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El gol de Nayim y mi año americano

¿Dónde estabas el 10 de mayo de 1995? Cualquier zaragozano y zaragocista de cierta edad se hace hoy esta pregunta. Yo celebré el gol de Nayim con más de un mes de retraso. El 10 de mayo de 1995, el día del partido más importante en la historia del Real Zaragoza, estaba en Honaker, un pueblecito de Virginia (EEUU) donde había ido a estudiar y vivir un año. Era un miércoles, así que supongo que me levantaría temprano e iría al instituto con Rachel. Igual tocó ensayo para la graduación. Por la tarde tendríamos entrenamiento de atletismo o iríamos a ver un partido de béisbol. Ahora hay equipo de soccer femenino en mi instituto americano, pero hace 25 años el fútbol aún no había llegado allí. Por la noche cenaríamos en casa. Cierro los ojos y saboreo los “biscuits”, esos panecillos caseros tan ricos que preparaba Gaynell. Recuerdo que la primavera era lluviosa y muy bonita en esa zona de colinas y praderas del suroeste de Virginia. Para los detalles exactos tendré que revisar mi diario de ese año, que está en algún armario en casa de mis padres.

Honaker 1995

En mi casa de Honaker, Virginia (EE.UU.) en 1995

En 1995 no conocíamos internet ni teníamos móviles. Me comunicaba con mis padres por carta (que tardaba unas dos semanas en cruzar el Atlántico) y con una llamada de teléfono al mes. Así que la noticia de la victoria del Real Zaragoza me llegó con días de retraso. Y no vi el gol hasta que volví a España, una mañana de junio después de la Selectividad. Entonces me puse el vídeo que me habían grabado mis padres y recuerdo gritar como una loca por la ventana cuando el tiro imposible de Nayim se coló en la portería de Seaman. Los vecinos me miraron raro.

Después de un año viviendo fuera, mi vuelta fue progresiva. Ese verano antes de marcharme a estudiar a Barcelona lo dediqué a reencontrarme con la familia y los amigos, a volver a pasear por las calles de Zaragoza (cómo echaba de menos caminar, allí van a todas partes en coche), a recuperar mis rutinas, mis libros y hasta mi idioma. Todo estaba igual pero distinto. No sé si había cambiado Zaragoza o había cambiado yo.

Estos días también siento una sensación de irrealidad, esas ganas de volver a recuperar la vida de antes. Somos los mismos pero somos distintos. Vuelvo a mis caminos preferidos para correr por la ribera. Echo de menos los abrazos y los encuentros. También me reconozco a gusto en nuestro refugio de cinco y nuestra rutina del confinamiento. Echo de menos el fútbol: los partidos de la Romareda, los de la tele y, más aún, los del Zaragoza Club de Fútbol Femenino. Qué ganas de volver a ver jugar a nuestras chicas. Vuestros planes, partidos y torneos han quedado en suspenso esta primavera. Pero volveréis, más altas, más fuertes, las mismas pero cambiadas.

Hoy volveremos a ver el gol de Nayim en la tele. Les contaré a las chicas mis batallitas de mi año americano, cuando no teníamos internet ni móviles. Veremos el álbum de fotos. Escribiré un mail a Rachel. Y soñaremos con que el fútbol vuelva pronto a nuestras vidas.

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El Cerverano

El otro día me colé con Vega en el campo del Cerverano. El antiguo campo del Club Deportivo Cerverano, el campo municipal del Tolmo, ahora convertido en escombrera del pueblo. Pasamos por un agujero en la valla. Fue como volver atrás en el tiempo, a mis 11 años, los que tienen ahora las mellizas futbolistas. Cuando veníamos a ver los partidos y animar al Cerverano. Las porterías resisten en pie. Y los anuncios en la tapia siguen prácticamente intactos, solo un poco descoloridos. “Creaciones Jiménez. Todo en moda infantil y juvenil. En Cervera, calle Doctor Zapatero, 5”. Me emociona el recuerdo del negocio de confección que montaron nuestra abuela y nuestras tías. También había anuncios más futbolísticos: “Para meter muchos goles comprar en carnicería Lorenzo Santamaría los chorizos y jamones”. Lo demás (los vestuarios, los banquillos, la valla, el terreno de juego…) está como si el campo hubiera sufrido un ataque nuclear. La imagen del abandono, la despoblación y la desidia.

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“¿Aquí jugaba el Cerverano?”, pregunta Vega sorprendida. Y viajo en el tiempo. Me acuerdo de que los días de partido se comía pronto en casa de los abuelos. Nuestro abuelo Pedro fue delegado y luego presidente. Se encargaba de las fichas, las camisetas, de organizar los viajes y mil recados más. Como no había focos, los partidos se jugaban a primera hora de la tarde para aprovechar la luz antes de que se pusiera el sol. Recuerdo el paseo hasta el campo del Tolmo, en lo alto del pueblo. Recuerdo ir con mi hermana y con mis primos. En el descanso buscábamos al tío Manolo o al tío Juan Cruz para que nos invitaran a algo en el bar (una bolsa de patatas o un batido de chocolate, no había mucha oferta). Recuerdo el campo de tierra, las marcas de los tacos, algunos piques con pueblos cercanos, mucho público. Había que ir pronto si querías coger sitio en alguno de los bancos de piedra. Recuerdo después de los partidos o al día siguiente ir con mis primos al barranco a buscar los balones que se salían del campo. Aún miro cuando paso por el camino de Canejá a ver si hay alguno olvidado entre las zarzas.

