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Caminhantes (guía familiar de Lisboa y Oporto)

Viajar es abrir los ojos, aprendernos en otro lugar, escapar un poco, descubrir o redescubrir otros caminos, ser turista y viajera y vecina a la vez, dibujar nuestros puntos en el mapa, reencontrarnos, aventurarnos, soñar con la forma de las nubes. Este mes de agosto ha sido raro y especial, entre Cervera y Portugal, con la cabeza en mil sitios (el ERE del Heraldo y mi próximo e incierto cambio laboral) y los pies en la tierra, paseando juntos, subiendo cuestas, bañándonos en el Atlántico, comiendo pasteis de nata, haciendo planes, siguiendo el mapa y, a veces, perdiéndonos sin él.

Volvemos de pasar unos días en Lisboa y Oporto, ciudades de río y de mar, modernas y tradicionales a la vez, con tranvías y pastelerías, con cuestas y miradores, con rincones decadentes. Nosotros no nos ponemos de acuerdo en cuál nos gusta más. Quizá, por un poco, gane Lisboa. Volvería a cualquiera de las dos. Mejor con menos turistas, pero es lo que tiene viajar en agosto a destinos muy demandados. Aquí van algunos apuntes de nuestro viaje familiar.

 

Lisboa es terreno conocido, estuvimos hace cuatro años. Ahora cambiamos de barrio (nuestro apartamento está la zona de Príncipe Real), repetimos algunos planes y hacemos otros nuevos. Volvemos a montarnos en el tranvía 28, desde la primera parada, en el campo de Ourique, hasta la Alfama. Después callejeamos y acabamos viendo el atardecer desde el mirador de Graça. Lisboa es maravillosa desde cualquiera de sus miradores con la luz anaranjada acariciando los tejados y la brisa atlántica que se levanta por las tardes (una que es friolera recomienda chaquetilla).

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En nuestros viajes siempre buscamos playas, librerías y fútbol. Y siempre surge algún plan inesperado. Esta vez acabamos animando al Boavista en su estadio de Oporto contra el Paços de Ferreira. Y cantamos los éxitos de Queen en un concierto en el Festival do Peixe e Marisco de Matonsinhos. “It’s a kind of magic”…

Nuestras playas: Carcavelos (cerca de Lisboa) y Matonsinhos (a un paso de Oporto). A las dos se puede llegar muy bien en media hora desde el centro en transporte público o con coche. Tienen agua helada y muy limpia, olas para saltar, espacio suficiente en la arena para echar partidos de fútbol o disputar juegos olímpicos familiares (las chicas ya nos ganan), y hay caminos cerca para correr. Una recomendación que seguimos de otros viajeros: pasar el día en Matonsinhos y volver al atardecer dando un largo paseo por la orilla del mar y la desembocadura del Duero.

Nuestras librerías: Bertrand y Ler Devagar (en Lisboa), una antigua y una moderna. La librería Bertrand, en la rua Garrett, presume de ser la más antigua del mundo en funcionamiento. “Desde 1732 presenciamos un terremoto, una guerra civil, nueve reyes, un regicidio, diez presidentes, tres repúblicas, seis golpes de estado, dos guerras mundiales, la construcción de un muro, la caída del muro, la unificación de Europa, la entrada en el euro… Y tenemos libros para contar sobre todo eso”. Y bajo el puente 25 de abril, en la LX Factory, entre tienditas y bares de moda, está Ler Devagar. Ocupa una antigua imprenta, con la paredes forradas de libros y una invitación a salir volando pedaleando. Esta vez paseamos por la LX Factory y nos tomamos una cerveza con Belén. Hablamos de Lisboa, de periodismo y de la vida. Mucha suerte, Belén, en tu aventura como corresponsal de TVE en Lisboa.

Nuestra mejor comida: un italiano que eligieron las chicas en Vila Nova de Gaia, Mamma Bella, en una bocacalle tranquila de la Ribeira. Ellas recomiendan lasagna o pasta bolognesa. Yo me chupé los dedos con una pasta negra con bacalao. Y por la tarde, paseo en barco por el Duero. Es impresionante pasar bajo los puentes que unen las dos ciudades, Oporto y Gaia. ¿Qué pensaría Gustav Eiffel si viera hoy a los chavales lanzarse sin miedo al agua desde el puente Luis I?

Volvemos con ganas de escuchar fado y aprender portugués (siempre traigo un diccionario y algún libro de mis viajes), de leer más libros de Peixoto, de volver a nuestra casa y nuestro barrio, de que empiece la liga de fútbol alevín y el conservatorio de danza, de seguir viajando.

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Un viaje en el 28

Nos subimos al 28 en la praça Luis de Camoes en dirección a la Estrela. En Prazeres bajamos, volvemos a subir y cogemos sitio junto a la ventanilla. Preparados para un viaje maravilloso atravesando Lisboa.

