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Cinco Olivas

A Cinco Olivas se llega por una carretera que discurre plácida junto a los meandros del Ebro. Es un pueblito de un centenar de habitantes en la Ribera Baja del Ebro, con bar, un molino restaurado, un embarcadero que se construyó en los años de bonanza y ahora prácticamente no se usa, y una biblioteca que nos acoge dos sábados para un taller muy especial: “La cámara de escribir”. Carme Ripollés y yo llegamos a Cinco Olivas desde Zaragoza y Castellón, invitadas por la comarca para impartir un taller de escritura y fotografía. Me gusta alejarme de la ciudad y de mis obligaciones cotidianas, conocer sitios nuevos, cambiar la mirada. Me asomo a un mirador sobre el río y disfruto de la majestuosidad del Ebro, a veces plácido, otras amenazante. Y pienso que gusta escribir, leer, hacer fotos y seguir aprendiendo siempre.

Aprendemos de nuestros alumnos: un grupo heterogéneo, en edades y en profesiones, que comparte la afición por escribir y hacer fotos, por la cultura. La más joven, Estíbaliz, es estudiante de instituto. Vienen de distintos pueblos de la zona (Pina, Sástago, La Puebla, Gelsa, Cinco Olivas también), de Zaragoza y hasta de Barcelona. El taller tiene dos partes: el primer día hablamos más nosotras; el segundo, ellos muestran sus creaciones. El tema es cómo contar la vida en los pueblos con palabras y con imágenes. Julio Llamazares se mezcla con José Manuel Navia y con “Los asquerosos”; el Pirineo con Galicia y con la Ribera Baja del Ebro; sus experiencias con las nuestras. Salen textos y fotos emocionantes, sorprendentes, sugerentes, nostálgicos, tristes, humorísticos, misteriosos. En ellos aparecen estaciones de tren, cementerios, casas en ruinas, puertas que se abren, muros, la fresca, las fiestas, vecinos que se quedan y que se van, emigrantes que vuelven, hornos que siguen cociendo pan generación tras generación.

Con los alumnos del taller “La cámara de escribir”, en Cinco Olivas.

Comparto el viaje con Ainara Ortega, técnica de la comarca y la impulsora de este proyecto creativo. “La cámara de escribir” ya lleva ocho ediciones. Por el camino hablamos del Ebro, que marca la vida, la historia y el carácter de esta comarca. Hablamos de despoblación, de cultura, de Jardiel Poncela -que descendía de Quinto-, del museo de momias de Quinto, del puente de Gelsa – que está a punto de abrir después de siete meses de obras-, de las escuelas rurales, y de los bares, centros sociales de los pequeños municipios.

Ya de vuelta a casa, me asomo al Ebro, que baja crecido, y pienso que me encanta compartir momentos y proyectos con Mari Carmen. Han pasado más de veinte años desde que nos conocimos en la universidad. Veinte años de clases, fiestas, prácticas, viajes, trabajos, hijos. Seguimos aprendiendo juntas, en Cinco Olivas y donde nos lleve el siguiente viaje.

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Jornada de reflexión

Hoy es sábado y toca partido de fútbol de las chicas. También es un sábado especial y nos toca reflexionar, dicen. No le veo mucho sentido a las jornadas de reflexión previas a los días de elecciones. Como tampoco le veía mucho sentido a estas elecciones, las cuartas en cuatro años. Creo que las campañas son un teatrillo prescindible, una pérdida de tiempo y de dinero. Echo en falta un verdadero debate político en la sociedad de forma permanente, no solo durante 15 días o, como esta vez, una semana.

