos traiga más historias, abrazos, sonrisas, viajes, pequeños momentos, reencuentros, libros, conciertos, cafés, carreras…

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El peor equipo del mundo

Me gustan las historias de perdedores y las de ganadores atípicos. La de “el peor equipo del mundo” es una de ellas. Hace unos días estábamos haciendo zapping y saltamos por casualidad de un partido amistoso de la selección española de fútbol al documental “El peor equipo del mundo”, de Mike Brett y Steve Jamison, en Canal +. Cuenta la historia del equipo de Samoa Americana, que durante años ocupó el último lugar en la clasificación internacional de la FIFA y aún tiene el récord de haber encajado el mayor número de goles en un partido oficial: 31 a 0 frente a Australia, el 11 de abril de 2001.

Pero el peor equipo del mundo le dio la vuelta a la historia. Un entrenador holandés con prestigio y experiencia, Thomas Rongen, se hizo cargo del equipo para la fase de clasificación del Mundial de Brasil. La cámara sigue la preparación y los partidos, las charlas de vestuario y un poco de sus vidas. Como la de Jaiyah Saelu, la primera futbolista transexual en una selección nacional. O la de Nicky Salapu, el portero que encajó los 31 goles y que también participó en la primera victoria de su selección. El documental recoge la primera victoria del que era el peor equipo del mundo. Diez años después de la humillante derrota frente a Australia, el 22 de noviembre de 2011, Samoa Americana ganó por 2-1 a Tonga. Y mantuvo opciones por clasificarse para el Mundial de Brasil jugado este pasado verano.

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Tengo que reconocer que antes de ver el documental ni siquiera sabía ubicar bien a Samoa Americana en el mapa. Es un protectorado estadounidense en el Pacífico sur, con unos 55.000 habitantes y donde el deporte más popular es el fútbol americano. A partir de ahora, iré siempre con Samoa Americana.

PD Según la última clasificación FIFA publicada ayer mismo (18 de septiembre), el peor equipo del mundo es ahora San Marino. Samoa Americana ocupa la posición 193 de 208. España ha descendido al 8º puesto. Y el primero es Alemania.

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Europa tiene la pasión de haber sido

“Europa tiene la pasión de haber sido y ya no ser; de haber sido un epicentro de la civilización y tener la tragedia de percibir que se le está escapando. Es posible que reaccione, porque tiene mucha gente inteligente, pero por el momento la veo bastante empantanada a Europa”, afirmaba el presidente de Uruguay, José Mujica, en la reciente entrevista con Jordi Évole para el programa Salvados (bajo el título de “Un presidente diferente”).

A Europa hoy le sobran vallas, muros, populismo, racismo, indiferencia… Europa, para mí, es aquel primer viaje a Alemania en 5º de EGB con el colegio; y otros viajes especiales que siguieron después: el de Lisboa, el Interrail por Centroeuropa, París; ese partido del Seis Naciones Francia-Inglaterra en el estadio de Saint-Denis; el euro; la historia del Canfranc; mi Erasmus en Munich; mi prima Anita trabajando en una galería en Berlín; mi amiga Tania viviendo en Londres; el gol de Nayim; el de Torres en la final de la Eurocopa de 2008; los libros, las películas, las canciones; Manu Chao, Ken Loach, “El Pianista”, “Cinema Paradiso”, “Grândola, Vila Morena”, Stefan Zweig, Asterix y Tintín…

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(Reflexionando sobre Europa. Berlín, hace 10 años)

Mañana iré a votar, por esa pasión de haber sido, para contribuir con una gota o un voto a desempantanarla un poco. Mañana iré a votar, aunque aún no tengo claro mi voto. Lo consultaré esta noche con la almohada. O con Pepe Mujica.

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Liantas como Celia

En nuestra casa, Celia es una heroína. Celia es una niña de 7 años, rebelde y preguntona, que no entiende a los mayores, fascinada por los cuentos de hadas, con cara de buena y siempre dispuesta a hacer alguna trastada. Celia nació de la imaginación de Elena Fortún, en unos cuentos publicados en los años 30. En 1993, TVE adaptó algunos de los libros a una serie, dirigida por José Luis Borau y con guión de Carmen Martín Gaite. La serie tuvo mucho éxito pero fue cancelada después de seis capítulos por problemas económicos.

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Nuestros tíos y primas de Logroño nos regalaron la serie el verano pasado. Y Celia se ha convertido en un ídolo en nuestra casa. Nuestras chicas cantan la canción de cabecera (“Celia, hija mía, ¿qué vas a hacer con tanta fantasía?…”) y se saben de memoria diálogos enteros (“Siempre es pronto cuando me aburro y tarde cuando me lo estoy pasando bien”, repiten las palabras de Celia). Y hasta usan al personaje para justificarse cuando las pillamos en algún lío: “Es que somos liantas como Celia”. A mí también me gusta; Celia es moderna, crítica, atrevida, rebelde.

