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Benasque: mi primera maratón de montaña

Cierro los ojos y aún los tengo llenos de piedras, rocas, ibones, raíces, musgo, hojas, nubes, paisajes maravillosos y emociones indescriptibles. Acabo de correr mi primera maratón de montaña: la maratón de las Tucas, en Benasque (42 kilómetros, 2.500 metros de desnivel positivo). El Gran Trail Aneto celebrado el pasado fin de semana en Benasque es la gran carrera del Pirineo y una de las principales de España. En realidad son cinco carreras de diferentes distancias: desde los 12,5 kilómetros de la Vuelta al Molino de Cerler a los 105 del Gran Trail. Entre los 3.500 participantes hay titanes de la montaña y muchos corredores anónimos que nos enfrentamos por primera vez a esta aventura.

¿Quién nos iba a decir, Marisa y Sergio (mis compañeros en esta aventura maravillosa), que un día correríamos 42 kilómetros por alta montaña? Pues ahí estábamos el sábado a las 9.00 en la avenida de los Tilos de Benasque con otros mil corredores de la maratón de las Tucas. No corremos solos, corremos acompañados por los amigos que nos animan en Benasque y durante el recorrido, por los familiares que están lejos, por los desconocidos con los que compartimos los buenos y malos momentos durante unas cuantas horas.

Nuestra carrera empieza cuando el sol ya ilumina las cumbres más altas del valle. Después de hacer un pasillo -con la piel de gallina- para los tres primeros corredores del Gran Trail que llevan toda la noche corriendo y pasan por Benasque poco antes de nuestra salida. Y empezamos a correr. Llevo una mochila pequeña y los tatuajes de mis hijas en los brazos. El primer tramo transcurre por el valle de Estós. Pasamos junto a la cabaña del Turmo (la de la canción de los Celtas Cortos) y seguimos hacia el refugio de Estós, primer punto de avituallamiento. Descanso un poco, como plátano y membrillo, relleno los botes de agua y bebida isotónica, les pido a unas voluntarias que me hagan fotos. Es como si aún no me creyera que estoy ahí, corriendo mi primera maratón de montaña. Sintiéndome un poco Kilian Jornet.

Desde el refugio de Estós nos dirigimos al Collado de la Plana (2.708 metros de altitud), punto intermedio de nuestra maratón. Pasamos junto al ibón de Batisielles y ahí empieza lo peor. Los últimos kilómetros de subida son duros, con mucho desnivel y muchas piedras. Llega un momento que es imposible correr: caminamos y hasta trepamos por las rocas. A veces paro solo para recuperar el resuello y contemplar las vistas. Es imponente.

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En el ibón de Batisielles.

Los mapas engañan un poco. Viendo el perfil sobre el papel parece que una vez llegado al Collado de la Plana, solo queda bajar, parece fácil. En realidad nos quedan unos cuantos kilómetros de bajada técnica y difícil hasta el refugio de Ángel Orús. Apenas se puede correr. La bajada es peligrosa para los que no somos expertos en montaña. Me duele la rodilla izquierda. Saltando un riachuelo me resbalo y acabo dentro del agua helada. El resto de la carrera la haré con los pies mojados. Por un momento pienso que qué hace una chica de ciudad en un sitio como este. El pensamiento dura poco. Me siento una privilegiada. Allá abajo veo el refugio y siguiente avituallamiento. Se me pasa el dolor de rodilla. Los voluntarios nos animan, nos dan comida, bromean. Los voluntarios son encantadores durante toda la carrera y todo el fin de semana.

Tras comer un par de sándwiches y más membrillo, vuelvo a correr (ahora sí) cuesta abajo rumbo al pueblo de Eriste. Hay tramos que siento que vuelo. Me acuerdo de la frase que nos había dicho antes nuestro amigo Pepelu: “Si llegas a Eriste, resiste”. Llego con energías renovadas, los vecinos nos aplauden a los corredores desde las ventanas, veo a mis amigos esperando en el puente, sus ánimos me dan un subidón. Descanso un poco y empiezo la última etapa de la carrera: la subida a Cerler y descenso a Benasque.

