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La Tía Fina y el coronavirus

Hoy felicitaremos a la Tía Fina por whatsapp, aunque ella no tenga móvil, aunque no podamos ir a verla. Vive en la residencia de mayores de Cervera del Río Alhama y hoy cumple 101 años. La veterana de nuestra familia (y del pueblo). Ay, nenita, como dice ella. ¿Qué pensará mi tía abuela del coronavirus? ¿Se habrán enterado en la residencia? ¿Le extrañará no tener visitas ni una fiesta como la del año pasado, con tarta, fotos, sobrinos, nietos y bisnietos correteando por los pasillos de la residencia? La imagino cantando o contando una de sus historias lunáticas. Esas que no sabemos -ni sabremos nunca con certeza- cuánto tienen de verdad y cuánto de imaginación-. Aunque últimamente está baja de energía, cuentan mis tías que van a verla frecuentemente. Dice que quiere que se la lleve la eternidad, que está cansada. Son 101 años.

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Celebración del 100º cumpleaños de la Tía Fina, el 19 de marzo de 2019.

Tengo ganas de abrazar y de celebrar. Son días raros. Tachamos planes cancelados del calendario. La vida de antes queda en suspenso, mientras los que estamos bien hacemos lo que tenemos que hacer: quedarnos en casa. Repaso los planes que ya no serán. Hoy tocaba felicitar a la Tía Fina, celebrar el Día del Padre, entrenamiento con el equipo Alevín A del Zaragoza Club de Fútbol Femenino, clases del conservatorio de danza de 15.45 a 19.30, reunión en el cole para ultimar los detalles del viaje a Dublín de las chicas, uno mis últimos entrenamientos antes de la media maratón del domingo.

En muy pocos días hemos tenido que cambiar las rutinas y reorganizamos la escala de valores. Paramos, miramos, valoramos las cosas de otra manera: la sanidad pública, los cuidados, el tiempo, la familia, los amigos, el espacio personal, los trabajadores de sectores poco reconocidos (supermercados, transportistas, limpieza…). Pienso en la Tía Fina, en los que viven solos en casa, en Abu en Cáceres, en mi prima Marina en su minipiso de Madrid, en mi prima Anita al otro lado de la ciudad de Zaragoza, en mi amiga Marisa que ya está en el paro, en las personas obligadas a vivir encerradas un tiempo y no solo estos días (gracias, Bea, Nuria, por vuestras reflexiones)…

En nuestra casa vivimos tranquilos estos días de confinamiento. Tenemos nuestras rutinas de tareas escolares, comidas con sobremesa, salir a aplaudir a la terraza a las 8, cena con peli. Somos afortunados. No somos héroes. Somos un mar de fueguitos, como escribió Eduardo Galeano en el ‘El libro de los abrazos’.

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Cuatro abrazos y un cuento

Leía esta semana que hay expertos que recomiendan dar (como mínimo) cuatro abrazos al día. Diversos estudios recogidos en un artículo explican que el abrazo es muy beneficioso: genera oxitocina (una hormona que nos hace sentirnos bien), se activan el corazón y el cerebro, sube la autoestima, baja la presión arterial, ayuda a mejorar los trastornos emocionales y nos proporciona una sensacion de paz y equilibrio. Algunos incluso suben a 12 el número de abrazos diarios recomendados.

El mismo día, en una mañana un poco estresada, me llegó al móvil un abrazo con forma de cuento (gracias, Lola). Es “Celebración de la fantasía”, de “El libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano:

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.

Leer o escuchar a Eduardo Galeano produce los mismos efectos que explicaban los expertos del artículo anterior. Así que sugiero que a los cuatro abrazos diarios sumemos un cuento.

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