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Por la ventanilla pasan tiendas, tascas, ropa tendida, turistas, abuelas lisboetas que van a la compra, librerías, más tranvías, las cuestas del Bairro Alto, las escaleras que suben a nuestro apartamento en la Travessa de Santa Catarina, la barandilla que las chicas han usado estos días como tobogán, las callejuelas de la Alfama, el Tajo imponente, el sabor de los pastéis de nata, las olas de Carcavelos, los helados de Olá. Pasada la catedral, cerca de la rua da Saudade, monta el señor Pereira y se sienta a mi lado, con respiración fatigosa y su historia de ternura y revolución. Canta ZAZ en una plaza y huele a tortilla de patata de la Tía Cruci. Me parece ver de nuevo a aquel ciervo que se cruzó conmigo por un camino en Cervera. Alguien ha vuelto a dejar unos bombones para nosotras en la puerta de casa. Saco la mano por la ventanilla y cojo unas moras en su punto.

El tranvía llega a Graça y emprende la bajada por el barrio de Mouraria. Lara sigue la ruta en el mapa. Yo hace rato que me he perdido, dejándome llevar por la brisa y los recuerdos. Atardece en Lisboa. El Castelo de Sao Jorge recibe los últimos rayos dorados. Pienso un poco en Zaragoza, en la vuelta al cole y al trabajo, en los ciclos, en mi primer viaje a Lisboa hace 11 años, en los que vendrán.

Última parada: praça Martim Moniz. Adeus Lisboa!

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(En Lisboa callejeamos, nos bañamos y volamos)

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Un tranvía a Lisboa

En estos días de frío, aire, prisas, agenda demasiado llena, cansancio, más noticias de despidos, ganas de primavera, qué largo se hace el mes de febrero (menos mal que justo a mitad hay un cumple doble que nos llena de sonrisas en casa)… En estos días, decía, leo y sueño con viajes cercanos y lejanos, reales y soñados: a Nueva York, por ejemplo, a Castellón, a Nicaragua con mi padre, a Olorón o a Lisboa el próximo verano.

“Lisboa era mirar la claridad desde la sombra y la amlitud desde lo recóndito, encontrar lo exótico contiguo a lo provinciano, las caras oscuras y los colores y los olores de África junto a las confiterías y los puestos ambulantes de castañas asadas, su aroma disolviéndose en el aire un poco más frío de la tarde en declive. En la Praça do Rossio, desde la acera soleada de la Pastelería Suiça, distinguí la extraña torre de filigranas metálicas del elevador de Santa Justa. Subir en él era como montarse en un artefacto futurista del siglo XIX, en una máquina voladora de Julio Verne, en la cabina del submarino del capitán Nemo. En lo más alto de su mirador, apoyado en la barandilla, vi frente a mí la colina de la Alfama, las torres cúbicas del castillo de San Jorge sobre su ladera boscosa, las verticales sombrías de los cipreses, los muros altos de jardines, el río al fondo, el brillo de cobre del sol de poniente”.

(“Como la sombra que se va”, Antonio Muñoz Molina)

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Quiero subirme a uno de esos tranvías amarillos, encontrar lo exótico contiguo a lo provinciano, volver a callejear por la Alfama, fotografiar la ropa tendida en los balcones y contemplar ese río que parece un mar.

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Europa tiene la pasión de haber sido

“Europa tiene la pasión de haber sido y ya no ser; de haber sido un epicentro de la civilización y tener la tragedia de percibir que se le está escapando. Es posible que reaccione, porque tiene mucha gente inteligente, pero por el momento la veo bastante empantanada a Europa”, afirmaba el presidente de Uruguay, José Mujica, en la reciente entrevista con Jordi Évole para el programa Salvados (bajo el título de “Un presidente diferente”).

A Europa hoy le sobran vallas, muros, populismo, racismo, indiferencia… Europa, para mí, es aquel primer viaje a Alemania en 5º de EGB con el colegio; y otros viajes especiales que siguieron después: el de Lisboa, el Interrail por Centroeuropa, París; ese partido del Seis Naciones Francia-Inglaterra en el estadio de Saint-Denis; el euro; la historia del Canfranc; mi Erasmus en Munich; mi prima Anita trabajando en una galería en Berlín; mi amiga Tania viviendo en Londres; el gol de Nayim; el de Torres en la final de la Eurocopa de 2008; los libros, las películas, las canciones; Manu Chao, Ken Loach, “El Pianista”, “Cinema Paradiso”, “Grândola, Vila Morena”, Stefan Zweig, Asterix y Tintín…

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(Reflexionando sobre Europa. Berlín, hace 10 años)

Mañana iré a votar, por esa pasión de haber sido, para contribuir con una gota o un voto a desempantanarla un poco. Mañana iré a votar, aunque aún no tengo claro mi voto. Lo consultaré esta noche con la almohada. O con Pepe Mujica.

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