Archivo de la categoría: literatura

Seis años volando

Mi blog acaba de celebrar su sexto cumple. Me balanceo entre pequeñas historias, sueños, libros, carreras, películas. Me gusta tocar la tierra y rozar las nubes con la punta de los dedos. Me gustan los abrazos y las risas. Me gusta subirme a los árboles, volar en globo y en hamaca.

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¡Feliz 2017!

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Volando con Amelia Earhart

Iba una mañana de compras navideñas y me encontré con Amelia Earhart. La intrépida aviadora me miraba desde la portada de un libro (“Amelia Earhart. Por el placer de hacerlo. Notas sobre mis vuelos y las mujeres en la aviación”. Macadán Libros). Yo no tengo ni idea de mecánica ni de aviones, pero me fascinan las historias. Así que me fui con ella.

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Amelia Earhart (Kansas, 1897 – Algún lugar del Pacífico sur, 1937) fue una de las pioneras de la aviación en el mundo. Fue la primera mujer en cruzar el océano Atlántico en solitario (en 1932). Batió numerosos récords y fue aclamada mundialmente. Su sonrisa ocupaba portadas, mientras ella seguía soñando con nuevos viajes. En 1937 planeó la que iba a ser la primera vuelta al mundo en avión siguiendo la línea del Ecuador, acompañada por dos técnicos. Partió de California el 17 de marzo de 1937 rumbo al este. Pasó por Miami, Sudamérica, Pakistán, India, Birmania, Singapur, Indonesia, Australia, Papúa Nueva Guinea. El último contacto por radio con ella fue el 2 de julio cerca de las islas Nukumanu. Le quedaba poco combustible. Roosevelt mandó nueve barcos y 66 aviones a buscarla, pero no dieron con ella.

La imagino sobrevolando Zaragoza por encima de la niebla. Yo subiría a la punta de la torre del Pilar para que me viera. Y le pediría que me llevara con ella a París, a California, a Nueva York, a Nueva Zelanda. Que sobrevoláramos el Himalaya y paráramos a darnos un baño en una playa del Pacífico. Le pediría que me desvelara su misterio. ¿Qué pasó aquel 2 de julio de 1937? ¿Qué le ocurrió a su avión? ¿Sobrevivió al accidente?

Me la imagino sentada tranquilamente junto a la ventana en una residencia de mayores de Virginia, o cuidando su jardín en Kansas. Yo aún no he terminado mis compras navideñas. Me agobio con la niebla y el frío. A veces, como dice Luna, me gustaría tener el superpoder de volar.

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Un café en la plaza

A veces el mejor regalo es el que no esperas. Una mañana soleada después de varios días de lluvia. Viene Ana de visita con la excusa del cumpleaños. Vamos a la plaza. Bajamos las escaleras del tiempo que llevan al museo de la Torre Nueva. El reloj parece más grande colgado en la pared de piedra. Casi podemos oír las campanadas para advertir a la población de que venían las tropas francesas. Volvemos a esta bonita mañana otoñal de 2016. Pisamos la alfombra de hojas mojadas de la plaza secándose al sol. Le tocamos la cabeza al chico de bronce. Le pedimos a un turista que nos haga fotos con la estatua.

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Plaza de San Felipe, una bonita mañana de noviembre de 2016

Nos tomamos un café en Doña Hipólita, donde tantos años estuvo el local cerrado de paños Sesma acumulando polvo y abandono. Cuando venía cada día a ver esta plaza y soñaba con escribir algún día una novela que no sabía que sería un refugio para las golondrinas. Ahora es una de esas cafeterías modernas con aire antiguo, con muebles restaurados y grandes ventanales. Me gusta volver de vez en cuando y ver que la plaza sigue viva. El café de Doña Hipólita nos sabe a hogar, a viajes, a familia, a historias. La estudiante de periodismo Ana que venia de Barcelona a ver a su ahijada recién nacida. Y que sigue volviendo ahora que han pasado 39 años. La tienda de los abuelos en Cervera. El taller de confección de las tías. El olor de la compota en Navidad. La Tía Fina y sus locuras. El baúl de la Alejandra y sus viajes a Argentina… Miramos el reloj, se nos ha pasado la mañana volando. Quedamos para el próximo café en Logroño. Nos despedimos de la plaza. Veo que el quiosco de prensa de la esquina -bajo la casa de Rafael, María y todo ellos- ha vuelto a colgar el cartel de “Se traspasa”. Y yo sigo soñando con otras novelas.

