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Casi 40, casi perfecta

Los reencuentros producen un cosquilleo en el estómago. Una no sabe si se va a encontrar con la persona o el lugar que guarda en su memoria. O si el paso del tiempo nos ha cambiado tanto, a unos y otros, que no nos vamos a reconocer. David Trueba nos reta a mirarnos en el espejo en ‘Casi 40’, y creo que no salimos tan mal parados. Una película deliciosa.

‘Casi 40’ es una película generacional, no sé si a los que se alejan de esa edad les gustará tanto como a mí. Tenemos muy pocas ocasiones de ir al cine en nuestra vida de ‘casi 40 o un poco más’. Ayer se dieron las circunstancias y fuimos al estreno Chema, Lara y yo. Era el día ideal. A mediodía había comido con mi amiga Aitana, habíamos estado hablando de Barcelona, de reencuentros, de amistades, de viajes, de cómo hemos cambiado o no tanto en estos 20 años.

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David Trueba vuelve a juntar 20 años después a Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, los protagonistas de ‘La buena vida’, su ópera prima. Han pasado 20 años para todos: el director, los actores, los personajes, nosotros. Ahora les acompañamos en una modesta gira de conciertos por ciudades de Castilla y León y Extremadura. Ella fue una cantante de éxito que dejó la música hace unos años. Ahora está casada con un exjugador de fútbol del Real Madrid y tiene dos hijos. Él es un vendedor de productos de cosmética ecológica. Hace ya muchos años fueron pareja. Algunos de sus sueños se han quedado por el camino. La gira es la excusa para su reencuentro y para reflexionar sobre el paso del tiempo. Me recuerda a las películas que tanto me gustan de Richard Linklater: ‘Antes del amanecer’, ‘Antes del atardecer’, ‘Antes del anochecer’, ‘Boyhood’.

He leído a David Trueba decir que no es una película nostálgica. A mí sí me lo parece, un poco, nostálgica y tierna, sencilla y profunda, de las que dejan un poso agridulce. Me gusta mucho cómo retrata la relación entre ellos, con sus diálogos, sus silencios y sus miradas. También me gusta la imagen de una España de carreteras secundarias, ciudades pequeñas y conciertos en librerías. Y me encanta su banda sonora, qué bien canta Lucía Jiménez (“Casi 40, casi perfecta…”).

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Cosas que me traigo de Castellón

Muchas emociones concentradas en una tripa de seis meses. El mar y las nubes desde la ventanilla del tren. Reencuentro de amigas (faltabas tú, Aitana). El ruido de los petardos de las Fiestas de la Magdalena. Abrazos. Conversaciones de periodismo, fotografía, Nicaragua, política y, esta vez, sobre todo de crianza. Planes para volver en diciembre con unas zapatillas de running. Un libro (“Infrafútbol”, de Enrique Ballester, de la colección Hooligans Ilustrados). Sabor a primavera, terrazas, sidra, cervezas y carajillo (no todo a la vez). La constatación de la odisea de viajar en tren a Castellón desde Zaragoza (hay que hacer trasbordo en Tarragona y el AVE te deja tirado en una estacion en mitad del monte a 15 kilómetro de la ciudad). Risas. Frases de la última novela de David Trueba (“La modernidad, la modernidad cierta es encontrarnos de nuevo a nosotros mismos y descubrir la casa, la calle, el tiempo, el amanecer, el atardecer, el sol, las nubes, lo orgánico”, ‘Blitz”). Las ganas de volver a vernos.

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(Tren Castellón-Tarragona)

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SEO y poesía

Estoy haciendo un curso online de SEO. Reconozco que está bien tratar de entender los secretos de Google, cómo posicionar una página web, cómo funcionan los robots que indexan, consejos sobre palabras clave y enlaces, introducción a Google Analytics…

Pero voy a confesar una cosa: cuando me meto con el tema, cuando llevo unas cuantas páginas leídas, y he visto diez veces la palabra “algoritmo” o 53 “Google”, cuando me hablan de robots y fórmulas matemáticas, me entran unas ganas irreprimibles de leer poesía. Así que durante el tiempo que ha durado este curso (que estoy a punto de acabar, si llego a tiempo de entregar la práctica final), me he protegido con novelas y libros de poesía.

En mi mesilla ha ido creciendo una montaña de libros en los que refugiarme del SEO: poemas de Gioconda Belli, de Mario Benedetti, de Luis García Montero, varias novelas de Modiano, el último libro de Sergio del Molino (“Lo que a nadie le importa”, una historia familiar de silencios y un retrato de España). Ahora estoy a la vez en Lisboa con Antonio Muñoz Molina, y en Almería con Lennon y David Trueba.

Dicen las últimas estadísticas del CIS que uno de cada tres españoles no leen nunca o casi nunca. Y la mayoría de los que no abren un libro es porque “no les gusta o o no les interesa”. No saben lo que se pierden. Igual es porque no han tenido la suerte de dar con un libro que les enamore; con uno que les lleve de viaje a su infancia o a un país lejano; con uno que les remueva por dentro; que les haga reír o llorar; que les ayude a abrir los ojos, a ser más libres, mejores personas. Creo que hay un libro (o muchos) para cada uno. Sea poesía, novela histórica, romántica, biografía, ensayo, teatro, cómic… o, incluso, un manual de SEO.

Mujeres que leen Erika Kuhn

(Ilustración de Erika Kuhn, que tomo prestada de la galería de imágenes Mujeres que leen, del club de lectura Palabra de Mujer)

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