En Google se pueden encontrar estadísticas y algunos datos. Como que el Cerverano jugó catorce temporadas, entre 1982 y 1996. Empezó en un grupo navarro-riojano en Segunda Regional, luego subió a Primera Regional y los últimos años jugó en la Regional Preferente riojana. En la revista Piedralén, que editó el Ayuntamiento de Cervera de Río Alhama en los años 80 y 90, encuentro más información. Estos días navideños también he preguntado en tertulias. Me gusta sacar mi libreta y escuchar historias cerveranas. Me cuentan que en los años 40 los muchachos del pueblo se juntaban a jugar al fútbol en el prado de la Palilla, por el monte del Mediano. Después se construyó un campo de fútbol junto al Alhama, donde ahora están las piscinas. Pero la yasa histórica del año 1956, la que arrasó cosechas, puentes y casas, también se llevó por delante el campo de fútbol de San Miguel.

En los primeros años de la democracia se retomó la idea de hacer un nuevo campo de fútbol municipal y fundar un equipo federado. El campo del Tolmo se inauguró en las fiestas de San Gil, el 3 de septiembre de 1982. Esa primera temporada 1982-83 el equipo contó con 23 jugadores y quedó séptimo en la liga, que ganó el Atlético Milagrés. El máximo goleador del Cerverano fue Enrique Jiménez, con 25 goles. El primer año hubo 298 socios: los hombres pagaban 1.000 pesetas y las mujeres, 500. “Los primeros años éramos una pandilla de amigos. Luego se incorporaron nuevos jugadores del pueblo y hasta se hicieron fichajes. El Cerverano llegó a tener muy buen equipo. Es una pena que con los años el equipo se perdiera, y el campo quedara como está ahora”, me cuenta Félix Vidorreta, jugador y vocal de la junta en las primeras temporadas, hasta que se marchó a trabajar a Madrid.

El equipo terminó renqueante y casi sin jugadores la temporada 95-96. Después hubo unos años años sin fútbol en Cervera. El campo del Tolmo quedó abandonado. Ahora hay un club de fútbol sala con varios equipos, el Club Deportivo Cerverano Raulito. En los últimos veinte años, Cervera y la comarca del Alhama han perdido el 30% de su población. En la España vacía quedan muchos campos de fútbol abandonados y muchas historias que merecen la pena ser recordadas. Mi abuelo, el Pedro, murió el 30 de diciembre de 2010. Le hubiera gustado acompañanos a Vega y a mí el día que nos colamos en el campo del Tolmo, casualmente el 30 de diciembre de 2019.

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Cerverano temporada 94-95

El Cerverano, en el campo del Tolmo, en la temporada 94-94. Arriba a la izquierda, mi abuelo Pedro. De la revista Piedralén.

PD Gracias a mi tía Cruci por su ayuda para recopilar estas historias.

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Cuentos esféricos

Somos una familia pegada a una pelota. Si repaso el álbum familiar, en muchas fotos sale una pelota, en primer plano o rodando fuera de cámara. Recuerdo a Lara con un año corriendo tras una por las playas de Cádiz. Recuerdo, antes, partidos de fútbol con amigos en una playa de Calafell. Hemos jugado grandes partidos familiares en parques y playas. Hace tiempo que las chicas nos ganan a los padres. Chema sigue jugando con los Old Blacks, probablemente el equipo con la media de edad más alta de su categoría. Yo a veces echo de menos a las Apañadicas, aquel equipo de amigas que montamos hace unos cuantos años. A mí siempre se me dio mejor correr que chutar, pero qué bien lo pasábamos.

(Chema, Lara, Vega y Luna, hace unos años, en un partido de los Old Blacks)

Ahora disfrutamos con los partidos de Vega y Luna con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino). Vibramos y soñamos este año con la selección aragonesa sub12 en Valencia. El fútbol nos acompaña a todas partes. Animamos a la selección española femenina sub20 el pasado verano en la Bretaña. Ya somos para siempre fans de Aitana Bonmatí, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Eva Navarro, Maite Oroz, etc. Y ahora seguimos a la absoluta por la tele en el Mundial de Francia. Somos fieles al Real Zaragoza en la Romareda. Nuestras chicas tienen todos los libros de ‘Los Futbolísimos’. Y esta temporada no nos perdíamos un día de ‘Futboleras’, el primer programa en la  televisión española dedicado al fútbol femenino.

