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Sólo si me das un beso

La primera vez que escuché a Ismael Serrano fue en un cassette que trajo Ainhoa grabado en algún bar de Valencia. En mi habitación del piso de estudiantes de Barcelona rebobiné aquella cinta una y otra vez. Ya estaban ahí algunas de las canciones que después me han acompañado en tantos viajes, tantos sueños, tantos momentos, en tardes de domingo y verbenas de verano, en noches de fiesta y en noches de desvelo. Cuántas veces hemos cantado mi hermana y yo a voz en grito, desafinando mucho, “Papá, cuéntame otra vez…” o “Vine del norte” con mi prima Marina. Han pasado casi dos décadas, unas cuantas canciones, unos cuantos conciertos, tres hijas, atardeceres inolvidables, algunas arrugas. Sigo leyendo a Benedetti, aún tengo el pañuelo palestino guardado en algún cajón. Y hoy toca concierto.

Ismael Serrano teatro vacío

(Prueba de sonido antes de un concierto. Imagen de la página de Facebook de Ismael Serrano)

Esta noche, Mónica, cantaremos las viejas y las nuevas, volveré a imaginar que camino por La Alameda tarareando a Jara, que cerramos los bares, subimos a los trenes, soñamos revoluciones. Nos uniremos a “La llamada”, esa que pide “que el miedo cambie de bando, que el precariado se haga visible, que no se olviden de tu alegría. Que la tristeza, si es compartida, se vuelve rabia que cambia vidas”. Y me volveré a emocionar con mis canciones de siempre. Porque yo a veces también siento vértigo que el mundo pare y me afectan las cotidianas tristezas, las de los supermercados, la del metro y las aceras, también las que me quedan lejos, las de los secos desiertos, las de las verdes selvas. También me pregunto qué andarás haciendo ahora. Me acerco a los 40 y a veces siento que apenas sé nada de la vida. Sé, pequeña criatura, que la esencia más pura va en frasco pequeño.

“Déjate de historias, súbete ahí, y cántame una de Silvio”.
“Sólo si me das un beso”, y todos cantaron conmigo…

(“Vine del norte”)

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