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Y hace poco nos prestaron los cuentos reeditados. Leo el prólogo de Carmen Martín Gaite, “Pesquisa tardía sobre Elena Fortún”, y descubro la historia fascinante de una mujer adelantada a su tiempo y que no tuvo una vida fácil. Elena Fortún era el seudónimo de Encarnación Aragoneses, nacida en Madrid en 1886 y casada años después con un primo suyo militar. Tuvieron dos hijos y el pequeño murió cuando tenía 11 años. Ella había estudiado Filosofía y Letras y le gustaba escribir, pero no fue una escritora precoz. Hasta que entró en contacto con un club de mujeres de Madrid: el Lyceum Club, al que muchos despectivamente llamaban “el club de las maridas”, y que se considera un nido del feminismo español. La intelectual María de Maeztu fundó este club, donde se reunían muchas madrileñas de la burguesía ilustrada. Estuvo abierto desde 1926 y hasta 1939. Tras la guerra, Encarnación y su marido tuvieron que exiliarse, primero a París y luego a Buenos Aires, donde sobrevivieron gracias a colaboraciones periodísticas. Su marido se suicidó en 1948, mientras ella estaba de viaje en Madrid. Tras vivir en varios lugares, finalmente se instaló en Madrid, donde murió en 1952.

Qué pena que Elena Fortún y Carmen Martín Gaite no puedan regalarnos más historias. Qué pena que no se rodaran más capítulos de la serie “Celia”. Seguro que un día como hoy Celia, Elena o Encarnación y Carmen se vendrían con nosotras a liar un poco, tomar un chocolate o unas tapas y celebrar el Día de la Mujer.

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De paseo por Salamanca con Carmen Martín Gaite

Televisión Española acaba de colgar en Internet más de 5.000 documentales de su archivo. Entre ellos está la serie “Esta es mi tierra”, en la que 31 escritores nos muestran sus lugares especiales. Yo me he ido de paseo con Carmen Martín Gaite por Salamanca.

Da gusto escuchar y seguir a Carmen Martín Gaite, tan elegante, vestida de negro y con su melena plateada, recorriendo las calles y la historia de Salamanca, sus iglesias, sus tiendas, sus palacios, la Universidad, las dos catedrales, la Casa de las Conchas, los cafés, el barrio chino, sus recuerdos, el Tormes helado de su infancia, la Plaza Mayor (“la plaza más bonita del mundo”):

“La Plaza Mayor es como una especie de cuarto de estar. Es el centro de la ciudad, donde se entra y se sale muchas veces al cabo del día. Aquí vienen a parar los estudiantes, los que esperan a alguien, los jubilados. Aquí tienen su lugar fijo los limpiabotas, los que hacen su trabajo cotidiano, los niños, los viejos, los contemplativos”.

Su casa, que ya no está, en la Plaza de los Bandos:

“Mi casa estaba en la Plaza de los Bandos. Aquí es donde yo nací y viví 23 años hasta que acabé la carrera y me marché a Madrid. Mi casa ya no existe, la tiraron hace poco sin que nadie me avisara. Me hubiera gustado venir a sacar una foto. Aunque qué más da. ¿De qué sirve una foto metida en un cajón, cuando todas las demás cosas han cambiado o se han perdido para siempre? Cuánto he jugado en esta Plaza de los Bandos. Cuánto he soñado en aquel rincón desaparecido, donde cuchicheaban los niños y tomaban el sol los viejos”.

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(Monumento en recuerdo de Carmen Martín Gaite en la Plaza de los Bandos)

“Yo nunca seré vieja, me decía, nunca dejaré de sonreírle a la vida sin fronteras que tengo delante, inquebrantable puente sobre el abismo. Es inútil, se me ha quedado todo por decir. Siempre pasa lo mismo”. Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000)

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Rajoy en el ala oeste de la Casa Blanca

Vuelve Rajoy del despacho de Obama, de decir que todo va bien, y me imagino cómo hubiera sido la reunión con el presidente Jed Bartlet. El presidente de EE.UU. (el de ficción, el de la serie “El ala oeste de la Casa Blanca”), se habría metido las manos en los bolsillos, habría mirado al frente, sonreído ligeramente, y le habría bombardeado con datos sobre la pobreza infantil, el abandono escolar, la responsabilidad del Gobierno, la justicia social. Y luego le habría retado a una partida de Trivial. Bartlet habla varios idiomas, fue premio Nobel de Economía antes que presidente, tiene una vasta cultura y varias manías.

Si pudiera, votaría a Jed Bartlet para presidente, de EE.UU. o de España. Nos conformamos con verle cada noche en la tele. En casa vemos series a destiempo, no las que están de moda, sino las que nos traen los Reyes o nos apetecen en algún momento. Así, después de “Los Soprano”, “The Wire”, “A dos metros bajo tierra”, “Hijos del Tercer Reich” y alguna más ahora estamos con “El ala oeste de la Casa Blanca” (“The West Wing”, dirigida por Aaron Sorkin y emitida originariamente entre 1999 y 2006).

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(En el centro, Jed Bartlet, Martin Sheen)

La serie sigue siendo muy actual. Muestra el día a día en el ala oeste de la Casa Blanca, donde trabaja el equipo más cercano al ficticio presidente Josiah (“Jed”) Bartlet. Me gusta su ritmo trepidante, ver los entresijos de la política, las reuniones, las dudas, las negociaciones secretas, el lado humano del presidente. Me gusta especialmente C.J. Cregg, la jefa de prensa, sola en un equipo de hombres, muy buena profesional (con tropiezos, como todos), crítica y con sentido del humor.

No sé qué regalo le hubiera hecho Jed a Mariano, tal vez un manual de Economía, unos puros o una caja de chocolates.

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