El fútbol y la literatura casan muy bien. Este miércoles presenta Chema su libro de relatos ‘Cuentos esféricos’ (Pregunta Ediciones). Y la pelota también rueda por sus páginas. Son siete cuentos, “siete pedazos de vida”, en los que habla de sueños, del olvido, del dolor, de la lealtad, del amor, del compromiso, de la dignidad. Y siempre con el fútbol como telón de fondo y, en uno, el boxeo. En su primer libro (‘Goles al margen‘, Anorak Ediciones) también el fútbol era protagonista, pero desde otro ángulo. Aquel eran 45 biografías de futbolistas y entrenadores, algunos conocidos y otros personajes casi olvidados. Ahora se lanza a la ficción, con unos relatos agridulces que saben a verdad, a fútbol de barrio y barro en las botas.

Los cuentos esféricos de Chema nos llevan a Rota, a Buenos Aires, a Asturias, al País Vasco, a Livorno (la ciudad más roja de Italia), a Toulouse, al extrarradio de Madrid. Chema rinde homenaje a sus referentes. Algunos personajes de estos relatos podrían salir en una película de Campanella o una novela de Aramburu. Incluso Cruyff asoma por sus páginas.

Dicen que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. El fútbol, la literatura y las historias son un pasaporte para seguir soñando.

PD1 La presentación será este miércoles a las 20.00 en el centro cultural de Las Armas. Poco antes juega España contra Alemania el segundo partido del Mundial de Fútbol Femenino.

PD2 Lara, nuestra bailarina, la menos futbolera de la familia, cumple hoy 13 años. Ella, ellas, son la vida, la felicidad. Que la pelota siga rodando.

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Fútbol y sueños en Mislata

Jugar un campeonato de España de fútbol a los 11 años es una experiencia inolvidable. Y compartirlo con tu hermana melliza vistiendo la camiseta de Aragón aún más. Nuestras chicas vuelven emocionadas y afónicas del campeonato de España de fútbol sub12 celebrado en Mislata (Valencia). Han sido cuatro días de fútbol, convivencia, sueños, ilusiones. Mislata es ya una de las páginas destacadas de nuestro álbum familiar.

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Recopilamos a la vuelta fotos y momentos. Los nervios antes de la salida. Las historias que nos cuentan del viaje y el hotel. La emoción de la llegada al campo el primer día. El debut con Cantabria, con victoria. Luna y Vega con su cinta de colores. El empate en el último minuto con Baleares. Rozar el empate con Euskadi (más grandes, más fuertes, mejor equipo, pero en el fútbol todo es posible). Los amigos que vienen a vernos al campo. La familia siguiendo los partidos con pasión por youtube. “Hemos cantado los goles de Luna más que el de Iniesta”, nos dicen por whatsapp. En la grada, en Mislata, aplaudimos y soñamos con pasar a cuartos. Ganamos a Ceuta. Finalmente, empatamos a puntos con Baleares pero nos faltan goles. El campeonato sigue y animamos a los chicos hasta el minuto final. La selección masculina queda subcampeona de España ante Andalucía. Qué toque, qué calidad tienen nuestros chicos. También la selección andaluza femenina queda campeona ante Madrid.

Esta era la primera vez que se celebraba conjuntamente el campeonato de España en categoría masculina y femenina. Chicos y chicas disfrutando y compitiendo junt@s. Y animándose unos a otros. Ha sido un torneo de 10, muy bien organizado, con un ambientazo, con varios partidos jugándose a la vez, retransmitidos en directo por internet, con un trato exquisito a l@s futbolistas.

Soñamos con más goles y futuros campeonatos. Y con que el fútbol femenino siga creciendo como lo está haciendo.

 

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Las hermanas Polgar y otras historias de ajedrez en Calamocha

No tengo ni idea de ajedrez. Justo sé que la torre se mueve en línea recta y el caballo va a saltos. Pero me gusta acompañar a Vega a torneos de ajedrez. Me gusta que nuestras chicas descubran sus propios caminos y aficiones. Aplaudo los beneficios y valores del ajedrez: desarrolla la atención, la concentración, la creatividad y la imaginación, potencia el razonamiento lógico-matemático, aumenta la reflexión y la capacidad de toma de decisiones, fomenta las relaciones interpersonales, enseña a ganar y a perder…

Poco a poco voy entendiendo la dinámica de los torneos escolares (aún voy bastante perdida). Hay una lista de inscritos por categorías, un programa informático hace el sorteo, se cuelga un papel con los emparejamientos, blancas o negras, los chavales ocupan sus posiciones en riguroso silencio, los padres esperamos fuera. Me impresionan el silencio y la concentración. Entre partida y partida, los chicos y chicas salen de la sala, comentan entre ellos las partidas, juegan a pillar, o a fútbol, comen chuches y esperan a que se vuelva a hacer el sorteo para la siguiente ronda. Así 7 u 8 rondas, depende de los torneos, cuatro o cinco horas.