Pensaba que estas elecciones serían una repetición con ligeros cambios de las de hace siete meses (victoria del PSOE, ascenso del PP, sin mayorías claras, nuevo bloqueo político y necesidad de pactos). Tengo mi voto decidido desde hace días, desde el 28 de abril. Pensaba ir a votar mañana con desgana y hartazgo. Siempre voto, nunca he dejado de votar ni he optado por la papeleta en blanco. Antes vivía la política con más ilusión y esperanza. No sé si será cosa de la edad, de la mediocridad de nuestros líderes políticos, de la sociedad líquida. En los últimos días siento un enfado creciente y una gran responsabilidad. Ahora creo que nos jugamos mucho. Me dan miedo los discursos racistas y sexistas, la intolerancia, las mentiras descaradas que quedan impunes y siembran odio.

Hoy es sábado, día de partido, de recados domésticos, de leer, de pasear, de ir a correr abrigada, de ver una película. Sería un buen día para ir al cine a ver ‘Mientras dure la guerra’. O para volver a ver en casa con una mantita ‘Good Bye, Lenin!’ y recordar la historia del Muro de Berlín. Para ordenar fotos de aquel viaje a Alemania. Para repasar nuestros álbumes familiares y soñar con viajes futuros.

 

Good Bye Lenin

¡Feliz día de reflexión!

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Despedida

No me gustan las despedidas ni ser el centro de atención. Este jueves intenté irme discretamente del Heraldo. Mi último día después de 20 años. Conté los escalones (soy de las que sube andando hasta la cuarta planta): 82, incluido el de la puerta. Fue una mañana de palmeras de chocolate, abrazos, risas, promesas, recuerdos, aplausos, alguna lagrimita.

Terminé de recoger mi mesa y mi cajón. Aparecieron tesoros variopintos: varios cuadernos llenos de apuntes con mala letra, una agenda de cuando apuntábamos los teléfonos en papel, varios cargadores de móvil, un plano de Zaragoza en papel a punto de pasar a convertirse en pergamino, bolis que van, bolis que no van, cápsulas de café, algunos libros, un cepillo de dientes, varias carpetas para reciclar, otra con materiales e ideas para reportajes que no hice, tarjetas de visita, una sorpresa del roscón de Reyes, regalitos de los viajes de mis compañeros viajeros, un Fluvi con la cabeza rota.

Llevo un mes intentando ordenar mis sentimientos, mis razones y mis palabras. Es difícil, casi imposible. Así que las pongo aquí ahora, un poco a borbotones. Decidí acogerme voluntaria al ERE que nos planteó el periódico. En mi caso la sensación es agridulce. Es mi decisión, pero estoy triste. En el Heraldo dejo amigos y compañeros, he aprendido a ser periodista, he pasado muy buenos momentos. He aprendido mucho de mis compañeros en la redacción (la mejor escuela) y de tantas personas a las que he escuchado con un cuaderno y un boli en la mano. Aún me sigue gustando el periodismo. Es más necesario que nunca. Son tiempos de cambios y mucha incertidumbre en el periodismo y en el Heraldo. Les deseo lo mejor a mis compañeros. Os seguiré leyendo. Yo siento que necesito descubrir nuevos caminos, seguir creciendo, ilusionarme con proyectos nuevos. Sigue escribiendo, me han pedido muchos compañeros en estos últimos días de despedidas. Claro que lo haré. Soy una contadora de historias.

Estos días me vienen a la cabeza muchos momentos. Los primeros reportajes, entrevistas con inmigrantes, en estaciones de tren, en colegios, con okupas, con vecinos, con refugiados, en bici, en autobús, en piscinas, en pasillos del Ayuntamiento de Zaragoza, en pueblecitos, en campos con temporeros, en la plaza del Pilar el 15M, noches electorales, fiestas del Pilar, tragedias (el día que mataron a Giménez Abad), manifestaciones (desde aquella cumbre antiglobalización en Génova en la que detuvieron a varios aragoneses, hasta tantas por la escuela pública). Me acuerdo ahora de las Apañadicas, aquel equipo de fútbol que montamos varias compañeras del Heraldo y de otros medios. Me quedo con las risas y con los buenos momentos.