Las piernas pesan, me cuesta correr. Allá abajo se ve el pueblo, se oye la megafonía de la meta. Paro a coger una piña y una flor morada (que luego se me deshace en la mochila). Llego a las calles de Benasque con un nudo en la garganta. El público nos hace un pasillo a los corredores. Los últimos metros son sobre una alfombra roja. Se me han olvidado las dudas, el cansancio, los pies mojados, el dolor de rodilla. Cruzo la meta 6 horas y 47 minutos después (sexta en la clasificación) y siento una alegría inmensa.

Me queda esperar a que lleguen mis amigos. Antes aplaudimos la llegada del francés Frederic Laureau, ganador del Gran Trail con récord de la prueba. Durante toda la tarde, toda la noche y la mañana del domingo siguen llegando corredores a la meta de la avenida de los Tilos. Benasque se llena de abrazos y emociones compartidas. Prometemos volver.

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(Este artículo se ha publicado el 25 de julio en Heraldo.es)

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Campamentos

Mi primer campamento fue a la granja escuela La Cueva del Gallo, en Chiprana. Tenía 8 años y fui con mi vecina María Ángeles. Viajamos en tren desde la estación del Portillo. Llevaba una mochila que me parecía muy grande y una gorra roja. Recuerdo una higuera alta y frondosa que había en el patio de la granja escuela. Me gustaba escalar a las ramas más altas en busca de higos maduros. Me gustaba ordeñar a las cabras pero las gallinas que me daban miedo. Recuerdo la piscina verde con ranas; un día que hicimos pan; la cueva del Gallo; una marcha nocturna con linternas.

La granja escuela fue el verano de 3º. Ordeno mis recuerdos por cursos escolares más que por años. En 4º no sé por qué no fui a ningún campamento . En 5º fui con el colegio a Hinsbeck (Alemania), mi primer viaje en avión. Dormíamos en unas cabañas de madera que me parecían muy elegantes, me solté a hablar alemán, aprendí a jugar a ping pong y me hice una amiga alemana con la que después me intercambié cartas durante unos meses.

En 6º y 7º fui al campamento de Virgen Blanca en el valle de Gistaín, una maravilla en la naturaleza. Había tiendas de campaña, letrinas, un río de aguas heladas y un paisaje espectacular. Pasábamos tres semanas aislados en la montaña, sin pisar ningún pueblo, ni tienda, ni piscina. Era el paraíso. Había día de padres, y los míos venían con mi hermana y nuestro menú de campamentos: ensalada de arroz y pechugas de pollo rebozadas. Volvía con las rodillas ennegrecidas y unas cuantas historias apuntadas en un cuadernito.

En 8º fui a Villanúa. Pasó más desapercibido en mi historia personal de campamentos. En 1º y 2º de instituto seguí yendo de campamentos: a la Ruta del Cid. Era una idea buenísima que creo que no se repitió. Éramos un campamento itinerante siguiendo la ruta del Cid por Aragón. Cada día caminábamos una etapa y dormíamos en un pueblo diferente (en un colegio, un albergue, donde tocara). No recuerdo la ruta exacta, pero sí que pasamos por Daroca, Aldehuela de Liestos, Torralba de los Frailes, Núevalos, Bronchales, Orihuela del Tremedal, Albarracín y un puñado de pueblos más. Los monitores eran majísimos y repetimos prácticamente el mismo grupo los dos años. A pocos los he vuelto a ver. Con Quique el monitor coincido mucho por Zaragoza y hablamos de nuestros hijos. A mi amiga María José de Ejea la volví a ver hace poco en una carrera. Estamos igual que hace 25 años, nos dijimos.

Me gustaría recuperar todas las cartas que escribía y recibía en campamentos (siempre hemos sido una familia muy escritora). Me gustaría viajar en el tiempo: volver a escalar a lo alto de la higuera de Chiprana, bañarme en un ibón del valle de Gistaín, caminar por la ruta del Cid. Me gustaría, chicas, veros ahora por un agujero: una en el campamento de Alquézar, las otras en Canfranc. ¿Qué recordaréis, vosotras, de vuestros campamentos? ¿Qué huella os dejarán? ¿Qué montañas escalaréis, qué amigos haréis, qué aventuras y secretos atesoraréis?

Hermanas montañeras
No guardo fotos de mis campamentos, pero rescato esta foto de dos hermanas montañeras y aventureras. Ahí llevo mi gorra roja de la granja escuela.

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