Este sábado fuimos a Calamocha. Eché de menos a mi amiga Eva, compañera de cafés en los torneos. Mientras Vega jugaba, me fui a dar una vuelta por la Feria de Calamocha. Vendían jamón, tractores, gallinas, quesos, chocolates, jabones, aspiradoras, cuchillos, estufas… Me tomé un café, compré un bolso a una artesana de Teruel y lotería de Navidad a los chicos del instituto, apunté ideas en mi libretita. Tras cada ronda, volvía a esperar a Vega. Por la cara sabía qué tal le había ido. Al final le fue bien, y tiene ganas de seguir aprendiendo y yendo a torneos.

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Me gusta observar y escuchar a los que saben. Disfruté mucho en el camino escuchando a Enrique Sánchez (profesor de ajedrez del colegio y el club Marcos Frechín y gran impulsor del ajedrez en Aragón). Hablamos de Pedro Ginés, zaragozano que se acaba de proclamar campeón del mundo de ajedrez sub14. Y de María Eizaguerri, otra gran promesa aragonesa, que ha quedado octava en el mundial. Enrique habla del talento y del esfuerzo, la importancia de no cometer errores, y de aprender de ellos. Cuenta la historia de las hermanas Polgar, tres hermanas húngaras a las que sus padres educaron en casa sin ir al colegio, y a las que entrenaron desde pequeñas en ajedrez. Querían demostrar que los genios no nacen, se hacen. Las hermanas Polgar llegaron a ser grandes campeonas, especialmente la menor, Judit, considerada la mejor ajedrecista de la historia y que ha ganado a números 1 como Anatoly Karpov o Gary Kasparov.

En el viaje de vuelta de Calamocha también hablamos de fútbol. Por la mañana Vega y Luna habían jugado un partido con su equipo (el Zaragoza Club de Fútbol Femenino) en Pina de Ebro. Qué diferentes el fútbol y el ajedrez. O no tanto. Sigo dándole vueltas a la historia de las hermanas Polgar, mujeres en un mundo de hombres, a la importancia de los entrenamientos, al talento, a la pasión por el deporte, el que sea, ganar y perder, seguir aprendiendo siempre…

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La Bretaña y un Mundial de fútbol inolvidable

La Bretaña son castillos, playas, galettes… y para nosotros, sobre todo, el Mundial de fútbol femenino sub20. Planificamos las vacaciones familiares a la Bretaña y Normandía sin saber que este campeonato se jugaba en esa zona esos días. A veces el azar nos lleva por caminos insospechados. Nos dejamos llevar y acabamos en las gradas del estadio de Vannes, rodeados de franceses, animando a las chicas españolas en la semifinal del Mundial contra Francia. Gritamos, aplaudimos, nos hacemos fotos con ellas y nos emocionamos con la victoria. Si hemos llegado hasta aquí, habrá que ir a la final, ¿no? Y unos días más tarde volvemos al estadio de Vannes. También viene Pedro Sánchez, al que vemos pasar en el coche oficial. Y vemos la final contra Japón con muchos nervios junto a los familiares de las componentes de esta selección histórica. Qué ilusión saludar a Meri, la madre de la capitana, Maite Oroz, y también la profe de mi sobrina Ione en Zubiri. Mi madre y casi un millón de personas siguen el partido por televisión desde España. Es el partido de fútbol femenino más visto en la historia de nuestro país. Perdemos pero ganamos. Vivimos un momento de explosión del fútbol femenino en España. Estas jugadoras ya son referentes e ídolos. Gracias, Maite Oroz, Patri Guijarro, Lucía Rodríguez, Aitana Bonmatí, Eva Navarro, Carmen Menayo, Cata Coll, Damaris Egurrola, Laia Aleixandri y todo el equipo que nos habéis emocionado tanto. Nuestras chicas guardarán para siempre vuestra foto. En nuestro álbum familiar este será el verano del Mundial de fútbol de la Bretaña.

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Vega y Luna con la selección sub20 de fútbol antes de la semifinal con Francia.

Además de animar a la selección, hemos disfrutado mucho de los paseos por Nantes y Rennes. Nos hemos bañado en varias playas bretonas. Qué maravilla la playa de Saint Malo para nosotros solos. Nos hemos subido a un elefante gigante en l’ile de Nantes. Hemos comido de picnic en el castillo de Josselin. Hemos caminado entre las tumbas del cementerio americano de Normandía. Hemos bailado en la plaza del ayuntamiento de Rennes. Hemos visto la majestuosidad del Mont Saint Michel. Hemos comprobado lo estrictos que son los franceses con los horarios de las comidas (después de las 2 es casi imposible encontrar un restaurante para comer). Hemos comido muchas galettes. La lluvia nos ha respetado. Y nos hemos dejado muchas cosas por ver. Así podemos volver algún día…

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Mi primera ultra de montaña (Nafarroa Xtrem)

Los corredores de montaña están (estamos) un poco locos. Bendita locura. Me siento orgullosa y privilegiada por poder disfrutar de estos momentos. El sábado corrí mi primera ultramaratón de montaña: la Nafarroa Xtrem, 68 kilómetros, 4.000 metros de desnivel positivo. Aún estoy en una nube. O en un bosque de cuento. O subiendo al pico Saioa que se me hizo eterno.