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Foto con Valeria en el Prado, en uno de mis reportaje preferidos de mis últimos tiempos en el Heraldo. Del Ramiro Soláns al Prado, “el mejor viaje de nuestra vida“.

Me llevo tanto cariño y tantos recuerdos que no caben en un post. Mi Fluvi descabezado me lo regaló Juan Luis, un compañero que se fue hace unos años (la lista de compañeros que se han ido es demasiado larga). Antes Fluvi tenía la cabeza bien puesta, pero lo rompieron mis hijas cuando eran pequeñas un día que vinieron de visita a la redacción. Mis hijas van creciendo, pronto serán más altas que yo. Ahora Fluvi y yo nos vamos a seguir descubriendo nuevos caminos.

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La campeona del mundo de Castelserás

Me gusta leer historias de mujeres que corren: atletas que hicieron historia (Kathrine Switzer, Paula Radcliffe…), campeonas que luchan hoy por el sueño olímpico, madres corredoras y jabatas cercanas de retos modestos e igualmente grandes. Hace poco me encontré con una gran historia que desconocía. La mejor atleta española del siglo XX nació en un pueblo de Teruel y fue dos veces campeona del mundo.

Carmen Valero

Carmen Valero (Imagen de Perarnau Magazine)

Carmen Valero, nacida en Castelserás (Teruel), fue dos veces campeona del mundo de cross (en 1976 y 1977). El pasado domingo se cumplió el 40º aniversario de su primer mundial, logrado en Chepstow (Reino Unido). Al año siguiente volvió a ganar en Alemania. También fue la primera atleta española que compitió en unos Juegos Olímpicos: en Montreal 1976, en las pruebas de 800 y 1.500. Leo que Carmen fue elegida la mejor atleta española del siglo XX por la Asociación Española de Estadísticos de Atletismo. En categoría masculina el ganador fue Fermín Cacho.

Hay unos deportes más mediáticos que otros. Y unos nombres más reconocidos que otros. Es una pena que hasta ahora no hubiera oído hablar de la mejor atleta del siglo XX. Me gustaría preguntarle a Carmen cómo recuerda aquella carrera de hace 40 años, cómo empezó a correr, si ha sido madre, si sigue corriendo, a qué se dedica ahora, si vuelve algún verano a Castelserás…

PD
Más información sobre la historia deportiva de Carmen Valero:
Carmen Valero, dos veces campeona del mundo de cross
Historia del campeonato del mundo de campo a través
Carmen Valero revalidó su título en el Cross de las Naciones
Y gracias a Sergio Muro (atleta y artista, no sé en qué orden) por darme la primera pista.

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La novia

“Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes” (La Novia, Bodas de Sangre).

Se encienden las luces del cine, en la pantalla aún brillan los últimos destellos de la película, seguimos sentadas en nuestras butacas, el nudo en la garganta, los cristalitos de sangre, los versos de Lorca. “¿Podéis levantaros ya? Que viene otra sesión…”, nos invita el acomodador a marcharnos.

Pero no me quiero ir. Han pasado unos días desde que vi ‘La novia’ (de Paula Ortiz, adaptación de ‘Bodas de sangre’, de Federico García Lorca) y sigo en esa butaca del cine Palafox. Me cuesta explicar esta película con palabras. ‘La novia’ es la tragedia de Lorca, el amor, el baile alrededor del fuego, el zoótropo girando, la mirada tristísima de la Novia, la felicidad inocente del Novio antes de que todo estalle, el relincho del caballo, la pasión contenida cuando la Novia y Leonardo se rozan las manos, las gotas de sudor, la luna, la arena que aún puedo mascar, esa manera de contar de Paula Ortiz tan particular y a la vez tan universal. Gracias por regalarnos esta película.

