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Mi maratón de Zaragoza

Me pidieron en el Heraldo de Aragón que contara cómo se vive una maratón desde dentro. Esta es mi crónica personal de la Maratón de Zaragoza, que se publicó en el periódico el 9 de abril:

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42 kilómetros contra el viento y con el corazón

¿Tiene sentido correr 42 kilómetros una mañana fría y ventosa de domingo? Si lo pienso con la cabeza, no lo tiene. Pero una maratón se corre con el corazón. Así que la mañana del domingo 2 de abril salgo de casa aún de noche preparada para correr la maratón de Zaragoza. Es la segunda en mi corta carrera de corredora aficionada (la primera fue hace año y medio en Castellón) y la primera en casa. Llevo mensajes de ánimo pintados en el brazo (“No te rindas nunca mamá”, “Eres la mejor mamá”, “Tú puedes”, “Corre, Flor, corre”) y cuatro geles en el bolsillo de las mallas. Quedamos un grupo de amigos jabatos en Tenerías. Compartimos abrazos y nervios, y nos dirigimos a la plaza del Pilar.

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Corredora de lunes

Empecé a correr hace más de tres años en el parque de la Granja. Y por ahí seguimos los miércoles y los viernes. Con la excusa de los trotes y las series hemos hecho un grupo de amigos jabatos. Compartimos entrenamientos, carreras, cervezas, excursiones y planes sin zapatillas. Desde hace unos meses, también corro sola los lunes por la tarde. Llevo a Vega a entrenar a la pista del CAD (en el barrio del Actur, casi al final de la línea del tranvía) y yo le espero corriendo por el Parque del Agua.

Me gusta correr por el Parque del Agua. Me cruzo con corredores, andarines, paseadores de perros, ciclistas, fotógrafos, hortelanos, patos. Los días más fríos del invierno no me cruzo casi con nadie. Un día me adelantaron Toni Abadía y Carlos Mayo. Estuve tentada de parar a aplaudirles pero soy muy pudorosa y seguí corriendo. Me gusta correr junto al río y ver cómo el sol se esconde más allá de la estación intermodal. Me gusta comprobar que cada tarde desde diciembre vamos ganando unos minutos de luz. Y que ya se ven los primeros brotes de primavera.

A las siete en punto vuelvo a recoger a la corredora benjamina. En el vestuario, Luisa me pregunta por el entrenamiento y los ritmos (Luisa Larraga, la gran campeona, una entrenadora detallista y una mujer muy cercana). No llevo pulsómetro, no me gusta correr mirando el reloj. Le cuento que las sensaciones son buenas. El próximo lunes le contaré que el cielo estaba precioso, un estallido de rojos y morados que se ha ido oscureciendo conforme daba vueltas por el parque. Y que me siento una privilegiada por disfrutar de estos momentos.

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En qué pienso mientras corro

Salgo de casa y doy las primeras zancadas por el paseo Longares, al principio con un poco de pereza. Los primeros dos kilómetros son los que más me cuestan. Me gusta más el calor que el frío, el verano que el invierno, madrugar que trasnochar, las carreras largas que las cortas. ¿Voy hacia el Parque del Agua o hacia la Alfranca? Hoy me apetece más río abajo, es un camino más tranquilo y me gusta sentir que me alejo de la ciudad. Me gusta correr por caminos solitarios, entre maizales, junto al Ebro, mientras el perfil de la ciudad se va quedando atrás. Repaso mentalmente mi lista de recados: tengo que hacer la compra, ordenar ropas, terminar de una vez de clasificar las fotos de las vacaciones, hacer la comida, algo rico, contestar varios mails, actualizar el blog, devolver un libro en la biblioteca, darle vueltas a esa idea que me persigue para otra novela… Aparco lo demás y corro. Dice Murakami que correr maratones y escribir novelas son actividades parecidas, que requieren esfuerzo, concentración, constancia. En algún sitio leí que cuando uno empieza a correr no se plantea correr una maratón, simplemente surge. Hace dos años, no me atrevía a apuntarme a carreras de 10 kilómetros porque creía que no lo iba a aguantar. Luego, simplemente, llegó el momento. Disfruté y sufrí en mi primera maratón, hace unos meses, en Castellón, con mis amigos jabatos. ¿Dónde correremos la próxima? Porque sabemos que habrá una próxima.

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Foto de Ramón Ferrer, en el trail de Osán.

