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La Tía Fina cumple 100 años

“Cuando la Tía Fina cumpla los 100, vamos a montar una fiesta”, decíamos desde hace varios años. Hoy es el día. Hoy hace un siglo que nació la Tía Fina, mi tía abuela, la hermana del abuelo Pedro. Me dicen que es la única centenaria que vive en Cervera del Río Alhama. Quién nos lo iba a decir…

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La Tía Fina, en la fiesta de Nochebuena en la residencia de mayores de Cervera.

La Tía Fina nació el 19 de marzo de 1919 en la casa familiar en la calle Casa Jiménez, a las faldas del castillo de Cervera. La única chica, con tres hermanos: Nolasco, Julio y Pedro. Ha sido una mujer atípica y peculiar toda su vida. De niña la mandaron a estudiar un tiempo a un convento con una tía monja, pero la echaron o se fue. Con ella las historias nunca son claras. “Ay, nenita, me fui y ya está”, contaría ella. Como cuando contaba unas historias de unos familiares que emigraron y unos supuestos barcos cargados de oro.

De joven vivió con el Tío Nolasco, cura y profesor, en Valdemadera y Aguilar. Se supone que su labor era llevar la casa, limpiar, cocinar, cuidar de su hermano. Pero la Tía Fina era un espíritu libre que hacía lo que le daba la gana. No le gustaba cocinar, tenía mal genio y la cabeza en las nubes. Cuentan que el Tío Nolasco era entrañable, culto, muy querido por todos sus sobrinos y los vecinos del pueblo. Cuando el Nolasco murió (en 1966), la Fina se trasladó a vivir a Cervera, a la casa de la plaza del Royo con el Pedro, la Milagrosa y sus siete hijos. Mis abuelos tenían una tienda de ultramarinos en los bajos de la casa y un taller de confección. Trabajaron mucho para sacar a la familia adelante. La Tía Fina a veces echaba una mano en la tienda. Cuando le parecía, desaparecía y se iba de viaje a la playa con su amiga Julita. “Siempre ha sido muy incierta”, cuentan mis tías. “Y le daban barruntos”. Mis abuelos siempre la cuidaron con cariño y paciencia.

Tampoco ha sido una tía abuela tradicional, de esas tías cariñosas que ofrecen dulces y dan propinas a los sobrinos nietos. Cuando éramos pequeños, a los primos nos daba miedo la Tía Fina. Por las noches andaba por la casa del Royo como un fantasma. El fantasma de las bragas rojas. Era divertida cuando cantaba y contaba historias, de las que nunca hemos sabido cuánto hay de verdad y cuánto de imaginación. Tal vez ni ella lo supiera.

No sabemos cuál es el secreto de su longevidad: todos los paseos que ha dado, los escalones que ha subido y bajado, que no comía grasas, los genes, la familia que le ha cuidado, su carácter peculiar… Desde que vive en la residencia de mayores de Cervera, hace diez años, ha perdido el mal genio y ha ganado peso. Mantiene su sonrisa pícara. Le gusta que vayamos a verla, sigue cantando y contando historias. Ya no juega a las cartas porque no ve bien. Le gustaba jugar a la Macana y a los ‘seises’, y hacía trampas si podía para ganar. Tiene muchos sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. A veces nos confunde a unos y otros. Hoy iremos unos cuantos a celebrar con ella los 100.

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Las mellis cumplen diez años

El 15 de febrero de 2008 era viernes. Yo tenía una tripa majica y dentro dabais bastantes patadas, pero se supone que aún faltaban seis semanas para que nacierais. Como siempre habéis sido movidas, impacientes, apasionadas, decidisteis que no ibais a esperar más. Así que después de desayunar salí corriendo al hospital (a mis partos llego corriendo), y a la hora de llevar a vuestra hermana a la guardería ya habíais nacido.

Y ya han pasado diez años de ese día. ¿Diez, ya? Seguís siendo “las mellis”, ese nombre provisional que os pusimos en el embarazo mientras buscábamos los vuestros. Diez años de risas, líos, planes, viajes, dibujos, películas, tardes en el parque, días de piscina, partidos de fútbol, carreras, historias, algunas discusiones, más líos, más risas.

No me acuerdo cómo nos organizábamos al principio con tres hijas muy pequeñas para llegar a tiempo a la guardería, al cole, al trabajo. Bueno, sí me acuerdo, con ayuda de abuelos, la tía Asun, más tíos y todas las manos posibles. Me gusta ese proverbio muchas veces repetido: “Para criar a un niño hace falta una tribu entera”. Una tribu, paciencia, humor y cambiar las prioridades. Porque con vosotras nos cambió la vida y nos hicisteis mejores. Ahora seguimos haciendo equilibrios para acompañaros a todos vuestros planes, mientras vais descubriendo vuestros caminos.