Empiezo por el principio. ¿Cómo se me ocurre apuntarme a un reto así? Soy una chica de ciudad a la que le gusta la montaña. Y tengo una conexión especial con el entorno de Zubiri y sus montes. Mi hermana vive en el valle de Esteribar. Mi sobrina mayor va al cole en Zubiri. La carrera Roncesvalles-Zubiri fue mi primera media maratón hace cuatro años y es una cita fija en el calendario familar. En octubre, después de correr la Roncesvalles-Zubiri, vi un cartel de la Nafarroa Xtrem. Me llamó la atención, busqué fotos y vídeos, y me quedé prendada. ¿68 kilómetros? ¿Y si…?

El sábado 28 de abril poco antes de las 8 estaba en la línea de salida de Zubiri con muchas ganas y algunas dudas. Apenas he entrenado por la montaña, ¿aguantaré bien? ¿Lloverá mucho? Las previsiones meterológicas dicen que sí. ¿Debería haber traído bastones, y reloj GPS con el recorrido grabado? ¿Y si me pierdo? ¿Y si me tuerzo un tobillo? ¿Cómo me encontraré a partir del kilómetro 42? Nunca he corrido más de esta distancia… Mi hermana me da un superabrazo y salgo con los tatuajes de ánimo de mis sobrinos dibujados en las piernas. Enseguida los taparé con barro.

El primer pico en el camino es el Adi (1.456 metros), al que se llega tras atravesar un hayedal precioso. Los bosques de hayas tienen algo mágico. Corremos sobre alfombras de hojas que esconden enormes charcos de barro. La noche anterior ha llovido y el terreno está muy mojado. Voy sumando kilómetros y me encuentro bien. Como plátanos y frutos secos en los avituallamientos. En torno al kilómetro 30 nos espera el Saoia. Intuimos que el monte está ahí, pero no se ve nada. Nos tapa una densa niebla, sopla un aire gélido, no se ve nada. Me imagino las noticias: “Una corredora se pierde en el Saioa y tardan nosécuantas horas en encontrarla”. Pero no me pierdo. La carrera está muy bien marcada, sigo las banderitas clavadas en el suelo y las imágenes difuminadas de otros corredores. Después comienza un descenso precioso de varios kilómetros por el bosque. A ratos se cuela algún rayo de sol entre las hojas de las hayas. Me paro extasiada para hacer fotos y sigo corriendo. Disfruto como una niña.

Llegando al avituallamiento de Aritzu, en lo alto de una loma aparece mi amigo Pepelu. Su abrazo me emociona y me da fuerzas. Corro sola, pero en realidad corro acompañada. Por los amigos y familia que animan durante la carrera y en la distancia. Por otros corredores de Zaragoza con los que coincido en esta aventura (Paul, Laura, David, Fernando, Vlady, Layla, Ramón…). Por los voluntarios y los vecinos de los pueblos. En Aritzu como unos macarrones, relleno los botellines de agua, me llevo otro abrazo de ánimo y vuelvo al camino.

Me quedan los últimos 22 kilómetros, los que se me hacen más duros. Ya me empiezan a flaquear las fuerzas. Se me cargan los cuádriceps en las subidas y me duelen las rodillas en las bajadas. En el pueblo de Iragi vuelve a aparecer Pepelu, que se ha hecho un máster en el Pirineo navarro en un solo día. La última subida, al Baratxueta, se me hace llevadera gracias a la conversación de Pablo, un corredor de Pamplona. Hablamos de carreras, de montes y de hijos hasta que la pendiente ya no nos deja hablar más.

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Ya solo me quedan unos kilómetros de descenso por caminos y senderos hasta llegar a la meta de Zubiri. Diez horas y 28 minutos. Séptima chica en la clasificación. Muy cansada y emocionada. Mis dudas resueltas: he aguantado, no ha llovido, no me he perdido, debería haber traído bastones… Y despido mi primera y creo que no será la última ultra de montaña.

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Los cromos de las chicas

Cuando a nuestras chicas les empezó a gustar el fútbol preguntaban que por qué no salían partidos de fútbol de chicas en la tele. Ya salen. Desde hace unos cuantos años coleccionan los cromos del álbum de la Liga. Y también preguntaban que por qué no hay cromos de chicas. Pues ya tenemos. Su club, el Zaragoza Club de Fútbol Femenino acaba de sacar el álbum de cromos del club, con fotos de todas las jugadoras, desde las pequeñas del Benjamín hasta las de Primera División.

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Ayer les dieron el álbum en el entrenamiento y ahora vamos a ir completando las páginas. Ya tenemos los cromos de Vega y Luna. Y unas cuantas de su equipo Benjamín: Paula “Coco”, Mónica, Daniela, Lauri, la otra Vega. A algunas compañeras del año pasado que ahora están en el Alevín: Alicia, Noa, Ángela. Varias del Infantil que no conocemos. Varias del primer equipo de Primera División: Nora Sánchez (subcampeona de Europa con la selección sub-17), Naima García, Natalia Cebolla, la portera Oihana Aldai. A Salma Pallaruelo, del Territorial, a la que admiran mucho nuestras chicas porque es una atleta y futbolista de primer nivel que también ha sido convocada por la selección española sub-17. Al entrenador Alberto Berna. A ex jugadoras del club que han triunfado como Vero Boquete o Silvia Meseguer.