Sigo corriendo esta mañana de primavera. Voy a un ritmo cómodo, sin reloj. Me gusta correr por sensaciones, como nos decía Sergio, nuestro primer entrenador, nuestro guía jabato. ¿Y yo por qué corro? Corro porque me gusta, porque me sienta bien, porque me gusta correr sola y acompañada, porque corriendo he hecho grandes amigos, porque intento ir más allá, porque correr y volar se parecen, porque correr y escribir, como decía Murakami, son actividades complementarias. De pequeña quería ser escritora y jugadora de balonmano. Luego fui madre, periodista, escribí una novela y descubrí mi afición tardía por las zapatillas de correr. Me gustan unas moradas con las que corrí mi primera maratón. Mis hijas también tienen zapatillas de correr y dentro de poco correrán más que yo. Me gusta cuando vienen a animarme a las carreras, como la media maratón de Zaragoza, que pasa muy cerca de casa. O la llegada de la Roncesvalles-Zubiri, mi carrera preferida, por el Camino de Santiago. Cada vez disfruto más corriendo por el monte. Me encanta descubrir nuevas rutas por Cervera. Aún pienso si soñé aquel día del verano que se me cruzó un ciervo en el camino. Era real. Correr y soñar también se parecen. No sé qué hora es ni cuánto tiempo llevo corriendo. Ya veo las torres del Pilar arañando las nubes. Vuelvo a la ciudad y a mis quehaceres. Qué bonito está el campo en primavera. Cómo me gusta correr. Me acuerdo de una frase de Kilian Jornet: “No es más fuerte quien llega primero, sino aquel que disfruta haciendo lo que hace”.

PD. Este texto forma parte del libro “Jabatia: Y tú, ¿por qué corres?”, de Sergio Muro. Se presenta este sábado a las 11.00 en la feria del corredor de la Media Maratón de Zaragoza. Mientras, yo estaré corriendo por los montes en Boltaña, como buena jabata.

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Mi primera maratón

Una maratón son 42 kilómetros y un montón de sensaciones difíciles de resumir. Son los abrazos con mis amigos jabatos minutos antes de empezar. Son las lágrimas en la llegada. Son los kilómetros de sufrimiento. Los ánimos que te hacen volar. Las fuerzas que salen de no sé dónde. Las dudas, los nervios, las certezas, los sueños. 42 kilómetros y mucho más que una carrera.

Mi primera maratón, el 6 de diciembre en Castellón, empezó mucho antes de que sonara el pistoletazo a las 9.00. Empezó cuando salimos el sábado por la mañana de Zaragoza en el jabatotaxi. Cuando Miguel empezó la cuenta atrás en el whatsapp hace tres meses. Cuando a Sergio le tocó el dorsal de Castellón en un sorteo hace meses y nos arrastró a todos a apuntarnos. Cuando me apunté con las chicas a atletismo en la Granja hace dos años y medio. Cuando vi pasar la maratón de Zaragoza de 2013 y en secreto pensé “tal vez algún día…”.

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(Los jabatos minutos antes de la salida)

Y llega el momento. Los jabatos nos repartimos por los cajones de salida. Suena el pistoletazo. Sergio y yo nos situamos junto al globo de 3.45. Somos novatos, hemos entrenado bien, tenemos muchas ganas y muchas dudas sobre cómo vamos a aguantar el ritmo. Por delante van Pepelu y Miguel. Y por detrás Elisa y Fran. Durante la carrera nos cruzaremos con ellos varias veces. Sergio y yo sentimos que vamos bien, pasamos a la liebre y apretamos un poco el ritmo (qué bien se corre a tu lado, Sergio). Más adelante Álex se une a nosotros y nos da conversación, ánimos y bebida. La recta larguíiisima hasta el mar se nos hace un poco monótona y dura. Al pasar por la media maratón tengo dudas de si no pagaremos más tarde el ritmo más alto de lo previsto. La vuelta a las calles del centro, los ánimos de los jabatos y los castellonenses me dan mucha fuerza. Ser chica en una carrera con participación mayoritariamente masculina te garantiza muchos ánimos del público: “Aupa, xiqueta”, “Muy bien Paula”, “Venga maña”, “Aupa neska”. Y se agradece mucho. A partir del 30 sigo con Álex, a buen ritmo (gracias, Álex). No me doy con el famoso muro pero cada vez me pesan más las piernas. Me dejo llevar por las calles de Castellón, mientras mi cabeza da mil vueltas. 42 kilómetros dan para pensar en muchas cosas: en las chicas y Chema, en los jabatos, en Mari Carmen, en nuestro piso de Barcelona, en la Pedrada, en qué hago yo aquí, en aquel domingo que salí sola a hacer una tirada larga y hacía un tiempo horroroso y estuve a punto de darme la vuelta pero seguí, en los entrenamientos de la Granja, en Olorón, en Eva y Mónica, en mis golondrinas, pasamos junto a una agencia de viajes y veo un cartel de Nueva York…

Zancada a zancada van cayendo kilómetros. Los últimos tres se los dedico mentalmente a cada una de mis hijas. Ya veo el Parque Ribalta y la línea de meta. Los últimos 195 metros creo que vuelo. Gracias a todos los que corréis conmigo en la vida y me habéis llevado hasta aquí.

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(La foto de la llegada es de Carme Ripollés, mi amiga, una gran fotógrafa, que estaba ahí para darme ese abrazo tan bonito nada más cruzar la línea de meta).

PD Quiero destacar la buena organización de la maratón de Castellón. No sé cómo serán otras, pero en ésta hay muchos avituallamientos y voluntarios, el trato a los corredores es exquisito y la animación de 10.

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