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Mis Barcelonas

De mi primer viaje a Barcelona guardo recuerdos fugaces. Tendría 6 o 7 años y fuimos a pasar un par de días de Semana Santa. Nos alojamos en alguna pensión del Gótico y desde un ventanuco se veía la Catedral. Fuimos al zoo y comimos huevos de chocolate.

Después he vuelto muchas veces. Hay muchas Barcelonas en mi biografía. Está esa Barcelona més guapa que nunca que me enseñaron mis tíos Ana y Jesús en el verano de 1992. Vi a Jordan en directo, la maratón pasando por las Ramblas, la alegría desbordante y, claro, me enamoré de la ciudad. Años después, fui a su universidad, a aprender a ser periodista, a descubrir el mundo desde mi piso de estudiantes. Calles, clases, bares, mar, canciones, libros, momentos, fiestas, lunes y domingos, los ferrocarriles y el metro, sueños, amigos.

Ahora soy una viajera que vuelve de vez en cuando de visita. La ciudad ha cambiado, siempre cambia. Al principio me cuesta reconocerme en sus calles llenas de franquicias y turistas. Pero luego veo algo (una bici en un balcón, un barecito en un chaflán del Eixample, el mapa del metro con ‘mis paradas’, el sol ) y siento que el encanto continúa, que no me he ido del todo.

Este fin de semana redescubrí la ciudad con ojos de niña. Me gusta volver a Barcelona con Chema, Lara, Vega y Luna. Gracias a Jesús, Ana, y Marina. Paseamos por las Ramblas y por la parte alta. Tocamos y curioseamos en el Museo de la Ciencia. Unos fueron al Camp Nou y otros subimos en teleférico. Cenamos un bocadillo viendo las fuentes de colores de Montjuïc y recordando historias. Me gusta compartir historias y Barcelonas con Ana. Me gustan los abrazos especiales de mi prima Marina. Echamos de menos a Anita. Me acuerdo de los paseos que he dado por Barcelona con María. Echo de menos a mis amigos. Y pienso en todos los viajes que tengo pendientes a esta ciudad.

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Pandilla familiar en el Museo de la Ciencia – Cosmocaixa de Barcelona.

Tornaré.

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La corredora

“Me he pasado toda la vida corriendo hacia alguna parte, tratando de alcanzar un punto en el horizonte que nunca parece acercarse. Al principio lo perseguía con abandono, con confianza, y más adelante con frustración, luego con dolor, y aun después con la lucidez de una artista del escapismo. Ya es demasiado tarde para detenerme, aunque corra solo en mi imaginación, por la fuerza de la costumbre. Haces lo que haces hasta que te agotas. Eres quien eres hasta que dejas de serlo. Me llamo Aganetha Smart y tengo ciento cuatro años”.

la corredora

He compartido horas y sueños con Aganetha Smart, con “La corredora” (Carrie Snyder, Alfaguara). El libro cuenta la historia ficticia de Aganetha, corredora canadiense que ganó una medalla en los Juegos Olímpicos de Amsterdam 1928. Con ella he repasado la historia de las mujeres atletas. “El sufragio fue importante para las mujeres, pero el atletismo también”, dijo la autora en una entrevista. Las mujeres no pudieron participar en pruebas de atletismo en los Juegos Olímpicos hasta Amsterdam 1928. Algunos decían que correr era malo para las mujeres, que no era femenino, que se les podía desprender el útero. La primera mujer que corrió oficialmente una maratón fue Kathrine Switzer, en Boston en 1967 (cuando aún no dejaban inscribirse a mujeres, pero ella consiguió burlar la norma). Y la maratón femenina no se incluyó en los Juegos hasta Los Ángeles 1984.

Me gusta recordar estas fechas ahora que cada vez más mujeres nos ponemos las zapatillas y nos lanzamos a correr 42 kilómetros, o 5, o los que sean. Pero “La corredora” no es un libro sobre correr; es, sobre todo, un bonito y duro relato de la vida de una mujer, su familia, sus secretos, sus amores, su lucha por salir adelante, sus emociones y las nuestras.

“La corredora” es mi última lectura de este año, en el que he corrido mucho, he leído, viajado, escrito y he hecho muchos planes. Al 2016 le pido seguir disfrutando y conocer nuevos caminos.

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