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Para los que aún no la han visto, y para los que queremos volver a recordarla, aquí está el tráiler:

“Y te sigo por el aire como una brizna de hierba…”

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La corredora

“Me he pasado toda la vida corriendo hacia alguna parte, tratando de alcanzar un punto en el horizonte que nunca parece acercarse. Al principio lo perseguía con abandono, con confianza, y más adelante con frustración, luego con dolor, y aun después con la lucidez de una artista del escapismo. Ya es demasiado tarde para detenerme, aunque corra solo en mi imaginación, por la fuerza de la costumbre. Haces lo que haces hasta que te agotas. Eres quien eres hasta que dejas de serlo. Me llamo Aganetha Smart y tengo ciento cuatro años”.

la corredora

He compartido horas y sueños con Aganetha Smart, con “La corredora” (Carrie Snyder, Alfaguara). El libro cuenta la historia ficticia de Aganetha, corredora canadiense que ganó una medalla en los Juegos Olímpicos de Amsterdam 1928. Con ella he repasado la historia de las mujeres atletas. “El sufragio fue importante para las mujeres, pero el atletismo también”, dijo la autora en una entrevista. Las mujeres no pudieron participar en pruebas de atletismo en los Juegos Olímpicos hasta Amsterdam 1928. Algunos decían que correr era malo para las mujeres, que no era femenino, que se les podía desprender el útero. La primera mujer que corrió oficialmente una maratón fue Kathrine Switzer, en Boston en 1967 (cuando aún no dejaban inscribirse a mujeres, pero ella consiguió burlar la norma). Y la maratón femenina no se incluyó en los Juegos hasta Los Ángeles 1984.

Me gusta recordar estas fechas ahora que cada vez más mujeres nos ponemos las zapatillas y nos lanzamos a correr 42 kilómetros, o 5, o los que sean. Pero “La corredora” no es un libro sobre correr; es, sobre todo, un bonito y duro relato de la vida de una mujer, su familia, sus secretos, sus amores, su lucha por salir adelante, sus emociones y las nuestras.

“La corredora” es mi última lectura de este año, en el que he corrido mucho, he leído, viajado, escrito y he hecho muchos planes. Al 2016 le pido seguir disfrutando y conocer nuevos caminos.

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¿Cuánto cuesta escribir un libro?

Me gusta viajar con mis golondrinas. Últimamente he conocido las bibliotecas de Bardallur y Alfamén, gracias a la campaña de animación a la lectura de la DPZ. Me gusta poner cara a los lectores (gran mayoría, mujeres), compartir una charla y un café, escuchar sus impresiones, contar algún secreto del proceso de escritura, tratar de responder a sus preguntas:

“¿Cómo se te ocurrió la historia? ¿Existe en realidad el museo de la Torre Nueva? ¿Por qué derribaron la Torre Nueva? ¿Dimitri y Martin siguen tocando en la calle? ¿Qué pasó entre Rafael y Helena? ¿Todas las golondrinas emigran en invierno hacia lugares cálidos? ¿Cuánto de ti hay en el personaje de María? ¿Tu experiencia como periodista ha influido en esta novela? ¿Siempre llevas una libretita en el bolso? ¿Cuánto cuesta escribir un libro?…”

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(Con lectores de Alfamén y Bardallur.
Gracias a los fotógrafos, Chema y Luis Ignacio)

No tengo respuestas precisas para todas las preguntas. Creo que está bien que algunas cuestiones y algunas historias queden sin resolver. Que cada cual imagine lo que quiera. Estas reflexiones me han llevado a uno de mis libros de cabecera, “El cuento de nunca acabar”, de Carmen Martín Gaite. Es una especie de ensayo sobre la narración y la escritura, un viaje inconcluso, un cuento que no acaba nunca. Para este libro ella empezó a ordenar apuntes y libretitas en Madrid en otoño de 1973. Y terminó (aunque en realidad uno nunca termina de escribir y reescribir) en octubre de 1982 en Charlottesville (Virginia).

“Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y como receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas, de completar lo que en ellas hubiera podido quedar confuso, abonándolo con la cosecha de su personal participación”.

(“El cuento de nunca acabar”, Carmen Martín Gaite)

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