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Mis razones y emociones para la huelga

Llevo días dándole vueltas a la huelga feminista. Imposible no hacerlo. Me acompaña en mi trabajo (he entrevistado a ocho mujeres pioneras en la última semana que me han hecho reflexionar mucho), en las conversaciones de la redacción, en las redes sociales, en los periódicos, en la radio y en la tele, en las conversaciones familiares, en el curso que estoy dando de Comunicación e igualdad, en mis soliloquios camino del trabajo. Hay muchos motivos y datos para hacer huelga este 8 de marzo: la desigualdad, la violencia de género, la precariedad laboral, la brecha salarial, el techo de cristal, los problemas para conciliar… Más allá de los datos, yo llevo unos días muy emocionada. Al final, la vida son emociones. Y yo hago esta huelga con el corazón.

Hago huelga por mis hijas. Por mi hermana, trabajadora autónoma que concilia con tres hijos pequeños. Por mi madre, por su ejemplo feminista cada día, por todas las manifestaciones del 8 de marzo a las que nos llevó de pequeñas y a las que seguimos yendo. Por mis tías. Por mis abuelas, que vivieron y lucharon a su manera en otros tiempos en los que ellas lo tenían mucho más difícil. Por la precariedad laboral que sufren muchas de mis amigas y primas. Por Flor Danelia y otras mujeres que conocí en Nicaragua. Por mis compañeras periodistas. Porque me gustan el fútbol y la danza. Por el final de ‘Litte Miss Sunshine’. Porque estoy cansada. Porque no tengo tiempo. Porque la conciliación es una estafa. Porque soy una privilegiada que puede hacer huelga. Por las que no pueden. Porque podemos subir tan alto y llegar tan lejos como queramos, o como nos dejen. Por los micromachismos de la vida cotidiana, que todas hemos sufrido y en los que muchas veces ni reparamos (“Guapa”, me gritó ayer un desconocido camino del trabajo, y no me sonó a piropo ni a halago). Porque me gusta ser periodista, pero en nuestra profesión hay muchas cosas que mejorar (el machismo, la invisibilidad, la precariedad…). Porque la maternidad nos penaliza en nuestros trabajos, y lo hemos normalizado. Por ese póster que nos regaló mi madre cuando éramos pequeñas (la niña sonriente de la foto ha crecido y ya es una mujer del siglo XXI con sus ilusiones, decepciones y contradicciones). Porque no quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa. Por el poema de Gioconda Belli ‘Y Dios me hizo mujer’. Porque me estremece cada noticia de una mujer muerta por violencia de género. Porque estas noticias deberían salir en portada y pocas veces salen. Porque soy feminista y no me avergüenza decirlo. Porque no quiero callarme. Porque es un día histórico y quiero estar ahí. Porque lo siento. Porque sí.

No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa

(Ione pintando su pancarta de “No quiero ser princesa, quiero ser alcaldesa”)

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Liantas como Celia

En nuestra casa, Celia es una heroína. Celia es una niña de 7 años, rebelde y preguntona, que no entiende a los mayores, fascinada por los cuentos de hadas, con cara de buena y siempre dispuesta a hacer alguna trastada. Celia nació de la imaginación de Elena Fortún, en unos cuentos publicados en los años 30. En 1993, TVE adaptó algunos de los libros a una serie, dirigida por José Luis Borau y con guión de Carmen Martín Gaite. La serie tuvo mucho éxito pero fue cancelada después de seis capítulos por problemas económicos.

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Nuestros tíos y primas de Logroño nos regalaron la serie el verano pasado. Y Celia se ha convertido en un ídolo en nuestra casa. Nuestras chicas cantan la canción de cabecera (“Celia, hija mía, ¿qué vas a hacer con tanta fantasía?…”) y se saben de memoria diálogos enteros (“Siempre es pronto cuando me aburro y tarde cuando me lo estoy pasando bien”, repiten las palabras de Celia). Y hasta usan al personaje para justificarse cuando las pillamos en algún lío: “Es que somos liantas como Celia”. A mí también me gusta; Celia es moderna, crítica, atrevida, rebelde.

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Y hace poco nos prestaron los cuentos reeditados. Leo el prólogo de Carmen Martín Gaite, “Pesquisa tardía sobre Elena Fortún”, y descubro la historia fascinante de una mujer adelantada a su tiempo y que no tuvo una vida fácil. Elena Fortún era el seudónimo de Encarnación Aragoneses, nacida en Madrid en 1886 y casada años después con un primo suyo militar. Tuvieron dos hijos y el pequeño murió cuando tenía 11 años. Ella había estudiado Filosofía y Letras y le gustaba escribir, pero no fue una escritora precoz. Hasta que entró en contacto con un club de mujeres de Madrid: el Lyceum Club, al que muchos despectivamente llamaban “el club de las maridas”, y que se considera un nido del feminismo español. La intelectual María de Maeztu fundó este club, donde se reunían muchas madrileñas de la burguesía ilustrada. Estuvo abierto desde 1926 y hasta 1939. Tras la guerra, Encarnación y su marido tuvieron que exiliarse, primero a París y luego a Buenos Aires, donde sobrevivieron gracias a colaboraciones periodísticas. Su marido se suicidó en 1948, mientras ella estaba de viaje en Madrid. Tras vivir en varios lugares, finalmente se instaló en Madrid, donde murió en 1952.

Qué pena que Elena Fortún y Carmen Martín Gaite no puedan regalarnos más historias. Qué pena que no se rodaran más capítulos de la serie “Celia”. Seguro que un día como hoy Celia, Elena o Encarnación y Carmen se vendrían con nosotras a liar un poco, tomar un chocolate o unas tapas y celebrar el Día de la Mujer.

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