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Plaza de San Felipe, 1889. Foto de J. Lévy et Cie 

PD Gracias a Ángel, Javier, Carmen y todos los amigos que seguís mandándome fotos de esta plaza tan especial.

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Gioconda Belli en el instituto

Me llamaron de la asociación Hermanamiento León-Zaragoza y me preguntaron si podía ir a un instituto a dar una charla sobre literatura nicaragüense. Primero me entró un poco de vértigo: hablarles durante una hora a una veintena de chavales de la ESO y mantener su atención en la literatura nicaragüense no me parecía fácil. Además, yo no soy ninguna experta en la materia.

Después cogí uno de mis libros de Gioconda Belli de la estantería y volví a releer sus poemas. “¿Qué sos, Nicaragua? ¿Qué sos, sino un triangulito de tierra perdido en la mitad del mundo?”. Sos aquella joven idealista que creo que aún soy. Sos Mario, Danelia, Olga, Luna… y tanta gente que he conocido gracias a Nicaragua y me ha dejado su huella para siempre. Sos Mari Carmen, las dos compartiendo viaje, risas, confidencias (volveremos). Sos volcanes, calor, islas, revoluciones, banderas rojinegras, frijoles, tortillas, autobuses destartalados, abrazos. Sos “la ternura de los pueblos”.

Agarré mi idealismo y algunos poemas, y fui ayer al instituto Medina Albaida de Zaragoza. Les hablé un poco del país y su revolución sandinista, de Rubén Darío, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, los Mejía Godoy, y, claro, de Gioconda Belli. Y yo me la imaginaba a ella con su melena leonada y sus mil batallas, sentada en la última fila de clase, detrás de aquel muchacho con aire despistado, y sonriendo ella ante mi ingenuidad y mi torpeza. Le diría que hace casi 20 años que sus poemas me acompañan. Gracias.

“A veces pienso que soy una arquitecta del tiempo
siento que voy dibujando planos con pasados,
presentes y futuros,
urdiendo una delicada caja de palitos de fósforos
donde vivo
-incomprensiblemente sin pensar en tormentas-
Aunque a ratos me asaltan las dudas, brinco como
caballo de carreras
sobre su bien construidas estructuras y sigo, sigo
hacia ese final donde
me espera el bosque verde, la iluminación y el sueño
callado donde nada
me acompañará sino la tierra con su murmullo de
vientre.”

(“Avanzando”, Gioconda Belli)

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En Nicaragua, con Flor Danelia. Una de mis fotos preferidas, gracias a Mari Carmen, mi gran fotógrafa, amiga y compañera de viajes.

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Tú no eres como otras madres

Reconozco que escogí este libro por el título, antes de conocer su argumento o de leer buenas críticas. Alguna vez me han dicho eso mis hijas: “Tú no eres como otras madres”. Y me lo tomo como motivo de orgullo y también un poco de preocupación. “Tú no eres como otras madres”, de Angelika Schrobsdorff (Periférica y Errata Naturae), ha sido mi libro del verano. Con curiosidad al principio y cada vez con más pasión, me he sumergido en la vida de Else (la madre) y Angelika (la hija). No quería que se acabara, igual que una no quiere que acabe nunca esa última tarde de playa de las vacaciones.

