Un día cualquiera

Se despertó ya con una sensación extraña: tenía calor en las manos pero los pies fríos. Había dormido tan profundamente, que no sabía qué día era, si le tocaba ir a trabajar o era domingo. ¿Abriría hoy el Corte Inglés para hacer las compras navideñas? ¿O ya ha pasado la Navidad? Miró por la ventana. Al menos, no había niebla. Echó un vistazo al reloj-termómetro de la calle debajo de su casa. Lo hacía todos los días para saber qué hora era, si llegaba tarde o le sobraba tiempo, y para saber si hacía frío o calor, qué ropa ponerse.

La pantalla marcaba las 7:3º.

Le desconcertaban los cambios. ¿Eso qué significaba? ¿Eran las 7 y 3 minutos de la mañana? ¿O de la tarde? ¿O hacía 7.3 grados centígrados? ¿Era pronto o tarde? ¿Invierno o verano? ¿Hacía frío o calor? ¿Qué solía desayunar: café o té? ¿Nespresso en casa o cortado de bar? ¿Pagamos en euros o hemos vuelto a las pesetas? ¿Michael Jackson ha resucitado? ¿Ya han pasado las elecciones? ¿Quién ha ganado el clásico?

Ante las dudas, dejó la carpeta con los papeles de la oficina encima de la mesa, se puso de nuevo el pijama y se metió en la cama. Tapado hasta la cabeza.

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