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Los jóvenes periodistas del Tenerías

Cuando una va a cumplir pronto 20 años en el mismo trabajo (escribiendo artículos de periódico), a veces da vértigo, otras emoción, otras cansancio y otras, revolotean las dudas. Está bien dudar y hacerse preguntas, dicen algunos expertos. Con mis dudas rondándome la cabeza, fui este martes a mediodía al colegio Tenerías de Zaragoza.

Hace unos días me llamó una profesora del cole para proponerme que fuera a hablarles de mi trabajo a un grupo de chicos y chicas de 2º de Primaria. Me esperaban veintitantos niños y niñas de 7 años, en una clase colorida y luminosa con vistas al Ebro. Con los años he aprendido a esconder mis nervios antes de hablar en público. Primero les hablé de qué hace falta para ser periodista. Lo resumí en tener curiosidad, escuchar y escribir bien. Luego les enseñé mis herramientas de trabajo: un cuaderno con mala letra, un boli y un móvil viejo que tiene la pantalla un poco rota. Igual les pareció poca cosa. Les conté que hay periodistas que trabajan en periódicos, en la radio, en la tele y cada vez más todos en internet. Les puse ejemplos de entrevistas y reportajes: desde el niño Julen, al fútbol femenino o cómo es la vida en las escuelas más pequeñas de Aragón con solo 3 alumnos. Ellos me enseñaron el blog que hacen en clase (‘El guateque de segundo‘) y me contaron qué quieren ser de mayores. El abanico de profesiones es muy amplio: paleontólogo, médico, profesora, jugador de fútbol del Barça, esquiadora…

Después les tocaba a ellos hacer de periodistas. Antes de mi llegada, habían hecho sus investigaciones por internet (cuánta información nuestra tiene Google) y me habían preparado unas cuantas preguntas. “¿Qué es lo que más te gusta de ser periodista? ¿Cuántas preguntas hay que hacer? ¿Qué hay que estudiar para ser periodista? ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser periodista? ¿Cuál es tu deporte favorito? ¿Qué entrevista te ha gustado más? ¿Qué te gusta más, escribir o correr? ¿Cuando escribes piensas en tu familia? ¿De las cosas que querías ser de pequeña, por qué elegiste ser periodista? ¿Has conseguido hacer todas las cosas que querías?”

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Respondí a todas, aunque algunas eran difíciles, y crucé el Ebro de vuelta a mi barrio. Gracias, Cristina, por la invitación. Y gracias, chicos y chicas de 2º del Tenerías, por un rato tan agradable.

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Mis razones y emociones para la huelga

Llevo días dándole vueltas a la huelga feminista. Imposible no hacerlo. Me acompaña en mi trabajo (he entrevistado a ocho mujeres pioneras en la última semana que me han hecho reflexionar mucho), en las conversaciones de la redacción, en las redes sociales, en los periódicos, en la radio y en la tele, en las conversaciones familiares, en el curso que estoy dando de Comunicación e igualdad, en mis soliloquios camino del trabajo. Hay muchos motivos y datos para hacer huelga este 8 de marzo: la desigualdad, la violencia de género, la precariedad laboral, la brecha salarial, el techo de cristal, los problemas para conciliar… Más allá de los datos, yo llevo unos días muy emocionada. Al final, la vida son emociones. Y yo hago esta huelga con el corazón.

Hago huelga por mis hijas. Por mi hermana, trabajadora autónoma que concilia con tres hijos pequeños. Por mi madre, por su ejemplo feminista cada día, por todas las manifestaciones del 8 de marzo a las que nos llevó de pequeñas y a las que seguimos yendo. Por mis tías. Por mis abuelas, que vivieron y lucharon a su manera en otros tiempos en los que ellas lo tenían mucho más difícil. Por la precariedad laboral que sufren muchas de mis amigas y primas. Por Flor Danelia y otras mujeres que conocí en Nicaragua. Por mis compañeras periodistas. Porque me gustan el fútbol y la danza. Por el final de ‘Litte Miss Sunshine’. Porque estoy cansada. Porque no tengo tiempo. Porque la conciliación es una estafa. Porque soy una privilegiada que puede hacer huelga. Por las que no pueden. Porque podemos subir tan alto y llegar tan lejos como queramos, o como nos dejen. Por los micromachismos de la vida cotidiana, que todas hemos sufrido y en los que muchas veces ni reparamos (“Guapa”, me gritó ayer un desconocido camino del trabajo, y no me sonó a piropo ni a halago). Porque me gusta ser periodista, pero en nuestra profesión hay muchas cosas que mejorar (el machismo, la invisibilidad, la precariedad…). Porque la maternidad nos penaliza en nuestros trabajos, y lo hemos normalizado. Por ese póster que nos regaló mi madre cuando éramos pequeñas (la niña sonriente de la foto ha crecido y ya es una mujer del siglo XXI con sus ilusiones, decepciones y contradicciones). Porque no quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa. Por el poema de Gioconda Belli ‘Y Dios me hizo mujer’. Porque me estremece cada noticia de una mujer muerta por violencia de género. Porque estas noticias deberían salir en portada y pocas veces salen. Porque soy feminista y no me avergüenza decirlo. Porque no quiero callarme. Porque es un día histórico y quiero estar ahí. Porque lo siento. Porque sí.

