El Parque de la Esperanza

El anuncio del fin de ETA llegó una tarde de un jueves cualquiera cuando los niños jugaban en el Parque de la Esperanza, ajenos a las noticias y a la historia más negra que tuvo lugar aquí hace casi 24 años. Aquí antes no había una plaza con columpios y árboles y una escultura conmemorativa en el centro. Yo era una niña cuando desde nuestra casa del Arrabal se oyó la bomba que acabó con la vida de once personas (seis de ellas, menores) que vivían en la casa-cuartel de la Guardia Civil en la avenida de Cataluña, en Zaragoza.

Años después, se construyó una plaza, se levantaron pisos y se plantaron árboles. Hoy es una plaza de barrio, con sus bares de chinos, su tienda de frutos secos, sus vecinos, su gente de paso, sus perros, sus bancos. Aquí vivimos, aquí juegan ahora nuestras hijas. Escalan por encima de las estatuas que recuerdan a aquellos niños. Usan la rampa de tobogán. Juegan a la pelota. Montan en bici o con patines. Son felices.

Las sonrisas de los chavales que juegan en el Parque de la Esperanza cada tarde son el mejor homenaje a las más de 800 víctimas de ETA.

Celebración de cumpleaños en el Parque de la Esperanza.

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