Ahora toca cambiar cromos. Seguir disfrutando de cada partido. Y aplaudiendo las iniciativas para fomentar el fútbol femenino.

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La vaca o yo (corriendo por Torla)

La carrera de Os Foratos de Lomenás ya es una más de nuestro calendario jabato. Este año un grupo de amigos repetimos esta carrera de Torla aunque con recorrido diferente y algunas sorpresas en el camino. Empezamos a correr con guantes y acabaremos sudando en un día precioso y soleado en Ordesa. El otoño ya se nota en los colores de las hojas y en alguna cumbre divisamos nieve. Elisa, Sergio, Álex y yo nos apuntamos a la de 24, aunque luego no sé si han sido 25 o 28. Como corro sin reloj no lo sé.

En la previa de la carrera que hace Ramón Ferrer (un gran fotógrafo y cronista de carreras de montaña) decía que la favorita era Mónica Sáenz, así que me propongo intentar seguirla. Y salimos como balas del pueblo de Torla y cogemos buen ritmo en los primeros kilómetros. Sigo a un grupo, voy disfrutando del camino y de las vistas. Cruzamos el Ara por un puente de piedra y alguien delante se da cuenta de que nos hemos perdido. Puede ser que las señales de la organización no estuvieran muy claras. O que estuviéramos un poco despistados siguiendo al de delante o contemplando el paisaje. El caso es que nos hemos perdido, retrocedemos, probamos otro camino en busca de las señales rojas, pero tampoco. Finalmente desandamos nuestros pasos y encontramos a los corredores más listos que nosotros que no se habían perdido. Lo que hemos perdido es unos cuantos minutos y llevamos un extra de kilómetros en las piernas.

Empieza para mí otra carrera. Intento apretar un poco y adelantar a gente para recuperar el tiempo perdido, pero sin agobiarme. Decido disfrutar aún más del recorrido e incluso me paro a hacer fotos. El valle de Ordesa en otoño es maravilloso. El recorrido de la carrera es este año aún más bonito. Han alargado el recorrido y el camino nos lleva hasta los 1.900 metros del Collado de la Plana, con unas vistas espectaculares. Después toca una larga bajada hasta el pueblo de Torla, pasando por distintos terrenos: prados con agujeros, pista muy rápida y senda entre árboles.

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Antes me encuentro con una vaca parada junto al camino, nos miramos, me paro, me asusto un poco, pienso en mi madre que le tiene terror a las vacas, le hago una foto y paso despacio a su lado. Pienso que soy una privilegiada por poder estar ahí, en ese lugar tan bonito, corriendo, con la vaca mirándome, disfrutando de la montaña. Luego me dejo de reflexiones y bajo con todas las fuerzas que me quedan y la esperanza de coger aún a las que iban por delante. Y a un kilómetro del pueblo consigo adelantar a otra chica.

Llego tercera, feliz. En la plaza de Torla nos juntamos los jabatos: los de la carrera de 24 (Elisa, Sergio, Álex y yo), los de la de 14 (Pepelu, Rodrigo y Fran) y los que vienen a animar (Ana, Antonio, Silvia y los chicos). Cómo me gusta compartir estos momentos. Aún nos quedan las cervezas, las migas y un café. Y hacer planes para futuras excursiones o carreras.

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(Fotos jabatas y de Ramón Ferrer)

 

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Benasque: mi primera maratón de montaña

Cierro los ojos y aún los tengo llenos de piedras, rocas, ibones, raíces, musgo, hojas, nubes, paisajes maravillosos y emociones indescriptibles. Acabo de correr mi primera maratón de montaña: la maratón de las Tucas, en Benasque (42 kilómetros, 2.500 metros de desnivel positivo). El Gran Trail Aneto celebrado el pasado fin de semana en Benasque es la gran carrera del Pirineo y una de las principales de España. En realidad son cinco carreras de diferentes distancias: desde los 12,5 kilómetros de la Vuelta al Molino de Cerler a los 105 del Gran Trail. Entre los 3.500 participantes hay titanes de la montaña y muchos corredores anónimos que nos enfrentamos por primera vez a esta aventura.

¿Quién nos iba a decir, Marisa y Sergio (mis compañeros en esta aventura maravillosa), que un día correríamos 42 kilómetros por alta montaña? Pues ahí estábamos el sábado a las 9.00 en la avenida de los Tilos de Benasque con otros mil corredores de la maratón de las Tucas. No corremos solos, corremos acompañados por los amigos que nos animan en Benasque y durante el recorrido, por los familiares que están lejos, por los desconocidos con los que compartimos los buenos y malos momentos durante unas cuantas horas.

