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Nieva en Barcelona

Me acuerdo de aquella vez en primero de carrera que nevó en Barcelona. Todos quedamos hipnotizados mirando por la ventana. El profesor paró la clase, no recuerdo si era Historia de Cataluña o Historia de la Comunicación con aquel profesor que llevaba un microfonito a lo Madonna que nos hacía mucha gracia a los jóvenes estudiantes que soñábamos con ser periodistas. El caso es que no dimos más clase, salimos a tiranos bolas. O fuimos al bar a tomar algo.

Como una bola de nieve, han seguido rodando los recuerdos desordenados. Las fiestas de la Vila y del passeig Sant Joan. Nuestros domingos en pijama. Una excursión a Girona con Mari Carmen, Ainhoa, Aitana, Toño en el principio de los tiempos. Aquel partido de Copa del Numancia en el Camp Nou. Las clases con Miquel Rodrigo, Iván Tubau, Vicenç Villatoro en la Autónoma. Una comida de diumenge en casa de Tania. Charlas con los Alberts. Conversaciones de política, de fútbol y de periodismo. El trayecto en bus por los polígonos más feos de Barcelona para llegar a la redacción de El País. Después de aquellas prácticas me compré el libro de poesía ‘El día que dejé de leer El País’. No he dejado de leerlo, aunque cada vez con más distancia. Me pasa con casi todos los periódicos.

nieve bcn2

No sé por qué se me ha removido hoy esta catarata de recuerdos catalanes. Será la edad, ahora que casi fa vint anys que tinc 20 anys. Serán las imágenes broncas de Barcelona con las que no me identifico. Será esa canción de Ismael Serrano que me mandó el otro día una amiga.

Me entristece, indigna, desconcierta, asusta la situación de Cataluña. No me gusta la violencia ni los debates a gritos. No me gustan las mentiras ni las manipulaciones. Ni la guerra de banderas. No soy equidistante. Me gusta que los ciudadanos podamos dar nuestra opinión no solo en las elecciones cada cuatro años. Y que nuestra opinión se tenga en cuenta. No he dejado de votar nunca, ni siquiera en los presupuestos participativos de Zaragoza en los que votamos el 1,07% de la población, o en las elecciones al consejo escolar del colegio en las que no vota casi nadie. No sé qué pasará el domingo, ni el lunes, ni el día siguiente. No sé qué haría si fuera presidenta y tuviera que tomar las decisiones políticas para deshacer este nudo tan feo. Mientras le doy vueltas a mis dudas y contradicciones, leo, escribo, canto en la ducha, dejo que rueden los recuerdos y caiga la nieve.

 

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Sólo si me das un beso

La primera vez que escuché a Ismael Serrano fue en un cassette que trajo Ainhoa grabado en algún bar de Valencia. En mi habitación del piso de estudiantes de Barcelona rebobiné aquella cinta una y otra vez. Ya estaban ahí algunas de las canciones que después me han acompañado en tantos viajes, tantos sueños, tantos momentos, en tardes de domingo y verbenas de verano, en noches de fiesta y en noches de desvelo. Cuántas veces hemos cantado mi hermana y yo a voz en grito, desafinando mucho, “Papá, cuéntame otra vez…” o “Vine del norte” con mi prima Marina. Han pasado casi dos décadas, unas cuantas canciones, unos cuantos conciertos, tres hijas, atardeceres inolvidables, algunas arrugas. Sigo leyendo a Benedetti, aún tengo el pañuelo palestino guardado en algún cajón. Y hoy toca concierto.

Ismael Serrano teatro vacío

(Prueba de sonido antes de un concierto. Imagen de la página de Facebook de Ismael Serrano)

Esta noche, Mónica, cantaremos las viejas y las nuevas, volveré a imaginar que camino por La Alameda tarareando a Jara, que cerramos los bares, subimos a los trenes, soñamos revoluciones. Nos uniremos a “La llamada”, esa que pide “que el miedo cambie de bando, que el precariado se haga visible, que no se olviden de tu alegría. Que la tristeza, si es compartida, se vuelve rabia que cambia vidas”. Y me volveré a emocionar con mis canciones de siempre. Porque yo a veces también siento vértigo que el mundo pare y me afectan las cotidianas tristezas, las de los supermercados, la del metro y las aceras, también las que me quedan lejos, las de los secos desiertos, las de las verdes selvas. También me pregunto qué andarás haciendo ahora. Me acerco a los 40 y a veces siento que apenas sé nada de la vida. Sé, pequeña criatura, que la esencia más pura va en frasco pequeño.

“Déjate de historias, súbete ahí, y cántame una de Silvio”.
“Sólo si me das un beso”, y todos cantaron conmigo…

(“Vine del norte”)

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Contadora de estrellas o bombera

Releo un suplemento dominical reciente que habla de las profesiones con futuro (por cierto, periodismo ni lo nombran). “Todos los conocimientos que su hijo deberá dominar para triunfar en 2030”, anuncia la revista en portada. Ay. El artículo es un poco ciencia ficción, pero lo leo con curiosidad. Es un tema que me interesa, mientras aquí se debate sobre si los colegios tienen que dar más matemáticas o lengua; reducen las horas de música, arte y educación física, y buscan fórmulas mágicas para sacar mejores resultados en los exámenes PISA.

El artículo analiza las nuevas profesiones del futuro, basándose en “los informes más prestigiosos realizados en Europa y Estados Unidos”. Algunas de ellas son: nanomédico, meteopolicía, biohacker, diseñador de coches con combustibles alternativos, arqueólogo digital, agrochef, consultor gerontológico… También dicen que hay profesiones tradicionales al alza, como farmacéutico, mecánico de bicicleta, jardinero, fontanero, químico, geólogo o matrona.

No sé si nuestras hijas serán biohackers o fontaneras. Les pregunto (cambian con frecuencia de opinión en este tema). Ahora quieren ser bombera, astronauta, profesora, escritora, atleta de los Juegos Olímpicos y futbolista, entre otras. ¿Se pueden ser varias cosas a la vez?, preguntan inquietas. Sí, claro. Lo que quiero es que seáis felices.

Bombera

Y dejo una canción de Ismael Serrano que también habla de algunas profesiones del futuro (jardinero en Marte, médico de flores, poeta ambulante, deshollinador, probador de espejos, un pirata honrado…):

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