No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa

(Ione pintando su pancarta de “No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa”)

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Cuarenta años

El 23 de noviembre de hace justo 40 años fue miércoles. Leo en ‘El País’ de ese día (gracias, Ana y familia riojana, por el regalo) el borrador de la Constitución que se estaba gestando. Decía que España sería una monarquía parlamentaria, con pluralismo político y libertad de expresión. También leo una entrevista con el primer ministro marroquí hablando del Sáhara. En páginas interiores aparece la reividicación del último atentado de ETA. En la quiniela había un Zaragoza-Calvo Sotelo en Segunda. Aquella temporada el Zaragoza acabó subiendo a Primera. Y en los breves leo que han detenido a unos niños por robar el bocadillo a otro en un colegio. El periódico costaba 15 pesetas.

Mientras, en Zaragoza, Pili cumplía las 40 semanas ese día. Por la mañana fue a revisión en el Clínico pero le dijeron que aún estaba verde y que se fuera a casa. Pili y Luis Ignacio fueron a comer a casa de Juli y Félix. Todos estaban a punto de estrenar título: de padres y de abuelos. En la familia nos gusta mucho contar historias de los nacimientos. Cuenta mi madre que no comió mucho, que todo fue muy rápido, que enseguida se puso de parto, que mi padre no fue a trabajar al Colegio Alemán esa tarde, que en el taxi ella gritaba mucho, que llegaron al hospital y la pasaron directamente al paritorio. Que en unos minutos, antes de las 16.30, ya había nacido yo. Era el 23 de noviembre de 1977.

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“Paula es nacida en el 77. Noviembre del 77. A los pocos días nevó y eso debe ser muy buena señal…”, cuentan mis padres en el prólogo del libro ‘El fascinante campamento del Cid’, mi primer libro. Lo escribí con 15 años a la vuelta de unos campamentos y se quedó perdido en alguna carpeta de casa. Mis padres y mi hermana lo han rescatado, y lo acaban de editar en la ‘Editorial Peponerías’. Es un ejemplar único, con motivo del 40º aniversario de la autora. Es un regalo maravilloso.

“A veces nuestras hijas nos asustan un poco. Por su desenvoltura. Por su capacidad de imaginar proyectos en los que involucrarse y por su valentía en llevarlos adelante. Nuestra mirada sobre ellas tiene también un toque de orgullo, queremos creer que solo un toque, porque nuestra aportación a lo que hoy son no es calibrable. ¿Qué influye en el devenir de una persona, en su peripecia vital? Igual ni merece la pena rastrear, basta con reconocer el soplo, a veces suave, a veces violento, del azar”, dicen nuestros padres en el prólogo.

La historia continúa…

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Nieva en Barcelona

Me acuerdo de aquella vez en primero de carrera que nevó en Barcelona. Todos quedamos hipnotizados mirando por la ventana. El profesor paró la clase, no recuerdo si era Historia de Cataluña o Historia de la Comunicación con aquel profesor que llevaba un microfonito a lo Madonna que nos hacía mucha gracia a los jóvenes estudiantes que soñábamos con ser periodistas. El caso es que no dimos más clase, salimos a tiranos bolas. O fuimos al bar a tomar algo.

Como una bola de nieve, han seguido rodando los recuerdos desordenados. Las fiestas de la Vila y del passeig Sant Joan. Nuestros domingos en pijama. Una excursión a Girona con Mari Carmen, Ainhoa, Aitana, Toño en el principio de los tiempos. Aquel partido de Copa del Numancia en el Camp Nou. Las clases con Miquel Rodrigo, Iván Tubau, Vicenç Villatoro en la Autónoma. Una comida de diumenge en casa de Tania. Charlas con los Alberts. Conversaciones de política, de fútbol y de periodismo. El trayecto en bus por los polígonos más feos de Barcelona para llegar a la redacción de El País. Después de aquellas prácticas me compré el libro de poesía ‘El día que dejé de leer El País’. No he dejado de leerlo, aunque cada vez con más distancia. Me pasa con casi todos los periódicos.

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No sé por qué se me ha removido hoy esta catarata de recuerdos catalanes. Será la edad, ahora que casi fa vint anys que tinc 20 anys. Serán las imágenes broncas de Barcelona con las que no me identifico. Será esa canción de Ismael Serrano que me mandó el otro día una amiga.