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Esta novela que no es como las demás te deja un poso profundo. Empieza con ligereza, contando la vida despreocupada de Else en los felices años 20 en Berlín: fiestas, amigos, amantes, viajes, el nacimiento de sus tres hijos de tres padres distintos… Y va contando después cómo cambia la vida de esta familia en la Alemania del nazismo y la guerra. Angelika reconstruye la vida de su madre (judía) a través de los recuerdos de ambas y de las cartas que Else escribió a sus hijos y sus amigos. Saber que es un testimonio real impresiona aún más. Se puede leer como un libro de memorias o una novela de ficción.

No es una historia amable; es la historia real de una familia y de un país destruidos. “Todo reducido a escombros y cenizas, dentro de una misma y a su alrededor”, cuenta Else, cuando vuelve a Berlín en 1947 tras un penoso exilio en Sofía. Pero la novela no es solo el relato de esta destrucción. Es un canto a la vida, a la maternidad, la amistad, las cosas bonitas…

“Y sin embargo la vida ha sido bella”, dice Else en una de sus últimas cartas.

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La Reina de las Nieves

“Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro”. Llevo varios días paseando con ella, viviendo dentro de un cuento real y fantástico a la vez, disfrutando de la relectura de ‘La Reina de las Nieves’ (de Carmen Martín Gaite), uno de mis libros preferidos. Vuelvo a leerla con un lápiz y un pañuelo a mano. Gracias al club de lectura del cole por aceptar mi propuesta.

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En las historias de Carmen Martín Gaite siempre hay alguien que tira del hilo y alguien que escribe en un cuadernito. En ésta también hay viajes, misterios, secretos familiares, historias de amor de final incierto y una casa, la Quinta Blanca, en la que vivió veranos felices el niño Leo, antes de que se le metiera el cristalito de hielo en el ojo. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas desde que su abuela le contara el cuento de ‘La reina de las nieves’. Leonardo ha crecido, se ha perdido y ahora trata de encontrar su camino. A través de sus recuerdos y de sus anotaciones en sus diarios, vamos conociendo la historia de sus padres y la suya propia.

“La abuela, incluso cuando contaba retazos de historias familiares, nunca daba fechas de los acontecimientos, no los ponía uno detrás de otro para que yo pudiera entenderlos, lo dejaba todo nadando en una niebla abstrusa, lo que decía con lo que callaba, lo ocurrido de verdad con lo contado y con la manera tan particular que tenía de contarlo, un tono raro que dejaba siempre sed y sospecha, lo pasado con lo futuro y con lo soñado”.

La Reina de las Nieves es una novela extraña, no sé si difícil, muy emocionante. Te atrapa poco a poco y te lleva por acantilados abruptos y por suaves caminos de la memoria. Notas la brisa marina y los embates del mar, la soledad, el vértigo, las dudas y la pasión de Eugenio, el cristalito en el ojo. Quieres abrazar a Leonardo y dejarte mecer por el relato de Casilda. No importa si a mitad de camino uno se pierde un poco o cuesta seguir el hilo de las historias. Es una novela para dejarse llevar por sus vaivenes y su prosa exquisita. Las piezas del puzzle, al final, encajan.

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Balada de la bicicleta con alas

Estoy ordenando fotos de la Semana Santa en Cervera, y decidiendo si vamos a pasar la tarde al parque con bicis o patinetes, cuando me llega un mensaje de una amiga con un poema (gracias, Elisa). Y los versos de Alberti se mezclan con los caminos de Cervera, el cumple de Ione, las vistas desde el Castillo, las historias familiares, los 97 de la Tía Fina, los recuerdos de los abuelos, la comida en Canejá, las camas elásticas de la plaza, las viejas bicis, la sensación de libertad desde lo alto del Tolmo con el Moncayo al fondo nevado…

“Con un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas” (…)

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“Balada de la bicicleta con alas”. Poema y dibujo de Rafael Alberti.

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Cervera del Río Alhama.

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