Sois unas privilegiadas por tener algo que pocas personas tienen: una hermana melliza. Camináis a la vez, compartiendo cumples, habitación, amigos, muchas aficiones, travesuras, secretos. Sois parecidas pero diferentes. Una matemática y una artista, una ordenada y otra caótica, una más familiar y otra que ya se iría a dar la vuelta al mundo. Y sois morrudas por tener una hermana mayor que os guía y os chincha, pero que sobre todo os quiere mucho.

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¡Felicidades, Vega y Luna!

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El secreto del turrón de guirlache

Abro mi álbum de recuerdos y huele a caramelo y almendra tostada. Es la tarde de Nochebuena, soy una niña con coletas a la que le faltan varios dientes. Mientras en una olla cuece el cardo y en el horno se hace el asado, la Yaya Mila prepara el turrón de guirlache. Yo me apunto, y ella me deja remover la masa con la cuchara de palo, me deja probar una cucharadita, me da el primer trozo, que me como impaciente antes de que se enfríe y me quemo la lengua, claro. Luego echamos leche en el cazo para que se despeguen los restos de caramelo y disfruto de los sorbos más dulces.

Yo nunca me he atrevido a hacer turrón de guirlache. Mi madre y mis tías sí han seguido con la tradición. Ellas han heredado de la abuela la mano con la cocina y la capacidad de organizar cenas multitudinarias. Hojeo el libro de recetas familiar y parece sencillo:

Ingredientes:
-Almendras
-Azúcar
-Obleas

Preparación:
Cascar las almendras con cuidado para que no se rompan. Escaldarlas y pelarlas. Tostarlas en el horno. Poner el azúcar al fuego hasta convertirlo en caramelo. Mezclar las almendras tostadas con el caramelo hasta que estén todas bien cubiertas. Poner las obleas sobre una superficie plana y extender sobre ellas la mezcla de la almendra con el caramelo. Cortar el turrón en barritas antes de que se enfríe del todo.

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Pero falta ese “punto” que no sale en los libros de recetas. No sé si el secreto está en las almendras, que cogimos meses atrás de los almendros de Canejá; en la proporción de azúcar; en el cazo de cobre; en el corte final de las barritas. O está en la mesa, en la reunión de primos y tíos en la Tienda, en los disfraces y las canciones, en ese álbum de fotos y risas que seguimos llenando cada año…

 

¡Feliz Navidad!

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Entresuelo

Acabo de leer “Entresuelo” (Daniel Gascón, Mondadori) y me siento como si me hubieran invitado a colarme en su casa y en sus historias familiares. Daniel Gascón cuenta la historia (unas cuantas historias) de su familia a través de una casa: el piso de sus abuelos en Zaragoza, un entresuelo que hace chaflán entre la avenida Goya y la calle del Carmen. Sus abuelos se trasladaron de Ejulve (Teruel) a este piso en Zaragoza, por el que han pasado padres, tíos, hermanos, novias, amigos… Me gusta cómo fluye el libro y cómo se combinan los recuerdos, las descripciones, las listas, los fragmentos de diarios o relatos, cartas, artículos y poemas. Hay anécdotas deliciosas, como la noche de bodas de sus bisabuelos. Hay conversaciones divertidas y reflexiones serias. Hay viajes por la provincia de Teruel y paseos por las calles de Zaragoza. Hay humor, sencillez, amor.

Entresuelo

Me gusta el libro porque mientras lo leía no paraba de enlazar sus historias familiares con las mías propias. Cada familia tiene un Entresuelo. El nuestro es la antigua tienda de ultramarinos de mis abuelos en el pueblo (Cervera del Río Alhama), que arreglamos hace años como bajera para las comidas familiares. En la puerta colgamos un cartel: Entresuelo, como le gusta a la Tía Fina, aunque todos le llamamos La Tienda. Aún recuerdo los últimos años que la Tienda estuvo abierta, con sus sacos de legumbres, la balanza, la abuela atendiendo tras el mostrador, las vecinas que venían a comprar a deshoras, el almacén, las chuches que nos regalaba el abuelo a los nietos pequeños, las cajas de zapatos que abríamos y nos probábamos. Luego la Tienda cerró, años después la generación de mi madre la arregló como bodega y ahora es nuestro Entresuelo para las comidas familiares. Aquí nos juntamos todos para las comidas de las fiestas de Santa Ana y las de Navidad. Me cuentan las organizadoras (mi madre y mis tías) que este año igual batimos el récord para Fin de Año, de momento han contado 34 comensales, a falta de bajas o incorporaciones de última hora. Por cierto, un aplauso para las organizadoras.

Me gusta especialmente el último capítulo del libro (“Una cena”), porque me recuerda tanto a cualquiera de nuestras comidas de Santa Ana o Navidad. En la próxima cena en nuestro Entresuelo, nos juntaremos al mogollón, comeremos, hablaremos todos a la vez, los niños se lo pasarán genial, Manolo tirará bolitas de pan como hacía el abuelo, nos acordaremos de los abuelos, espero que Cruci haya hecho guirlache como el que hacía la abuela, para los postres los pequeños ya habrán sacado las pelucas del almacén y las guitarras de plástico, sobrará comida, cantaremos, Gabi y Ana bailarán “El señorito”…

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