Nuestra carrera empieza cuando el sol ya ilumina las cumbres más altas del valle. Después de hacer un pasillo -con la piel de gallina- para los tres primeros corredores del Gran Trail que llevan toda la noche corriendo y pasan por Benasque poco antes de nuestra salida. Y empezamos a correr. Llevo una mochila pequeña y los tatuajes de mis hijas en los brazos. El primer tramo transcurre por el valle de Estós. Pasamos junto a la cabaña del Turmo (la de la canción de los Celtas Cortos) y seguimos hacia el refugio de Estós, primer punto de avituallamiento. Descanso un poco, como plátano y membrillo, relleno los botes de agua y bebida isotónica, les pido a unas voluntarias que me hagan fotos. Es como si aún no me creyera que estoy ahí, corriendo mi primera maratón de montaña. Sintiéndome un poco Kilian Jornet.

Desde el refugio de Estós nos dirigimos al Collado de la Plana (2.708 metros de altitud), punto intermedio de nuestra maratón. Pasamos junto al ibón de Batisielles y ahí empieza lo peor. Los últimos kilómetros de subida son duros, con mucho desnivel y muchas piedras. Llega un momento que es imposible correr: caminamos y hasta trepamos por las rocas. A veces paro solo para recuperar el resuello y contemplar las vistas. Es imponente.

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En el ibón de Batisielles.

Los mapas engañan un poco. Viendo el perfil sobre el papel parece que una vez llegado al Collado de la Plana, solo queda bajar, parece fácil. En realidad nos quedan unos cuantos kilómetros de bajada técnica y difícil hasta el refugio de Ángel Orús. Apenas se puede correr. La bajada es peligrosa para los que no somos expertos en montaña. Me duele la rodilla izquierda. Saltando un riachuelo me resbalo y acabo dentro del agua helada. El resto de la carrera la haré con los pies mojados. Por un momento pienso que qué hace una chica de ciudad en un sitio como este. El pensamiento dura poco. Me siento una privilegiada. Allá abajo veo el refugio y siguiente avituallamiento. Se me pasa el dolor de rodilla. Los voluntarios nos animan, nos dan comida, bromean. Los voluntarios son encantadores durante toda la carrera y todo el fin de semana.

Tras comer un par de sándwiches y más membrillo, vuelvo a correr (ahora sí) cuesta abajo rumbo al pueblo de Eriste. Hay tramos que siento que vuelo. Me acuerdo de la frase que nos había dicho antes nuestro amigo Pepelu: “Si llegas a Eriste, resiste”. Llego con energías renovadas, los vecinos nos aplauden a los corredores desde las ventanas, veo a mis amigos esperando en el puente, sus ánimos me dan un subidón. Descanso un poco y empiezo la última etapa de la carrera: la subida a Cerler y descenso a Benasque.

Las piernas pesan, me cuesta correr. Allá abajo se ve el pueblo, se oye la megafonía de la meta. Paro a coger una piña y una flor morada (que luego se me deshace en la mochila). Llego a las calles de Benasque con un nudo en la garganta. El público nos hace un pasillo a los corredores. Los últimos metros son sobre una alfombra roja. Se me han olvidado las dudas, el cansancio, los pies mojados, el dolor de rodilla. Cruzo la meta 6 horas y 47 minutos después (sexta en la clasificación) y siento una alegría inmensa.

Me queda esperar a que lleguen mis amigos. Antes aplaudimos la llegada del francés Frederic Laureau, ganador del Gran Trail con récord de la prueba. Durante toda la tarde, toda la noche y la mañana del domingo siguen llegando corredores a la meta de la avenida de los Tilos. Benasque se llena de abrazos y emociones compartidas. Prometemos volver.

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(Este artículo se ha publicado el 25 de julio en Heraldo.es)

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Boltañeros

“Qui podese, como o viento, ferse sentir
d´aquí t´alla, volando por todo o país;
de Campodarve ta Sieste, bufar bufar,
pa que no quede ni una casa sin rondar”

La Ronda de Boltaña lleva 30 años cantándonos canciones de la montaña. O viento rondador es una de las primeras. O viento rondador es también el nombre de una carrera preciosa en el entorno de Boltaña. Por segundo año, un grupo de amigos jabatos nos apuntamos a pasar un fin de semana de monte y risas. Somos unos cuantos repartidos entre las tres distancias (11, 24 y 42 kilómetros). La salida y la meta son en la plaza mayor del pueblo, centro de muchas emociones.

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“Sube a Ascaso y verás un reloj de sol
que dicen que marca el tiempo de la gente que marchó;
de coloricos pintado en una pared,
como yo espera el día de verlos volver”

Los corredores rondadores de la de 24 kilómetros salimos a las 8.30 de la plaza de Boltaña. Después de unos primeros kilómetros de pista y senda, llegamos a Ascaso, el pueblo del reloj de sol y que en verano organiza “la muestra de cine más pequeña del mundo”. Ahí empieza la subida dura de verdad. Paso a paso, andando porque es imposible correr cuesta arriba, llegamos a la cima de Nabaín (1.650 metros). Ahí los rondadores enmudecemos ante la belleza de las vistas. Y cogemos aire para una bajada de vértigo de 5 kilómetros hasta Jánovas.

