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La Reina de las Nieves

“Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro”. Llevo varios días paseando con ella, viviendo dentro de un cuento real y fantástico a la vez, disfrutando de la relectura de ‘La Reina de las Nieves’ (de Carmen Martín Gaite), uno de mis libros preferidos. Vuelvo a leerla con un lápiz y un pañuelo a mano. Gracias al club de lectura del cole por aceptar mi propuesta.

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En las historias de Carmen Martín Gaite siempre hay alguien que tira del hilo y alguien que escribe en un cuadernito. En ésta también hay viajes, misterios, secretos familiares, historias de amor de final incierto y una casa, la Quinta Blanca, en la que vivió veranos felices el niño Leo, antes de que se le metiera el cristalito de hielo en el ojo. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas desde que su abuela le contara el cuento de ‘La reina de las nieves’. Leonardo ha crecido, se ha perdido y ahora trata de encontrar su camino. A través de sus recuerdos y de sus anotaciones en sus diarios, vamos conociendo la historia de sus padres y la suya propia.

“La abuela, incluso cuando contaba retazos de historias familiares, nunca daba fechas de los acontecimientos, no los ponía uno detrás de otro para que yo pudiera entenderlos, lo dejaba todo nadando en una niebla abstrusa, lo que decía con lo que callaba, lo ocurrido de verdad con lo contado y con la manera tan particular que tenía de contarlo, un tono raro que dejaba siempre sed y sospecha, lo pasado con lo futuro y con lo soñado”.

La Reina de las Nieves es una novela extraña, no sé si difícil, muy emocionante. Te atrapa poco a poco y te lleva por acantilados abruptos y por suaves caminos de la memoria. Notas la brisa marina y los embates del mar, la soledad, el vértigo, las dudas y la pasión de Eugenio, el cristalito en el ojo. Quieres abrazar a Leonardo y dejarte mecer por el relato de Casilda. No importa si a mitad de camino uno se pierde un poco o cuesta seguir el hilo de las historias. Es una novela para dejarse llevar por sus vaivenes y su prosa exquisita. Las piezas del puzzle, al final, encajan.

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Viaje a Canadá y otras lecturas

“Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada”.

“Canadá” (Richard Ford, Anagrama) engancha desde el principio. ¿Quién no quiere saber qué pasó con el atraco de sus padres y luego con los asesinatos? El principio es memorable. Y toda la historia, narrada con un ritmo preciso y descripciones minuciosas. Yo he estado unas cuantas semanas atrapada por esta novela. Terminé de leerla y sigo metida en sus páginas, en sus paisajes inhóspitos, en la historia –dura- que nos va contando Dell. Su hermana y él tenían 15 años cuando sus padres atracaron el banco. En la novela Dell adulto nos cuenta lo que sucedió aquellos días cuando vivían en un pueblo de Montana (EE.UU.) y su posterior huida a Canadá. No es un viaje turístico ni agradable a Canadá. Aquí hay nieve sucia, borrachos que cazan gansos, frío, rutina, indios, secretos. La frontera se convierte en una línea metafórica que divide el pasado del futuro, en una reflexión sobre la familia, la pérdida de la inocencia, las segundas oportunidades y el destino (qué distinto para Dell y para su hermana).

He descubierto “Canadá” gracias al grupo de lectura del cole. Últimamente también he vuelto a releer y a viajar a lugares ya conocidos. Me gusta volver de vez en cuando a los libros que en su día me enamoraron. Y comprobar si la magia sigue ahí. He viajado, entre otros destinos, a Japón con “Seda” (Alessandro Baricco); a los acantilados del corazón y la memoria de “La Reina de las Nieves” (Carmen Martín Gaite), y a Nicaragua con los poemas de Gioconda Belli. Ahora estoy terminando de releer “La delicadeza” (David Foenkinos) y tengo una montaña de libros pendientes en la mesilla.

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