Me entristece, indigna, desconcierta, asusta la situación de Cataluña. No me gusta la violencia ni los debates a gritos. No me gustan las mentiras ni las manipulaciones. Ni la guerra de banderas. No soy equidistante. Me gusta que los ciudadanos podamos dar nuestra opinión no solo en las elecciones cada cuatro años. Y que nuestra opinión se tenga en cuenta. No he dejado de votar nunca, ni siquiera en los presupuestos participativos de Zaragoza en los que votamos el 1,07% de la población, o en las elecciones al consejo escolar del colegio en las que no vota casi nadie. No sé qué pasará el domingo, ni el lunes, ni el día siguiente. No sé qué haría si fuera presidenta y tuviera que tomar las decisiones políticas para deshacer este nudo tan feo. Mientras le doy vueltas a mis dudas y contradicciones, leo, escribo, canto en la ducha, dejo que rueden los recuerdos y caiga la nieve.

 

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Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Quiero a Birgitte Nyborg de presidenta

Mientras seguimos esperando a ver quién será nuestro próximo presidente o si nos hacen votar otra vez, acabamos de ver en casa la primera temporada de ‘Borgen’. La protagonista es Birgitte Nyborg, líder del Partido Moderado de Dinamarca y que gracias a una coalición consigue llegar a ser la primera ministra. Me encanta Birgitte Nyborg. Quiero una mujer como ella para que gobierne nuestro país.

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La serie cuenta los entresijos del poder en Borgen (nombre coloquial del Palacio de Christiansborg, sede del Gobierno), las tensiones y los pactos de la política, los chantajes, la relación con los medios de comunicación, el peaje personal que deben pagar los personajes públicos. La serie es ficción pero cuentan que refleja muy bien la política y la sociedad danesas. De hecho, fue premonitoria: un año después de estrenarse, Helle Thorning-Schmidt se convirtió en primera ministra de Dinamarca gracias a un pacto de cuatro partidos.

Me gusta la serie por cómo habla de la política desde dentro. Pero me gusta, sobre todo, por cómo retrata a Birgitte Nyborg. Cómo hace equilibrios para conciliar su vida profesional y familiar: con su pareja (un actractivo profesor de Economía) y dos hijos (una chica adolescente y un chico de 8 años). Me gustan sus principios, su idealismo, su pragmatismo imprescindible para gobernar, su capacidad para negociar, sus imperfecciones, sus dudas. La serie muestra el lado privado de los personajes públicos. Y plantea muchas preguntas: ¿Cómo organiza su agenda la primera ministra? ¿Cómo afecta su trabajo a su vida personal? ¿Cómo le apoya su pareja en su carrera profesional? ¿Cuánto ve a sus hijos? ¿Qué renuncias personales tiene que hacer? Me gustaría que esas preguntas nos las hiciéramos más a menudo sobre ellos, sobre los hombres, que también tienen familia y vida personal, que también tienen necesidad de conciliar.

No creo que España y Dinamarca se parezcan mucho. Tal vez aún nos falta aquí un poco para tener a nuestra Birgitte de presidenta. Mientras, yo espero expectante la siguiente temporada de ‘Borgen’.

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Lo que el fuego no quema

Me topo con la noticia camino del trabajo: un incendio en una vivienda en el barrio Jesús. Paso cada día por la puerta de ese edificio, uno más. El camión de bomberos y los coches de policía han revolucionado el barrio a la hora de ir al colegio. Pregunto a unos y otros. Se ha quemado un piso y han sido atendidas dos mujeres por inhalación de humo.

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(Foto de Gabriela Trujillo Orozco)

Entonces las veo: a Aurora y Elvira, madre e hija, 73 y 46 años, con bata y descalzas, en la calle, esperando a que les dejen subir a su casa. O a lo que ha quedado de ella. Falta otra hija, Eva, “que está mal de la cabeza y todos los días se va a dar una vuelta”. Y falta una joven, la nieta, que ya estaba en el instituto cuando comenzaron las llamas.

Subo tras ellas por esa escalera que se cae a pedazos. Cuántas historias detrás de cada puerta. La suya está destrozada. Dentro, olor a quemado y a miseria, dos habitaciones reducidas a cenizas, bolsas de ropa y trastos viejos por todas partes.

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Sigo camino del trabajo. Los servicios municipales terminan de limpiar la acera. Ya se han ido la ambulancia, los bomberos, la policía, los curiosos. Es una soleada mañana de otoño. Pronto la noticia quedará sepultada por otras de política, sucesos más graves, resultados deportivos, muertos famosos, ocurrencias, informes de la OMS, etc. Sigo mi camino y pienso en lo que no se ve, en lo que no es noticia, en lo que no ha quemado el fuego. ¿Cómo será la vida de estas mujeres (y de sus vecinos)?, ¿Cómo han llegado a este piso? ¿Qué pensará la nieta cuando vuelva del instituto? ¿Y su madre que “está mal de la cabeza y se va a dar una vuelta”? ¿Dónde dormirán mañana? ¿Elvira y Aurora seguirán descalzas?

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