La Ronda de Boltaña nos ha cantado y contado muchas veces la historia triste de este pueblo al que mató una pantano fantasma. Pero esta es una carrera muy alegre. Al paso por Jánovas los voluntarios y el público nos animan y nos aplauden (entre ellos, mis padres y mi sobrino Ibon). Los boltañeros seguimos después junto al Ara, agarrados a cuerdas para no caer al río. Las carreras de montaña son muy especiales y no se parecen en nada a una carrera por asfalto siguiendo ritmos y liebres. Aquí sigo corriendo por un sendero, a ratos acompañada por otros corredores y a ratos sola, disfrutando del silencio, del sol que se cuela entre las hojas de los árboles, las piernas ya cansadas.

“Que el viento rondador
lleve mi canción a Sieste, Ascaso, Espierlo y Aguilar,
a Muriello y Margudgued,
a Campodarve también,
a Seso y Silves para terminar”

Pasamos junto a Seso, ya nos queda poco a los de 24. A lo lejos se ven las casas de Boltaña, recorremos el último tramo (aquí sí se puede correr, ¿verdad, Dani?) junto al Ara. Pasamos por la puerta de nuestro camping, cruzamos el río y emprendemos la última subida (¡ayy!) por las calles del pueblo. Me animan unas vecinas desde la puerta de su casa. Veo a Anica en la última curva. Y cruzo la meta 3 horas y 12 minutos después. En la plaza me esperan mis amigos jabatos, mis padres e Ibon.

Nos abrazamos, nos contamos la carrera, algunos ya han empezado con las cervezas. Luego metemos los pies en el río. Esperamos a Sergio (¡qué valiente, 42 kilómetros y más de ocho horas corriendo por la montaña!), comemos, brindamos, reímos y prometemos volver.

Gracias a la gente de Boltaña por una carrera maravillosa. Gracias a mis amigos jabatos (Marisa, Sergio, Pepelu, Marta, Dani, Ángel, Antonio, Silvia y los pequeños) por estos momentos.

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Mi maratón de Zaragoza

Me pidieron en el Heraldo de Aragón que contara cómo se vive una maratón desde dentro. Esta es mi crónica personal de la Maratón de Zaragoza, que se publicó en el periódico el 9 de abril:

Crónica HA papel maratón

42 kilómetros contra el viento y con el corazón

¿Tiene sentido correr 42 kilómetros una mañana fría y ventosa de domingo? Si lo pienso con la cabeza, no lo tiene. Pero una maratón se corre con el corazón. Así que la mañana del domingo 2 de abril salgo de casa aún de noche preparada para correr la maratón de Zaragoza. Es la segunda en mi corta carrera de corredora aficionada (la primera fue hace año y medio en Castellón) y la primera en casa. Llevo mensajes de ánimo pintados en el brazo (“No te rindas nunca mamá”, “Eres la mejor mamá”, “Tú puedes”, “Corre, Flor, corre”) y cuatro geles en el bolsillo de las mallas. Quedamos un grupo de amigos jabatos en Tenerías. Compartimos abrazos y nervios, y nos dirigimos a la plaza del Pilar.

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Corredora de lunes

Empecé a correr hace más de tres años en el parque de la Granja. Y por ahí seguimos los miércoles y los viernes. Con la excusa de los trotes y las series hemos hecho un grupo de amigos jabatos. Compartimos entrenamientos, carreras, cervezas, excursiones y planes sin zapatillas. Desde hace unos meses, también corro sola los lunes por la tarde. Llevo a Vega a entrenar a la pista del CAD (en el barrio del Actur, casi al final de la línea del tranvía) y yo le espero corriendo por el Parque del Agua.

Me gusta correr por el Parque del Agua. Me cruzo con corredores, andarines, paseadores de perros, ciclistas, fotógrafos, hortelanos, patos. Los días más fríos del invierno no me cruzo casi con nadie. Un día me adelantaron Toni Abadía y Carlos Mayo. Estuve tentada de parar a aplaudirles pero soy muy pudorosa y seguí corriendo. Me gusta correr junto al río y ver cómo el sol se esconde más allá de la estación intermodal. Me gusta comprobar que cada tarde desde diciembre vamos ganando unos minutos de luz. Y que ya se ven los primeros brotes de primavera.

A las siete en punto vuelvo a recoger a la corredora benjamina. En el vestuario, Luisa me pregunta por el entrenamiento y los ritmos (Luisa Larraga, la gran campeona, una entrenadora detallista y una mujer muy cercana). No llevo pulsómetro, no me gusta correr mirando el reloj. Le cuento que las sensaciones son buenas. El próximo lunes le contaré que el cielo estaba precioso, un estallido de rojos y morados que se ha ido oscureciendo conforme daba vueltas por el parque. Y que me siento una privilegiada por disfrutar de estos momentos.

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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