Humor negro a dos metros bajo tierra

Primero me enamoré de Tony Soprano. Luego de McNulty en “The Wire”, después de Ben Hawkins y sus excéntricos compañeros de “Carnivàle”. Y, ahora, de los hermanos Fisher. Estamos enganchados a la serie “A dos metros bajo tierra” (“Six Feet Under”, HBO, 2001-2005). Me gusta ese momento del día, el más tranquilo, en que nos dejamos caer en el sofá y empieza a sonar la melodía.

Me gusta la vida de esa familia atípica (o no tanto, ¿qué es una “familia normal?”) que regenta una funeraria en Los Ángeles: los hermanos David y Nate Fisher; Ruth, la madre, y Claire, la hija rebelde. De vez en cuando aparece el padre, muerto en el primer episodio. Y alrededor de ellos giran los demás personajes: Federico, trabajador de la funeraria, las parejas y ex novios de todos ellos (genial Nikolai, el novio ruso de la madre), y sus familias. Todos ellos dando vueltas, con encuentros y desencuentros, buscando el sentido de la vida.

Me gusta porque me sorprende en cada capítulo. Porque una serie que habla de la muerte te hace reír, y llorar, y pensar.

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