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Mi maratón de Zaragoza

Me pidieron en el Heraldo de Aragón que contara cómo se vive una maratón desde dentro. Esta es mi crónica personal de la Maratón de Zaragoza, que se publicó en el periódico el 9 de abril:

Crónica HA papel maratón

42 kilómetros contra el viento y con el corazón

¿Tiene sentido correr 42 kilómetros una mañana fría y ventosa de domingo? Si lo pienso con la cabeza, no lo tiene. Pero una maratón se corre con el corazón. Así que la mañana del domingo 2 de abril salgo de casa aún de noche preparada para correr la maratón de Zaragoza. Es la segunda en mi corta carrera de corredora aficionada (la primera fue hace año y medio en Castellón) y la primera en casa. Llevo mensajes de ánimo pintados en el brazo (“No te rindas nunca mamá”, “Eres la mejor mamá”, “Tú puedes”, “Corre, Flor, corre”) y cuatro geles en el bolsillo de las mallas. Quedamos un grupo de amigos jabatos en Tenerías. Compartimos abrazos y nervios, y nos dirigimos a la plaza del Pilar.

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Navegando por el Ebro y por los sueños

Llovió cuatro años, onces meses y dos días. O eso contaba la Tía Fina. Igual fue algo menos: una semana seguida en septiembre de 1956. Lo recogen los periódicos de la época. El Alhama, apenas un riachuelo en verano, creció y creció hasta convertirse en un monstruo terrible. Arrasó cosechas y puentes y casas en Cervera del Río Alhama y otros lugares de esta comarca riojana lindando con Aragón, Soria y Navarra. La Tía Fina estuvo varios días desaparecida y muchos en el pueblo se temían lo peor.

yasa 1956 Rufino Escribano

“La lluvia me pilló en Aguilar. Como no paraba, decidí volver a Cervera caminando por el monte. Entonces bajó la yasa por el barranco de Canejá y me agarré como pude a un árbol que flotaba. Nunca había visto tanta agua. Atravesé Cervera agarrada al tronco del árbol. A mi lado flotaban animales, carros, puertas, bicis, muebles… Después vi una barca de madera, que me pareció mucho más cómoda que mi árbol, y me subí.

Unos kilómetros más allá de Cervera, el Alhama se junta con el Linares. Después seguí navegando hasta Alfaro, hasta que llegamos al Ebro. ¡¡Qué río!! Ya había dejado de llover, salió el sol, me quedé dormida. Cuando desperté, me miraba Don Quijote desde una isla. Le invité a subir a la barca, pero me dijo que tenía que hacer otras cosas y que le esperaba un largo viaje. Unos días después llegué a Zaragoza. Había visto antes fotos del Pilar, pero es impresionante verlo desde tan cerca, desde el agua. Las cosas cambian mucho según desde donde las mires. Me gustó mucho navegar bajo los puentes, y sentirme pez o sirena.

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